– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO XXXI ORDINARIO.
Mt 22, 34-40
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
5 de noviembre, 2023
Después de haber enfrentado distintos grupos de la dirigencia del pueblo judío, Jesús, esta vez sin aparente provocación, lanza la denuncia más demoledora contra el servicio de autoridad que ellos detentan. Parece una crítica hecha desde los comportamientos concretos de los escribas y fariseo, pero sobre todo desde el celo por las cosas de Dios. Jesucristo continua siendo fiel a su principio y fundamento que consiste en el amor a Dios su Padre: “Mi casa es casa de oración, pero ustedes la han convertido en cueva de ladrones”(Mt 21, 13). De tal modo que nadie podría ver las contradicciones y vanidades de la clase dirigente más que Jesús, porque sólo él tiene la sensibilidad que le da su relación tan íntima con su Padre. Casi pudiéramos decir que lo que en el fondo es el único problema, para él, es la manipulación e instrumentalización que se hace la la imagen de su Padre. Tal vez esto explica las aparentes exageraciones o contradicciones que Jesús les atribuye a aquellos personajes, porque además de denunciar sus maldades concretas tienen la intención de mostrar el verdadero rostro de Dios. En todo su ministerio se podrá percibir esta intención de purificar la imagen de Dios, que se había hecho a la medida de los intereses de quienes dirigían al pueblo. Este era el pecado más grave de aquellos personajes, además del trato humillante que daban a la gente.
Todo lo que Jesús veía en el comportamiento de las autoridades era la ridiculización del nombre de Dios que se convertía en agravio a la dignidad de las personas. Desde la cruz Jesús revelará el verdadero rostro de Dios y del hombre. En cuanto a Dios, es el Padre misericordioso que hace salir su sol sobre buenos y malos, justos e injustos(Mt 5, 45). Acerca de los hombre, son amados entrañablemente por Dios: “Pues si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre del cielo dará cosas buenas a los que se las pidan!(Mt 7, 11). Esta vez Jesucristo continua su combate profético contra la idolatría, como anteriormente lo fue contra Mammón en el templo, después contra la divinización del César, luego contra la absolutización de este mundo frente a la resurrección y, por último en la declaración explícita de la primacía del amor a Dios por sobre todas las cosas. Ahora, el comportamiento de los guías de Israel es idolátrico porque, de hecho con su proceder, pretenden ocupar el lugar de Dios. La primera afirmación que Jesús hace sobre ellos: -“en la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y fariseos…”- sugiere esta pretensión de secuestrar a Dios, teniendo la exclusiva de sus enseñanzas. El Dios que enseñan se parece más a los ídolos, que se complacen en humillar a los hombres, ávidos de un culto a costa de la vida humana, que con su egolatría promueven el dominio de unos contra otros, y las conductas más denigrantes contra quien las comete y contra quienes se cometen. Promueven un narcisismo que hiere de muerte la convivencia fraterna. Toda su conducta es de auto idolatría, porque “todo lo hacen para que los vea la gente”. Esto es, primeramente, lo que lastima la sensibilidad de Jesús, que profesa un amor reverencial a Dios su Padre, fuera de todo interés mezquino. La pretensión de manipular a Dios para someterlo a los caprichos personales, le resulta una aberración no digna del ser humano, mucho menos del amor a Dios. Si somos capaces de negociar la gracia de Dios caemos en el absurdo, y la dignidad del ser humano estará en peligro.
La conducta idolátrica se manifiesta, también, en la insensibilidad hacia la fragilidad humana. Una característica de los ídolos es que no tienen compasión, no se conmueven frente al sufrimiento humano, a ellos sólo les interesa devorar a sus súbditos, hacerlos sentir el peso de su trascendencia y, por lo tanto, indignos de sus atenciones. Su grandeza es proporcional a la distancia cualitativa que se pueda poner frente a los subordinados. La principal característica del Dios de Jesucristo es su misericordia, manifestada en el envío de su Hijo al mundo. Qué ofensa tan grande para Jesús ver el rostro indiferente de Dios en la forma de proceder de aquellos funcionarios. Desde la antigüedad Yahvé Dios se ha distinguido por sus entrañas de misericordia: “¡He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído el clamor que le arrancan sus opresores y conozco sus angustias! Voy a bajar para liberarlo del poder de los egipcios”(Ex 3, 7-8). Es un Dios que no soporta ver la injusticia y explotación que se comete con sus hijos: “Escuchen esto, los que aplastan al pobre y tratan de eliminar a la gente humilde, ustedes, que dicen:…compraremos al indefenso por dinero, y al pobre por un par de sandalias…”(Am 8, 4. 6). Pide cuentas de sus ovejas: “¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿Acaso no es el rebaño lo que deben apacentar los pastores? Ustedes se beben su leche, se visten con su lana, matan las ovejas doradas, pero no apacientan el rebaño”(Ez 34, 2-3).
