MEDITACIÓN PARA INICIAR EL AÑO 2021
(P. Héctor Villa)
“Me convirtió el misterio de la Encarnación”
(P. Antonio Chevrier)
“Recuerda de que cabeza y de que cuerpo eres miembro…”.
En la oración colecta de la misa de navidad oramos diciendo: “Dios nuestro, que de modo admirable creaste al hombre a tu imagen y semejanza, y de modo más admirable lo elevaste con el nacimiento de tu Hijo, concédenos participar de la vida divina de aquél que ha querido participar de nuestra humanidad”.
La petición de “participar de la vida divina de aquél que ha querido participar de nuestra humanidad”, nos propone una perspectiva amplia y profunda de la navidad que nos sitúa más allá de un momento festivo o celebración puntual. La oración pone en el centro la finalidad última del misterio de navidad, que nos enriquece y nos permite captar las bondades y consecuencias de la encarnación del Hijo de Dios: participar de la vida de Dios, ser como Dios.
Esta visión ya había sido meditada y propuesta por el escritor sagrado en un texto presentado de manera discreta y original en una de las cartas de Pedro al afirmar: “…mediante el cual nos ha otorgado los preciosos e inmensos bienes prometidos para que por ellos os hagáis participes de la naturaleza divina…” (2Pe. 1,3-4). Es valiosa la nota a pie de página ofrecida por la Biblia de Jerusalén a propósito de esta afirmación: “Expresión de origen griego, única en la Biblia, y que sorprende por su tono impersonal. El Apóstol hace que aquí exprese la plenitud de la vida nueva en Cristo, comunicación hecha por Dios de una vida que le es propia. Aquí esta uno de los apoyos de la doctrina de la “deificación” entre los Padres griegos”. El mismo comentario nos remite a otras citas bíblicas que pueden servir y ayudar en este sentido (Jn. 1,12; 10,34 (=Sal 82,6); 14,20; 15,4-5; Rom. 6,5; 1Cor. 1,9s; 1Jn. 1,3).
Esto significa que por el nacimiento de Jesús en el pesebre se nos ha manifestado el amor inconmensurable de Dios por la humanidad, “tanto amó Dios al mundo…” (Jn. 3,16; cf. Rom. 5,7s), pero también se nos ha dado a conocer algo más y es ante todo el deseo de Dios de restituir al hombre la dignidad perdida por Adán, si por un hombre entro el pecado en el mundo, por un hombre entro la gracia que en Cristo se ha desbordado sobre nosotros, hemos sido agraciados en el amado como lo expresa Pablo al meditar en la riqueza de este don (Rom. 5,12-15; Ef. 1,3-14)
Como sabemos, contemplando este misterio, el P. Chevrier ora y canta: “¡Oh Verbo! ¡Oh Cristo! ¡Qué bello y que grande eres!… Haz, oh Cristo, que yo te conozca y te ame…”. Sabemos que el misterio de encarnación está en el corazón de la vida del P. Chevrier y fue precisamente, contemplando la kénosis del Verbo lo que cambió el rumbo de su vida y determinó el estilo de su ministerio: “Meditando la noche de navidad sobre la pobreza de Nuestro Señor Jesucristo y su abajamiento en medio de los hombres, tome la resolución de dejarlo todo y vivir lo más pobremente posible… Me convirtió el misterio de la encarnación…” 1.
Esta experiencia del P. Chevrier me invita a pensar en dos aspectos que enriquecen nuestro ministerio: la tarea de contemplar y admirar el misterio de la encarnación y sacar sus consecuencias para nuestra vida ministerial.
El misterio de la Encarnación
El P. Chevrier, habiendo sido tocado por este misterio no cesó de meditarlo. Contemplar este misterio le hace preguntarse: “¿Qué hizo Dios en su deseo de hacerse conocer por sus hijos? Como una buena madre, vino al lado de sus hijos, bajó, se hizo igual a nosotros, vino entre nosotros para hacerse conocer por nosotros. No queréis reconocerme, rechazáis a mis profetas, rechazáis a los que yo envío, no reconocéis los signos que os he dado. ¡Pues bien!, iré yo mismo, bajaré con vosotros, os hablaré, habitaré con vosotros, me haré conocer, me manifestare a vosotros… Oh Dios admiro tu deseo de ser conocido” 2.
