– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO XVI ORDINARIO
(Mc 6, 30-34)
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
21 de julio, 2024
El domingo pasado meditábamos sobre la constitución de la misión, por parte de Jesús. Como todo lo que es importante, la misión, debe ser estructurada, organizada, en ello se juega el pastoreo de Dios hacia el mundo: “Yo mismo reuniré al resto de mis ovejas de todos los países a donde las había expulsado y las volveré a traer a sus pastos, para que allí crezcan y se multipliquen” (Jer 23, 3). Todo proyecto valioso deberá encarnarse en unos medios básicos, bajo riesgo de que todo sea una mera ilusión y, por lo tanto, un pasatiempo estéril. Algo de operatividad debe tener toda causa noble que busque aportar algo al bien común. Nuestra época es muy sensible a la utilidad y practicidad de las cosas. Las dimensiones política y económica de la vida han adquirido demasiada importancia, desplazando las inquietudes más humanistas y espirituales. No se trata de dejarse someter por la cultura de la eficiencia, de la productividad, pero sí aprender un poco de ella lo que pueda servir a la tarea evangelizadora. Jesús, fiel a su espiritualidad de la encarnación, se nos revela como un hombre sabiamente “pragmático”. Ciertamente que es el “poeta del reino”, pero con los pies muy bien puestos en la tierra. Debemos decir que Jesús no encierra la misión en la metodología, pero se sí se sirve de ella. De tal modo que las indicaciones que da para la misión trascienden su materialidad. A través de ellas plasma la espiritualidad de los discípulos misioneros. Como si les dijera, háganle como puedan, pero no dejen de promover la comunión, la participación y la misión, háganse parte de la vida de las personas y sean testigos de un proyecto de una justicia más grande en medio de ellos.
Sin desentendernos de las condiciones concretas de la misión, lo más importante es el contacto con la persona de Jesús. Les queda muy claro a los discípulos que “no son más que su maestro, que si acaso pueden llegar a ser igual a él” (Mt 10, 24); que si quieren dar fruto deben permanecer unidos a la vid (Jn 15, 5). Ya hemos dicho que la clave de la misión está en saber dar el protagonismo a Dios. Por eso ahora vuelven a Jesús para discernir y agradecer la misión realizada.
Regresar a Jesús es un gesto discipular, un “rendir cuentas” al dueño de la obra, discernir, dejarse conducir. Ser enviado a evangelizar no significa adquirir derechos de autonomía y agarrar la misión por cuenta propia. Más importante que salir a hacer cosas es mantenernos en comunión con la fuente de la misión, “para no construir en vano” (Gal 1, 2). Permanecer en la tradición de lo que se ha recibido es de suma importancia (1 Cor 11, 23), para no engrosar las filas de los pastores “que dispersan y dejan perecer a las ovejas…” (Jer 23, 1). Ofrecer el “pasto” de la comunión a las multitudes que andan como ovejas sin pastor, es el gran gesto de compasión por ellas. De otro modo seríamos como lobos y nos mereceríamos el reproche de Yahvé, por boca de Jeremías: “Ustedes han rechazado y dispersado a mis ovejas y no las han cuidado” (Jer 23, 2). Las más brillantes iniciativas serán distractores, división, si no hacen entrar en el rebaño del único Pastor.
El pastoreo de la comunión pasa por la unidad de vida del apóstol. Dicha unidad implica la experiencia de la paternidad de Dios “del que procede toda familia en los cielos y en la tierra…” (Ef 3, 15). El agente de la comunión es el Espíritu Santo, que inspira el sueño fraterno de Dios, para toda la humanidad, en nuestros corazones. Es necesario ser pastoreados por dicho Espíritu para aprender a decir Abbá (Gal 4, 6), para “aprender” la paternidad de Dios, la única capaz de generar relaciones fraternas. Si el apóstol no está empapado de la paternidad de Dios no podrá promover relaciones justas entre sus hermanos. Para cultivar la comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo tendremos que volver una y otra vez a esta fuente, en la oración y la escucha de la palabra de Dios, ir con Jesús a “un lugar solitario, para descansar un poco” (Mc 6, 31) y recrearnos.
El Papa Francisco, que insiste tanto en la Iglesia misionera, habla de “evangelizadores con Espíritu”. Nos dice que “siempre hace falta cultivar un espacio interior que otorgue sentido cristiano al compromiso y a la actividad. Sin momentos detenidos de adoración, de encuentro orante con la Palabra, de diálogo sincero con el Señor, las tareas fácilmente se vacían de sentido, nos debilitamos por el cansancio y las dificultades y el fervor se apaga. La Iglesia necesita imperiosamente el pulmón de la oración (EG 262).
