– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL VI DOMINGO ORDINARIO
Eclesiástico 15,15-20; Salmo 119 (118);1 Corintios 2,6-10; Mateo 5,17-37.
15 de febrero 2026
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
Jesucristo continua inculcando las actitudes del verdadero creyente, principalmente la de permanecer pobre frente al misterio de la justicia divina. Este es un principio esencial de la fe, no pretender instrumentalizar a Dios por medio de preceptos, doctrinas o liturgias. En el momento en el que intentemos agotar la trascendencia de Dios en nuestra religiosidad, nos hacemos seguidores de un ídolo. Si queremos mantener la salud de nuestra existencia con todas sus relaciones, tendremos que amar a Dios por sobre todas las cosas(Dt 6, 5-6). En el fondo de las enseñanzas de Jesús está el rendir un verdadero culto a Dios por sobre todas las cosas, aun por encima de la religiosidad, que luego da a Dios lo que le sobra y genera un sentimiento peligroso de autosuficiencia. Por ahí empieza todo, saber situarnos como criaturas totalmente dependientes de un Absoluto al que le pertenece todo lo que somos y tenemos. Es la experiencia del hijo de Ben Sirá: “Es infinita la sabiduría del Señor; es inmenso su poder y él lo ve todo”(Eclo 15, 18-19). A esta fe nos quiere conducir Jesús.
De igual modo, san Pablo, nos habla de un misterio oculto desde la eternidad, contrario a todo poder de este mundo que siempre busca aniquilarlo: “lo que Dios ha preparado para los que lo aman, ni el ojo lo ha visto, ni el oído lo ha escuchado, ni la mente del hombre pudo siquiera haberlo imaginado”(1 Cor 2, 9). Sólo el Espíritu puede revelar tan grande sabiduría(1 Cor 2, 10). Es el Espíritu el que en Jesucristo esa revelando el misterio de Dios, porque “sólo el Espíritu de Dios conoce las cosas de Dios”(1 Cor 2, 11). También Jesucristo rendirá un homenaje a la sabiduría de Dios en la Palabra expresada en la Ley: “Yo les aseguro que antes se acabarán el cielo y la tierra, que deje de cumplirse hasta la más pequeña letra o como de la ley, el que quebrante uno de estos preceptos menores y enseñe eso a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos…”(Mt 5, 19-19). De este modo, Jesús, hace suyas las palabras del Sal 118(119), 1-2): “Dichoso el hombre de conducta intachable, que cumple la ley del Señor. Dichoso el que es fiel a sus enseñanzas y lo busca de todo corazón”.
La escucha de la palabra es la que puede cultivar en los creyentes el sentido de la trascendencia de Dios, que los libre de la mezquina intención de poner lo sagrado al servicio propio. Jesús reprochaba a los judíos que leían las Escrituras, pero no entendían nada: “Ustedes nunca han escuchado su voz, ni han visto su rostro, y su palabra no permanece en ustedes, porque al que él envió no le creen. Estudian la Escritura pensando que encierran vida eterna,… pero ustedes no quieren venir a mí para tener vida”(Jn 5, 37-40). Jesús arranca a Dios de aquel sistema legalista y superficial para devolverle su paternidad y misericordia. Simplemente les lee las Escrituras y les explica su verdadero sentido, para purificar la imagen del Dios juez que se enseñaba. No basta con leer las Escrituras, sino que debe hacerse con una actitud de discípulo. Nunca manipular la Palabra para justificarme o autoafirmarme, siempre para suscitar deseos de conversión.
La lectura diabólica de la Palabra no alcanza a sanar la raíz de la violencia, aquella a la que se refiere Santiago: “Ustedes quieren algo y si no lo obtienen asesinan; envidian, y si no lo consiguen, pelean y luchan”(St 4, 2). En el mandamiento del no matarás(Ex 20, 13; Dt 5, 17; Lv 24, 17), está en juego lo más sagrado de la relación con Dios. Ser creyente es amar a Dios, pero según la enseñanza de Jesús, amar a Dios es amar al prójimo(1 Jn 4, 20). La fe en Dios pasa por el amor al prójimo. Jesús mira este mandamiento desde distintos puntos de vista que hacer ver que la violencia, la injusticia, la discriminación, la ofensa a los hermanos, desmienten el culto dado a Dios: “deja la ofrenda delante del altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano…”(Mt 5, 24). Pero también invoca el fuego del infierno en defensa de la dignidad de las personas(Mt 5, 22). Y hasta un argumento diplomático, para que no ir a dar a la cárcel debemos caminar en paz con nuestros hermanos(Mt 5, 25-26). Jesús utiliza todos los argumentos posibles para dar a entender que el hermano es el lugar del encuentro con Dios. Esto, además de consecuencias éticas, tiene un alcance teologal: no hay verdadera relación con Dios si se atenta contra la dignidad del ser humano de la forma más sutil.
