– Formación Permanente –
EL COMPROMISO EN EL PRADO
P. Xosé Xulio Rodríguez
Este domingo 25 de junio 2023, en la Capilla del Prado en Lyon, a los pies de la tumba del P. Chevrier, ha celebrado su compromiso perpetuo nuestro hermano Víctor Manuel Castillo Vega, de Tula, en la clausura de los ejercicios espirituales del Año Internacional Pradosiano 2022-2023.
Con ocasión de esta noticia felicitamos a Víctor Manuel y a la diócesis de Tula y nos invitamos a leer con atención el breve artículo de Xosé Xulio Rodríguez y a profundizar en la propuesta formativa que lo acompaña.
El proceso de la Primera Formación y el recorrido que hemos hecho en estos años nos han presentado reiteradamente el Prado como una gracia y como una vocación.
Si es una gracia, es, por lo tanto, un regalo, un don que se nos ha entregado de forma gratuita. Ante un regalo sólo caben dos posturas: aceptarlo o rechazarlo.
Si es una llamada también está claro que el comienzo y la iniciativa no está en nosotros, sino en Dios, que es el que llama, el que viene a nuestro encuentro. Por lo tanto, no estamos simplemente ante una cosa nuestra, ante algo que nos puede gustar más o menos. Nos movemos en la hondura del lenguaje de la fe que siempre es nuevo, que siempre es sorprendente. Si estamos ante una llamada nos encontramos ante algo permanente, sin fecha de caducidad, como acontece con nuestra vocación cristiana (bautismal) y con nuestra vocación al ministerio sacerdotal.
El terreno en el que nos movemos no es el jurídico, el canónico, sino el de la fe y el del amor. Cuando se habla de compromiso a menudo afloran unos tintes de carga, de exigencia, de algo que parece pesado… La gracia se mueve en el contexto de la libertad, del amor, de la gratuidad. En este terreno es donde estamos llamados a vivir el compromiso y la gracia del Prado, de forma gozosa y agradecida.
1. La vocación es una realidad dinámica
La vocación no es un acontecimiento cerrado, que ha tenido lugar o que ha quedado fijado en un momento o en un acontecimiento concreto, sino que está en un continuo proceso de gestación, de crecimiento, de apertura a los nuevos retos y llamadas que nos tiene reservado tanto el Señor como la historia, el medio en el que realizamos la misión, el ministerio para el que hemos sido Elegidos.
Si echamos una mirada al itinerario vocacional de muchos creyentes, sobre todo, los que nos presenta la Biblia, descubrimos fácilmente cómo la llamada de Dios se fue perfilando y confirmando en sucesivas llamadas, en misiones que al principio no se contemplaban y, muchas veces, no se comprendían.
Este es el camino de Abrahán, de Moisés, de Jeremías, de tantos otros. La respuesta a la llamada los fue introduciendo en un camino con distintas etapas, muchas de ellas no parecía que se pudiesen encontrar en la ruta, pero fueron apareciendo en la medida que se dejaban conducir, que se fiaban, que respondían con fe.
Abrahán: Tras el primer impulso de dejarlo todo y partir a otra tierra fiándose de la Palabra de Yahvé, Abrahán tiene que estar abierto a muchas sorpresas. La promesa de una tierra, de una descendencia tiene grandes dificultades; asoma la crisis y también las dudas, pero Abrahán va madurando, su fe se templa y se confirma en las alianzas que Dios hace con él (Gn 15,1-21; 17,1-22).
Moisés: Tras el primer impulso ante la opresión de su pueblo Moisés se pone en camino de Egipto al desierto y viceversa. Dios le llama y su vocación al servicio del pueblo se va perfilando en medio de dificultades, de temores, de crisis, de peligros en un contexto de lucha, de agonía, a veces con Yahvé y a veces con el pueblo. La alianza con Yahvé es también clave para que Moisés siga abriéndose a la novedad de Dios y permaneciendo en medio del pueblo (Ex 24,1-18; 32,1-6; 34,1-13).
