– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO XXXIII ORDINARIO
/ JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
Mc13, 24-32.
17 de noviembre, 2024
Jesús hace una evaluación de todo lo vivido en su misión, que se acerca al final. Sus palabras no se refieren sólo a las confrontaciones que ha tenido desde su llegada a Jerusalén hace unos días, nos habla de lo que ha visto toda su vida, especialmente durante su ministerio. Es muy probable que desde su infancia, cuando se encontró con los doctores de la ley(Lc 2, 46), en su inocencia sus preguntas tuvieran que ver con el “negocio” de la religión que hacían los lideres religiosos. Tal vez, desde entonces veía incompatibilidad entre el Dios que le había aprendido en Nazaret y el Dios de Jerusalén. El había conocido al Dios de los humildes, de la viuda, del huérfano, del forastero. Sin embargo en Jerusalén Dios estaba preso en una serie de actitudes que habían denunciado los profetas: “Escuchen esto, los que aplastan al pobre y tratan de eliminar a la gente humilde, ustedes que dicen:…Achicaremos la medida, aumentaremos el precio y falsearemos las balanzas para robar; compraremos al indefenso por dinero, y al pobre por un par de sandalias…”(Amós 8, 4-6). No se trata de una vulgar “lucha de clases”, donde se da cause a odios y resentimientos personales, sino de la “ira santa” que Jesús había manifestado en la purificación del templo, donde se busca la justicia Divina (Mc 11, 15-17).
Sin una fuerte experiencia de Dios, Jesús no tenía derecho a ir a importunar aquel “mercado religioso”. Enfrentarse a todo aquel sistema religioso desde sus rencores y ambiciones no era posble, no hubiera podido justificar su autoridad como lo hizo frente a un grupo y otro de los dirigente judíos.: “Yo también les voy a hacer una pregunta y, si me responden, les diré con qué autoridad actúo así: El bautismo de Juan, ¿provenía de Dios o de los hombres? ¡Respóndanme!”(Mc 11, 29-30). Sin la pasión por las cosas de Dios, Jesús hubiera sido un vulgar pendenciero que va a disputar el poder a aquellos “buitres” de lo religioso. Y hubiera sido uno más que el poder de este mundo aplastaba y reducía al silencio. De hecho, desde el punto de vista del mundo, Jesús fue un impostor y blasfemo que recibió su merecido. Pero Jesús simplemente va por los derechos de Dios, no para quedarse con ellos, sino para edificar un pueblo santo sobre ellos. Podemos decir que no es el dinero lo que pelea Jesús, sino la imagen de Dios su Padre y, junto con ello, relaciones justas y fraternas. En adelante habrá una clave interpretativa totalmente nueva de los acontecimientos más allá de los niveles político y económicos, que aparece ya en la mirada de Jesús sobre aquella viuda que echa “dos monedas” y los ricos que daban de lo que les sobraba.
Es obvio que este texto del evangelio se refiere a la denuncia de unos personajes históricos, de la religión judía, como fueron los escribas. Pero también puede ser un fiel retrato del corazón de los creyentes de todos los tiempos, especialmente de los que encabezan las comunidades. El relato se ubica en el tiempo de Jesús, pero desde la vida de la primitiva Iglesia en su lucha contra el judaísmo y, seguramente también, frente a ciertas actitudes no muy fraternas que se daban en las comunidades cristianas. Al parecer la ambición y la vanidad es un cáncer que corroe a todas las religiones, no sólo al judaísmo; se promueve un narcisismo espiritual que luego se traduce en pretensiones de supremacía. Es lo que ahora se llama “mundanidad espiritual”, que consiste en una serie de “poses” religiosas expresado en un supuesto celo por la ortodoxia, la liturgia, la disciplina, la imagen, la pastoral, la proyección social de la fe, etc., pero que en el fondo lo único que interesa es la conquista de espacios de poder dentro de la comunidad, los famosos “lobby” que se dan en todos lados, también dentro de la Iglesia.
Se trata de actitudes que todos podemos reconocer fácilmente en los demás, pero que es casi imposible que las reconozcamos en nosotros mismo. Todos nos sentimos con autoridad para denunciarlas, sin darnos cuenta de que miramos la pelusa en el ojo ajeno sin fijarnos en la viga que tenemos en el nuestros(Lc 6, 41). De todos los que podemos denunciar estas patologías de la fe, sólo Jesucristo tiene la coherencia para hacerlo. Por eso, si el encuentro con el escribe, el domingo pasado, había sido muy formal, muy respetuoso, ahora se deja de respetos humanos y denuncia la actitud más constante que ha encontrado en estos personajes.
