2do DOMINOG DE PASCUA
Jn 20, 19-31
– El Espíritu Santo, que Jesús sopla sobre sus discípulos, es testimonio de la Encarnación(Lc 1, 35), de la misión evangelizadora y liberadora de Jesús y, por último, de su muerte y resurrección. Quiere seguir siendo testigo de la misericordia de Dios en una Iglesia fraterna, pobre y solidaria. –
HOMILÍA DE MONS. LUIS MARTÍN BARRAZA
Domingo 11 de abril 2021
Después de presentar el argumento del sepulcro vacío, como los demás evangelistas, para testimoniar la resurrección, Juan evangelista, nos presenta en este domingo dos encuentros con el resucitado cargados de una fuerte intención catequética. Para empezar, podemos reconocer el ritmo semanal de la celebración del misterio pascual y el domingo como el “día del Señor”: “En efecto, el domingo recuerda, en la sucesión semanal del tiempo, el día de la resurrección de Cristo. Es la Pascua de la semana, en la que se celebra la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, la realización en él de la primera creación y el inicio de la “nueva creación(1 Cor 5, 17)”(La santificación del domingo, 1). En ese ritmo presenta Juan los dos encuentros de los discípulos con Cristo resucitado.
Pero hay mucho más que esto, san Juan dice las cosas siempre en un doble o triple sentido. En este relato se ofrecen “pruebas” que suponen haber tenido la experiencia de Jesús o al menos conocer sus enseñanzas. Así queda claro, también, que el resucitado es el crucificado. Por ejemplo el don que hace sobre sus discípulos del Espíritu santo, soplando sobre ellos, sin duda les recordaba aquellas palabras con que Jesús los consolaba en la Última Cena: “y yo rogaré al Padre y les dará otro Consolador, para que esté siempre con ustedes”(Jn 14, 16. 26; 15, 26; 16, 7. 13). Esto es lo más explícito, pero toda la primera aparición es una resonancia de lo que ya Jesús había anunciado. El tema de la paz, también, había sido anunciado por Jesús: “Les dejo la paz, mi paz les doy…No se inquieten ni tangan miedo”(Jn 14, 27).
Creo que sea válido relacionar el hecho de que los discípulos “estuvieran con las puertas cerradas por miedo a los judíos”, con las palabras con que Jesús les advertía sobre el odio y las persecuciones: “Si el mundo los odia, recuerden que primero me odió a mí…Igual que me han perseguido a mí, los perseguirán a ustedes”(Jn 15, 18. 20). El tema del envío resuena en todo el evangelio de Juan: “Como el Padre me envió…”, pero si nos limitamos a las palabras de la Última Cena, están muy claras en su “oración sacerdotal”: “Ahora saben, con absoluta certeza, que yo salí de ti y han creído que fuiste tú quien me envió”(Jn 17, 8; cfr. Jn 3, 34; 4, 34; 5, 23-24; 5, 36-38; 8, 26; 10, 36; 12, 44-45). En cuanto al envío de sus discípulos, aparece claro en el discurso de la Cena: “Y los he destinado para que vayan y den fruto abundante y duradero”(Jn 15, 16). “Yo los he enviado al mundo, como tú me enviaste a mí”(Jn 17, 18).
Toda la primera aparición está tejida con un lenguaje cifrado que encuentra su explicación en todo el evangelio, especialmente en el discurso previo a la muerte de Jesús, donde aparece con más intensidad y claridad(Jn 13-17). Se trata de un confortar a la comunidad para que salga a anunciar la misericordia de Dios: “A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”(Jn 20, 23). Jesús unge a su iglesia para que “anuncie el año de gracia del Señor”(Lc 4, 19), para que sean mensajeros de paz y esperanza. Hablamos aquí de la actitud misericordiosa que debemos tener unos con otros, desde el saludo amable hasta el perdón de las ofensas “setenta veces siete”(Mt 18, 22).
Tal vez sea este testimonio de la resurrección un llamamiento a la comunidad de san Juan como el que está haciendo ahora el Papa Francisco a la conversión misionera: “Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación”(EG. 27). ¿Acaso estaría encerrada, estancada, instalada la comunidad? En el tiempo que se escribió el evangelio había una fuerte persecución del imperio romano hacia los cristianos. En ese caso, con este relato, se estaría queriendo decir que se debe avivar la presencia de Jesucristo vivo en las comunidades, que la misión es un movimiento hacia el exterior que empieza en el movimiento de la fe que se fundamenta en Jesucristo resucitado: “… y crees con tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, te salvarás”(Rom 10, 9). Siempre la eucaristía será un misterio de fe, de comunión y de misión.
