2 DE OCTUBRE
FESTIVIDAD DEL BEATO ANTONIO CHEVRIER
ANTÍFONA DE ENTRADA (2 Co 8,9)
Jesucristo nuestro Señor, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, para hacernos ricos con su pobreza.
ORACIÓN COLECTA
Oremos:
Señor, tú que has llamado al Bienaventurado Antonio Chevrier a hacerse discípulo de tu Hijo,
para que la Buena Nueva sea anunciada a los pobres; concédenos seguir como él a Cristo pobre y crucificado,
y que podamos así glorificarte.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo muy amado, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
AMÉN.
Monitor: El profeta anuncia por primera vez en la Historia de Israel, que el pueblo de Dios es un pueblo de pobres. Por primera vez se llama pobres a los que esperan a Dios. Antes la pobreza indicaba fracaso, ahora será condición para buscar a Dios. Más tarde Jesús proclamará la felicidad de los pobres (Lc 10).
PRIMERA LECTURA
Lectura del libro del Profeta Sofonías: 2,3; 3,11-13
Busquen al Señor,
todos ustedes, los humildes de la tierra,
los que cumplen sus mandamientos.
Busquen la justicia, busquen la humildad.
Quizá puedan así quedar a cubierto el día de la ira del Señor.
Aquel día, dice el Señor,
no tendrás que avergonzarte
de todas esas veces en que me traicionaste,
pues de en medio de ti
yo arrancaré a aquellos que se jactan de su orgullo
y tú no seguirás vanagloriándote en mi montaña santa.
Dejaré subsistir dentro de ti a un pueblo humilde y pobre,
que buscará refugio sólo en Dios.
Aquellos que queden de Israel no se portarán injustamente
ni dirán más mentiras, ni se hallarán en su boca palabras engañosas.
Podrán alimentarse y descansar sin que nadie los moleste.
V/. Palabra de Dios R/.Te alabamos, Señor.
SALMO RESPONSORIAL
R/. Señor Jesús, tu amor me ha cautivado: Anunciaré tu nombre a todos mis hermanos
Esperé en el Señor con gran confianza;
él se inclinó hacia mí y escuchó mis plegarias.
Me sacó de la fosa fatal; asentó mis pies sobre la roca. Él me puso en la boca un canto nuevo,
un himno a nuestro Dios. R/.
Dichoso el hombre que en el Señor pone su confianza y no se va con los idólatras que andan tras la mentira ¡Oh cuántas maravillas has hecho con nosotros:
Yo quiero publicarlas, pregonarlas. R/.
Sacrificios y ofrendas no quisiste, abriste, en cambio, mis oídos a tu voz. No exigiste holocaustos por la culpa, así que dije: “Aquí estoy”.
En tus libros se me ordena hacer tu voluntad;
esto es, Señor, lo que deseo: tu ley en medio de mi corazón. R/.
He anunciado tu justicia en la gran asamblea;
no he cerrado mis labios, tú lo sabes, Señor.
No enterré tu justicia en el fondo de mi corazón
antes bien, proclamé tu lealtad y tu salvación.
Tu amor y tu lealtad no los he ocultado a la gran asamblea. R/.
¡Tú serás el júbilo y la alegría de
todos los que te buscan!
Cuantos quieren de ti la salvación repiten sin cesar: “¡Qué grande es Dios!”
R/. Señor Jesús, tu amor me ha cautivado: Anunciaré tu nombre a todos mis hermanos
Monitor: “Conocer a Jesucristo es la sola y verdadera ciencia. Amarlo es la más profunda dicha. Servirlo, imitarlo, es la verdadera perfección. Cuanto más conocemos a Jesucristo, su bondad, su esplendor, sus riquezas, tanto más crece nuestro amor hacia Él, más tratamos de agradarle y más rechazamos de nosotros cuanto no nos encamina hacia Él” (Antonio Chevrier).
SEGUNDA LECTURA
Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Filipenses: 3,8-14
Hermanos: Al encontrar a Cristo, todo lo tengo al presente por pérdida,
en comparación con la gran ventaja de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por su amor acepté perderlo todo y lo considero como basura.
Ya no me importa más que ganar a Cristo y encontrarme en él, desprovisto de todo mérito o santidad que fuera mío, no por haber cumplido la Ley, sino por aquel mérito o santidad que es el premio de la fe y que Dios da por medio de la fe en Cristo Jesús.
Quiero conocerlo; quiero probar el poder de su resurrección y tener parte en sus sufrimientos, hasta ser semejante a él en su muerte y alcanzar, Dios lo quiera, la resurrección de los muertos. No creo haber conseguido ya la meta ni me considero perfecto, sino que prosigo mi carrera hasta alcanzar a Cristo Jesús, quien ya me dio alcance.
No, hermanos, yo no pretendo haberlo conseguido todavía. Digo solamente esto: olvidando lo que dejé atrás, me lanzo hacia adelante y corro hacia la meta, con miras al premio para el cual Dios nos llamó desde arriba en Cristo Jesús.
Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.
Monitor: El santo Evangelio de hoy es una breve oración de Jesús que nos revela sus sentimientos más íntimos. En medio de los hombres no cesa de dar gracias a su Padre. La vida de Jesús es totalmente Eucarística porque siempre da gracias al Padre y siempre está ofreciéndose al Padre y a nosotros. Se alegra porque revela sus secretos más íntimos a los pequeños y sencillos. Invita a éstos a encontrar en él, alivio y descanso, y a asemejarse a él en sus actitudes profundas.
ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO
ALELUYA (Lc 4,18)
El Espíritu del Señor está sobre mí. Él me ha ungido para traer la Buena Noticia a los pobres.
SANTO EVANGELIO
+Lectura del santo Evangelio según san Mateo: 11,25-30
En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y prudentes, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
“Vengan a mí todos ustedes los que están fatigados y agobiados, y yo los aliviaré. Tomen sobre ustedes mi yugo, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón;
y hallarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.” V/. Palabra del Señor R/. Gloria a Ti, Señor Jesús
ORACIÓN UNIVERSAL
Oremos al Señor por nuestro mundo y nuestra Iglesia a fin de que los cristianos seamos portavoces de la Buena noticia de Jesús. A cada petición responderemos: Acuérdate, Señor, de tu pueblo.
Se hacen las plegarias elegidas
Padre Celestial, escucha nuestra súplica y concédenos conocer a tu Hijo de tal modo que él sea todo para nosotros y así podamos llevar a cabo tus planes de salvación en nuestro pueblo. Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor. Amén.
ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS
Oremos:
Por el sacrificio que te ofrecemos, Señor, enciende en nosotros el fuego del Espíritu
que empujaba al bienaventurado Antonio Chevrier a adherirse a Jesucristo
y a darse por entero
para la salvación de los hombres.
Por nuestro Señor Jesucristo…
PREFACIO
El Señor esté con ustedes.
Y con tu espíritu.
Levantemos el corazón.