Qué aguda e incisiva es la denuncia que hace Jesús a este tipo de actitudes cuando dice: “…se echan sobre los bienes de las viudas haciendo ostentación de largos rezos”(Mc 12, 40). Denuncia los “pliegues” o “dobleces” que observa en la conducta de los escribas; es como el “doble fondo” del que se habla hoy en ciertas conductas delictivas, donde se simula un fondo limpio y ordenado, para ocultar el verdadero fondo donde va lo ilegal, lo prohibido. En el caso de los escribas el fondo aparente consiste en “largos rezos”, sin embargo, en el verdadero fondo existe rapiña: “se echan sobre los bienes de las viudas”. El “modus operandi” es igual a la de los criminales de alta peligrosidad. Pero entonces, lo que aparece como piedad es solo astucia para engañar y caer sobre “la presa”.
De lo más mezquino que hay es ser lobo con piel de oveja, usar las cosas santas para el propio beneficio. Peor que la esquizofrenia mental es la del corazón, en la primera no hay maldad realmente, la segunda es un proyecto diabólico. Jesús está poniendo “el dedo en la llaga” de todos los tiempos y de todas las religiones: la posibilidad de ser una mafia resguardada tras una imagen impecable. En el evangelio de san Juan, Jesús acusa a los judíos de ser insaciables en la búsqueda de reconocimiento, lo cual los hace incapaces de una fe verdadera: “Pero yo los conozco y no tienen el amor de Dios en ustedes…¡Cómo pueden creer ustedes, que aceptan gloria unos de otros y no buscan la gloria que viene del único Dios?(Jn 5, 42. 44). Buscar afanosamente posicionarse en la estructura religiosa es señal inconfundible de que Dios es lo último que importa.
Toda comunidad está en peligro de de ser una “cueva de ladrones”, que oculta sus verdaderas intenciones tras una fachada amable. Habrá que exponernos a la luz integrísima del Evangelio de Jesucristo, para que nos ayude a denunciar esos “dobleces” muy finos que tiene nuestra vida, que dan la impresión de unidad, de bondad, pero que en realidad son huecos en los que se maquina el delito. Estas “esquizofrenias” a nivel de conciencia en muchas ocasiones no se perciben, pero en otras están fríamente calculadas. Dichas conductas criminales no alcanzan a ser tipificadas como un delito por las leyes y, sin embargo, son fuente de donde manan delitos horribles. Es en este nivel profundo de la conciencia , a donde no llega la justicia humana, donde se “pacta con el demonio”; ahí es donde comienza toda la locura de la “doble vida” que nos amenaza a todos. Podremos afinar todas nuestras técnicas de combate al crimen, pero, mientras sigamos pactando con él en los oscuro de nuestro corazón, como los escribas, siempre habrá el riesgo de las “infiltraciones” y las corrupciones que traicionarán la causa del bien. La delincuencia más peligrosa es la que se enquista en la inocencia, en el servicio, en la caridad, en la religión. El que logra encubrir sus perversas intenciones en la institucionalidad será un peligro constante. El problema de la búsqueda de los primeros lugares es que se pierde la sensibilidad hacia los hermanos, los cuales se convierten sólo en “cosas útiles” para lograr los propios fines. La verdadera fraternidad pasa por el amor a Dios, sin éste toda filantropía es sospechosa de afán de dominio. Por eso, con san Pablo decimos: “…doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra”(Ef 3, 4). Todo envanecimiento es un atentado contra la comunidad, y es un signo inconfundible de que no nos anima el amor de Dios.
Con la misma mirada profunda con que Jesús denuncia las apariencias de los escribas, también, reconoce la sinceridad del corazón en una viuda que echa en las alcancías del templo dos monedas de poco valor. Mientras unos lucraban con la religión, esta mujer ofrece todo lo que tiene para vivir. De esta manera, Jesús, hace más elocuente la denuncia a los guías religiosos. Más que buscar herir, lastimar, quiere reivindicar la imagen de Dios y liberar aquellos hombres de sus miedos y ambiciones. Nuestra relación con Dios es la última oportunidad que tenemos para redimir nuestra vida, si dejamos que se lleven di intereses mezquinos el “santuario” del encuentro con Dios, tendremos una vida miserable y, tal vez insoportable.
Aquella ofrenda representa a Jesús, que en la cruz se ha entregado totalmente. Agradezcamos a Jesús que ha venido a compartirnos la mirada de Dios sobre la vida, una mirada que no juzga por las apariencias, sino que se fija en el corazón. Muchos fueron rescatados por la mirada profunda de Jesús de las miradas ambiciosas y superficiales de sus hermanos.