En cuanto a la segunda aparición, ¿por qué consignar este episodio tan bochornoso, de la duda de Tomas? ¿No eran suficientes los ataques del exterior contra la comunidad de discípulos, como para empeorar las cosas desde dentro? Parece esto una actitud suicida, o al menos masoquista. Esta página vergonzosa muy bien pudo haberse arrancado del evangelio, finalmente los demás evangelistas no la han reportado, nadie la iba a extrañar. Algo muy importante tendría Juan que decirnos, de esta manera, para arriesgar tanto. Creo que no puede ser otra cosa sino dar un “baño” en el Espíritu, un “nuevo nacimiento”, desde la experiencia del primer día de la resurrección. Contagiar a los cristianos de la segunda y tercera generación de la fuerza que sacó a la primitiva comunidad cristiana de su miedo y de su encierro. Finalmente esta es la intención de todo el evangelio: “Esto ha sido escrito para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios; y para que, creyendo tengan vida eterna en él”(Jn 20, 31).
La duda de Tomás se orienta a pedir razón del crucificado, del que nadie quería saber nada. La idea de un Mesías sufriente siempre ha sido motivo de escándalo. Hasta puede ser que la duda de Tomás sea retórica para reflejar la fe imperfecta de muchos cristianos de todos los tiempos, que no quieren asumir las llagas de Cristo en su vida. Así las cosas, tal vez, no sea Tomás el peor de los incrédulos ya que pregunta por el Cristo del que todos nos avergonzamos. Nos quedamos con la duda de Tomás, pero no nos fijamos que pregunta por el Jesús que se encarnó, fue crucificado y resucitó. Siempre es necesario estar superando la incredulidad hacia el hijo del carpintero, el que “aprendió a obedecer padeciendo”, para anclar más nuestra fe en la vida real, en el amor al próximo, en el servicio, en la misión. Frente a la tentación de replegarnos por miedo o comodidad, siempre es bueno recordar que somos discípulos del que fue perseguido y maltratado: “Ningún siervo es superior a su señor. Igual que me han perseguido a mí, los perseguirán a ustedes…”(Jn 15, 20).
Se dice que la comunidad de Juan siempre estuvo amenazada por el espiritualismo, la tentación del gnosticismo, que encierra a las personas en sus razonamientos o experiencias místicas. Cuanto más “fuertes” hacia dentro más temerosos del exterior. Concebían que la mente era buena y el cuerpo malo. Todo lo temporal, lo que involucra al cuerpo y la sensibilidad eran malos por sí mismos. De Cristo les interesaba su sabiduría, su Espíritu, para construir un grupo selecto, superior a todos los demás. Aquí comenzaron las herejías que niegan la humanidad de Jesús. Creían en Cristo, Espíritu inmortal, pensamiento puro, pero no les interesaba el Cristo de carne y hueso, el que nació en un humilde pesebre, el carpintero, hijo de José y María, que ofreció su cuerpo en alimento y, peor aún, que fue crucificado. El Papa Francisco, hablando del gnosticismo actual, los describe diciendo que “prefieren ‘un Dios sin Cristo, un Cristo sin Iglesia, una Iglesia sin pueblo’(GE, 37). Cristo sí, Iglesia no, mucho menos pueblo donde haya pobres e ignorantes. El misterio de la encarnación les parecía vulgar. Esto es un riesgo de todos los tiempos.
Es cierto que hoy podemos reprochar a Tomás y rasgarnos las vestiduras frente a su incredulidad, pero él nos sigue cuestionando por el crucificado: tu Cristo, ¿tiene las marcas de la cruz? ¿tiene cuerpo? ¿tiene familia? ¿se compromete con la comunidad? ¿siente hambre, sed, frío, soledad? ¿se enferma? ¿tiene hermanos incómodos o inoportunos? ¿sale al encuentro de los pecadores? ¿anuncia buenas noticias a los pobres? ¿soporta a los que no entienden las cosas como tú? ¿está presente en la Iglesia, en los sacramentos y los hermanos pobres? Frente a los problemas del mundo, como ahora la pandemia, ¿qué hace tu Cristo, simplemente huye de la realidad con razonamientos impecables, buscando culpables? ¿Tal vez, sólo piensa que si todos fueran tan puros, lógicos y ordenados como tú, no estarían pasando estas cosas? ¿O, también, sabe decir: “ven mete tus dedos en los agujeros de los clavos, tu mano en mi costado”, es decir: ven a tocar nuestro testimonio de hermanos que escuchan la palabra de Dios, que celebras su fe en comunidad y que comparten sus bienes con los más necesitados, como los creyentes de la primer comunidad en la que ninguno pasaba necesidad porque todos compartían de lo que tenían(Hech 4, 34-35).
El Espíritu Santo, que Jesús sopla sobre sus discípulos, es testimonio de la Encarnación(Lc 1, 35), de la misión evangelizadora y liberadora de Jesús y, por último, de su muerte y resurrección. Quiere seguir siendo testigo de la misericordia de Dios en una Iglesia fraterna, pobre y solidaria.