Algo muy similar podríamos decir del itinerario del profeta Jeremías a través de sus Confesiones y de las vicisitudes con los reyes y sacerdotes del templo de Jerusalén en el momento de su destrucción. También él nos propone la Nueva Alianza de Dios con su pueblo, una alianza en el espíritu (Jer 31,31-34).
Pero vamos a fijar nuestra mirada especialmente en algunos de los Apóstoles y descubrir cómo la llamada de Dios va evolucionando, se va abriendo a nuevas dimensiones a nuevos campos de misión. Éste puede ser también el espejo que refleje nuestro propio itinerario.
Marcos nos narra cómo los cuatro primeros discípulos fueron llamados por Jesús para ser pescadores de hombres. Ellos, dejándolo todo lo siguieron (Mc 1,16-20). Se subraya la vocación de discípulos y el cambio en su trabajo. Una misión nueva que todavía no está muy delimitada: ser pecadores de hombres.
En una segunda llamada, Jesús llama a los Doce para que estén con Él y para enviarlos a predicar con el poder de expulsar demonios (Mc 3,13-19). En esta segunda llamada los Doce ven confirmada su vocación de discípulos permaneciendo junto a Jesús, escuchando sus enseñanzas, entrando en una relación de amistad y de fraternidad. La misión se va clarificando: la predicación del Reino que Jesús está realizando ya.
Pedro, en un tercer momento, descubre que su llamada tiene también otro matiz, dentro de la radicalidad de la primera llamada: es llamado por Jesús para ser piedra de la Iglesia (Jn 1,40-42; Mt 16,16-19), para ser el pastor del nuevo pueblo de Dios (Jn 21,15-19).
Más tarde, Pedro va a descubrir otra novedad que le desconcierta. Ser elegido para acoger en la comunidad cristiana a los gentiles. Este camino se va abriendo en medio de resistencias, dudas y vacilaciones, como nos relata el encuentro de Pedro con Cornelio y su familia (Hch 10-11).
Un camino similar sigue el apóstol Pablo, que tras la conversión en el camino de Damasco va percibiendo cómo progresivamente el Espíritu abre caminos nuevos a la misión evangelizadora. Comienza anunciando primeramente el Evangelio a las comunidades judías, para dedicarse después casi exclusivamente a la evangelización de los gentiles.
Nuestra historia tiene algunos momentos o etapas que coinciden con el camino de algunos de estos los apóstoles y profetas que estamos considerando.
Nuestra vocación radical y primaria tuvo lugar en el momento del bautismo. Esta llamada bautismal fue creciendo, echando raíces en nosotros. En otra etapa de nuestra vida esta primera llamada se perfila y clarifica en una entrega y en un servicio a la Iglesia en el ministerio sacerdotal; una llamada a presidir en el nombre de Jesucristo la comunidad cristiana. No es una llamada distinta y desconectada de la vocación bautismal. Es una concreción de la misma. El que nos eligió para formar parte de su pueblo nos escogió también para reunir, servir, acompañar y presidir su mismo pueblo en el nombre del mismo Jesucristo y configurándonos con Él.
En un tercer momento nuestra vocación y ministerio presbiteral se ven enriquecidos con la gracia del Prado. Dios, por diversos conductos y mediaciones, nos ofreció este regalo, esta gracia. La que un día de Navidad concedió a A. Chevrier de seguir más de cerca de Jesucristo para hacerse más capaz de anunciar el Evangelio a los pobres. Esta es nuestra historia. Este es nuestro camino.
Podemos pensar que no somos fieles, que somos incoherentes, que no vivimos el compromiso. Esto puede retraer a muchos compañeros a renovar el compromiso, a pensar que, al no ser coherente, sería más honrado no seguir.
