COMENTARIO EXEGÉTICO-ESPIRITUAL DEL EVANGELIO DEL DOMINGO DE RAMOS
«En Memoria de Ellos…»
24 de marzo 2024
P. Raúl Moris,
Prado de República de Chile
EL Evangelio:
“Mientras Jesús estaba en Betania, comiendo en casa de Simón el leproso, llegó una mujer con un frasco lleno de un valioso perfume de nardo puro, y rompiendo el frasco, derramó el perfume sobre la cabeza de Jesús. Entonces algunos de los que estaban allí se indignaron y comentaban entre sí: «¿Para qué este derroche de perfume? Se hubiera podido vender por más de trescientos denarios para repartir el dinero entre los pobres». Y la criticaban. Pero Jesús dijo: «Déjenla, ¿por qué la molestan? Ha hecho una buena obra conmigo. A los pobres los tendrán siempre con ustedes y podrán hacerles bien cuando quieran, pero a mí no me tendrán siempre. Ella hizo lo que podía; ungió mi cuerpo anticipadamente para la sepultura.
(Mc 14,1-9)
En verdad les digo, dondequiera que se anuncie el Evangelio, en todo el mundo, también lo que ella ha hecho será contado en memoria de ella…”
El Comentario
Cada acción, cada gesto, que la Iglesia realiza en el peregrinar que le encomendó Jesús, está llamado a vincular pasado, presente y futuro: el anuncio que debe ser proclamado hasta los confines de la tierra y del tiempo, es siempre el anuncio del Hoy de Dios en la vida de la humanidad, de que incluso en las más adversas condiciones ahí está el Señor presente, vivo, gozándose con el gozo de su pueblo, condoliéndose y consolándolo en sus aflicciones; sin embargo, el caminar apunta hacia el porvenir, la marcha es la de la Esperanza en el encuentro definitivo, en el gran Adviento del Señor, en el Día primero de la semana eterna en que el Reino se manifieste en todo su esplendor; pero este Hoy y este futuro, se asienta en la memoria agradecida del paso de Dios por la ruta del hombre, de este Dios que, siendo eterno, ha entrado en el tiempo y se ha hecho historia con nosotros.
La memoria agradecida está en el centro de la celebración de la Iglesia, de hecho, las palabras pronunciadas por Jesús en la última cena, y repetidas desde el comienzo de este andar y cada vez que celebramos la Eucaristía, terminan con el mandato. “Hagan esto en memoria mía”, desde el primer relato, conservado por el Apóstol Pablo en la 1ª Carta a los Corintios (1Co 11, 23-25), las palabras de la “Anámnesis” o “Memorial”, actualizan en el Hoy de la Iglesia, el sacrificio único, realizado de una vez y para siempre, por Cristo en el momento de la entrega absoluta a la Voluntad salvadora del Padre. Sin embargo en el primero de los Evangelios, la mención de la memoria se desplaza desde el centro: Jesús partiendo el pan de su cuerpo y ofreciendo la copa de su sangre derramada, hacia la periferia, hacia aquellos en los que reposó la mirada compasiva de Jesús durante el proceso de su pasión, hacia aquellos que, saliendo de las penumbras de los puestos secundarios en el relato, aparecen en primer plano, cuando van desapareciendo uno a uno aquellos en los que primero Jesús había depositado su confianza; aquellos cuya memoria había de quedar indisolublemente unida, tal como lo anuncia el v 9, del relato de Marcos, al sacrificio por el cual la redención entró definitivamente en el mundo.
El Relato de la Pasión está marcada por la soledad en la que está sumido Jesús, soledad que se manifiesta en su primer acto en la noche de Getsemaní, en donde Jesús, el Maestro, incomprendido por sus más cercanos discípulos, abandonado por éstos, que no pueden siquiera velar con Él en su agonía, se enfrenta a la angustia, al grito que nace de lo más profundo de la fragilidad de su carne, de cara a la incertidumbre que provoca la proximidad del dolor y la inminencia de la propia muerte.
Más aún, la soledad de Jesús es suprema: el Hijo clama en medio de la noche y sólo le responde el silencio del Padre; ha llegado a la hora máxima de su vida, el misterio de la Encarnación se está cumpliendo de modo completo y definitivo, nunca Jesús es más intensamente humano, que en este momento de su vida, que se abre con el grito del Hijo en el Huerto de los Olivos, y culmina con el grito desgarrado de entrega absoluta con el que expira en la cruz, nunca Jesús ha experimentado más intensamente el misterio de la inexorable soledad de la existencia humana, que en el silencio sordo de la Noche del Huerto.
Sin embargo, este relato de la suprema soledad de Jesús está entrecruzado en Marcos por la mención de estos otros personajes, solitarios también ellos, que desde su soledad solidarizan con el Cristo sufriente y anuncian con estos gestos el nacimiento de la comunidad nueva nacida de la entrega sin reservas del Hijo al plan salvador del Padre, que convierte la insondable soledad humana en ocasión de misericordia e invitación a la comunión fraterna.
Estos otros personajes, que desde la aparente insignificancia de sus existencias y de sus acciones, no obstante, se agigantan y entra en la Historia de la Salvación, a partir del recuerdo que el Evangelista recogió y nos la transmitió.