Él nos comparte también una oración al Dios de la Encarnación, admirando y alabando la bondad y misericordia de Dios al compartirnos su misterio. P. Chevrier se extiende haciendo de esta oración un canto y una acción de gracias al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Reconociendo también en María un instrumento eficaz de la misericordia divina. Él nos invita a prolongar en nosotros esta acción de gracias.: “¡Señor, cuántas maravillas me revelas en este misterio! ¡Cuánta sabiduría y amor en tu comportamiento con tus pobres criaturas!… Amor y gratitud a ti, oh Verbo eterno, imagen consustancial del Padre, que para la gloria de tu Padre y la salvación de los hombres, has consentido venir a la tierra, en medio de nosotros, a pesar de los sufrimientos, los desprecios y a muerte ignominiosa que te esperaban… Para entrar en el dinamismo de este divino misterio, os pido, oh Padre Santo, que pongas en mí una santa compasión hacia los pobres pecadores y no me deje llevar por el desprecio o la frialdad hacia ellos… Te pido oh Verbo hecho carne, que me concedas la entrega y el celo por las almas que te ha llevado a descender de lo alto del cielo y a aceptar por nuestra salvación, humillaciones, sufrimientos y muerte” 3 .
En sintonía con esto, sabemos que la Iglesia medita la riqueza de este misterio, durante los días del octavario de navidad y la Epifanía a la luz del pensamiento de los padres. Estos primeros teólogos nos ayudan e incitan a contemplar y admirar el misterio realizado en Belén, pero también a sacar las consecuencias necesarias para la vida cristiana y para nuestro ministerio.
San León Magno nos lleva a contemplar nuestra dignidad a la luz de este misterio y afirma con sencillez cómo por el verbo hemos sido divinizados: “Reconoce, oh cristiano, tu dignidad y ya que ahora participas de la misma naturaleza divina, no vuelvas a tu antigua vileza con una vida depravada. Recuerda de que cabeza y de que cuerpo eres miembro…”.
Ante la grandeza del gesto del Verbo divino, San Hipólito subraya las bondades y las consecuencias de su abajamiento y sugiere el esfuerzo de adentrarnos en nosotros y trabajar en nuestras personas: “En todo esto –el Hijo de Dios- ofreció su humanidad como primicias, para que tú, en medio de los sufrimientos no te desanimes, sino que, recordando tu condición de hombre, esperes recibir, también tú, lo que Dios quiso darle a él… todo aquello que es propio de Dios, él prometió dártelo cuando seas divinizado y alcances la inmortalidad. Conócete, pues, a ti mismo, reconociendo al Dios que te hizo; pues conocer a Dios y ser conocido por él corresponde a aquel que ha sido llamado por Dios… si obedeces sus mandatos y, por tu bondad imitas al que es bueno, llegarás a ser semejante a él, y él te honrará; pues no es mezquino el Dios que te ha hecho dios para su gloria”.
El subrayado es mío, pero podemos captar la propuesta original de los padres, en Cristo “Dios ha divinizado al hombre, lo ha hecho dios”, si bien esto requiere un trabajo permanente y un esfuerzo de parte nuestra: “trabajar por conocer a Dios y ser conocido por él. Trabajar por conocerse”. San Agustín escribe, “que me conozca Señor para conocerte a ti”.
Otros textos nos ayudan y complementan en esta visión del hombre: “El Verbo se encarnó para hacernos partícipes de la Naturaleza Divina. Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios hijo del Hombre, para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios” (S. Ireneo). “El Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos dios” (S. Atanasio). Posteriormente Santo Tomás comenta: “El Hijo unigénito de Dios queriendo hacernos partícipes de su Divinidad, asumió nuestra naturaleza para que habiéndose hecho hombre, hiciera dioses a los hombres”.