Este planteamiento hecho con sinceridad y rigor hay que aplicarlo antes a la vocación bautismal y a la vocación sacerdotal. Las infidelidades, debilidades y coherencias no nos llevan al abandono. No nos parece que sea esa la solución. Éstas son mucho más determinantes que la vocación pradosiana. Si no abandonamos estas la vocación pradosiana, que es importante, es menos decisiva en nuestra vida. El empeño que pongamos por ser fieles a la vocación cristiana y sacerdotal hemos de ponerlo igualmente para ser fieles a la vocación pradosiana. Es más, ésta nos hará ser más fieles en las otras dos, que es lo que más interesa. Sabemos además que no se trata de tres vocaciones superpuestas sino de tres matices que se viven de forma unitaria de tal manera que nos configuren más plenamente con Jesucristo como discípulos y apóstoles en el seno de nuestra Iglesia Local y de nuestro Presbiterio.
Sabemos además que el compromiso tiene su sentido cuando es respuesta a una gracia. Se inscribe, no en clave de exigencia ética o de una carga que se echa sobre uno mismo, sino en clave de amor, de alianza, como acabamos de ver reflejado en Abrahán, Moisés, Jeremías, Pedro, etc. Por eso nuestra respuesta a Dios es obra de la gracia. Esta es nuestra convicción de fe: “la gracia de Dios está con nosotros cuando él nos llama. Por esto podemos responder desde nuestra fragilidad: “Pues yo soy el último de los apóstoles; indigno del nombre de apóstol, por haber perseguido a la Iglesia de Dios. Mas, por la gracia de Dios, soy lo que soy. Pero no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo” (1 Cor 15,9-10; 2 Cor 4,7).
2. El sentido del compromiso en el Prado
En el proceso de la Primera Formación fuimos descubriendo cómo el compromiso en el Prado es la respuesta a una gracia, a una vocación. Por eso siempre hemos puesto el acento más sobre la dimensión teologal que sobre la dimensión canónica. Ésta es una consecuencia y está al servicio de aquélla.
El compromiso expresa nuestra decisión de vincularnos para siempre a la persona de Jesucristo y dejarnos modelar por el Espíritu, para seguirle en una vida de discípulo al servicio de la evangelización de los pobres: “Me decidí a seguir más de cerca a Nuestro Señor Jesucristo para hacerme más capaz de trabajar más eficazmente en la salvación de las almas” (Navidad 1856).
El compromiso en el Prado se inscribe en la radicalidad del seguimiento, en dejarnos cautivar por el poder de seducción y por el atractivo de Jesucristo, en una palabra, en llegar a conocer a Jesucristo para ser de él y para que toda nuestra vida esté al servicio de anunciar el Evangelio a los pobres. Todo esto está ya incluido en nuestra vocación cristiana y sacerdotal. El Prado nos invita y nos facilita vivirlo de una forma más explícita, consciente y prioritaria, como una llamada y como una gracia.
Todo esto nosotros lo hemos formulado y recordado muchas veces a través de estos enunciados clásicos y al mismo tiempo tan significativos que reflejan el marco, el ideal en el que deseamos ver reflejada nuestra vida, nuestra manera de ejercer el ministerio, de contribuir a la construcción de la Iglesia hoy:
- Conocer a Jesucristo es todo.
- Tener el Espíritu de Dios es todo
- Anunciar el Evangelio a los pobres es o único necesario.
- Seguir a Jesucristo en el camino del pesebre, la cruz y la eucaristía
- La vida fraterna
- Teniendo como guía espiritual al P. Chevrier.
En medio de dificultades, contando con nuestra debilidad y fragilidad, pero también con entrega y entusiasmo hemos intentado recorrer este camino. Una vez más somos conscientes de que lo verdaderamente importante no está tanto en verificar cómo nuestra vida se está ajustando a estas dimensiones, sino en tener conciencia de que Dios nos ha llamado por este camino y nos ha presentado esta gracia. Él es el principio, él ha tenido la iniciativa. La respuesta ha de ser en correspondencia al don recibido. Por lo tanto, no han de bloquearnos nuestras debilidades e incoherencias, sino que ha de movernos el amor y la gratitud, sabiendo que quien nos ha elegido nos dará también la gracia, la fuerza de su Espíritu para seguir este camino, ya que Dios ha querido hacer maravillas y manifestar su poder salvador a través de nosotros, frágiles vasijas de barro.