El primero de estos personajes, es precisamente la anónima mujer de Betania, que, desde la experiencia de su exclusión, a los ojos de su tiempo y su cultura, y desde su importunidad, a los ojos de los que rodean a Jesús en ese momento, al derramar el frasco de perfume en su cabeza, realiza el signo profético del amor que se prodiga de cualquier manera y se regala como puede, aunque nazca de la impotencia que nos provoca la cercanía del dolor y de la muerte; gesto de amor que marca una impronta más indeleble que todas las palabras y las frágiles promesas de fidelidad que los discípulos pronunciarán más tarde, en el anuncio hecho por el Señor en la cena; es por este mudo gesto, que esta mujer quedará grabada en la memoria del Evangelista, aunque no nos haya conservado su Nombre.
Junto a esta mujer, cabe alinear a esas otras: María Magdalena, María, la Madre de Santiago el menor y José y Salomé, que, mencionadas junto a aquellas que sin dejar mención de su nombre, habían seguido a Jesús desde su ministerio en Galilea y habían subido con Él a Jerusalén, han perseverado valientemente hasta el final y, que ahora, dispersos los discípulos, anonadados por el temor, son las únicas que están de pie cerca de la cruz, contemplando doloridas, atónitas, quebrantadas por el pesar, pero sostenidas por la fe y por la porfía y audacia del amor que estremece a los que han experimentado alguna vez la gracia del amor gratuito, a los que han sentido que el agape los ha alcanzado, los ha reconocido, los ha inundado y los ha transformado para siempre.
El grito de Jesús que todavía no ha encontrado un eco en sus propios discípulos, que sólo después de la mañana de la Resurrección podrán reconstruir su historia y empezar a comprender la hondura del Misterio de Salvación revelado en la Cruz; halla una resonancia en los corazones fieles de estas mujeres, ensanchados en la vivencia del dolor cotidiano, entrenados en la postergación, madurados por siglos de exclusión, de relegación al silencio y a la sumisión; y las incluye para siempre, convirtiéndolas en profetisas y primeras testigos del Evangelio.
Y junto a esas mujeres, la presencia de siete hombres inesperados en el desarrollo del drama de la Pasión: los primeros, el anónimo servidor y el dueño de casa, en donde se realizará la Cena de la última Pascua de Jesús celebrada con sus discípulos, cuyo silencioso servicio y hospitalidad proporcionará el escenario en el que va a ser instituido el misterio central de los cristianos: la Eucaristía.
Luego, nos sale al encuentro ese joven, que huye de la escena del prendimiento de Jesús, que aparece allí intempestivamente, llevado por la curiosidad y la novedad, inerme y sorprendido por el curso de los acontecimientos -a juzgar por su improvisado atuendo: solo una sábana: la que velaba su sueño antes de salir a contemplar la inédita escena del prendimiento del Justo, como si fuera un bandido- joven, que después de escabullirse desnudo de las manos de quienes quieren retenerlo a la fuerza, y solo se quedan aferrando la sabana abandonada en la huida; pudo haberse convertido en un testigo ocular de la traición y la vergüenza; joven en el que el propio Evangelista quiso dejarnos, quizá, el recuerdo de su presencia y su tímida semblanza.
El cuarto, Barrabás, el primero de los salvados por la entrega y la muerte del Justo; Barrabás, signo de que la misericordia del Señor, que no conoce límites ni pone requisitos a la confiada súplica de los afligidos, no vacila al momento de tomar caminos insospechados con tal de alcanzar a todos, con tal de incluir y no dejar a nadie al margen de su invitación.
El quinto, Simón de Cirene, el obrero que vuelve de su jornada, por cuya salvación Jesús carga la Cruz, y que se hace solidario portador de esta misma cruz, signo de la comunidad futura, de la Iglesia, llamada a soportar sobre sus hombros, el peso del caminar de los hermanos que se sostienen unos a otros y se alientan para sortear los tropiezos que ofrece el camino y volver a levantarse cuando el tropiezo los hace caer en tierra.
El sexto, el Centurión, el pagano de mirada lúcida y corazón abierto, el que no han tenido los judíos, para reconocer que en el hombre que acaba de desangrarse en la cruz, se está haciendo visible el Misterio anunciado desde siglos: “Verdaderamente este hombre era el hijo de Dios”; el Centurión será el signo del nuevo pueblo de la Alianza definitiva, que no habrá de conocer fronteras de raza, lengua o cultura.
El último, José de Arimatea, el miembro del Sanedrín, “que también esperaba el Reino de Dios”, que actúa con la audacia que aún no han logrado alcanzar los discípulos, y es capaz de exponerse ante Pilatos y ante el propio sanedrín, que había condenado a Jesús, para compartir lo suyo y honrar el cadáver del Crucificado.
Los primeros discípulos, los Apóstoles, han desaparecido de la escena descrita por Marcos, llegará luego el momento en que la esperanza resucitada en el primer día de la semana los volverá a levantar, los animará, les devolverá, – siempre fiel- la dignidad de haber sido llamados a seguir al Señor, la misión de apóstoles… En el momento de la prueba -en la soledad de la Pasión- el grito de Jesús, el grito del hombre y del Dios llevado al límite por amor, sólo encontrará acogida y resonancia en la silenciosa respuesta de los excluidos, en cuya memoria éstos sus gestos fueron conservados para ser anunciados dondequiera alcance la predicación del Evangelio hasta el fin del mundo.
Raúl Moris G. Pbro.