Lo tenemos levantado hacia el Señor.
Demos gracias al Señor nuestro Dios.
Es justo y necesario
En verdad es justo y bueno darte gloria,
ofrecerte nuestra acción de gracias, siempre y en todo lugar,
a ti, Padre Santo,
Dios eterno y omnipotente.
Pues celebramos en la fiesta de hoy a la ciudad del cielo,
nuestra madre la Jerusalén de lo alto; en ella nuestros hermanos los santos, ya reunidos,
cantan sin fin tu alabanza.
Y nosotros, que caminamos hacia ella por el camino de la fe,
apresuramos el paso,
contentos por saber
que estos hijos de nuestra Iglesia
que tú nos das como ejemplo, están en la luz.
Por ello,
junto con esta inmensa muchedumbre que nadie puede contar,
con todos los ángeles del cielo, queremos bendecirte cantando:
ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN
(Jn 13,15-17)
Les he dado ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes. ¡Felices serán ustedes, si lo
ponen en práctica!
ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN
Tú que quieres, Señor,
que los pobres sean los primeros invitados al banquete de tu Reino, en el que nosotros mismos hemos sido asociados.
Haz que sepamos ir hacia ellos,
como el Bienaventurado Antonio Chevrier,
para revelarles las riquezas de tu Evangelio.
Por nuestro Señor Jesucristo…
ORACIÓN UNIVERSAL (Año 2005)
Oremos al Señor por nuestro mundo y nuestra Iglesia a fin de que los cristianos seamos portadores de la Buena Noticia de Jesús. Responderemos: Acuérdate, Señor de tu pueblo
- Mira, Señor a tu Iglesia extendida en los cinco continentes para que sea signo creíble de tu Hijo Jesucristo. Oremos, hermanos.
- Por los Obispos reunidos en Roma, que van a estudiar el tema de “La Eucaristía: fuente y cumbre de la vida y la misión de la Iglesia”, para que el Espíritu Santo los guíe en todos sus trabajos. Oremos, hermanos.
- Acuérdate de tu Iglesia de todos los países: sacerdotes, religiosos y religiosas; apóstoles laicos que trabajan anunciando el evangelio y promoviendo la vida integralmente. Oremos, hermanos.
- Acuérdate, Señor de tu Iglesia de América Latina, especialmente de México, que sepamos reconocerte en los rostros de tu Hijo Jesús:
los rostros de niños marcados por la pobreza aun antes de nacer;
los jóvenes desorientados y frustrados por no encontrar su lugar en la sociedad;
las mujeres doblemente oprimidas, por ser pobres y mujeres;
las comunidades indígenas a las que se les niega el derecho a existir y expresarse, y más aún rechazadas en sus
iniciativas y luchas; y ahora violentadas por la presencia militar en sus comunidades;
los campesinos que son en su mayoría marginados;
los obreros despedidos, que no encuentran trabajo, obreros mal pagados y con grandes dificultades para
organizarse y defender sus derechos laborales;
los desaparecidos, los prisioneros, los torturados y los asesinados en nombre de la ley; Oremos, hermanos.
- Por las familias, para que vivan con gozo el amor de los esposos, el afecto entre padres e hijos, la delicadeza para con los abuelos y las personas ancianas. Oremos, hermanos.
- Hoy 2 de octubre, a 37 años de la masacre en Tlaltelolco, te pedimos por todos los que aún sufren el dolor de la pérdida de sus seres queridos en esa tarde, por los que guardan resentimientos dentro de su corazón; y por los autores intelectuales y materiales de ese hecho tan doloroso. Oremos, hermanos.
- Por los países ricos de Europa, Estados Unidos y Japón que tienen puesta su mira sólo en el crecimiento económico, en la productividad y en el consumismo; que a menudo explotan a los países pobres. Por los que allí sufren desesperación, miseria, soledad y racismo. Por los que allí son abandonados a su suerte: agricultores, artesanos y comerciantes en pequeño, desempleados, jóvenes no cualificados, analfabetas, inmigrados, gitanos rechazados por doquier; finalmente por los drogadictos y delincuentes. Oremos, hermanos.
- Por los damnificados en Nueva Orleans, Estados Unidos; en Chiapas, México, a causa de los huracanes, para que reciban lo necesario de tu mano amorosa a través de nuestra solidaridad y comunión cristianas. Oremos, hermanos.
- Por la paz del mundo, para que el diálogo y la negociación prevalezcan sobre las armas y se llegue a soluciones dignas entre quienes están enfrentados. Oremos, hermanos.
- Por nuestra parroquia de Santiago Apóstol en El Nith, para que vivamos y llevemos la Buena Noticia a todos nuestros hermanos y nos vayamos comprometiendo más en el servicio de tu Reino en el mundo. Oremos, hermanos.
- Por nosotros, para que la participación en esta Eucaristía que celebramos dentro del año dedicado especialmente a ella, nos lleve a dar un testimonio cristiano lleno de esperanza. Oremos, hermanos.
Padre Celestial escucha nuestra súplica y concédenos conocer a tu Hijo de tal modo que él sea todo para nosotros y así podamos llevar a cabo tus planes en nuestro pueblo. Te lo pedimos por…
BEATIFICACIÓN DE ANTONIO CHEVRIER
Sábado 4 de Octubre de 1986 a las 16 horas EUREXPO, LYON
Tuvo lugar dentro de una gran Asamblea Eucarística en Lyon, entre la plegaria penitencial y el Gloria:
El Cardenal Decourtray pide al Santo Padre que declare Bienaventurado al Padre Antonio Chevrier:
Santísimo Padre, en nombre de la diócesis de Lyon y de la familia del prado, le solicito que inscriba usted en el número de los Bienaventurados al Venerable Padre Antonio Chevrier, sacerdote de la diócesis de Lyon y fundador del Prado.
Antonio Chevrier nació en 1826 en el corazón de la Villa de Lyon, cerca de la plaza de Bellecour. Ordenado sacerdote en 1850, el Padre Chevrier vivió todo su ministerio sacerdotal al servicio de los pobres en los arrabales de Lyon. Allí descubre la gran miseria del mundo obrero. En la Navidad de 1856, en oración delante del Pesebre, se siente llamado a “seguir a Jesucristo más de cerca para trabajar más eficazmente en la salvación de los hombres”.
Lo consultará con Juan-María Vianney, el Santo Cura de Ars, quien le animará en su empresa.
A partir de 1860, en la antigua sala de baile del Prado y durante veinte años, acoge a niños pobres para tratar de hacer de ellos “hombres y cristianos”.
Funda una familia espiritual, compuesta de sacerdotes seculares, hermanos y hermanas, consagrados a la evangelización de los pobres, y a los que se propone convertir en “verdaderos discípulos” de Cristo: un Cristo contemplado sin cesar e imitado gracias a una frecuentación permanente e íntima del Evangelio -especialmente del Evangelio Pesebre y de la Cruz -, el Cristo sin cesar recibido y ofrecido en la Eucaristía.