No nos extraña pues que el Concilio, recogiendo esta verdad afirme que el objeto de la revelación de Dios Padre es el “hablarnos como amigos, entrar en diálogo con nosotros, invitándonos a su compañía y así, participarnos de su naturaleza divina” (cf. DV 2; cf. Ef. 2,18; 2Pe 1,4).
En el misterio del pesebre, no estamos pues solamente ante la riqueza de un don para ser admirado, algo valioso que se ofrece a la humanidad o una revelación del amor de Dios. Ciertamente es un don, pero este don se expande no solamente al revelarnos el amor de Dios sino al ofrecernos restituir una gracia perdida, recuperar nuestra profunda identidad como hijos de Dios, depositarios de su vida, llegar a ser uno en Dios, participar de su divinidad. Asumir nuestra vida y ministerio como un trabajo por vivir a fondo esta vocación a la santidad, esta misión de llegar a ser como Dios, ser iconos de Dios en medio de los hombres es un trabajo para toda la vida 4.
Acoger el don: llegar a ser como Dios
El proceso de llegar a ser Hijo de Dios, llegar a participar de la divinidad del Padre no es algo automático y espontaneo. De hecho San Juan comenta que “vino a los suyos y los suyos no lo recibieron, pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios a los que creen en su nombre. Y la Palabra-Verbo puso su morada entre nosotros”,” (Jn. 1,11-13). Acoger la Palabra encarnada, aceptarla en nuestras vidas, creer en ella, inicia pues un proces que nos permite “llegar a ser”, “asumir progresivamente” una identidad nueva.
Para Pablo se trata de un proceso en el que se va madurando y se va avanzando desde una etapa inicial o infantil a la madurez o vida adulta (1Cor. 14,20; cf. Fil 3,15; Col 4,12; Heb 5,14). Por ello conviene “trabajar con sumo cuidado, a fin de alcanzar la salvación” (Fil. 2,12).
El objetivo último de la vida cristiana, la meta es llegar a ser como Dios, participar de su vida, participar de su divinidad. San Pablo lo expresa proponiendo “reproducir la imagen del Hijo” en nosotros (Rom. 8,29) o también como alcanzar “la estatura de Cristo”, “la plena madurez de Cristo” (Ef. 4,13). San Juan lo dice de una manera directa y concisa: “Quien dice que permanece en él, debe vivir como vivió él” (1Jn. 2,6).
Considero que esto hemos de reflexionarlo mucho junto con nuestra gente. La vida cristiana no se reduce a “ser buenos”, “cumplir con preceptos”, “estar bien”. A veces podemos reducir la vida en Cristo a lo que dice alguna gente “buena”: Yo no mato, yo no robo, yo voy al templo. Se convierte asi la riqueza de la vida cristiana en un tema religioso, “ser cristiano por tradición”, en algo cultual tantas veces al margen de la vida y de las relaciones.
Nuestra vida sacerdotal se puede vivir en esta óptica o desde nuestras prioridades no siempre animadas por el espíritu del evangelio, sin haber hecho un trabajo de autoconocimiento y de asumir nuestras personas. Tal vez por esto el P. Chevrier insiste y distingue entre ser sacerdotes malos, buenos y santos. Para el P. Chevrier no basta con ser buenos, hay que aspirar siempre a la santidad.
La Escritura y los Santos Padres contemplan como consecuencia de la encarnación y del ser cristianos la configuración con Jesucristo, “vivir como vivió él”. Tal vez desde esta óptica se puede reflexionar y captar mejor lo que el P. Chevrier intuyo como su vocación y tarea para su vida ministerial y que se inscribe en realidad dentro de la tradición de la iglesia: “Sacerdos alter Christus. Todo lo que Jesucristo ha dicho de sí mismo, el sacerdote debe poder decirlo también de sí mismo. Nuestra unión a Jesucristo debe ser tan íntima, tan visible, tan perfecta que los hombres tienen que decir al vernos: ¡He aquí otro Jesucristo!”5. Nuestro sacerdocio tiene su raíz en Cristo, ser sacerdotes como él lo ha sido y lo medita el autor de carta a los hebreos, ser hijos en el Hijo, ser hermanos en el Hermano.
