UNA MIRADA A DOS DISCÍPULOS
La Lectura Orante de la Sagrada Escritura
Juan Olloqui.
Chihuahua
1. Siguiendo un texto del Evangelio
Dos personas que han sido marcadas por Jesucristo, nos pueden inspirar para comprender la importancia del trabajo que hoy hacemos, y que llamamos “Lectio Divina” (= lectura de la Biblia con ojos de mujeres y hombres de fe, y guiados por el Espíritu Santo). Acerca de ellos les comparto una palabra. Ustedes podrán leer el texto en Lc 24,13-35.
La Iglesia que inicia sus primeros pasos luego de la experiencia de la Pascua de Jesús (muerteresurrección), vivió momentos muy difíciles. Y es que Jesús les resultó con una novedad que ellos no esperaban. Dios hace las cosas tan nuevas, que nuestro corazón batalla para aceptarlas y comprenderlas. Los seres humanos nos habituamos a lo que vivimos y conocemos, y lo que quepa en nuestra cabecita… ¡pa fuera!, no lo aceptamos. Algo parecido vivieron aquellos hombres que hoy conocemos como “discípulos de Emaús”.
Resulta que los discípulos recibieron un duro golpe al mirar que su Maestro había sido sacrificado: El Mesías esperado, el Enviado de Dios como el que iba a rehacer la vida de un pueblo y que era reconocido como el Hijo mismo de Dios, estaba en la cruz. Esto no era posible a los ojos de ellos. Acabado Jesús, también ellos se sentían acabados.
Pues dos de ellos, al experimentar esto, toman una decisión: ¡Vámonos, dejemos todo! Y ahí van, hermanados con un mismo sentir. Conversan, discuten, lo cual ya nos hace ver que algo muy tremendo les sucede. Es en este preciso momento que Jesús se acerca y camina con ellos. Pero ellos van tan clavados y metidos en lo suyo, que no se dan cuenta que es Jesús mismo el acompañante.
Jesús se interesa por lo que ellos traen: “¿De qué discuten entre ustedes mientras van andando?” No les dice: ¡Hey, soy yo, Jesús, su amigo! Ellos, dice Lucas, “se paran con aire entristecido”. Y empiezan a platicarle lo que pasó en Jerusalén. Y Jesús hace como que nada sabe.
El asunto que ellos se traen entre manos es “lo de Jesús Nazareno”.
Atendamos a cómo ellos cuentan a Jesús lo que viven, porque así comprenderemos mejor lo qué va sucediendo en el camino y qué les sucederá más adelante:
Fue un profeta poderoso en obras y palabras…
le condenaron a muerte y le crucificaron…
Nosotros esperábamos que sería el que iba a librar a Israel;
Pero…llevamos ya tres días desde que esto pasó…
Algunas mujeres fueron al sepulcro, y no hallaron su cuerpo.
Ellas dijeron que habían visto una aparición de ángeles, que les decían que él estaba vivo.
Fueron otros discípulos y hallaron también vacío el sepulcro, pero a él no lo vieron. Esto es lo contado por los dos a Jesús: Es el asunto de un muerto y de un sepulcro vacío.
Interviene Jesús:
“¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas!
¿No era necesario que el Cristo padeciera todo eso y entrara así en su gloria?”
Añade Lucas: “Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras”.
¿Cuánto tiempo duró Jesús hablándoles acerca de sí mismo a partir de las Escrituras? No lo dice Lucas, pero hablar y revelar algo muy hondo de su misterio no puede suceder en el tiempo de lo que llamamos una “plática” o un “tema” o un “curso de evangelización”.
Por la manera como interviene Jesús, podemos descubrir que el proceso de la fe es clave para llegar al final que ya conocemos dentro de la casa a donde se dirigen estos dos discípulos. Las Escrituras juegan un papel definitivo en la formación de los que llegan a ser discípulos, pero igualmente su INTÉRPRETE, el acompañante.
EL tiempo que destina Jesús habla de lo importante que son para él aquellos discípulos que, a primera vista, se volvieron “desertores”. Pero, además, es una muestra de cómo las Escrituras son para él necesarias en su identidad y en la formación de sus discípulos.
Continúa Lucas:
El destino de los dos discípulos era Emaús (v. 13). Llegando a este lugar, Jesús “hizo ademán de seguir adelante”. Como diciendo: La plática ya se acabó, ustedes me contaron cómo andan, ya los regañé, no me queda sino seguir mi camino. Para este momento algo muy serio ha sucedido en estos dos hombres.
Hablan los discípulos:
Forzaron a Jesús diciéndole: “Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya
ha declinado”.
Lucas:
Jesús “entró para quedarse con ellos”.