Como Cristo, Verbo de Dios hecho carne, enviado del Padre en la condición humana, el sacerdote, nos lo recuerda el Padre Chevrier, es llamado a encontrar a los hombres allí donde están, tales como son. Como Cristo, el sacerdote tiene una predilección por aquellos que más sufren, por aquellos que más sufren, por los olvidados, los despreciados, los excluidos.
A ellos el Padre Chevrier dedicó lo mejor de su tiempo y de su corazón. Y esto, por amor. En efecto, para el fundador del Prado, el amor de Cristo no puede ser separado del amor a los pobres. Igualmente, este testigo privilegiado de este amor, que es el sacerdote, no puede sino ser pobre, evangélicamente pobre, entre los pobres.
Después de una vida totalmente entregada a los demás, muere, a la edad de 53 años el 2 de Octubre de 1879.
El Santo Padre declara Beato al Padre Antonio Chevrier:
Por nuestra autoridad apostólica,
acogiendo los votos
de nuestro hermano Albert Decourtray,
Cardenal arzobispo de Lyon,
de muchos otros hermanos en el episcopado,
de numerosos fieles,
y de los miembros de la familia del Prado;
después de haber oído la opinión
de la Sagrada Congregación para causas de los santos, declaramos que, en adelante,
el Venerable siervo de Dios Antonio Chevrier, sacerdote de la diócesis de Lyon
y fundador del Prado,
puede ser llamado Beato
y que se podrá celebrar su Fiesta
en los lugares fijados
y según las reglas establecidas por el derecho,
el día 2 de Octubre, día de su muerte.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
La multitud cantó: ¡Aleluya! ¡Amén!
El Cardenal Decourtray da las gracias al santo Padre:
En nombre de la diócesis de Lyon y de las demás diócesis representadas, de los miembros de la familia del Prado y de los pobres a los que el Padre Antonio Chevrier ha dado su vida, agradezco de todo corazón a su Santidad haber otorgado al Venerable Antonio Chevrier el título de Beato.
2 de octubre
BEATO ANTONIO CHEVRIER (1826-1879)
Textos de L’Osservatore Romano
La espiritualidad del P. Chevrier, sacerdote de la diócesis de Lyon, que perteneció a la Tercera Orden Franciscana y fundó el Instituto del Prado, es muy afín a la de San Francisco de Asís en el amor a la pobreza, la fraternidad y la minoridad, el servicio a los más pobres y desamparados de la sociedad, como se refleja en la preciosa homilía de Juan Pablo II.
Datos biográficos del Beato Antonio Chevrier
El P. Antoine Chevrier nació en 1826 de una familia humilde. Entró en el seminario de y fue ordenado sacerdote en 1850. Inmediatamente fue destinado como vicario de Saint-André de la Guillotière, barriada de Lyon. En Navidad de 1856, año de las catastróficas inundaciones de Lyon, el P. Chevrier sintió la llamada a compartir la situación de los desheredados. En 1857 se hizo capellán de la «Ciudad del Niño Jesús», fundada por el seglar Camille Rambaud, ministerio que ejerce en la mayor pobreza junto con diversos colaboradores. En 1860 alquila un salón de baile de mala fama, llamado del Prado, donde establece la «Providencia del Prado», alojamiento para niños y adolescentes pobres, que reciben asistencia material y educación cristiana. En 1867 es nombrado párroco de Moulin-à-Vent, a 3 kilómetros de Prado, pero sigue viviendo en Prado. Exonerado de la parroquia en 1871, se ocupa de la formación de sacerdotes pobres, que se dedicarán a evangelizar a los pobres. Los cuatro primeros que terminaron sus estudios en Roma, recibieron la ordenación sacerdotal en 1877, regresaron a Prado y formaron el primer núcleo del futuro Instituto. El P. Chevrier murió en Prado el 2 de octubre de 1879. Pocos meses antes había presentado su dimisión y el P. Duret había pasado a ser el nuevo superior del Prado. Actualmente la familia del Prado está constituida por sacerdotes (más de mil en 1986), religiosas, hermanos y seglares.
Homilía de Juan Pablo II en la misa de beatificación del padre Antonio Chevrier, Lyon, 4 de octubre de 1986
1. Introducción
«Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y discretos y las revelaste a los pequeñuelos» (Mt 11,25).
Estas palabras las pronunció por primera vez Jesús de Nazaret, hijo de Israel, descendiente de David, Hijo de Dios; ellas constituyeron un giro fundamental en la historia de la revelación de Dios al hombre, en la historia de la religión, en la historia espiritual de la humanidad.
Fue entonces cuando Jesús reveló a Dios como Padre y se reveló a Sí mismo como Hijo, de la misma naturaleza que el Padre: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiere revelárselo» (Mt 11,27).
Sí, el Hijo, que pronunció estas palabras con un profundo «estremecimiento de gozo bajo la acción del Espíritu Santo» (cf. Lc 10,21), reveló a través de ellas al Padre a los pequeños. Pues el Padre se complace en ellos.
2. Tres santos “pequeños” y “pobres”
Queridos hermanos y hermanas de Lyon y de las demás diócesis de Francia, encontramos de nuevo estas palabras de Cristo con emoción, las cuales adquieren una actualidad nueva porque tenemos bajo los ojos la figura de un sacerdote estrechamente vinculado a esta ciudad en la Iglesia del siglo XIX, el padre Antonio Chevrier. Me ha sido permitido proclamarlo hoy beato, en Lyon, entre ustedes, y por ello me considero realmente feliz.
Hoy la Iglesia universal celebra la fiesta de San Francisco de Asís: también él puso su alegría en seguir a Cristo en la mayor pobreza y humildad; en el siglo XIII, San Francisco hizo que sus contemporáneos redescubrieran el Evangelio. El padre Chevrier fue un ferviente admirador del pobrecillo de Asís; perteneció a la Tercera Orden Franciscana. En la habitación donde murió, puede verse una imagencita de San Francisco, e igualmente una imagencita de San Juan María Vianney, al que fue a consultar en Ars en 1857, cuando, joven sacerdote, se interrogaba sobre el camino de pobreza que el misterio de Belén le sugería.
Estos tres Santos tienen en común el ser «pequeños», «pobres», «dulces y humildes de corazón», en los que el Padre del cielo encontró su gozo pleno, a los que Cristo reveló el misterio insondable de Dios, dándoles a conocer al Padre, como sólo el Hijo lo conoce y, al mismo tiempo, dándoles a conocer a Él mismo, el Hijo, como sólo el Padre lo conoce.
