– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL 4.° DOMINGO DE ADVIENTO
22 de diciembre, 2024
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
Al igual que el bautista que permitió a la palabra de Dios ser “viva y eficaz” en su persona, de tal manera que lo demuestra en su estilo de vida y en la denuncia del culto vacío que se practicaba en Jerusalén, María, ofrecerá un culto en “espíritu y en verdad” a Dios, envuelto en la ternura femenina. Será la que mejor ha escuchado la palabra de Dios y la ha puesto en práctica(Lc 11, 28): “…la Palabra de Dios es verdaderamente su propia casa, de la cual sale y entra con toda naturalidad. Habla y piensa con la Palabra de Dios; la Palabra de Dios se convierte en palabra suya, y su palabra nace de la Palabra de Dios”(DV, 28). La belleza integral de María seducirá a Dios, de tal modo que provocará el desencadenamiento de la plenitud de los tiempos: “Alégrate María, llena de gracia, el Señor está contigo”(Lc 1, 28). El camino recto que Dios quería que se le preparara hecho de misericordia y justicia, antes que de puros sacrificios, es ofrecido por María. María ofreció el sacrificio de la escucha y la obediencia a la Palabra.
El drama de la escucha que enfrenta el Servidor de Yahvé fue el mismo que vivió María: “Cada mañana me despierta el oído, para que escuche como los discípulos. El Señor me ha abierto el oído, y yo no me he echado atrás. Ofrecí la espalda los que me golpeaban, mis mejillas a los que tiraban mi barba; no oculté la cara ante los insultos y salivazos”(Is 50, 4-6). El que escucha la palabra por dentro no escapa a su fuego devorador: “La palabra del Señor se ha convertido para mí en constante motivo de insulto y burla… Era dentro dentro de mí como un fuego ardiente encerrado en mis huesos; me esforzaba en sofocarlo, pero no podía”(Jer 20, 8-9). María tenía razón al “defenderse” de las palabras del arcángel, ella alcanzaba a escuchar la profundidad del misterio de Dios encerrado en su Palabra. Nadie escucha así a Dios impunemente. María tendrá que enfrentar la superficialidad de la religiosidad de aquel pueblo, que “piensa repudiarla en secreto”(Mt 1, 19), que la exponía a ser lapidada. María “no se echó para atrás”, cuando Simeón le anunció que a ella una espada le atravesaría el alma(Mt 2, 35).
La fe de María está toda ella inspirada y moderada por la escucha de la Palabra. Esto hacía que su fe y su vida no fueran dos caminos paralelos, sino uno sólo en el dinamismo de la Palabra que cumple lo que dice: “Todo fue hecho por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto llegó a existir”(Jn 1, 3). Sólo ella puede crear de la nada: “Y dijo Dios: Que exista la luz. Y la luz existió”(Gn 1, 3). Nada puede resistir a su voz: “Él envía a la tierra sus órdenes, veloz va corriendo su mensajes…”(Sal 147, 15). La fe verdadera viene de la predicación y la predicación se verifica mediante la Palabra de Cristo”(Rom 10, 17). Sólo la escucha de la Palabra puede crear esa relación nueva en el Espíritu con Jesús: “Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica”(Lc 8, 21). Sólo el Espíritu Santo puede construir la unidad de vida en el corazón del hombre, revelando al que es la Palabra: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti…”(Lc 1, 35). Sin la Palabra caemos en el culto vacío, en los preceptos humanos.
La carta a los hebreos(2a lectura) nos presenta la encarnación como la superación del divorcio fe-vida. Por principio la Navidad es la unidad que obra el Espíritu entre lo humano y lo divino. Jesucristo pone toda su humanidad al servicio del proyecto divino. Como cumplimiento de la misión del Siervo vive su divinidad en total sumisión a la voluntad de su Padre. Escucha la Palabra de Dios en el salmo y la asume plenamente: “No quisiste víctimas ni ofrendas, no te agradaron los holocaustos ni los sacrificios por el pecado, entonces dije -porque a mí se refiere al Escritura-: ‘Aquí estoy, Dios mío; vengo para hacer tu voluntad”(Sal 40, 7-9). Esta actitud fundamentará los principios del reino de Dios anunciado por Jesús: primacía del interior, la alegría de Dios por la conversión de un pecador, la renuncia de sí mismo, el amor preferencial por los pobres. La adoración en espíritu y verdad que enseñará Jesús(Jn 4, 24), está prefigurado en este asumir la condición humana(Heb 10, 5). Podemos decir que el cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento en Jesucristo, también, significó una relectura en el Espíritu de la Sagrada Escritura. María al escuchar y obedecer la Palabra libera su eficacia en la carne de Jesús: “Al estar íntimamente penetrada por la Palabra de Dios, puede convertirse en madre de la Palabra encarnada”(DV, 28).