El compromiso, como dijimos ya, nace del amor, no de una exigencia ética ni de un voluntarismo. Un amor que nos configura con Jesucristo y que implica “el deseo de vivir la vida evangélica en su totalidad por amor a Jesucristo y a aquellos a quienes él nos envía”. El cuadro de Saint Fons refleja para nosotros las estaciones del camino del seguimiento: el pesebre, la cruz y la eucaristía. Estas tres estaciones son la síntesis, por decirlo así, del misterio de Cristo: la encarnación, la cruz y la Eucaristía (Pascua).
Al hacer el compromiso del Prado nos decidimos a entrar en comunión con el Cristo pobre en el misterio de la encarnación, con el Cristo que se entrega a la muerte en la cruz, con el Cristo que se hace buen pan para ser comido en la Eucaristía.
El Verbo encarnado, el Jesús crucificado, el Cristo pan de vida nos acercan al conocimiento de la persona de Cristo. Es la síntesis más plena del Evangelio, el retrato más logrado de la Buena Nueva del Reino de Dios. Por eso el misterio de Cristo se corresponde con el núcleo más genuino del Evangelio, los llamados Consejos Evangélicos: El Cristo pobre de la encarnación: la pobreza; el Cristo crucificado: la obediencia; el Cristo buen pan: la castidad.
No son los Consejos Evangélicos altos grados de perfección reservados a unas minorías que llegan a vivir estos ideales gracias a una ascesis y a una disciplina que han doblegado las pasiones y amaestrado la voluntad mediante la renuncia y la práctica del bien. Este no es el contexto ni el estatuto en el que nosotros hemos sido llamados a seguir a Jesucristo y a vivir los Consejos Evangélicos.
La vocación del Prado es una llamada y una gracia. Nosotros hemos sido atraídos por Jesucristo y queremos, como nos recuerda Chevrier, ser de él (VD 46). “¿Quieres ser de Jesucristo? ¿Sientes el deseo de pertenecerle? ¿De quién quieres ser, si no eres de Jesucristo? Escucha sus llamadas. Escucha sus promesas” (VD 119).
Es el amor, el deseo de pertenecer a Jesucristo, de seguirle y de hacerle presente en medio de nuestro pueblo lo que nos mueve a dejarnos modelar y configurar con él, a vivir con la mayor fidelidad posible la vida evangélica. Por eso los consejos evangélicos no son exigencias elevadas de un camino de perfección, sino el deseo de seguir más de cerca a Jesucristo, de haber sido atraídos y seducidos por su amor. Por esta razón nos introducimos por sus mismos caminos y colaboramos con él en su misma obra: “Seguidme, es decir, haced como yo, pasar por el mismo camino que yo; seguidme en el camino que he tomado para cumplir con mi misión” (VD 342). El amor a Jesucristo nos mueve y nos facilita vivir los consejos evangélicos en la entraña profunda de nuestro ministerio para representar y hacer presente a Jesucristo en medio de su pueblo: “Debemos representar a Jesucristo pobre en su pesebre, a Jesucristo sufriente en su pasión, a Jesucristo que se deja comer en la santa Eucaristía” (VD 119).
No se trata, por tanto, de vivir la pobreza, la castidad y la obediencia como unas virtudes de alto grado de perfección, sino de hacer presente y de reflejar a Jesucristo sacramentalmente en el misterio de la encarnación, de la cruz y de la Eucaristía.
Por eso el compromiso en el Prado no es un acontecimiento privado o puramente individual. Es un acontecimiento eclesial. Estamos ante una espiritualidad apostólica. Nuestra configuración con Jesucristo es para anunciarlo a los pobres, para que su Reino se haga presente en medio de nuestro pueblo, para que los pobres puedan conocer y experimentar la ternura y el amor de predilección que Dios les tiene.