Con Jesús proclamamos, pues, también nosotros la alabanza de Dios por estas tres admirables figuras de Santos. Ellos estuvieron animados por el mismo amor apasionado de Dios y vivieron en un desprendimiento parecido, pero con un carisma propio. San Francisco de Asís, diácono, con sus compañeros, despertó el amor de Cristo en el corazón del pueblo de las ciudades italianas. El Cura de Ars, solo con Dios en su iglesia rural, despertó la conciencia de sus parroquianos y de innumerables personas ofreciéndoles el perdón de Dios. El padre Chevrier, sacerdote secular en ambiente urbano, fue, con sus compañeros, el apóstol de los barrios obreros más pobres de las afueras de Lyon, en el momento en que nacía la gran industria. Y fue esta preocupación misionera la que lo estimuló a adoptar también él un estilo de vida radicalmente evangélico, a buscar la santidad.
Miremos hoy especialmente a Antonio Chevrier; él es uno de estos «pequeños» que no puede ser comparado con los «sabios» y «prudentes» de su siglo y de los otros siglos. Constituye una categoría aparte, tiene una grandeza plenamente evangélica. Su grandeza se manifiesta precisamente en lo que se podría llamar su pequeñez o su pobreza. Viviendo humildemente, con los medios más pobres, fue un testigo del misterio escondido en Dios, testigo del amor que Dios lleva a las gentes «pequeñas» que se parecen a Él. Él fue su servidor, su apóstol.
Para ellos, fue el «sacerdote según el Evangelio», para retomar el primer título de la colección de sus exhortaciones sobre «el verdadero discípulo de Jesucristo». Para los numerosos sacerdotes aquí
presentes, comenzando por los del Prado que él fundó, es un guía incomparable. Pero todo los laicos cristianos que forman esta asamblea encontrarán también en él una gran luz, porque él enseña a cada bautizado cómo anunciar la Buena Noticia a los pobres, y cómo hacer presente a Jesucristo a través de su propia existencia.
3. Los pobres avivaron su deseo
Apóstol, esto es lo que quiso ser el padre Chevrier cuando se preparaba al sacerdocio. «Jesucristo es el Enviado del Padre; el sacerdote es el enviado de Jesucristo». Los pobres mismos avivaron en el padre Chevrier el deseo de evangelizarlos. Pero fue Jesucristo quien lo «captó». La meditación ante el belén en la Navidad de 1856 lo transformó de una manera especial. Desde entonces tratará siempre de conocerle mejor, de ser su discípulo, de conformarse a Él, para mejor anunciarlo a los pobres. Él revive especialmente la experiencia del Apóstol Pablo, cuyo testimonio acabáis de oír: «Pero lo que tenía por ganancia lo considero ahora por Cristo como pérdida, y aun todo lo tengo por pérdida a causa del sublime conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor» (Flp 3,7-8). ¡Qué radicalismo en estas palabras! He aquí lo que caracteriza al apóstol. En Cristo, «participando en sus sufrimientos» y «experimentando la fuerza de su resurrección», él encuentra la «justicia divina ofrecida a la humanidad pecadora, ofrecida a cada hombre como don de la justificación y de la reconciliación con el Dios infinitamente santo».
El apóstol es, pues, un hombre «captado por Cristo Jesús».
El apóstol tiene la confianza absoluta de que, «conformándose a Cristo en su muerte, podrá llegar él también a resucitar de entre los muertos» (cf. Flp 3,11).
Él es también el hombre de una esperanza escatológica que se traduce en la esperanza de cada día, en un programa de vida cotidiana, a través del ministerio de salvación que él ejerce para los demás.
El padre Chevrier trata de alcanzar con todas sus fuerzas este conocimiento de Jesucristo, para mejor captar a Cristo, como él había sido captado por Él. Medita sin cesar el Evangelio; escribe miles de páginas de comentarios para ayudar a sus amigos a ser ellos mismos verdaderos discípulos. Él mismo trata de reproducir la vida de Cristo en su propia vida. «Nosotros debemos representar a Jesucristo pobre en su pesebre, Jesucristo sufriente en su pasión, Jesucristo que se deja comer en la santa Eucaristía» (El Verdadero discípulo [=V.D.], Lyon 1968, pág. 101). Y sigue: «El conocimiento de Jesucristo es la clave de todo. Conocer a Dios y a su Cristo eso lo es todo para el hombre, todo para el sacerdote, todo para el santo» (Carta a sus seminaristas, 1875). He aquí la oración que culmina su meditación: «¡Oh Verbo! ¡Oh Cristo! ¡Qué bello eres! ¡Qué grande eres!… Haz que yo te conozca y te ame, Tú eres mi Señor, y mi solo y único Maestro» (V.D., pág. 108). Tal conocimiento es una gracia del Espíritu Santo.
Desde ese momento el padre Chevrier está completamente disponible para la obra de Cristo: «Conocer a Jesucristo, trabajar por Jesucristo, morir por Jesucristo» (Cartas, pág. 89). «Señor, si tienes necesidad de un pobre…, de un loco, aquí estoy…, para hacer vuestra voluntad. Yo soy tuyo. Tuus sum ego» (V.D., pág. 122).
4. Amor y ternura por los pobres
El Salmo de esta liturgia traduce bien los sentimientos del Apóstol que se deja impregnar de Jesucristo: «No he tenido encerrada tu justicia en mi corazón…, salten de gozo y alégrense en Ti todos los que te buscan» (Sal 39,11.17). «Señor Jesús, tu amor me ha cautivado: anunciaré tu nombre a mis hermanos» (Antífona cantada del Salmo).
El padre Chevrier se dejó absorber plenamente por el servicio a los demás. Sus hermanos son ante todo los pobres, aquellos que el Señor le ha hecho encontrar en el barrio inundado de La Guillotière en 1856, los «sin techo». Son los niños de la ciudad del Niño Jesús que le ha hecho conocer Camille Rambaud, un laico. Son aquellos que él ha recogido, junto con otros de más edad, en la sala del Prado, no escolarizados y no educados en la fe, incapaces de seguir, por otra parte, la preparación
a la primera comunión. Ellos habían sido quizá abandonados, a menudo menospreciados, explotados; ellos se convertían, decía él, «en máquinas de trabajo hechas para enriquecer a sus amos» (Sermones, Ms. III, pág. 12). Ellos son también miserables de toda clase, marginados, que son conscientes de «no tener nada, no saber nada, no valer nada». Los enfermos, los pecadores, son también parte de estos pobres.
¿Por qué el padre Chevrier se siente especialmente atraído por aquellos que, según el Evangelio, reciben el nombre de «los pobres»? Él tiene una viva conciencia de sus miserias humanas, y él ve al mismo tiempo la fosa que los separa de la Iglesia. Él siente por ellos el amor y la ternura de Cristo Jesús. A través de él, es Cristo mismo quien parece decir a sus contemporáneos: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas, pues mi yugo es blando y mi carga ligera» (Mt 11,28-30). El padre Chevrier sabe que Jesús ha dado como primer signo del reino de Dios esto: «La Buena Noticia es anunciada a los pobres» (cf. Lc 3,18; Mt 11,15). Él mismo ha constatado que los pobres que reciben el Evangelio renuevan muy a menudo en los otros la inteligencia y el amor de este Evangelio. Verdaderamente, el Señor le ha dado un carisma especial para hacerse próximo a los pobres, y, a través de él, Cristo ha hecho entender de nuevo sus bienaventuranzas a esta ciudad de Lyon y a la Francia del siglo XIX; por medio de este Beato, Cristo nos vuelve a decir hoy: «Bienaventurados los pobres de espíritu…, bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia…, bienaventurados los misericordiosos» (Mt 5,3.6.7).