María es testigo privilegiado del adviento porque nos comparte “lo que ha oído, lo que ha visto con sus ojos, lo que contempló y tocó con sus manos acerca de la Palabra de la vida”(1Jn 1, 1). María llegó a ser una sola carne y un solo aliento con Jesús, por eso nos puede hablar desde dentro del misterio y no sólo indicarlo desde el exterior. Su fe se volverá un compromiso real con su pueblo, con la historia. Mejor “argumento” de la fe de María no puede existir que Jesús en su vientre, pero también está su movimiento de salida al encuentro de su prima Isabel y la alegría en esta y en su hijo: “Porque en cuanto oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno”(Lc 1, 44). En la proclamación comienza la dimensión social de la fe, ya no se trata de algo que simplemente permanece en lo secreto del corazón, sino que los demás reciben su beneficio. La fe de María se encarna en Jesús, pero también en una esperanza que empieza a palpitar a su alrededor.
Abusando de la imaginación podemos decir que en su visitación, María, anda organizando la “resistencia” contra la tiranía. La fe de María se traduce en “estrategia de liberación”. Hasta podemos leer el encuentro de María e Isabel como una reunión de esas que hacen los más importantes de la tierra para “salvar al mundo”; o como los grupos disidentes que arman la revolución, no porque ellas promuevan la violencia, sino porque traen entre manos un cambio radical de estructuras. Quién iba a pensar que la ternura de estas mujeres encerraba el poder más grande para redimir a la humanidad. En realidad se trata de un “diálogo de salvación” no de “chismorreo”. Son el modelo de una pequeña comunidad que hace la Lectivo Divina e iluminan la vida con la Palabra. Comparten su fe mutuamente para profundizarla. Es un diálogo en el Espíritu, en la verdad, en el amor. Se ayudan a comprender para responder mejor a la voluntad de Dios.
Debió ser alentador para María escuchar la confirmación de las palabras del ángel Gabriel en las de Isabel: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre… Dichosa tú que has creído…”(Lc 1, 42. 45). Esto se verá reflejado en la profesión de fe de María: “Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador…”(Lc 1, 47). Seguramente Isabel, también, se sintió confirmada por la presencia de María en su casa y se alegró con Juan. Vibró de emoción al escuchar a María recitar su Magnificat, en el fondo es una oración muy semejante a la que recitaba su esposo Zacarías: “Mi alma glorifica al Señor…”(Lc 1, 47)/ “Bendito sea el Señor, Dios de Israel…”(Lc 1, 68). “Actuó con la fuerza de su brazo…”(Lc 1, 51)/”suscitando una fuerza salvadora”(Lc 1, 69). “…como lo había prometido a nuestros antepasados…”(Lc 1, 55)/ “…como lo había prometido desde antiguo”(Lc 1, 70). “…acordándose de su misericordia…”(Lc 1, 54)/”De este modo mostró el Señor su misericordia a nuestros antepasados…”(Lc 1, 72). El Benedictus tuvo que ser la oración de Isabel también. Se trata de un verdadero diálogo en la fe que va preparando la intervención portentosa de Dios.
El “asalto” de Dios al mundo se concibió en Nazaret, pero se fue preparando su estrategia en la montaña de Aim Karem y en otros lugares, por medio de la solidaridad, el servicio, el dialogo con la palabra de Dios, la oración, la alabanza, la alegría porque Dios “revela los secretos del reino a la gente sencilla y se los oculta a los sabios y entendidos”(Lc 10, 21). Después de encarnarse en el seno de María, la Palabra se fue encarnando en la comunidad. María e Isabel nos enseñan la necesidad de cultivar la escucha, de promover el encuentro en la fe, la misión, la celebración, la oración, la caridad, el amor preferencial por los pobres, como camino de esperanza. Es necesario que nos ayudemos a discernir la voluntad de Dios en nuestras vidas y los acontecimientos, a la luz de la palabra de Dios. Es necesario que salgamos al encuentro unos de otros y juntos hacia los más alejados de la fe.










