EL ESCANDALOSO REALISMO DE LA ENCARNACIÓN ASUMIR EN LA FE NUESTRA HUMANIDAD
– Louis Giacometti –
Guía para un Estudio de Evangelio
Hacer del estudio de Jesucristo nuestra regla de vida
Recibimos del Padre Chevrier, y de toda la tradición viva de El Prado, una invitación precisa a hacer del estudio de Jesucristo nuestra regla de vida.
“Imagínense seguido a Nuestro Señor con ustedes, actuando, hablando, y preguntándoles cómo harían si él estuviera en su lugar; y en sus comuniones, rueguen a Jesucristo que se una de tal manera a ustedes, que no sean sino uno con Él en todo lo que hagan” Carta 65.
Se trata de responder al “llamado a reproducir en nuestras vidas los rasgos distintivos del Salvador” (Constituciones No. 12).
En efecto, es para vivir del Espíritu de Jesucristo que entramos en el Estudio del Evangelio.
“Hay que estudiar sus palabras, sus acciones, y conformar nuestra vida y nuestras palabras a lo que Él dijo, a lo que hizo, y entonces actuaremos y hablaremos según el Espíritu Santo”. (V.D. p. 225).
Pero, ¿qué relación puede tener Aquél que es Espíritu con los peligros, los problemas tan materiales de nuestra existencia de hombres?
Cuando nos planteamos esta pregunta, de hecho ¿en qué pensamos? ¿En un Espíritu puramente “espiritual”?
Si fuera así, entonces no se trata del Espíritu comunicado por Jesucristo, el Espíritu que se inflama sobre aquellos que voltean hacia el Señor herido en su carne de hombre, el Crucificado-Resucitado Cf. Jn 20, 19-22.
¡El Espíritu de Jesucristo no es un Espíritu “espiritual”! Es el Espíritu de la humanidad misma de Jesucristo, una humanidad similar a la nuestra, marcada por las mismas debilidades, las mismas limitaciones: Tenemos verdaderamente en común un mismo origen en el tiempo, una misma sangre, una misma carne (Heb. 2,12-14-17).
La vía nueva, la vía en la que podemos vivir como hombres en el Espíritu, es la humanidad misma de Jesús (Heb. 10,20).
• Convertirse al escandaloso realismo de la Encarnación
Convertirse a Jesucristo, conocerlo, amarlo, seguirlo es, sin cansarse de estudiar, amar, ir
en novedad de vida por la humanidad de Jesucristo, la “verdadera” humanidad de
Jesucristo, Hijo de Dios. Y es una verdadera conversión, que se ha de retomar sin cesar,
un combate espiritual para adherirse al escandaloso realismo de la encarnación.
Es el combate que el Hijo de Dios lleva a su fin.
El Verbo hecho carne no es ni un modelo abstracto de humanidad a la medida de nuestros deseos, ni una muestra de hombre, un Dios que toma la apariencia de hombre, dominando las peripecias de la existencia. El Verbo de Dios toma un cuerpo: es un hombre en un “aquí” y un “ahora”. El Verbo en el que Dios completa la comunicación de sí mismo toma limitación en el tiempo, en el espacio, toma limitación en un saber circunscrito, una red de relaciones. Conoce la soledad con respecto a los hombres, e incluso con respecto a su Padre: “Al momento de morir, se encuentra del lado de los excluidos, está con todos los abandonados de Dios, con todos los que están sin Dios, Él, el portador y el mensaje de la nueva proximidad con Dios” (Le Royaume Caché [El Reino escondido] p. 203 E. Leclerc D.D.B.)
Escandaloso realismo de la encarnación, escándalo, locura de la cruz, convertirse a él es el combate de la fe. Combate en el que podemos comprometernos en la medida en que Jesucristo nos ha precedido, el combate que recapitula todos sus combates. Es el combate de la salvación del hombre: No es ser verdaderamente hombre, es el combate del Hijo de Dios, el combate que Él solo lleva a término, el combate en el que es el primero en comprometerse para que nosotros lo hagamos con Él.
El combate de toda la vida de Jesús.
Mt 4,1-11 El primer combate de Jesús, el de toda su vida, contra la seductora proposición del tentador: si tú eres Hijo de Dios, deja pues de ser hombre, compórtate como Dios, actúa como Dios, sin estar obstaculizado por esta humanidad, este cuerpo de sufrimiento, hambre, vulnerabilidad, impotencia; actúa como Dios, hazte Dios, invulnerable y Todopoderoso.
Es verdad que existe el reverso de la moneda, y lo conocemos bien, cuando nos hacemos Dios, dejamos que dominen en nosotros la violencia y la injusticia: “todo eso te daré, si te postras ante mí y me adoras”.
El combate victorioso del Hijo de Dios nos anuncia la Buena Nueva de ser hombre en la relación con el Padre.
Es el combate que Jesús opone a sus adversarios, y también a sus amigos:
– Sus adversarios que lo encuentran demasiado humano para hacer presente la salvación de Dios Cf. Mt 9,3, que se preguntan acerca del origen de la sorprendente autoridad del hijo del carpintero Cf. Mt 13,54-58. Los mismos que se esfuerzan en tentarlo una última vez, mediante la burla: deja pues de ser hombre para escapar a la muerte, “sálvate a ti mismo, si eres en verdad el Hijo de Dios, desciende de la Cruz” Mt 27,39
– Sus amigos que, al haberlo reconocido como “Cristo e Hijo de Dios vivo” encuentran que va demasiado lejos sobre este camino de los hombres que conduce a la muerte (Mt 16,16-22).