Jesucristo mismo es la encarnación de la solicitud de Dios su padre por la humanidad: “Al desembarcar, vio Jesús un gran gentío, sintió compasión de ellos, pues eran como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas”(Mc 6, 34). Toda la obra de la redención está en la clave del Emmanuel, del Dios-con-nosotros, que no se avergüenza de llamarnos hermanos, “cuando dice: Anunciaré tu nombre a mis hermanos, en medio de la comunidad te alabaré”(Heb 2, 12). Su cercanía fue a tal grado que causó escándalo: “Viene el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: ‘Ahí tienen un comilón y un borracho, amigo de publicanos y de gente de mal vivir”(Mt 11, 19). Ni qué decir tiene, que en la pasión de Jesucristo Dios se ha puesto contra sí mismo, teniendo que hacer justicia obró misericordia. Este es el Dios de Jesús que ahora defiende contra la idolatría de los maestros de la ley. Desde la respuesta sobre el impuesto al César, había un cierto reproche por no dar a Dios lo que le correspondía. San Pablo es fiel a la tradición del Dios cercano: “Cuando estuvimos entre ustedes, los tratamos con la misma ternura con la que una madre estrecha en su regazo a sus pequeños”(1 Tes 2, 7).
El problema de la idolatría es que genera privilegios de unos contra otros, legitima los instintos sectarios, afianza a unos sobre otros. De hecho el ídolo es la proyección de los deseo básicos del ser humano, que se proyectan sobra una supuesta divinidad que es capitalizada por su creador. El Dios único y verdadero modera las ambiciones humanas, porque es Otro con vida propia. Es capaz de una relación interpersonal oponiendo resistencia a su interlocutor. Solamente el Dios de Jesús puede hacer posible la fraternidad universal. Los ídolos son ideologías que tarde o temprano discriminan. No pueden dialogar porque no son sujetos racionales, sino ilusiones donde el hombre sublima sus limitaciones y las supera subjetivamente. Los criterios más amplios que ha puesto el ser humano, como ha sido la razón, el individuo, la comunidad, la libertad, cierta religiosidad, etc., han terminado siendo excluyentes. En torno a estas y otras ideas se han construido sistemas de convivencia que no han logrado construir el paraíso terrenal prometido. En relación al esto, el Papa Benedicto XVI nos dice: “Aquí está precisamente el gran error de las tendencias dominantes en el último siglo, error destructivo, como demuestran los resultados tanto de los sistemas marxistas como incluso de los capitalistas. Falsifican el concepto de realidad con la amputación de la realidad fundaste y por esto decisiva, que es Dios”(DI, Aparecida). El positivismo nos prometió la solución de todos los males de la humanidad, por medio de la ciencia y, ciertamente, mucha calidad de vida han traído los descubrimientos científico, pero, también, no ha estado más en peligro la vida que en estos tiempos. El marxismo nos prometió justicia, que no ha llegado aún. Y así muchas otras propuestas ideológicas, idolátricas en cuanto absolutizaciones humanas.
La idolatría es una ideología religiosa. Así como la ideología es un fragmento de la verdad y no puede lograr la unidad total de un sistema de pensamiento, de igual modo la idolatría, se trata de una experiencia religiosa subjetiva, no se trata del encuentro con la realidad fundante. La subjetividad no puede fundar la totalidad. Jesucristo denuncia la idolatría existente en la búsqueda de títulos y posiciones en la convivencia humana. Llama fuertemente la atención sobre el verdadero Maestro, el único Padre y el Cristo. Obviamente que Jesús está queriendo defender la fraternidad, pero desde su causa profunda que es el olvido de Dios. Algo semejante a lo que hace Malaquías, en la primera lectura: “¿Acaso no tenemos todos un mismo Padre? ¿No nos ha creado un mismo Dios? ¿Por qué, pues, nos traicionamos entre hermanos, profanando así la alianza de nuestros padres?”(Mal 2, 10). El gran problema de las desigualdades sociales, donde hay ricos cada vez más rico a costa de pobres cada vez más pobres, se superará anunciando el Dios de Jesucristo por medio del evangelio.










