– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL 1er DOMINGO DE ADVIENTO
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
Jer 33,14-16; Sal 24; 1 Tes 3,12-4,2 Lc 21, 25-28. 34-36.
1 de diciembre, 2024
Durante este ciclo C, que hoy comenzamos, nos instruirá en el misterio de Cristo el evangelista san Lucas. En el texto que meditamos aparece un tema muy recurrente en Lucas como lo es el de la oración. Es significativo que Lucas capitalice todo el anuncio del final de los tiempos en la vigilancia orante: “Velen, pues, y hagan oración continuamente, para que puedan escapar de todo lo que ha de suceder…”(Lc 21, 36). En todo el evangelio la oración ocupa un lugar muy importante en la obra de salvación. El misterio de la anunciación es de oración, donde la plenitud de los tiempos comienza a realizarse. Podemos decir que fue un diálogo muy intenso entre María y Dios, donde ella muestra una fe que culmina en el ¡hágase como has dicho! La oración de María fue vigilancia que reconoce los signos de los tiempos, esta vez el más elocuente signo de la presencia de Dios. El Magnifica, que no registra ningún otro evangelio, nos narra la experiencia de encuentro, de María, con Dios. La oración de Zacarías es otra profesión de fe en la intervención portentosa de Yahvé en favor de su pueblo: “Nos ha suscitado una fuerza salvadora en la familia de David su siervo,…”(Lc 1, 69). Muy significativas serán las enseñanzas sobre la eficacia de la oración: “Pues si ustedes, aun siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¿cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?”(Lc 11, 13).
La oración es obra del Espíritu Santo en nosotros. Por eso, “a través de la oración sucede como una nueva encarnación del Verbo. Y somos nosotros los “tabernáculos” donde las palabras de Dios quieren ser acogidas y custodiadas, para poder visitar el mundo. A través de la oración, la Palabra de Dios viene a vivir en nosotros y nosotros vivimos en ella. La Palabra inspira buenos propósitos y sostiene la acción; nos da fuerza, nos dea serenidad, y también cuando nos pone en crisis nos da paz”(Francisco). En la oración el Espíritu Santo proclama el anuncio más importante de todos: “En aquel momento, el Espíritu Santo llenó de alegría a Jesús, que dijo: Yo te alabo,, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y se las has dado a conocer a los sencillos. Sí Padre, así te ha parecido bien”(Lc 10, 21). La alegría también es un tema favorito de Lucas.
Como poeta del reino Jesús habla, ahora, de las cosas futuras con el lenguaje adecuado para animar la esperanza. El ser humano vive orientado hacia el futuro pero no siempre con la actitud correcta, a veces con demasiada angustia, a veces con ingenuo optimismo. Hay quienes hacia adelante ven sólo calamidades, catástrofes, juicios, castigos. Otros, lo ven como un tiempo que les traerá la salvación de una forma mágica, sin invitar al compromiso con el momento presente, incluso promoviendo, más bien, un descuido de la problemática actual. En el texto que meditamos Jesús evita tanto una cosa como la otra; lo presenta, ciertamente, como un tiempo de liberación,de plenitud, pero muy comprometido con el momento presente.
Es tan importante el futuro para las personas, que fácilmente pueden ser presa de muchos engaños, propuestas que venden “seguros” de felicidad hacia el futuro. Muy frecuentemente se lucra con la desesperación de la gente. Hay ofertas de salud, de dinero, de juventud, de ser libradas de supuestos maleficios por medio de prácticas supersticiosas. La religión misma se lleva, a veces, a niveles de charlatanería, donde prácticas u objetos religiosos se asumen como amuletos de buena suerte. Casi todo esto tiene en común la aceptación de fuerzas caprichosas, como el destino, o incluso divinas, que manejan arbitrariamente la vida de las personas. A veces la misma idea que se tiene del mal -demonio- forma parte de esas fuerzas irracionales que someten fatalmente a los hombres. Esto nos pone frente a un futuro muy determinista, frente a lo que la libertad humana poco puede hacer. Si bien es cierto, la libertad humana es limitada, no está bien llevarla al límite de la anulación. Esto no es una concepción muy dignificante para el ser humano, que lo define su autoconocimiento y autoposesión, humanamente posible.
Existen otras muchas formas de vender sueños no muy adecuadas a la inteligencia humana. Hay formas de manipular la composición química de las personas, que lo llevan a mundos fantasiosos.