Jesucristo golpea el “pecado original” de aquel sistema religioso, que consistía en usar a Dios para afirmarse por encima de los demás hipócritamente. Desde la formalidad unos cuantos eran la casta superior que se beneficiaba en todos sentidos de aquella organización. La dignidad del ser humano es sagrada y el que por activa o pasiva la ofenda no puede jactarse de ser un buen creyente. El camino hacia Dios pasa por el camino del hombre. Mientras los derechos humanos sean atropellados “los muertos” son más que las estadísticas, y el grito del cielo se hace más ensordecedor: “Caín dónde está tu hermano”(Gn 4, 9). Dicho sea de paso, que llama la atención que Jesús repase mandamientos que afectan muy directamente la relación con los demás. Como si los tres primero mandamientos, que se refieren a Dios estuvieran implícitos en los demás.
Jesús habla, también, acerca del adulterio(Ex 20, 14; Dt 5, 18). Puede muy bien quedar como un apartado del anterior, del menosprecio que se hace de los débiles. La mujer era una propiedad del varón, no contaba. Siguiendo más los mecanismos psicológicos naturales que criterios de fe, se llegó a condenar a muerte a los adúlteros, que frecuentemente eran mujeres. Dejaron de leer a los profetas, que enseñaron que el adulterio más grave era la idolatría y que esta lleva al desprecio de los hermanos: Acusen a su madre, acúsenla que ella no es mi mujer ni yo soy su marido, para que se quite de la cara sus prostituciones y sus adulterios de entre los pechos”(Os 2, 4). Jesucristo va a revelar el verdadero sentido de la sexualidad al servicio del amor y de la vida, que están en peligro desde el primer movimiento de la lascivia humana; cualquier deseo desordenado de posesividad, de control, de dominio sobre el otro(a) es deshonesto y peligroso para la convivencia humana. Desde que la mayor energía capaz de impulsar al don total de sí mismo, es puesta al servicio de la dominación y abuso del otro(a), es una perversión de la ley de Dios. Como buen pedagogo, Jesús, trasmite con imágenes la santidad del amor que se juega en la relación hombre mujer, donde el cuerpo humano es su lenguaje. En el cuerpo, también, expresa la trascendencia del amor divino, quedando como signo de una realidad muy superior: “Por eso, si tu ojo derecho es para ti ocasión de pecado, arráncalo y tíralo lejos, porque más te vale perder un aparte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo”(Mt 5, 29). Desde el proyecto del amor encarnado, que se expresa en la sexualidad, Jesús llegará a cuestionar a quienes querían apedrear a una mujer: “El que esté libre de pecado, que lance la primera piedra”(Jn 8, 1-11). Como si les dijera, el que tenga un amor que nunca haya sido herido por el egoísmo, en algún momento, que juzgue y destruya. Nuevamente, hay mucho de ética en esto, pero sobre todo de mística, es decir, de una pasión infinita por el reino de Dios.
Con la misma actitud hablará Jesús sobre el divorcio(Dt 24, 1) y sobre el juramento(Lv 19, 12; Nm 30, 2). Respetar la voluntad del Legislador Supremo y no ponerlo a nuestro servicio. Sobre el divorcio enseñará Jesús más adelante: “Así pues, lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”(Mt 19, 6). Considera la santidad del matrimonio por ser sacramento del amor de Dios por su pueblo. Dios no se echa para atrás. En el juramento aparece el tema de la verdad, que no puede ser relativa a nada, sino a lo único que permanece para siempre: “…ni una letra, ni una coma dejará de realizarse”(Mt 5, 18).
El sermón del monte es una invitación a la humildad, a ser “pobres de espíritu”, a ser bienaventurados. No es cuestión de unos simples cambios exteriores, sino de un “nuevo nacimiento”(Jn 3, 3). Lo que Jesucristo esté proponiendo en realidad es una nuevo nacimiento; antes que un cambio de conducta, un cambio de mentalidad, de ser. El nuevo rostro de la idolatría, que atenta contra la comunión, en la comunidad de Mateo y en nuestro tiempo, es el encerrar a Dios en ciertas prácticas religiosas. Con mucho tacto Mateo trata los conflictos al interior de su comunidad entre la corriente judaizante y los cristianos venidos del paganismo. Jesucristo va por el hombre nuevo, el “manso y humilde de corazón”(Mt 11, 29).










