– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL II DOMINGO ORDINARIO
Juan 1,29-34 (Is 49,3.5-6 – 1 Co 1,1-3)
18 de enero 2026
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
La liturgia nos presenta nuevamente el misterio del bautismo de Jesús, narrado esta vez por san Juan. Ya sabemos que este evangelista busca más la interpretación de los hechos, su significado para la fe. Los sinópticos son más explícitos en decir que Juan bautizó a Jesús: “Por aquellos días llegó Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán”(Mc 1, 9). Juan evangelista da a entender esto, no lo dice directamente, pero hace hincapié en que el bautismo es el testimonio del Espíritu Santo de que Jesús es el “Cordero de Dios”, el que “existía antes que yo”(Jn 1, 30). Todo lo que anuncia Juan en el prólogo de su evangelio queda atestiguado en el bautismo: Al principio ya existía la Palabra. La Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios”(Jn 1, 1). Incluso desde el mismo prólogo está anunciado el testimonio del bautista: “Vino un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan. Este vino como testigo, para dar testimonio de la luz, a fin de que todos creyeran por él.”(Jn 1, 6). Podemos decir que Juan presenta el bautismo de Jesús como testimonio del Espíritu con la intención de suscitar la actitud discipular para llegar a ser un testigo también.
Qué mejor ejemplo de testigo, por su obediencia al Testigo por excelencia, que Juan el Bautista. Es un hombre que entra como testigo junto con la sangre y el Espíritu: “Porque tres son los que dan testimonio: el Espíritu, el agua y la sangre, y los tres están de acuerdo. Si aceptamos el testimonio de los hombres, mayor es el testimonio de Dios. Y Dios ha dado testimonio acerca de su Hijo”(1 Jn 5, 7.9). Creo sea válido pensar que en el testimonio del agua esté implícito Juan el Bautista: “…la razón por la cual yo bautizo con agua es para que él se manifieste a Israel.”(Jn 1, 31). Pareciera que en el testimonio Juan ve la condición indispensable para revitalizar una fe que amenazaba con desaparecer. Se alcanza a percibir un trasfondo de incredulidad, tanto en el su evangelio como en sus cartas: “Vino a los suyos, pero los suyos no lo recibieron”(Jn 1, 12); También habla a mi favor el Padre que me envió, aunque ustedes nunca han oído su voz ni han visto su rostro. Su palabra no ha sido aceptada por ustedes…”(Jn 5, 37-38). De hecho todo el evangelio es una lucha contra la incredulidad de los judíos. Al final de su evangelio dirá que ha dado testimonio para para invitar a la fe en Jesús como el Mesías e Hijo de Dios, “y para que creyendo tengan vida eterna”(Jn 20, 30-31).
“Ahora bien, lo que se exige de un testigo es que sea fiel”(1Cor 4, 2). Si en la administración de las cosas temporales se buscan colaboradores que nunca pierdan el sentido de que están en lo ajeno, que no podrán adueñarse de nada, pero, al mismo tiempo, que sean capaces de un compromiso con el proyecto como si fueran los dueños. Cuanto más deberá aplicar esto en la colaboración con la obra de Dios. En Juan Bautista esto es impecable, tiene muy claro que no es el propietario de la obra, y que su dicha e identidad profunda consiste en “anunciar la incalculable riqueza de Cristo…”(Ef 3, 8). La prueba de que su ascesis y su denuncia procedían de la alegría del Espíritu fue poner toda su autoridad moral al servicio del proyecto de Jesús: “Él confesó rotundamente: Yo no soy el Mesías…. No soy Elías…Yo soy la voz del que clama en el desierto: rectifiquen el camino del Señor”(Jn 1, 20-21. 23).
La fe, por naturaleza, es el conocimiento alcanzado por el testimonio de otro. Supone un acto de confianza muy grande. Estamos en un grave dilema, porque, por un lado, necesitamos de este “salto en el vacío” para madurar como seres humanos, y al mismo tiempo, es apostar todo a la incertidumbre. Si no tenemos a quien confiarle nuestros secretos más íntimos, tendremos serios problemas. El hábitat de nuestra identidad más profunda está en otro y en el Otro. No podemos vivir de puras certezas, no podemos comprobar todo el conocimiento que necesitamos. Ordinariamente es más lo que creemos que lo que comprobamos. Aún los conocimientos experimentables tienen una buena dosis de fe. No se trata de demeritar la ciencia, sino de respetar el misterio del ser humano que necesita certeza y confianza.