En la oración antes citada “al Dios de la Encarnación” el P. Chevrier suplica a Dios:
“Para entrar en el dinamismo de este divino misterio, os pido oh Padre santo, que pongas en mí una santa compasión hacia los pobres pecadores y no me deje llevar por el desprecio o la frialdad hacia ellos”6. Me llama la atención que el P. Chevrier concibe el misterio como un “dinamismo”, un “movimiento” que de hecho determinara toda su vida, su trabajo, su búsqueda pero también es una gracia a alcanzar y por ello recomienda orar sin cesar.
Gracia a pedir y movimiento o dinamismo a realizar y trabajar en nosotros. El Evangelista San Juan nos invita a contemplar la realidad del Verbo de Dios como un dinamismo o movimiento de descenso a fin de conducir a la humanidad a la comunión con el Creador. El Verbo que estaba de cara a Dios, que era uno con Dios desciende y pone su morada entre nosotros (1,1-18). El viene para reunir en uno a los hijos de Dios dispersos (11,52), y reconducir a la humanidad a la comunión con el Padre, para que “allí donde yo esté, estén también ustedes” (14,3).
El Concilio nos invita también a contemplar el misterio de la caridad divina como un dinamismo que pone en movimiento al Padre y al Hijo: “… como Dios nos amó con amor gratuito, así los fieles han de vivir preocupados por el hombre mismo, amándolo con el mismo movimiento con que Dios lo buscó. Pues como Cristo recorría las ciudades y las aldeas curando todos los males y enfermedades, en prueba de la llegada del Reino de Dios, así la Iglesia se une, por medio de sus hijos, a los hombres de cualquier condición, pero especialmente con los pobres y los afligidos, y a ellos se consagra gozosa” (AG 12).
¿Cuánto pedimos esta gracia para nosotros? ¿Cuánto trabajamos para dejarnos conducir por este dinamismo? ¿Cuánto oramos para que sea el dinamismo de la encarnación- kénosis lo que conduzca nuestra vida, relaciones, servicio pastoral?
El P. Ives Musset subraya la centralidad del misterio de la encarnación en la vida y en el proceso de la formación en la familia del Prado (para nosotros permanente). Él anota que “El Prado nació en San Andrés, decía el P. Chevrier: Meditando la noche de Navidad sobre la pobreza de Nuestro Señor y su abajamiento en medio de los hombres, tomé la resolución de dejarlo todo y vivir lo más pobremente posible. Me convirtió el misterio de la Encarnación”. Y anota cómo, “la obra de la primera comunión, la escuela clerical, el seminario del Prado, el camino de cada seminarista no podía tener otro fundamento que la gracia de la Encarnación: Es como si el padre Chevrier se hubiese dicho: Sólo la contemplación del misterio de Cristo en su Encarnación puede poner en camino a mis seminaristas como a mí mismo me ha puesto en movimiento” 7.
En Octubre pasado, celebramos nuestro encuentro nacional en el cual nos propusimos como eje de nuestro encuentro “la Santidad en el Ministerio, recordando que Jesucristo nos quiere suyos para asociarnos a su Misión y en ella transparentarlo”. Como tema de fondo buscamos profundizar nuestra Adhesión a Jesucristo ya que ésta se aviva y se sostiene por el EEV y la Contemplación de la vida.