De salir cabizbajos de Jerusalén a mostrar este deseo por aquel forastero para que éste acepte la invitación, algo se dio, o, mejor dicho, ALGO se les dio; ya no son los mismos. Pareciera que su tristeza no les daba más que para vivir encerrados en una experiencia de desilusión.
Aquel forastero que se unió a ellos en el camino y se dignó hablarles largo tiempo, acepta lo que ellos quieren. Lo que expresa Lucas es de una belleza enorme: “entró para quedarse con ellos”. Aquel Jesús que como un extraño se acerca a los caminantes, ya no es el mismo, ya aparece como un huésped, y más que eso: lo vemos como amigo de aquel dueto. Antes había dado señas de que él seguía su camino; pero en realidad su camino era llegar y entrar a esta casa, puesto que inmediatamente aceptó la invitación (“forzada”).
Lucas:
Estando a la mesa con ellos, “tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando”. El invitado desarrolla el papel importante. Habría que permanecer en silencio frente a este signo.
Lucas:
“Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su lado”. Abrirse los ojos y reconocer son dos cosas que van muy unidas. Precisamente el resultado del trabajo de Jesús, Lucas lo señala con lo que sucede en los ojos de los discípulos. Y los “ojos” es una manera muy nuestra para decir que algo vemos con claridad, que una luz ha entrado en nuestra vida. Jesús ha despertado el corazón y la inteligencia de los discípulos. Es así como ellos reconocen que aquel extraño individuo era su amigo de siempre, pero ahora él muestra una novedad que ellos no se imaginaban. Tenía que ser Dios mismo quien les abriera a una manera distinta de ver al Mesías: el crucificado es el que ahora vive y parte el pan con ellos. Jesús “desaparece”. Ahora sí aquel caminante proseguirá un camino semejante al que hizo con estos dos discípulos: recorrerá otras veredas para encontrarse con los suyos y con el mundo entero para realizar este mismo trabajo.
Los discípulos:
“Se dijeron uno a otro: ¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?”
Ellos mismos se dan cuenta de que algo nuevo ya se venía fraguando por el camino; junto a su tristeza ya palpitaba la alegría, y el corazón lo presentía con su ardor.
Continúa narrando Lucas:
“Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: ¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón! Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan”.
2. ¿QUÉ HABÍAN HECHO ESTOS DOS AMIGOS ANTES DE CAMINAR HACIA EMAÚS?
Para comprender todavía mejor lo que han vivido estos dos amigos, veamos lo que Lucas anota al principio del capítulo 24, versículos del 1 al 12.
Es algo digno de consideración que Lucas comienza señalando que algo transcurre “el primer día de la semana”. Son unas mujeres las que, llevando aromas, van hacia el sepulcro. Van a embalsamar un “muerto”., pero el cuerpo del Señor Jesús no lo hallaron. EL sepulcro vacío hace que ellas no sepan qué Pensar.
Lo que sucede en seguida nos va haciendo entrar en lo decisivo e importante: dos personajes “con vestidos resplandecientes” se presentan ante ellas, y éstas experimentan un temor religioso o sagrado. Para que un testimonio sea válido y acreditado, la Biblia dice que se necesitan dos o tres testigos (así lo señala Deut 19,15).
He aquí el mensaje: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recuerden cómo les habló cuando estaba todavía en Galilea, diciendo: Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores y sea crucificado, y al tercer día resucite”. Y ellas recordaron sus Palabras.
El evangelista Lucas nos pone, así, ante algo central para la Iglesia: Los dos personajes que hablan a las mujeres proponen como en síntesis el kerygma, en el que se fundamenta la fe en Jesucristo. Es un mensaje pascual: el crucificado es el Viviente, el que ha vencido a la muerte (ver Hech 1,3; 25,19: Jesús es “el que vive”).
Por eso es que no tiene sentido buscar a Jesús entre los que yacen muertos. Habría que remachar y atender a la expresión de los personajes celestes: “No está aquí, ha resucitado”. Ver Mc 16,6. Solamente una palabra que venga de Dios es capaz de abrir nuestra mirada más allá de la tumba. Ante la muerte de una persona, es común el comentario popular: “La muerte es lo más seguro que tenemos”. Esta es nuestra visión humana. Desde aquí es comprensible la reacción de los apóstoles cuando las mujeres les dicen lo que los “ángeles” o personajes celestes les pedían que comunicaran (ver 24,11 Los apóstoles “no les creían”).
Pedro, luego de haber escuchado a las mujeres, va al sepulcro. Y dice Lucas: “sólo vio las vendas y se volvió a su casa, asombrado por lo sucedido”.