Cierto, todos los ambientes han de ser evangelizados, han de ser evangelizados los ricos y los pobres, los sabios y los ignorantes. Nadie ha de ser objeto de incomprensión, de negligencia, menos aún de menosprecio por parte de la Iglesia. Todos son, en cierto sentido, los pobres de Dios. Pero en las condiciones en que vivió el padre Chevrier, el servicio a los pobres era un testimonio necesario, y lo continúa siendo hoy allí donde se encuentra la pobreza. Él es uno de los muchos apóstoles que, en el curso de la historia, han realizado lo que nosotros llamamos la opción preferencial por los pobres.
El padre Chevrier los mira evangélicamente, los respeta y los ama en la fe. Él encuentra a Cristo en los pobres y, al mismo tiempo, a los pobres en Cristo. No los idealiza, conoce sus límites y sus debilidades; sabe además que a menudo están faltos de amor y de justicia. Él tiene sentido de la dignidad de todo hombre, rico o pobre. Él quiere el bien de cada uno de ellos, su salvación: el amor quiere salvar. Su respeto le lleva a hacerse igual a los pobres, a vivir en medio de ellos, como Cristo; a trabajar a veces como ellos; a morir con ellos. Espera que de ese modo los pobres comprenderán que no están abandonados de Dios, que les ama como un Padre (cf. V.D., pág. 63). En cuanto a él, vive esta experiencia: «En la pobreza el sacerdote encuentra su fuerza, su poder, su libertad» (V.D., pág, 519). El sueño del padre Chevrier es formar sacerdotes pobres para llegar a los pobres.
5.Ustedes saben quiénes son los pobres
Hoy le pedimos al Beato Antonio Chevrier que aprendamos cada día más el respeto y el interés evangélico por los pobres. Queridos hermanos y hermanas: Vosotros sabéis que existen estos pobres en nuestro mundo actual. Son todos aquellos que tienen falta de pan, pero también de empleo, de responsabilidades, de consideración de su dignidad, aquellos también que tienen falta de Dios. Ya no es sólo el mundo obrero el afectado, sino otros muchos ambientes. En una civilización de consumismo a ultranza, existen paradójicamente los «nuevos pobres» que no tienen el «mínimo social». Hay multitud de ellos que sufren el paro, jóvenes que no encuentran empleo o personas de edad madura que lo han perdido. Sé que muchos de vosotros, en el seno de movimientos de jóvenes en particular, se preocupan con interés de aportarles una ayuda eficaz.
Pensamos también en los extranjeros, en los trabajadores inmigrados, muy numerosos en esta región, y que en este tiempo de crisis económica se sienten más amenazados a causa de su estatuto precario. Si bien el problema de su integración continúa siendo complejo, en consideración del bien común del país, la Iglesia no se resignará a todo aquello que suponga una falta de respeto hacia sus personas y sus raíces culturales, o una falta de equidad ante sus necesidades y las de sus familias que tienen necesidad de vivir con ellos. Los cristianos ocuparán el primer lugar de aquellos que luchen
para que sus hermanos originarios de otros países disfruten de las legítimas garantías, y para que las mentalidades se abran de una manera más acogedora al extranjero. Estarán atentos a sus dificultades y ayudarán a los emigrantes a hacerse cargo de sí mismos. Sí…, la Iglesia se hará también en este campo la voz de los que no tienen voz. Ella se esforzará en ser la imagen y la levadura de una comunidad más fraternal. […]
6. Los pobres tienen derecho a la totalidad del Evangelio
Sí, es preciso contribuir a liberar al hombre de tantas esclavitudes, sin mezclar en nuestra lucha solidaria la violencia, el odio, la toma de posición ideológica de clase que conducirían a males peores que los que se quieren eliminar. La esperanza no habita verdaderamente en el corazón del hombre más que cuando hace la experiencia del Salvador. La Palabra de Dios es entonces una fuerza de liberación del mal, comprendido el pecado. Anunciar el Evangelio es el más alto servicio rendido a los hombres.
El padre Chevrier quiso liberar a los pobres de la ignorancia religiosa. En Prado, trató a la vez de procurar a los jóvenes la instrucción, lo que hoy se llamaría la alfabetización, y la enseñanza de la fe para permitirles participar en la Eucaristía. Y para esta tarea él suscitó y formó un buen equipo de hombres y mujeres. «Todo mi deseo es preparar buenos catequistas en la Iglesia y formar una asociación de sacerdotes que trabajen para este fin» (Carta a sus seminaristas, 1877). Ellos irían por todas partes «para mostrar a Jesucristo», como testigos que prediquen a través de su catequesis – sencilla y cuidadosamente preparada-, pero también a través de su vida. Él mismo consagró a ello gran parte de su tiempo, con medios pobres pero adaptados, comentando concretamente cada palabra del Evangelio, y también el Rosario y el Vía Crucis. Él decía: «Catequizar a los hombres, ésta es la gran misión del sacerdote de hoy» (Cartas, pág. 70).
Los pobres tienen derecho, en efecto, a la totalidad del Evangelio; la Iglesia respeta las conciencias de aquellos que no comparten su fe, pero tiene la misión de testimoniar el amor de Dios hacia ellos.
Hoy el contexto religioso ya no es el de la época del padre Chevrier. Nuestro tiempo está marcado por la duda, el escepticismo, la increencia, e incluso por el ateísmo, y una reivindicación maximalista de libertad. Pero la necesidad de proponer clara y ardientemente la fe -la totalidad de la fe- se hace sentir cada vez más. La ignorancia religiosa se extiende de manera desconcertante. Sé que muchos catequistas han tomado conciencia de ello y consagran generosamente su tiempo y sus talentos a poner remedio a este problema. La llamada del padre Antonio Chevrier nos debe estimular a todos y mantenernos en esta misión. ¿Acaso no escuchan ustedes su exclamación: «¡Qué hermoso es saber hablar de Dios!» (Carta, 1873)? […]
7. Iglesia de Lyon, bautizada con sangre de mártires
Queridos hermanos y hermanas de Francia, presentes hoy en Lyon o unidos a nosotros mediante la televisión. Ojalá que esta beatificación haga crecer en ustedes la fe, la esperanza y el amor que se alimentan del ejemplo de los santos y de la experiencia de la gracia.
Iglesia que estás en Lyon, tú has sido bautizada con la sangre de mártires, acuérdate de tu fervor primero con el obispo Pothin, el diácono Sanctus, la esclava Blandine. Es el primer testimonio que tenemos de los cristianos de Galia; produce asombro su fuerza, su esperanza, su adhesión a Cristo viviente.