Creo que este tema trabajado en nuestra sesión de formación, está estrechamente relacionada con todo lo que hemos propuesto en esta reflexión. La Santidad en el ministerio hace referencia a la vocación a “ser divinizados”, “a ser como Dios”. La Adhesión a Jesucristo nuestro Señor nuestro hermano mayor a la luz del Estudio del Evangelio y la Contemplación de la vida hace referencia a un trabajo permanente. Si San Hipólito nos exhorta a “conocernos a nosotros mismos” y el padre Chevrier pide a Dios “entrar en el dinamismo de este divino misterio”, sabemos que esto supone un trabajo permanente, de cada día aunado al de “conocer” a nuestro maestro de vida que es Jesucristo, buscando vivir aquello que nos propone San Juan, el discípulo “debe vivir como vivió él (Jesús)” (1Jn. 2,6).
Considero pues que no es necesario puntualizar más lo que significa “buscar ser santos” desde el ministerio, ser divinizados en Cristo. Con el P. Chevrier hemos de buscar vivir “cada día” en su Espíritu y dejarnos conducir por el dinamismo de la Encarnación, por el movimiento de su “caridad pastoral” como lo hemos anotado.
Somos llamados con el P. Chevrier a renovar nuestro deseo y compromiso: “Tomo a Jesús como modelo y me esforzaré en imitarlo a la perfección…Estudiar a Jesús en su vida mortal, en su vida eucarística, será mi único estudio. Imitar a Jesús será mi único deseo, la única meta de todos mis pensamientos, la finalidad de todas mis acciones.
Quiero parecerme a ti, ¡oh mi divino Salvador!. ¿Qué mejor modelo podría yo tomar? Haz que sea tan parecido y conforme a ti, que no sea sino uno contigo, que sea verdadera y dignamente tu representante en la tierra en cuanto a los poderes y en cuanto a las virtudes.
El sacerdote es la más perfecta imagen de Jesús sobre la tierra. Es el sacerdote del Dios del pesebre, del Dios que se humilla hasta tomar lo más ínfimo y abyecto que hay y confundirse entre sus criaturas degradadas por el pecado. Es el sacerdote del Dios del pesebre, del Dios de la cruz, del Dios que entregó su sangre por sus verdugos, que fue paciente ante los sufrimientos y desprecios.
El sacerdote es establecido para hacer que revivan todas las virtudes y los ejemplos de Jesucristo. Debe ser la más perfecta imagen de Jesucristo sobre la tierra.
¡Oh, Dios mío! ¡Cuán grande y sublime es esto! ¡Concédeme el medio y el valor de llegar a un fin tan noble!8
Las constituciones del Prado nos recuerdan que nunca puede darse por concluida la formación. Dicha formación hemos de buscarla y trabajarla “cada día y se prolonga toda la vida”. Conscientes y asumiendo con humildad que es difícil (tal vez imposible) responder en solitario a la gracia de Dios, por esto es necesario poner los medios personales y comunitarios que nos permitan avanzar por este camino. “Reconocemos la necesidad de la oración, los sacramentos, la ascesis, la vida de equipo, la revisión constante de nuestra vida afectiva y de nuestras relaciones para amar sin reservas, al Señor, a la iglesia y a los pobres”9.
Para vivir y encarnar esto “hay que hacerse violencia, orar, suplicar, hacer penitencia10. En el contexto que hemos vivido “este año de pandemia”, el Papa Francisco en un documento reciente llamado “Soñemos juntos” nos provoca afirmando que “una crisis como la que vivimos hoy hace que la persona muestre lo mejor y lo peor, la gente se muestra tal cual es. Algunos dedican tiempo a servir a los que lo necesitan, mientras que otros se sirven de los demás. El corazón se muestra tal cual es”. Pero también, a propósito de lo que vivimos, afirma que “la regla básica es que nunca se sale igual de una crisis. Si sales, sale mejor o peor; pero nunca igual”. El nos invita a soñar que podemos ser mejores ofreciendo lo mejor de nosotros.
En el nuevo año 2021 que Dios nos concede iniciar los invito a renovar nuestros propósitos y esfuerzos para que la gracia que se nos ha concedido fructifique y enriquezca nuestras iglesias.
P. Héctor Xavier Villa










