– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO II ORDINARIO
19 de enero, 2025
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
La liturgia nos presenta, en este domingo, el primer signo del evangelio de san Juan, que hace eco de los anuncios proféticos de los tiempos mesiánicos como una alianza matrimonial: “Ya no te llamarán “Abandonada”, ni a tu tierra, “Desolada”; a ti te llamarán “Mi complacencia” y a tu tierra, “Desposada”, porque el Señor se complace en ti y se ha desposado con tu tierra”(Is 62, 4; 1a lectura). La tradición profética utilizaba la imagen matrimonial para significar el amor de Dios por su pueblo. En el amor esponsal el amante experimenta la plenitud de la vida en la medida en que se niega a sí mismo. Dios llega a ponerse en contra de sí para mostrar su amor por su pueblo: “El corazón me da un vuelco, todas mis entrañas se estremecen. No me dejaré llevar por mi gran ira…”(Os 10, 8-9). Jesucristo es la prueba de la fidelidad del amor de Dios, ya que en él vino a buscar a su esposa que le ha sido infiel(Os 1, 4), para establecer una nueva alianza con ella. San Pablo lo pondrá como ejemplo de esposo porque que “amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella… Se preparó así una Iglesia esplendorosa, sin mancha ni arruga ni cosa parecida…”(Ef 5, 25-27).
Lo que el evangelista ya había anunciado en el Prólogo, que Jesús está lleno de “gracia y de verdad” en relación a la ley(Jn 1, 17), empieza a cumplirse desde el comienzo de su misión. Este primer signo es programático, donde queda claro que Dios viene a establecer una alianza matrimonial con su pueblo: “Por eso yo la seduciré; la llevaré al desierto y le hablaré al corazón… Aquel día, oráculo del Señor, me llamarás ‘ Mi marido’, y o me llamarás ‘Mi propietario’… Te desposaré conmigo para siempre…”(Os 2, 16. 18. 21). Todo el evangelio será un contrastar la Ley con la Palabra que se ha encarnado. Después del anuncio del bautismo en el Espíritu, por parte del Bautista, en oposición al bautismo de agua(Jn 1, 33-34) y del agua convertida en vino, vendrá la expulsión de los vendedores del templo con la oposición entre la “casa de mi Padre” y “un mercado”(Jn 2, 16).
Un contraste muy elocuente entre Ley de Moisés y palabra de vida se puede apreciar en el discurso de Jesús sobre el pan de vida en la sinagoga de Cafarnaúm(Jn 6, 22-69). En él “se percibe la comparación entre Moisés y Jesús, entre quien habló cara a cara con Dios(Ex 33, 11) y quien revela a Dios(Jn 1, 18). En efecto, el discurso sobre el pan se refiere al don de Dios que Moisés obtuvo para su pueblo con el maná en el desierto y que, en realidad, el la Torá, la Palabra de Diois que da vida(Sal 119; Prov 9, 5). Jesús lleva a cumplimiento en sí mismo la antigua figura: “El pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo… Yo soy el pan de vida”(Jn 6, 33-35). Aquí la Ley se ha hecho Persona. En el encuentro con Jesús nos alimentaos, por así decirlo, del Dios vivo, comemos realmente el “pan del cielo”(VD, 54).
Esto será lo que celebraremos a lo largo del año litúrgico, de la mano del evangelista Lucas, que la Palabra de Dios se hizo carne y se ha ofrecido para la vida del mundo(Jn 6, 51). De esta manera anuncia el misterio de la Cruz cuando dice: “y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes”(Jn 6, 53). Las celebraciones eucarísticas nos estarán recordando este gran misterio del amor de Dios manifestado en la encarnación y entrega de su Palabra(VD, 54). Además, este es el motivo del Jubileo de este año: el amor que no defrauda atestiguado por el Espíritu Santo en nuestros corazones: “Porque estoy seguro de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni otras fuerzas sobrenaturales, ni lo presente, ni lo futuro, ni poderes de cualquier clase, ni lo de arriba, ni lo de abajo, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro”(Rom 8, 38).