Nos decidimos a seguir más de cerca de Jesucristo para hacernos más capaces de anunciar el Evangelio a los pobres. Por esta misma razón la vida fraterna es un elemento tan importante para cuidar. Es una dimensión muy importante del celibato, de ser buen pan para nuestro pueblo y para nuestros hermanos sacerdotes. Esto nos lleva a participar activamente en la vida de nuestra Iglesia local y de nuestro presbiterio. Todo esto lo tenemos muy claro. El Prado es un espacio donde la vida de la diócesis ocupa un lugar central. Pertenecer al Prado no nos aleja de estar en el corazón de la vida diocesana, como muchas veces se piensa desde fuera, sino que nos introduce en su entraña más profunda.
3. El Compromiso en el Prado
La expresión parece demasiado seria y trascendente. Además, no está en uso ni en alza en una cultura que todo lo relativiza y lo convierte en provisional y Pasajero.
Es sin embargo una consecuencia del amor, de la llamada de Dios que no tiene vuelta atrás. El sí de Cristo fue definitivo. En ese mismo ámbito se inscribe el nuestro, a pesar de nuestras debilidades, contradicciones e infidelidades.
El compromiso temporal no es provisional ni condicional. En su intención es ya definitivo porque es manifestación de un amor, de una entrega plena, que hacemos en el espíritu del Cuadro de Saint Fons, como respuesta a una gracia a una elección por parte de Dios que hoy sigue vigente.
Nuestra respuesta, como es normal, nace de la libertad. La llamada, la elección, la gracia requieren una acogida y una decisión que han de ser libres. La propuesta que hace Jesús al joven rico, un hombre que cumple los mandamientos, nos refleja cómo la libertad es el ámbito para dar una u otra respuesta: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego sígueme” (Mt 19,21). Si quieres indica ante todo la libertad de responder o no a la propuesta. Es la misma oferta que hace a los discípulos para el seguimiento: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mc 8,34).
En este mismo marco de libertad Jesucristo nos hace la propuesta. Es un don, una gracia que encuentra su plenitud y su sentido en nuestra libertad de acoger o de retirar.
4. Vivir la Vocación Pradosiana
Nuestra vocación pradosiana forma parte de la vocación presbiteral y se manifiesta en la alegría que experimentamos, no exenta de combate, de seguir más de cerca de Jesucristo en su misión mesiánica entre los pobres de la tierra.
No se trata de llegar a un camino de perfección, sino de responder a una llamada y de corresponder a una gracia que nos lleva a la unión y a la configuración con Jesucristo pobre en el misterio de la encarnación, en el misterio de la cruz y en el de la Eucaristía.
La novedad de la vocación se aprecia y se descubre en la escucha, en la oración, en el conocimiento de Jesucristo.
El conocimiento de Jesucristo a través del Estudio de Evangelio y de la contemplación de la vida de los pobres nos permite vivir la actualidad y la novedad de la vocación.
La eficacia y la fecundad de la misión tiene aquí su fuente. El conocimiento de Jesucristo nos introduce más radicalmente en la evangelización y en la opción por los pobres (RV, CV).
Hemos de cuidar también la fraternidad. La vida fraterna es un elemento constitutivo y muy importante de la vocación pradosiana. Es una concreción de la fraternidad que estamos llamados a vivir, cuidar y promover en nuestros presbiterios. Pablo en su periplo apostólico, en medio también de tensiones e incomprensiones, anima y fortalece la comunión de los presbíteros en la Iglesia de Éfeso, fundamentada en la oración, la exhortación fraterna, la pobreza y el compromiso con los pobres (Hch 20,28-38; 1 Pe 5,1-4).
Esta gracia, esta vocación específica, son la concreción de algo que todo sacerdote está llamado a vivir. A nosotros el Señor nos ha elegido para vivir esto con mayor intensidad; es una herencia que él nos ha confiado para que la desarrollemos en servicio y en beneficio de toda la Iglesia. No somos mejor ni peores, somos llamados a ser testigos de esto de un modo especial, pero no exclusivo. Este camino no nos aparta del Presbiterio, sino que nos arraiga aún más en él: “ordenados en la Iglesia particular, participan de todo lo que constituye la vida del clero diocesano en lo material, espiritual y pastoral” (Cons. 23).