Iglesia de Lyon, acuérdate del obispo Ireneo, que para toda la Iglesia defendió la verdadera fe en el Verbo Encarnado, verdadero Dios y verdadero hombre, respecto a los agnosticismos que ya intentaban eliminar esta fe. Iglesia de Lyon, acuérdate de todas las iniciativas tomadas por sus hijos y por sus hijas a lo largo de los siglos para santificar la Iglesia, servir a su unidad, para atraerla al servicio de la sociedad, como Marius Gonin y José Folliet; desarrollar el ecumenismo, como el padre Couturier; ayudar a la educación de los jóvenes, como la bienaventurada Claudina Thenevet;
estimular la irradiación misionera de la Iglesia, como Paulina Jaricot; asegurar una presencia contemplativa en medio de los no cristianos, como el padre Julio Monchanin.
Ellos son legión, “muchedumbre inmensa de testigos”, y constituyen para nosotros guías, una familia de intercesores, según la expresión del prefacio de los santos.
Y tú especialmente, familia espiritual del Prado -sacerdotes, hermanas y miembros de la institución femenina-, acuérdate de tu fundador; él tenía quizá todo para seguir siendo un hombre ordinario, pero su adhesión a Cristo le condujo a la santidad. “Son únicamente los santos los que podrán regenerar el mundo, trabajar útilmente por la conversión de los pecadores y por la gloria de Dios” (carta a sus seminaristas, 1872).
Y tú, Iglesia que estás en Francia, tú a quien visito por tercera vez, atendiendo la invitación de la Conferencia Episcopal, acuérdate de tu bautismo, de la alianza de la que Dios jamás ha renegado. Acuérdate de su amor. Acuérdate del Espíritu Santo que te habita y que siempre puede suscitar en ti una nueva primavera espiritual, si tú lo deseas verdaderamente. No temas. No te dejes desalentar por las dificultades de vivir hoy la fe. Tus santos las han conocido y superado.
El profeta Sofonías nos decía: “Busquen al Señor, todos ustedes los humildes del país que hacen su voluntad. Busquen la justicia. Busquen la humildad” (Sof. 2,3). Y él hablaba de un resto pequeño y pobre, el resto de Israel (cf. Sof 3,12-13).
Hoy día, gracias a Dios, tengo bajo los ojos a un pueblo inmenso, el pueblo cristiano que ha querido venir a celebrar su fe con el sucesor de Pedro. Como el padre Chevrier, ustedes saben que no se puede disociar a Cristo de su Iglesia, que no se puede disociar la comunidad diocesana de su obispo ni del obispo de Roma. Es en esta comunión en la que nuestro beato encontraba su fuerza: apoyado sobre Jesucristo y sobre la Iglesia, necesariamente se tiene que avanzar en seguridad, a pesar de las contrariedades, de los combates, de las luchas y de las persecuciones (cf. V.D., p. 511).
Es en este espíritu en que yo saludo entre ustedes a los niños y a los jóvenes, a los trabajadores y a los responsables del bien común. Saludo especialmente a los que conocer la prueba de la enfermedad, de la soledad, del alejamiento de su país de origen.
Saludo a los laicos cristianos y a sus familias, que constituyen las células de base en el pueblo de Dios. A ustedes corresponde desarrollar la gracia de su bautismo, vivir la fe cristiana en un clima de fidelidad y de amor generoso y transmitirla, haciendo partícipes de su gusto a las jóvenes generaciones. Lo repetiré en Paray-le-Monial.
Saludo a los sacerdotes que están al servicio de todo el pueblo de Dios, como el padre Chevrier y el cura de Ars, para anunciar la Buena nueva y transmitir la vida de Cristo. Yo meditaré con ustedes
en Ars.
Saludo a los religiosos y a las religiosas, con los cuales oraré en Nuestra Señora de Fourvière. Todos ustedes, hermanos y hermanas aquí presentes, no temas comprometerse en la
renovación del corazón, sin la cual las reformas externas y los planes pastorales serían estériles. Háganlo en la escuela de María, que acompañaba siempre a los discípulos de su Hijo. Vivan el carácter absoluto del Evangelio, el único que despierta y atrae las conciencias dormidas o vacilantes. Busquen sinceramente la santidad, inseparable de la misión.
8. Conclusión
Y tú, padre Antoine Chevrier, guíanos en el camino del Evangelio. ¡Bienaventurado eres tú! Tu figura se eleva y resplandece en la claridad de las ocho bienaventuranzas de Jesús. Esta ciudad de Lyon te llamará bienaventurado, ella que, desde el día de tu muerte, te rodeó ya de veneración. Del mismo modo la Iglesia venera en ti al «pequeño» -exaltado por Jesús más que los sabios y los prudentes-, al sacerdote, al apóstol, al servidor de los pobres. Como Pablo, tomado por Cristo, tú has vivido olvidando lo que quedaba detrás de ti, en tensión total hacia delante. Sí, tú te has vuelto totalmente hacia el Futuro, hacia el gran futuro de todos los hombres en Dios. Tú has corrido hacia la meta para ganar el premio que Dios nos llama a recibir allá arriba, en Cristo Jesús. ¡Este es el precio del amor! ¡Esto es el Amor! [L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 12-X-1986]
VISITA DEL PAPA JUAN PABLO II AL PRADO
Martes 7 de Octubre de 1986. 18 hrs.
ANTONIO BRAVO RECIBE AL SANTO PADRE
Santísimo Padre:
El Padre Chevrier había hecho de las gentes sencillas de la Guillotière sus propios amigos. Cuando un Obispo venía a ver a los niños del Prado era una fiesta para toda la casa. Vuestra presencia, con la de un gran número de obispos, de representantes del barrio y de las Casas de Educación especial del Prado, que tomaron el relevo de lo que aquí hacía Antonio Chevrier, es para nosotros, en este día, un gran honor y una gran alegría.
En 1879, los habitantes de este barrio solicitaron que el Padre Chevrier fuese enterrado en esta capilla. Querían guardar en medio de ellos a su padre y amigo. Esta capilla nos recuerda el celo de este sacerdote, apasionado por Jesucristo y por los pobres. Una veintena de años antes, Antonio Chevrier había alquilado y, más tarde, comprado la sala de baile del Prado, que se convirtió en un hogar de verdad y de amor para los trabajadores de la Guillotière. Cristo, Salvador y Luz, en su Palabra y en la Eucaristía, se hizo aquí presente a este pueblo a través del ministerio y la vida de este sacerdote, que se vio ayudado por algunos colaboradores y colaboradoras.