Vista la fe como espacio de oración, contemplación, escucha de la palabra de Dios, en vistas a una acción más integrada y dignificante, habrá que proponerla como oportunidad de descansar nuestro ser en el proyecto original de Dios. Desde siempre la religión judeocristiana, nos ha enseñado que debemos dignificar la vida y la actividad del ser humano y para esto es necesario detenernos, de algún modo, en el camino, para darnos cuenta de que no somos simplemente “animalitos de carga” o “máquinas programadas”, sino seres libres para buscar el bien. Por ello, desde el principio, Yahvé Dios impuso un día de descanso al ser humano, en memoria del día de su descanso al concluir la creación. En realidad, quería dar al hombre un espacio de recreación no solamente física, sino total de su ser en el encuentro con Dios, una oportunidad de verificarse desde su proyecto, de recrearse. Este fue el verdadero sentido del descanso sabático, ayudar al hombre a tomar conciencia de su identidad y de su misión, y no ser aquella “cadena” que encontró Jesús, con la que lo quisieron amarrar (Mt 12, 2.8).
No faltará quien diga que es un lujo, una pérdida de tiempo todo eso de la oración, la búsqueda de la fe, que no debemos distraernos en alucinaciones que nos apartan del compromiso con el mundo. Sin embargo, la fe, el evangelio quiere ser un recordatorio constante de que somos hijos en Jesucristo y no esclavos. Frente a esta cultura de la eficiencia, de la ganancia, del éxito, donde todo se va haciendo amablemente inhumano, Jesús nos invita a estar con él, a ir a un lugar apartado para descansar, a cultivar la mirada de fe sobre la vida. Ojalá nuestras vacaciones, si hay oportunidad, sean una experiencia de ocupar el lugar que Dios nos ha querido dar. La “cultura del fierro y del cemento” amenaza con hacer de las relaciones humanas estructuras frías, estáticas donde todo está bajo control, donde la compasión y la misericordia no tengan cabida; más aún, continuar con un sistema donde los frutos del trabajo humano no se distribuyen equitativamente, sino se vayan acumulando en pocas manos.
Hoy, Jesús nos invita a buscar la espiritualidad de la vida, para suscitar la compasión. Sólo así podrán seguir siendo posibles estos gestos más que humanos de solidaridad y justicia. Esto es necesario para poder sostener la mirada de pastor. Se pueden hacer muchas lecturas sobre las comunidades o grupos de personas: violentos, peligrosos, viciosos, flojos, ignorantes, rebeldes, incrédulos, irresponsables, etc. Abandonada a sí misma, la realidad de nuestra gente casi no se va a escapar a estos adjetivos, tal vez sean pocos los que sean amables. Contemplar a la gente como “ovejas sin pastor” es una gracia para quien la ha pedido. Supone un corazón trabajado en el seguimiento de Jesús. Cada vez es más difícil sostener esta mirada bondadosa sobre la realidad en donde parece que van en aumento los lobos rapaces.
En el caso de Jesús ver a las personas como “ovejas sin pastor” no dependió de la bondad de la gente, aunque la hubiera buena a su alrededor. Seguramente también había mucha gente interesada, convenenciera, tramposa, mentirosa, violenta, impura, de todos modos, Jesús siente compasión por ellos. El evangelio de Juan, al narrar este episodio, nos comenta sobre una confrontación que tuvo Jesús con los judíos (Jn 6, 26). Desde allí se ve que Jesús no es ingenuo, no idealiza a la gente, sabe que la raíz del egoísmo está en su corazón y, sin embargo, esto no obsta para que los mire con benevolencia. Siempre vamos a encontrar fallas en las personas con que justificar nuestro egoísmo y falta de solidaridad con ellas. La compasión de Jesús va más allá de amar a quien es amable, también los pecadores aman a quienes los aman. Si hacen el bien a quien los trata bien a ustedes, ¿qué mérito tienen? También los pecadores hacen lo mismo… Ustedes amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada a cambio…” (Lc 6, 32-35).
Ser garante de la dignidad de la persona humana más allá de las ideologías y de la opinión pública, que desalientan y persiguen a quienes defienden a los vulnerables de las sociedades, hace necesario cultivar la mirada de Jesús continuamente. Frente a la crisis antropológico-cultural, que desdibuja y mutila la figura humana, negando la primacía del ser humano, frente a la cultura del descarte, nos urge a empaparnos del evangelio de la compasión de Jesús, para ello es necesario estar con él (Mc 3, 14).