Será este episodio de las bodas de Caná el signo más elocuente del amor que se ha revelado en Jesucristo, tema fundamental en el evangelio de Juan, “porque tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”(Jn 3, 16). San Juan insistirá en el amor como sacramento de la obra de Jesús: “Por el amor que se tengan los unos a los otros reconocerán todos que son discípulos míos”(Jn 13, 35). Desde la fe y el amor a Jesucristo cuestionará las instituciones del judaísmo, pero incluso las del cristianismo naciente. Sabemos que en la institución de la eucaristía no insiste en lo ritual, podemos decir, sino en lo vivencial: “Pues bien, si yo que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, ustedes deben hacer lo mismo unos con otros”(Jn 13, 14). A Pedro que era el referente de la Iglesia naciente lo hace pasar, también, por el examen del amor: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?”(Jn 21, 15).
En Juan, el amor a Dios y al próximo son uno solo: “…amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios. Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios, porque Dios es amor”(1Jn 4, 7-8). Lo que en los evangelios sinópticos se decía “semejante”: “El segundo es semejante a este: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’”(Mt 22, 39), san Juan nos dice que se trata del mismo y único amor: “Si alguno dice: ‘Yo amo a Dios’, y odia a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve”(1Jn 4, 19-20). La misma fundamentación del amor al prójimo ya no es “como a ti mismo”, sino “como yo los he amado”(Jn 13, 34). El amor más grande consistirá en dar la vida por los demás: “En esto hemos conocido lo que es el amor: en que él ha dado su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos”(1 Jn 3, 16; cfr. Jn 15, 12).
Nadie da lo que no tiene, este amor debe recibirse primero: “El amor consiste no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero”(1 Jn 4, 10). Cuando Jesús habla de la fidelidad del amor en el matrimonio, los discípulos responden: “Si tal es la situación del hombre con respecto a su mujer, es mejor no casarse”(Mt 19, 10). Lo mismo nos sucede a nosotros en relación a todas las demás enseñanzas acerca del amor. Por ejemplo cuando Jesús enseña el amor a los enemigos: “Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen. Así serán dignos hijos de su Padre del cielo…”(Mt 5, 44). Esto es incomprensible.
El amor de Dios es preferencial hacia los pobres. Se trata de un amor que no lo mueve la reciprocidad de recibir alguna gratificación, mucho menos de buscar sólo y únicamente su satisfacción, sino que busca el bien del otro considerándolo uno consigo mismo. Lo ama por sí mismo y no por el beneficio que se pueda obtener del otro: “Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, hermanos, parientes o vecinos ricos… Más bien, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos. ¡Dichoso tu si no pueden pagarte!”(Mt 14, 12-14). Según Jesucristo, la Ley y los profetas se resumen en: “Ve y vende todo lo que tienes y da tu dinero a los pobres, después ven y sígueme”(Mc 10, 21).
Las bodas de Caná tienen un fuerte valor simbólico que plantean el único tema de todo el evangelio: Jesús es el vino, los patriarcas y los profetas son el agua. Las tinajas llenas de agua y el mismo vino de mala calidad representan el Antiguo Testamento, “el vino mejor” es el tiempo del Espíritu inaugurado por Jesús. Las seis tinajas llenas de agua pueden simbolizar la creación antigua recreada por el Verbo. Juan evangelista tiene cuidado de traernos a Jesús desde el seno del Padre: “Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios”(Jn 1, 1). A lo largo del evangelio, los judíos estarán reprochando a Jesús desde Abraham y Moisés(Jn 6, 30-31; 8, 33.39). Jesús les dirá “que antes de que naciera Abraham” él existía(Jn 9, 58). También manifestará su superioridad sobre Moisés: “Les aseguro que no fue Moisés el que les dio el pan del cielo, sino mi Padre es quien les da el verdadero pan del cielo…Yo soy el pan de la vida”(Jn 6, 32. 35).
Que en este Año Jubilar, unidos a María, nos unamos al Espíritu y la Esposa para suplicar, “no tenemos vino”: ¡Ven!(Ap 22, 17).










