COMENTARIO EXEGÉTICO-ESPIRITUAL DEL EVANGELIO DE NAVIDAD
29 de diciembre de 2024
P. Raúl Moris,
Prado de República de Chile
El Evangelio:
“Por aquel tiempo apareció un decreto del Emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria.
(Lc 2, 8-14)
Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen. José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David, para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.
Mientras estaban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre; y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la posada.
Había en esa región unos pastores que pasaban la noche en el campo, cuidando sus rebaños y vigilando por turnos. Se les apareció un ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió en su luz.
Ellos se llenaron de temor, pero el Ángel les dijo: “No teman, porque les anuncio una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor.
Y esta será la señal para ustedes: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre”.
De pronto, se unió al ángel, una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres amados por Él!”
El Comentario
No hay dulzura en el relato que Lucas nos hace de estos peregrinos que llegan a Belén: José y María, portando con ellos el misterio del Dios que ha decidido hacer de los pobres su pueblo, para compartir con ellos su suerte. No existe en el pesebre original ese cálido cobijo y el pintoresco colorido que la tradición fue añadiendo con cariño desde la Edad Media.
No cabe romanticismo en ese peregrinar forzado, en el que esta familia experimenta la secular sumisión de los pequeños a los poderosos -en este caso la dominación romana, que quiere cuantificar el alcance de su poder mediante el Censo- su sometimiento los hace pares y solidarios a esa muchedumbre que transita anónima por la historia, arrastrando consigo el clamor milenario por una justicia porfiadamente esquiva; su sometimiento además a las rígidas normas de pureza que venían del Levítico y que se traducen en el hecho de que María, a punto de parir, no sea admitida en las posadas de la aldea.
No obstante, hay algo que hace únicos en la historia a estos peregrinos: su obediencia al Plan de Salvación; su disponibilidad para ser parte de éste, cuya dimensión supera con creces su entendimiento, pero que aceptan y asumen, con la generosidad de quienes depositan sus propios proyectos en las manos del Padre, para que sea Dios, Creador providente, quien los haga colaboradores del Misterio de Redención.
Toda la Creación está expectante de lo que va a acontecer hoy en los campos de Belén: Ese, al que Isaías vislumbró con anhelo, entre las brumas del tiempo, hace ya siete siglos: el Emmanu-El, el Dios-con Nosotros: prefigurado en la Presencia revelada y velada del Arca de la Alianza en la Tienda del Encuentro, en el Santo de los Santos, oculto en el corazón del Templo de Jerusalén, llega ahora, hecho carne palpitante en las entrañas de María, abriéndose camino para nacer, para compartir el grito de alegría y sorpresa, de estupor y dolor de cada hombre, cuando se asoma por vez primera a la luz; para conocer con ojos de creatura este mundo, del cual es Creador; para comenzar a habitarlo, sin más armas que la indefensión de cualquier recién nacido, sin más amparo que los brazos de una madre, agotada por la jornada, sostenida por la esperanza; de un padre que ha soñado para su hijo, el primero, el calor de la casa familiar, construida diligentemente con el magro fruto del trabajo de cada día, pero que solo le puede ofrecer hoy, en este establo, el desarraigo, el exilio de todo contacto con una humanidad que le ha cerrado las puertas.
María y José no han encontrado lugar en la aldea, los pobres parecen estar siempre de sobra, nunca hay sitio para ellos en el ruido de la posada, en la compra y venta de los quehaceres de la gente; toda la Creación esta expectante, excepto los vecinos de la aldea de Belén, que no han sido capaces de descubrir en estos dos, que han golpeado puertas durante el día para encontrar albergue, a aquellos escogidos para llevar a cabo la promesa de salvación; aunque el Antiguo Testamento ha insistido, en todos los tonos posibles, que Dios actúa de manera sorprendente cuando quiere hacer su voluntad en medio nuestro, aunque durante toda una historia ha escogido a los pequeños, al extranjero, a la estéril, para manifestar su designio de inclusión de la humanidad entera en la oquedad de su amor; una vez más la mirada de los hombres pasa de largo por éstos, en los que el Padre del cielo ha fijado la suya.
Pero hoy Dios desciende en la Encarnación para redimir al mundo, en el hondo silencio de la noche; allí, en un refugio para animales, encontrará calidez, allí, en medio de la desolación, se hace hombre el que es consolación de la humanidad. Así ha querido entrar en nuestra historia el Salvador.
Consecuentemente, también habrán de ser los últimos, los primeros depositarios de esta buena noticia: la Gloria del Señor, que irrumpe al fin del relato para revelar lo que ha acontecido en esta noche, eje de la historia, descenderá sobre los pastores que habitaban los páramos circundantes.
Lejos están estos pastores de Palestina de las idílicas imágenes que la poesía pastoril había estado plasmando en la otra orilla del Mediterráneo: esos pastores que entre blancas ovejas, languidecen enamorados y que, al dulce sonido de las flautas, intercambian y cantan sus amores; los pastores del Evangelio son hombres semisalvajes, curtidos por el sereno de la noche, y el sol, que cae a plomo a mediodía; rudos, recelosos, rapaces cuidadores de ganado ajeno, dispuestos a cualquier cosa con tal de sobrevivir entre las arideces en las que sus rebaños se disputan la poca hierba que encuentran.
Esos, los que tampoco tienen cabida al calor de la aldea, serán los que encontrarán al Niño que viene para salvar al mundo, a esos, pobres entre los pobres, se les revelará la Gloria del Señor en este signo contradictorio: no será preciso contemplar al cielo, para escrutar los designios de Dios, que se manifiesta en el bajo suelo, en la precariedad de este niño envuelto en pañales, para así convertirlos en los primeros testigos de su amor, que abre los brazos frágiles de un Recién Nacido, para abrazar a la humanidad entera, sin exclusiones, para extender su abrazo redentor desde el Pesebre hasta la Cruz.
A ellos y a nosotros nos viene a interpelar el Señor, con el desafío de esta buena noticia, que detiene cielo y tierra en el silencio de Navidad, para hacernos considerar la inmensidad del amor que se hace niño pobre para desbordar sobre el hombre, la riqueza sin límites de Dios para siempre.
Raúl Moris G. Pbro.