El Bautista nos da testimonio de cómo custodiar la dimensión de la confianza del ser humano. Ofrecer una morada a las heridas(interrogantes, mentiras, ofensas) del corazón humano es una gran responsabilidad. La evangelización siempre supone dar a conocer a Jesucristo a costa de sí mismo: “Desde que apareció Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan”(Mt 11, 12). Es necesario ubicarnos como enviados en la misión: “No es el discípulo más que su maestro; ni el siervo más que su señor”(Mt 10, 24). Cuando el apóstol se resiste a morir a sí mismo, estorba al evangelio: “¡Colócate detrás de mí, Satanás!, porque tú no piensan como Dios, sino como los hombres”(Mc 9, 33).
En primer lugar, Juan, no se adueña de sus discípulos, no los pone al servicio de su necesidad de paternidad o realización. Podía haber reclamado cierto derecho sobre ellos por haberlos engendrado a una cierta fe. Sin embargo, reconoce que su amor por ellos no sería sincero y pleno si no los conduce a la verdad total. La amistad verdadera debe conducir necesariamente a la amistad con Jesús o un orden superior al de los propios sentimientos.
Además, la presentación que hace Juan de Jesús es muy elocuente: “He ahí al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Se trata de un título mesiánico que los “pobres de Yahvé comprenden muy bien, no así la mayoría del pueblo, que esperaban a un rey con poder económico y militar. Por el contrario, el Cordero, es la imagen más tierna y cariñosa con la que se presentó la misión del mesías. Prefigurada en el cordero sin mancha que ofrecieron los israelitas antes de su salida de Egipto. Su sangre había librado a los primogénitos hebreos del ángel exterminador: “Será un animal sin defecto, macho, de un año; podría ser cordero o cabrito”(Ex 12, 5). Pero más impresionante, tal vez, sea la imagen del Siervo del Señor que, “cuando era maltratado, él se sometía, y no habría la boca; como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca”(Is 53, 7).
El anuncio de Juan es muy cercano a la persona de Jesús, él está ahí. No se trata del que “vendrá detrás de mí”, sino del que están viendo. Este es un tema que le gusta a san Juan evangelista. En todo su evangelio, quiere hacer “tocar con la mano” a Jesús. Mostrar que su misterio se ofrece a la sensibilidad: “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida…”(1 Jn 1, 1). “Comer la carne de Jesús” es signo de la máxima experiencia, hasta lograr la total identificación. Se detiene bastante en el signo de la multiplicación de los panes y en explicarnos su significado espiritual: creer en él y comer su carne.
De igual modo, hace anunciar a Juan, de una forma muy viva, la buena noticia de Jesucristo a sus discípulos. El argumento fundamental del Bautista es que ha “visto”. Su experiencia se basa en el sentido más objetivo que existe: ver. Por sobre todas las cosas nosotros preferimos ver. Pagamos por ver. Pareciera que el progreso se encamina a poder ver todo y mejor. San Juan nos quiere ayudar a “ver” –creer- a Jesús. A través de este sentido nos invita a hacer la experiencia del resucitado, porque en su Apocalipsis, san Juan nos habla de “(Ví…un Cordero de pie con señales de haber sido degollado”(Ap 5, 6), que se refiere a Cristo.
Seguramente que el anuncio de Juan fue muy testimonial, alegre y cordial, que sus discípulos “al oír estas palabras”, siguieron a Jesús. Al primer anuncio sigue la profundización en el diálogo de la fe. Jesús con su pregunta: ¿qué buscan? pareciera que los quiere constituir en sujetos conscientes y libres, los invita a sintonizar con ellos mismos. Como si los arrojara dentro de sí para encontrar sus motivaciones profundas y entonces conocerse un poco más. Prefiere, gente lúcida, con vida propia, que gente cautiva que no sabe lo que quiere, aunque se arriesgue a ser rechazado.
Este es un gesto muy honesto de parte de Jesús, porque frecuentemente se prefiere ganar adeptos a toda costa. Con su pregunta, de entrada, Jesús marca distancia no para rechazar, sino para apelar a la libertad de la otra persona. No quiere “borreguitos”, “autómatas”, “tradicionalistas” detrás de él que simplemente siguen modas, costumbres, opiniones generalizadas. Es hora de que en nuestras prácticas religiosas hagamos resonar continuamente esta pregunta: ¿qué buscas? para que pongamos más corazón y conciencia en lo que hacemos, es decir, es hora de evangelizar.