Es siempre el mismo Satán del principio el que quiere seducirnos: “ustedes serán como dioses”, por encima de los peligros de la historia, siempre jóvenes, siempre fuertes, invulnerables, más fuertes que la muerte”. Y que, a fin de cuentas, si cedemos ante él, nos encierra en la desesperación.
Al recibir del Padre nuestra condición de hombre, nos volvemos sus hijos.
Jesús nos manifiesta que es al tomar con Él el camino del hombre, al amar con Él hasta el extremo esta condición de hombre, que podemos recibir al Padre, y ser recibidos por el Padre en Hijos.
– “El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse… tomando forma de siervo… obediente hasta la muerte,… Dios también lo exaltó hasta lo sumo (Fil 2,5-11)
– “El Espíritu del Padre que guió la vida y la misión de Jesús nos conforma a su condición de siervo y nos empuja a seguir a Cristo que, por su Encarnación, se relacionó a las condiciones sociales y culturales de los hombres con los que vivió” (Constituciones n° 9).
Las Constituciones del Prado incluso precisan que es al convertirnos sin cesar a lo que delimita la condición de los hombres que nos volvemos verdaderamente eficaces en la misión, en el ministerio que es el nuestro: “A través de esta comunión con el sendero del Verbo, que se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza, tenemos la certeza de volvernos más capaces de anunciar el Evangelio a todos los hombres (Constituciones n° 9). Tomar el camino del hombre con el Hijo de Dios, es también tomar el camino de los pobres (V.D. p. 40).
Jesús conoce la oscuridad y los fracasos de la vida humana
El Emmanuel no se encuentra por encima de la historia de los hombres; debido a que se convirtió en hombre, se sometió a las circunstancias, al poder de los hombres.
– se inscribe en una genealogía: se sitúa como “hijo de”.
– debe huir ante la violencia Mt 2; 14,13.
– al verse algunas veces contrariado en sus proyectos, reunido por la multitud cuando quería estar solo Mt 14,13.
– Él conoce el dolor del fracaso imprevisto: “Jerusalén, Jerusalén, tú que matas a los profetas y lapidas a quienes te son enviados, en verdad quise juntar a tus hijos como una gallina junta a sus pollos bajo su ala, y ustedes no han querido” Mt 23,27
Un fracaso que se precisa con el aumento de la oposición de sus adversarios: Blasfema Mt 9,3; se compromete con los pescadores Mt 9,11; 11,19; viola el orden establecido, es necesario que perezca Mt 12, 14. Este aumento de la oposición lleva a Jesús a un cambio. Su fe se ve puesta a prueba, fracasa en su proyecto de unir al pueblo de la Alianza renovada por las Bienaventuranzas. No estaba previsto.
Incluso le es necesario abrirse a la oscuridad, a otra forma de realización del Reino, un “grano de mostaza”, de la “levadura en la masa”. Este enigma solo se resolverá en la cruz, cuando se manifieste que Él mismo es el grano sembrado, abandonado a la tierra, que en su enterramiento lleva mucho fruto Cf. Jn 12,27.
El camino del hombre, del Hijo del Hombre, del Hijo de Dios, es el camino del no saber, del no conocer el final de la historia:
– Él no conoce ni el día ni la hora Mt 24,36
– Está sometido a contradicciones, cuando la cizaña crece con el grano bueno, e incluso más rápido que éste Cf. Mt 13,24-30; cuando se junta al mismo tiempo lo bueno y lo malo Cf. Mt 13,47.
– Camino liberador para la humanidad:
Este camino que asume la humanidad sin arrepentimiento, que deja a Dios el cuidado de ser Dios, nos libera de la inquietud de no llegar a ser todopoderosos: nos vuelve capaces de ser responsables de nuestra historia de hombres, al responder a Dios que, al llamarnos a ser hombres, nos permite entrar en el Reino de su Hijo.
En la humanidad del Hijo se nos manifiesta el Dios que es verdaderamente Padre, que no nos pide hacernos Dios, sino que aceptemos ser sus hijos.
El Padre Chevrier, que ha conocido el sufrimiento de sus límites, el miedo al fracaso (L. 294-295), nos invita mediante el recibimiento de la persona de Jesucristo, a entrar en la relación filial que, al liberarnos de nuestros miedos, nos vuelve libres a nuestra responsabilidad de buscadores del reino, de colaboradores en la obra de Dios (V.D. p. 317-323 Cf. Mt 6,25-34). Al renunciar a nosotros mismos, al renunciar a ponernos al centro, al querer hacernos Dios al morir, aceptamos recibirnos en Hijos, en siervos de la obra de Dios (V.D. p. 268-269).
Sólo hay un trabajo para el que estamos contratados hasta la última hora, y es el de aceptar activamente al Espíritu que puede formar en cada uno de nosotros Jesucristo.
“Parecernos a Jesucristo, he ahí pues nuestro trabajo continuo, la atención continua de nuestro espíritu, y el deseo sincero de nuestro corazón” (V.D. p. 101).
“Nunca se desperdicia la vida al entregarla” decía un compañero en una plática. No nos corresponde saber cómo lo que hemos sembrado en la corruptibilidad se levantará en la eternidad Cf. 1 Co. 15,42. Pero al mirar a Jesucristo amando hasta el extremo de su condición humana, sabemos ya que la muerte es vencida por la vida y que esto vale la oportunidad de ser hombre, de amar, de servir “la obra de Dios”.
“Nada podrá separarnos del amor de Cristo”: Esto libera nuestra confianza, sin cansarnos, de responder al momento presente.