Durante más de cien años, esta gracia ha animado a la familia pradosiana, de la que el Padre Ancel, a quien usted ha conocido bien, ha sido uno de los testigos privilegiados. Hoy, los sacerdotes del Prado prosiguen la misión del Padre Chevrier en 34 países. Las Hermanas, los Hermanos, y el Instituto femenino del Prado continúan haciendo presente a Cristo entre “los pobres, los ignorantes y los pecadores”, como lo decía Antonio Chevrier.
En comunión con su Obispo y con el Soberano Pontífice, el Padre Chevrier encontraba la seguridad que necesitaba para responder a la llamada de Dios. Sus cuatro viajes a Roma dan testimonio de su vinculación al sucesor de Pedro. De la misma manera, nosotros esperamos de usted una palabra de ánimo y una bendición para ir hacia los más pobres dentro de nuestras Iglesia particulares. Nuestra vocación de discípulos y apóstoles exige que nos llenemos del Espíritu de Jesucristo por medio del Estudio del Evangelio y que tratemos de captar las llamadas de Dios en la vida de los hombres. Por eso, pedimos a nuestros Obispos que nos concedan el poder de vivir en comunidad, cuando ello sea posible, y que nos permitan consagrar un año a nuestra formación pradosiana para un ministerio más eficaz entre los pobres.
Santísimo Padre, antes de escucharlo a usted, le proponemos comenzar por escuchar la Palabra del Evangelio, que nos recuerda cómo Jesús ha venido a “instruir y curar” a la muchedumbre de los pobres. Luego, leeremos un breve pasaje del Padre Chevrier, que nos cuenta cómo el papa Pío IX, predecesor de usted, había bendecido en Roma a los primeros seminaristas del Prado.
Gracias, Santísimo Padre, por haber declarado Beato al Padre Chevrier y por su presencia en este momento entre nosotros.
Lectura del Evangelio de Jesucristo, según San Lucas: (6,17-23)
Canto. “Mirarte y comprenderte”.
Palabras del Padre Chevrier, escritas a sus seminaristas, estudiantes en Roma en 1876:
<<Estoy contento de saber que ustedes han tenido la dicha de ver a nuestro santo Padre el Papa Pío IX, y que los ha bendecido, y que ha bendecido en ustedes a los pobres, a los pobres que ustedes deben evangelizar, instruir, y que todos nosotros hemos sido bendecidos por él en ustedes.
“Benedictio pauperibus”, ¡Que bien corresponde la Palabra del Vicario de Jesucristo con la del Maestro: “Bienaventurados los pobres” ¡Sí, seamos siempre los pobres del buen Dios, permanezcamos siempre pobres, trabajemos con los pobres. Que la pobreza y la sencillez sean siempre el carácter distintivo de nuestra vida, y tendremos la bendición de Dios y de nuestro Padre! ¡Qué bueno es trabajar con los pobres! Uno se siente que son los amigos de Dios y que no se trabaja en vano con sus almas. Amen, pues, mucho a los pobres, a los pequeños; no trabajen ustedes por crecer y elevarse, sino trabajen más bien para hacerse pequeños y empequeñecerse de tal modo que sean igual que los pobres, para estar con ellos, vivir con ellos, morir con ellos; y no temamos, pues, los reproches que los judíos dirigían a Nuestro Señor: Su Maestro está siempre con los pobres, los publicanos y las gentes de mal vivir. Es éste un reproche que debe de honrarnos en lugar de rebajarnos. Nuestro Señor vino a buscar a los pobres. “Misit me evangelizare pauperibus”. Aprendan, pues, a amar bien a los pobres y que esta bendición de Pío IX nuestro jefe visible y verdadero representante de Jesucristo, les sirva de buen augurio y les haga amar a los pobres y permanecer siempre en la santa pobreza>>
PALABRAS DEL PAPA
Queridos amigos, hermanos y hermanas:
1.- Después de la ceremonia solemne de la beatificación, y antes de abandonar Lyon, estoy feliz de acudir en peregrinación junto a la tumba del P. Antonio Chevrier, de compartir sencillamente la alegría de la familia espiritual del Prado, sacerdotes, hermanas, hermanos y laicos consagrados en el instituto Femenino del Prado.
El grano que había sembrado el Padre Chevrier ha necesitado de un cierto tiempo para desarrollarse. A su muerte, la familia pradosiana era muy modesta, como su propia vida marcada por la humildad: cuatro jóvenes sacerdotes, algunas mujeres; sin embargo, eran numerosos aquellos a los que su ejemplo había alcanzado. Como se trataba de una intuición auténticamente apostólica, profunda, en correspondencia con las necesidades de la Iglesia y que brotaba del corazón de un santo apasionado por Jesucristo y por el amor a los pobres, no podía permanecer oculta.
Igualmente, ha necesitado cierto tiempo para encarnarse en una forma canónica precisa -hoy, para los sacerdotes y hermanos, un instituto secular de derecho pontificio-, ya que quieren continuar enraizados en las Iglesias particulares, como sacerdotes seculares.
La pequeña planta se ha convertido en un árbol, sobre todo desde hace cuarenta años, en Francia, donde se tomó conciencia de la gran misión a cumplir entre aquellos que están lejos de la Iglesia; más tarde en Italia, en España, en América Latina, en África, en Asia.
Se desarrolló con un nuevo crecimiento, sobre todo con el inolvidable Monseñor Alfred Ancel, a quien yo bien conocí, con sus sucesores los padres Berthelon, Arnold y Bravo, aquí presentes.
La influencia del P. Chevrier se ha extendido ampliamente en la Iglesia, más allá de los propios miembros del Prado, presentando un carisma nuevo, que inspira a los cristianos y a los pastores, en medio de las demás corrientes espirituales y apostólicas.
La Iglesia está contenta de poder contar con el apoyo de los discípulos del P. Chevrier. ¡Que su ejemplo y su intercesión fortifique y haga crecer aún más su familia (de ustedes) y, sobre todo, la guarde en el amor de Jesucristo, de la Iglesia y de los pobres, como él lo quería!
2.- La simplicidad de esta Capilla, una antigua sala de baile, es como un símbolo que nos invita a dar gracias a este sacerdote, que sólo buscó una cosa: vivir como “verdadero discípulo” de Jesucristo. Su vida fue como la confirmación de su palabra. “Es la virtud y la caridad las que inspiran la
confianza y el amor del pueblo. Pongan a un sacerdote pobre en una iglesia de madera, abierta a todos los vientos, y atraerá y convertirá a más gente que otro sacerdote en una iglesia de oro”. El sacerdote pobre es aquel que vive según las Bienaventuranzas que acabamos de escuchar. (Cf. VD 296-297).
Antonio Chevrier ha recorrido a menudo estas calles de la Guillotière. Conocía la miseria de las gentes de estos barrios que por entonces formaban el arrabal industrial de la ciudad de Lyon. Sufría al ver el foso que se abría entre los obreros y la Iglesia. Sería del todo inútil volver a trazar ante ustedes los tiempos fuertes de su experiencia espiritual y apostólica: al mismo tiempo que se dejó impresionar por la calamidad de los pobres, se sintió embargado por el despojo de Jesús, por la meditación cotidiana de sus palabras, tomadas al pie de la letra, por la sintonía con el ardor apostólico de san Pablo.