Jesús murió, es cierto. La fe insiste en esto y lo confiesa como real, pero va más allá, y este “más allá” necesitamos escucharlo. La resurrección de Jesús es la llegada de un amor entregado a los demás; él colma un futuro anhelado de salvación de esta humanidad que, en medio de amenazas, sigue esperando en la Promesa de Dios. EL futuro no es una vida más prolongada, sino la victoria definitiva sobre la muerte. La fe
nos abre a un misterio que la razón humana no puede entender.
3. QUÉ BUENA NOTICIA ENCONTRAMOS AHÍ PARA NUESTRA VOCACIÓN Y TAREA DE DISCÍPULOS DE JESÚS?
A).–No es posible encerrar a Jesús en nuestras expectativas. Los discípulos de Emaús vieron derrumbada su vida porque Jesús no respondió a lo que ellos “esperaban” de él. Al discípulo le corresponde dejar obrar a Dios; él sabe por dónde avanza la salvación. El Dios imaginado y deseado responde, sí, pero desde lo imprevisto. Y la fe abre poco a poco a la novedad de Dios.
B).–Es Jesús mismo quien evangeliza, es decir, quien abre los ojos y el corazón del ser humano. Y como hizo con los de Emaús, también lo lleva a cabo hoy con nosotros, a condición de estar dispuestos a recorrer un camino. A los dos, Jesús no se les manifiesta de golpe como el muerto-resucitado; se acerca como alguien sin nombre ni rostro. La paciencia y la sabiduría de Jesús se abren paso poco a poco, hasta llegar al lugar de la manifestación: el pan compartido.
Acompañar es lo propio del discípulo que evangeliza. Pero no basta, entonces, con dar material escrito, ni enviar tareas desde medios virtuales; la presencia se hace necesaria. Parece que nada suple ni llega a ser tan importante como el encaminarse hacia el mundo de las mujeres y los hombres para anunciarles a Jesucristo.
Que el corazón “arda” es una manera como podemos expresar lo que tiene que suceder en todo discípulo: el fondo de la persona es tocada, el evangelio penetra en sus entrañas. Sólo de aquí puede salir un verdadero discípulo y apóstol de Jesucristo. ¿Cómo realizar nosotros mismos este servicio en otros muchos hermanos? En esta tarea, nuestro Maestro y Señor siempre será el Crucificado-Resucitado, que nos habla en las Escrituras.
Pero hay otro asunto importante: Lo vivido por esos discípulos, es un llamado a todos los discípulos de hoy. Se trata de aceptar que hoy nos toca a nosotros recorrer aquel mismo camino. Ahí hay un programa a seguir, un camino por recorrer permanentemente.
Siempre será oportuno preguntarnos: los discípulos de hoy, ¿cómo anunciamos a Jesucristo? Nunca se tratará de repetir unas palabras sin que haya testigos que acrediten con su vida lo anunciado.
C).—El destino de Jesús no es andar y andar por los caminos, sino quedarse con los suyos. Pero este quedarse suyo es dinámico: se queda aquí y allá; con unos y con otros: su corazón permanece abierto. A través del Espíritu Santo, Jesús continúa siendo el evangelizador enviado por el Padre del cielo.
D).–EL evangelizador es un hombre de comunión, de camino junto a otros discípulos, porque la tarea no es de un individuo; es de una familia. Evangelizado, el discípulo se convierte en evangelizador. Esto es posible si se ha llevado un camino de Formación.
Hay caminos que se han eternizado, en donde el que está siendo formado nunca se lanza a llevar el evangelio a otros hermanos. Aquí la evangelización se ha desvirtuado. Cuando nos formamos recibiendo y recibiendo temas, llenando y llenando la cabeza de ideas sin ver más allá de eso, el discípulo no avanza como tal. El descubrimiento de Jesucristo es necesario. Los discípulos de Emaús han sido formados como para que sientan la urgencia de compartir con otros el Evangelio, la novedad que es Jesucristo.
Lucas tiene muy presentes dos focos que lo guían: Primero, Jesucristo muerto y resucitado, con todo lo que hizo y enseñó; segundo, la Iglesia enviada o misionera. Presentar a Jesús es para que con él vayamos como Iglesia a los diferentes lugares donde aún no resuena la voz del Resucitado.
E).—La eucaristía seguirá siendo una “salida” a llevar al que hemos visto y comido en la fracción del pan. Aún queda mucho camino por recorrer en este sentido. Nuestras celebraciones se han convertido en algo aislado de todo un proceso.
Si en la “fracción del pan” no descubrimos a Jesús, es normal que regresemos a casa sin ningún otro sentimiento más que el de “haber cumplido con el domingo”.
4. PENSEMOS Y COMPARTAMOS.