Estimulan a cualquier persona desde su parte sensible para que llegue a proyectarse en mundos falsos de libertad, de grandeza, de paz. También actúan como “encantadores de serpientes” ideas, imágenes, prácticas que sólo explotan la sensibilidad o la imaginación, creando mundos idealizados, sin preparar para enfrentar la realidad. Se manipula el miedo, la ignorancia, la necesidad para ofrecer soluciones falsas a la vida. Jesucristo es muy claro en su propuesta: hay un mundo nuevo, necesariamente a través de la crisis que reclama la propia responsabilidad.
Comenzamos hoy el tiempo de adviento, tiempo de preparación a la celebración de la navidad. En los siguientes domingos celebraremos cómo fue la espera de la llegada del Dios niño que nació de la manera más humilde. Se puso totalmente a merced del trato que el mundo le quiso dar.
Podemos decir que esta venida no sólo fue preparada pasivamente por quienes esperaban, sino que ellos mismos fueron protagonistas del nacimiento del hijo de Dios. Pero ahora este texto nos sitúa en la espera de la segunda venida, ya no la de Isaías, María o Juan el Bautista. Nosotros ya no esperamos el nacimiento en la carne del hijo de Dios, sino que esperamos la consumación de los tiempos. Aquel que en su primera venida se sometió a nuestro escrutinio vendrá a juzgar todas las cosas.
La primera lectura nos recuerda el anuncio del profeta Jeremías, frente al asedio que sufría la ciudad por parte de los caldeos. Cuando todo estaba perdido para la ciudad y, cuando él mism estaba en la cárcel, se atreve a decir: “En aquellos días y en aquella hora, yo haré nacer del tronco de David un vástago santo, que ejercerá la justicia y el derecho en la tierra. Jerusalén estará segura y la llamarán ‘el Señor es nuestra justicia’”(Jer 33, 15-16). En realidad la ciudad fue invadida, pero estás palabras de Jeremías alentarán siempre el deseo de liberación del pueblo, hasta su regreso tiempo después. Desde esta esperanza, Jeremías mantuvo una actitud muy digna como para denunciar a su pueblo que lo que le sucedía se debía a su rebelión contra los mandamientos de Yahvé, pero, al mismo tiempo sostenía a su gente en la esperanza de reivindicación. De este modo contribuyó a alentar la expectativa mesiánica, que se cumplió en Jesús.
De forma diferente lo hace Jesús anunciando el final de los tiempos. Jeremías hablando de un “vástago santo” del tronco de David, buscan lo mismo que Jesús: sostener la esperanza de un pueblo que lucha por una convivencia pacífica y fraterna. Ser animadores de la esperanza debe ser la especialidad de los creyentes. Estamos invitados por el Papa Francisco a ser “Peregrinos de Esperanza”, con motivo del Año Santo de la Redención 2025. Aprendamos de los personajes del adviento, testigos de esperanza, a mantenernos firmes en ella. Por el lenguaje catastrófico pareciera que el discípulo de Jesús es un pesimista que le apuesta al fracaso, a la derrota, antes que al optimismo de la existencia. Pero, precisamente porque está convencido de la belleza y la bondad de la vida, no renuncia a defenderla. Hace una juicio universal contra todo lo que amenazala vida, sobre todo la más vulnerable. Al escuchar estas palabras de Jesús, el hombre humilde sabe que se acerca la “hora de su liberación”.
La esperanza nos revela la grandeza del ser humano, mostrándonos lo que puede llegar a ser. Sin ella se abandona a la “rapiña” de los ”mesías” del mundo. Todos conocemos hermanos que han perdido los fundamentos más valiosos de la vida, porque se dejaron robar la esperanza. Se abandonan a los vicios, la embriaguez, el descuido y las preocupaciones, como dice Jesús en el evangelio. Tomemos estos términos en su sentido más amplio, que hace referencia a todo lo que adormece el amor de Dios y hace que bajemos la guardia. Se trata más de un anuncio que de una denuncia. De este modo Jesús está anunciando “el año de gracia del Señor”, del que hablábamos al principio(Lc 4, 19). Se reduciría el discurso de Jesús si lo interpretamos sólo moralmente, porque hay mucha otras situaciones que entorpecen al alma. No acusemos a Jesús de ser un moralista, que le gusta fijarse en los errores de la gente y acusar. Él contempla la grandeza de la vocación del ser humano, y se indigna contra lo que envilece la imagen de Dios en él. No está contra el placer, la fiesta o la alegría, sino contra la enajenación del ser humano. No tiene problemas, Jesús, con la bebida, la comida o la fiesta, lo sabemos, él supo disfrutar de la vida. Su problema es contra lo que hace que el hombre pierda la conciencia de sí mismo, de su dignidad y lo lleva a “echar sus perlas a los cerdos”(Mt 7, 6).










