COMENTARIO EXEGÉTICO ESPIRITUAL DEL EVANGELIO DEL DOMINGO XVIII ORDINARIO
– LOS ESFUERZOS INSENSATOS…
3 de agosto 2025
P. Raúl Moris,
Prado de República de Chile
El Evangelio:
“Uno de la multitud dijo al Señor: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”. Jesús le respondió: “Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?”
Después les dijo: “Cuídense de toda avaricia, porque aún en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas”. Les dijo entonces una parábola: “Había un hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho, y se preguntaba a sí mismo: «¿Qué voy a hacer? No tengo dónde guardar mi cosecha».
Después pensó: «Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida».
Pero Dios le dijo: «Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?» Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios”.
(Lc 12, 13-21)
El Comentario
La mirada que el judaísmo tradicional tenía sobre la prosperidad económica guardaba algunos elementos no del todo resueltos dentro del marco de la piedad del pueblo de Israel. Por una parte, la prosperidad en los negocios, la fertilidad de las tierras o del ganado era considerado como un signo preclaro del favor de Dios; la antigua doctrina de la retribución, que –expresada de manera simple- señalaba que al que es justo ante los ojos del Señor, no le podía ir mal en la vida (cf. Sal 1), gozaba todavía en tiempos de Jesús de buena salud (de hecho aún quedan fuertes remanentes de dicha visión de mundo en la religiosidad popular, tanto católica como protestante); sin embargo, por otra parte, y dado que los bienes eran considerados –junto con el honor- un recurso limitado, el enriquecimiento excesivo era mirado con recelo y suspicacia, pues la riqueza en demasía, que alguno pudiera ostentar, lo convertía en sospechoso de usurpación de los bienes correspondientes a otros.
Éste es el marco cultural en donde conviene situar el episodio narrado por Lucas en el Evangelio de hoy, como asimismo la parábola de las ilusiones del Rico Insensato.
Dejémoslo claro, en primera instancia, no es la riqueza en sí misma, en términos contables, lo que se le está reprochando al hombre rico de la parábola, sino su autorreferencia, su autosuficiencia y el no saber situar su prosperidad en unas coordenadas de sentido, que lo hagan trascender el afán desordenado de acumulación de bienes: la avaricia.
Si, como decíamos, la holgura era reconocida como una señal de que se cuenta con el beneplácito de Dios, esta consideración no parece pesar en la mirada del hombre de la parábola: aunque el encabezado de ésta afirma una situación que traspasa la capacidad de manejo y previsión del protagonista, porque es su tierra la que ha rendido una cosecha extraordinaria, es su tierra la que ha respondido en demasía a sus esfuerzos, como podría no haberlo hecho, y no ha sido precisamente el esfuerzo del hombre rico, el que le ha obtenido esa fortuna extraordinaria; no obstante, él no se detiene a dar gracias a Dios por la abundancia: la riqueza lo ha cegado para mirar más allá de los límites de su entorno, para elevar la mirada hacia lo alto; para él su riqueza es un asunto propio, y consigo mismo ha de resolver los desafíos que esta nueva situación le impone, a saber, la ampliación de los graneros.
El discurso interior del rico –que ocupa gran parte de la parábola- es abiertamente autorreferente, se dirige a sí mismo, interpela a su propia alma; no hay una sola palabra de gratitud hacia Dios, como tampoco hay una sola palabra sobre la posibilidad de compartir las ganancias con los que no han tenido su misma suerte (recordemos que la limosna es uno de los tres pilares en donde se asienta la espiritualidad del pueblo de Israel); en el discurso del hombre rico, lo único que cuenta es él mismo, su inesperado y feliz cambio de fortuna, su autoproclamada capacidad de resolver consigo mismo los nuevos escenarios exigidos por su nueva situación, el único invitado al diálogo interior del hombre de la parábola, es él mismo y su alma; Dios, como personaje del relato interviene intempestivamente, es el “invitado de piedra” que vendrá a desbaratar las ilusiones, que viene a aguar el festejo de los alegres proyectos del rico, con la crudeza de la realidad.
El problema de la parábola no está en la riqueza, sino en el sentido, en la pregunta acerca de en dónde asentamos el cimiento de nuestra vida, de nuestros esfuerzos; si el rico de la parábola hubiese sobrevivido, tarde o temprano habría de llegar al tiempo del amargo reconocimiento, de la agria desilusión que tiñe las palabras del sabio que grita su desesperanza desde los primeros versículos del libro del Eclesiastés: todo aquello en que creemos fundar nuestra vida: nuestros trabajos, nuestros proyectos, las luchas que emprendemos, las relaciones que entretejemos, las alegrías que hemos atesorado, las penas que han anegado tantos de nuestros días, cuando no las situamos en un marco de referencia que trasciende al limitado plazo de nuestro transitar por el ser, son sólo vanidad, en su sentido existencial más radical y profundo: nada y vacío.
La constatación del sinsentido, de la vacuidad de los esfuerzos, ha de ser el destino que espera al que ha construido su vida de espaldas a Dios; las riquezas nunca suficientes como para llenar por completo nuestras aspiraciones de plenitud, las propias fuerzas, impotentes en el momento en que más nos aferramos a ellas, la propia habilidad e inteligencia, incapaces de dar una respuesta convencida y convincente a la pregunta que aparece, entrometida e implacable, acorde estridente y disonante, en la fiesta de nuestra vida y de nuestros logros, cuando el perfil de la muerte se asoma ominoso en su horizonte.
La parábola del Rico Insensato aparece en el Evangelio de Lucas como la respuesta al hombre que movido por su propio y particular sentido de justicia -justicia que parece ser más bien una máscara de la avaricia- tiene sus ojos y su corazón velados: está delante de Jesús y sólo logra ver en Él al mediador que pueda dirimir en su favor un litigio de herencias, tiene enfrente a su Salvador y sólo consigue verlo como un perito en la Ley, lo llama Maestro, pero no es capaz de acogerlo como tal en la enseñanza que realmente importa: la de aprender a vivir en un franco y solidario salir de sí, al encuentro agradecido con Dios y al abrazo del hermano.
La parábola del Rico Insensato es otro modo que Lucas emplea para mostrarnos el camino del Discípulo, esta vez como aquél que logra descubrir en Jesús el sentido, logra encontrar en sus palabras y en sus gestos la ruta que ordena su vida y conduce sus pasos, logra darse cuenta que su seguimiento, el aparentemente más insensato de los esfuerzos ante los ojos de los que están ocupados en sus sensatos negocios, es el único camino que conduce a la adquisición del sentido pleno, de aquello para lo cual hemos sido convocados a la vida; de aquello que nos enriquece de verdad delante del Señor, de aquello que ilumina la vida entera del que habiendo conocido a Cristo y habiendo abrazado su Evangelio se ha convertido en el hombre nuevo, que –como nos recuerda San Pablo en la Carta a los Colosenses- ha logrado saber qué significa afirmar que “Cristo es todo y está en todos”, y se esfuerza por vivir en consecuencia.
Raúl Moris G. Pbro.