No tuvo más que una pasión: Jesucristo contemplado en el Pesebre, en la Cruz y en la Eucaristía. Un solo fin: evangelizar a los pobres. Su búsqueda permanente constituía el caminar según el Espíritu de Dios. Su deseo ardiente: dar a la Iglesia y al mundo sacerdotes pobres y buenos catequistas que fueran por todas partes mostrando a Jesucristo. Penetrado por el amor de Cristo, quien se nos ha dado como pan de vida para los hombres en la Eucaristía, ve que la eficacia del pastor radica en hacerse buen pan para los hombres: “El sacerdote es un hombre despojado, un hombre crucificado, un hombre comido” (como nos ilustra el impresionante cuadro de Saint-Fons).
(Homenaje a todos los apóstoles de los pobres:)
A través del P. Chevrier quiero rendir homenaje a todos los apóstoles que se hacen buen pan para su pueblo: obreros, desempleados, inmigrantes, habitantes de barrios de chabolas y favelas, campesinos de los países del Tercer Mundo… Estos hombres y estas mujeres tienen necesidad de sacerdotes y de cristianos, que se consagren enteramente al Evangelio, que traten de responder a su hambre de pan, de dignidad y, sobre todo, de Dios.
Haciéndome eco de la gracia otorgada al P. Chevrier y del hambre de los pobres, que he visto en el mundo entero, les voy a dar a ustedes, a su familia cuatro orientaciones:
3.- Vayan a los pobres para hacer de ellos verdaderos discípulos de Jesucristo. Vayan hasta los desheredados, para dar testimonio de la bondad de Dios. Signifiquen para ellos el amor de predilección de Jesús y de su Iglesia hacia los pobres: “La Buena Nueva es anunciada a los pobres”. Ciertamente sin ninguna exclusiva, sin ningún menosprecio a los demás, pues el amor del Evangelio abraza a todos los hombres para salvarlos y clases de pobreza se dan incluso entre los ricos. Pero ustedes vayan especialmente hacia los pobres1, hacia aquellos que con harta frecuencia son abandonados. Y para que el amor de ustedes sea más verdadero, su testimonio más creíble, continúen compartiendo de cerca la vida de los hombres, permaneciendo libres respecto a sus opciones temporales y políticas: que todos puedan encontrar en ustedes la presencia de Cristo y que en sus palabras escuchen al Señor Resucitado y puedan acceder a la Fe.
No tengan miedo. No se dejen detener por razonamientos, que, al decir del Padre Chevrier, “matan al Evangelio” (V.D.127). Hablen, interpelen a quellos que se habitúan a la injusticia, se instalan en la indiferencia y la increencia. El mundo tiene necesidad de conocer por medio de ustedes el absoluto del Evangelio. Sin desistir de la mansedumbre y de la humildad del bienaventurado Antonio Chevrier, sin ignorar las complejas condiciones de la evangelización, ni la pedagogía, manifiesten a Jesucristo: que de algún modo, él brote de la boca de ustedes y de toda su existencia. Sí, vayan a los pobres para que Jesucristo pueda ser reconocido y acogido.
4.- Que el carácter distintivo de ustedes sea siempre la sencillez y la pobreza. En el seno de la Iglesia tenemos necesidad de hombres y mujeres, que nos recuerden la fuerza y la libertad que da la
pobreza apostólica. Sean pobres y sencillos en su estilo de vida, de tal suerte que los hombres capten la bondad de la pobreza evangélica. Sean desinteresados, “den gratis ustedes lo que gratis han recibido”.
5.- Hablen de Jesucristo con la misma intensidad de fe que el P. Chevrier. Aquel que conoce a Jesucristo -de este conocimiento en sentido joánico, que comprende el amor- no vive ya para sí mismo, sino para Jesucristo y para darle a conocer a los demás. Los pobres tienen derecho a que se les hable de Jesucristo. Tienen derecho al Evangelio y a la totalidad del Evangelio.
Acuérdense de la consigna del Padre Chevrier: “Catequizar a los hombres, es la gran misión del sacerdote hoy”(Carta ). Debemos de anunciar explícitamente el Evangelio con fidelidad, sencillez, autoridad y firmeza (V.D. 448-449). “Que los misterios de nuestro Señor les sean tan familiares que ustedes puedan hablar de ellos como algo que les es propio, igual que las gentes saben hablar de su estado, de sus negocios”(Carta ). Que la predicación de ustedes, al alcance de los sencillos, ilumine la inteligencia, toque el corazón y haga vivir la novedad del Evangelio en medio de los hombres.
6.- Apóyense siempre sobre Jesucristo y la Iglesia. Han de tomar iniciativas para ir al encuentro de los que están lejos. Pero no podemos olvidar que vamos en nombre de Cristo y de la Iglesia. La obediencia del enviado: es la condición de su fecundidad apostólica. Una vida entregada a los pobres no siempre es fácil. Para dejarse ustedes conducir por el Espíritu de Dios, en medio de las tensiones y de las ambigüedades de la existencia, es necesario frecuentar asiduamente la Palabra de Dios y permanecer en la comunión con sus obispos y con el Papa.
El Padre Chevrier ha querido que sus primeros seminaristas terminen en Roma su formación, y allí se reunió con ellos. Era muy consciente de la necesidad de trabajar en Iglesia. Decía: “El Espíritu de Dios está en la Iglesia, en el Papa, en los santos, en un buen reglamento sacado del Evangelio y aprobado por la Iglesia” (V.D. 226).
Queridos amigos, como él, amen a la Iglesia, trabajen con ella, para ella. No hay discípulos ni testigos fuera de la Iglesia. Por lo demás, como condición de guardar su carisma y de estar disponibles para con los pobres de la Iglesia universal, ustedes aprecian en mucho el permanecer y ligados a las Iglesias diocesanas, cuyo empuje misionero ustedes comparten y estimulan. La misión es la obra de toda la Iglesia.
“Benedictio pauperibus”, decía Pío IX al recibir a los cuatro primeros diáconos del Prado en Roma, en noviembre de 1876. Su sucesor se siente hoy feliz de animar, en el mismo lugar de su primera implantación, a toda la familia del Prado.
A todos ustedes, sacerdotes, hermanos, hermanas y laicas del Prado, así como a todos a los que ustedes son enviados; a todas las gentes que habitan hoy en el barrio de la Guillotière, les doy mi afectuosa Bendición Apostólica.
CONTENIDO
Liturgia de la Misa ……………………………………………………………………. Página 2
Decreto de Beatificación …………………………………………………………….. Página 8
Homilía del Papa Juan Pablo II en la Misa de Beatificación ………………….. Página 11
Visita del Papa Juan Pablo II al Prado ……………………………………………. Página 16
19










