HOMILÍA DE MONS. LUIS MARTÍN BARRAZA
DOMINGO XXIII ORDINARIO
Domingo 5 de Septiembre 2021
(Mc 7,31-37/ 5-IX-21)
Hemos comenzado el mes de la biblia, que contiene la palabra de Dios, el cual “movido de amor, habla a los hombres como amigos(Ex 33, 11; Jn 15, 14-15), trata con ellos (Bar 3, 38) para invitarlos y recibirlos en su compañía”(DV, 2). Quiso Dios hacerse conocer, manifestarse, comunicarse, comunicar su designio de amor. Esta es la fuente de toda realidad: la voluntad salvífica, amorosa de Dios que quiere comunicarse al hombre, hacerse conocer de él. El misterio de la comunicación de Dios nos revela la primacía de la Palabra: “En el principio existía la Palabra…”(Jn 1, 1). Dios es un misterio de comunicación por medio de su Palabra que “estaba junto a Dios y era Dios”(Jn 1, 1). Sólo él se identifica con su Verbo, en él se ha revelado abiertamente a la humanidad. Los seres humanos tenemos una palabra, con la que comunicamos y nos ocultamos. Dios es su Palabra.
“Dios se nos da a conocer como misterio de amor infinito en el que el Padre expresa desde la eternidad su Palabra en el Espíritu Santo. Por eso, el Verbo, que desde el principio está junto a Dios y es Dios, nos revela el mismo Dios en diálogo de amor de las Personas divinas y nos invita a participar en él. Así pues, creados a imagen y semejanza de Dios amor, sólo podemos comprendernos a nosotros mismos en la acogida del Verbo y en la docilidad a la obra del Espíritu Santo”(VD, 6).
La curación del sordo y tartamudo, además de sanar los órganos que sirven para la comunicación, hace entrar a este hombre en el misterio de Dios. El habla y el oído son los medios por los que construimos las relaciones fraternas que dan vida, sin ellos permanecemos aislados, estériles. Es cierto que nos comunicamos por cuestiones prácticas, para sobrevivir, pero sobre todo porque somos imagen y semejanza de Dios, que es una perfecta comunicación entre personas. No podemos no comunicar, aunque tuviéramos satisfechas todas las demás necesidades, siempre nos quedará la necesidad de comunicarnos. También nosotros somos, de algún modo, seres en comunicación. Todos los problemas le vienen al hombre por la falta de o mala comunicación.
En el relato bíblico de la creación, el pecado original afectó la comunicación del hombre con Dios, del hombre y la mujer, de los hermanos, del ser humano con la creación. El hombre se le escondió a Dios, porque se dio cuenta de que estaba desnudo(Gn 3, 8-10). Adán le echa la culpa a Eva de lo sucedido(Gn 3, 12). Se rompe la armonía del hombre con la creación(Gn 3, 17-18). Caín mata a Abel(Gn 4, 9). Se había roto el fundamento de la felicidad del ser humano. Hasta el interior del hombre quedó en desarmonía, pensamiento y corazón, deseo y acciones, sueños y realidad, sentimientos y expresiones perdieron la comunicación entre ellos y con ello la armonía. Se nos vendrá encima el drama de san Pablo: “En efecto, el querer el bien está en mí alcance, pero el hacerlo no. Pues no hago el bien que quiero, sino el mal que aborrezco”(Rom 7, 18-19). ¿Qué decir de la comunicación en la vida pública del ser humano: familias, comunidades civiles y religiosas, servidores públicos, etc? En este tiempo, a pesar de tener tantos recursos técnicos para comunicarnos, podemos decir que la comunicación se encuentra un poco enferma, la han alcanzado las leyes del mercado y la voluntad de poder.
Así las cosas, este sordo-tartamudo pudiera tratarse de alguno que no tenía las funciones del oído y de la lengua pero, también, de alguno que no se podía comunicar bien por incapacidad de su interior. En este caso volverían a resonar las palabras de Jesús del domingo pasado: “…lo que mancha al hombre es lo que sale de dentro”(Mc 7, 15). Pareciera que hoy contradice Jesús estas palabras, porque sana la exterioridad, la proyección de una persona, pero en realidad cura su capacidad de comunicación, que comienza en el interior, en su identidad personal. Para la comunicación son importantes los medios, pero sobre todo el tener algo qué decir o mejor, un alguien que se dice. Si no hay sujeto no hay comunicación, aunque haya muchos medios. Esto explica las quejas de que hay mucho ruido y poca comunicación. La sordera y tartamudez peor es la que se da en el corazón y la mente del hombre. El problema de fondo en la comunicación es el afán de dominar, de poseer a las personas. La comunicación es un diálogo entre dos o más personas, pero cuando alguno hace presente su ego, va a querer imponer su punto de vista, su modo de ver las cosas, esto enferma de raíz el encuentro interpersonal. Hace tiempo que el pensamiento con el que generamos las palabras con que nos comunicamos se ha hecho sospechoso de voluntad de poder. Siempre está la tentación de buscar el conocimiento y la palabra que brota de él para dominar al otro, y no siempre para buscar la verdad como espacio luminoso que favorece la comunión.
Cuando hablamos de diálogo es fácil que se piense en la búsqueda interminable de un consenso, que niega la existencia de toda verdad. Por el contrario, la comunicación reclama necesariamente el horizonte de la verdad. Una cosa es que la verdad la tengamos que buscar en el hablar sincero y abierto y la escucha humilde y, otra, que dependa totalmente del consenso. Es cierto que se debe defender la verdad con caridad, que implica sencillez y firmeza, pero espantando toda sospecha de afán de poder, a la que es muy sensible el hombre moderno. Pero, más allá, de que el ministerio de la verdad se haya ejercido indignamente al servicio de intereses que lo han desprestigiado, no se puede renunciar a su defensa. De la verdad depende que haya construcciones materiales, leyes, derechos humanos, sentido de la existencia, la vida misma. Si no hay verdad el ser humano está en peligro, a merced del capricho. Por ejemplo, la mala comunicación del hombre con la naturaleza, que empeoró cuando el hombre empezó a reducir la realidad a su pensamiento – pienso luego existo- nos tiene al borde del calentamiento global y sus consecuencias. Hace tiempo el hombre comenzó un “interrogatorio penoso” hacia la naturaleza para ponerla al servicio de sus propios intereses, hasta el punto de desequilibrio que tenemos. En el microcosmos de su cuerpo y su naturaleza va por el mismo camino, ofendiendo la verdad, tal vez no resulten cosas muy buenas.
Así como el profeta Isaías(primera lectura) pone la curación de los ciegos, sordos y mudos, como signos de la liberación de Babilonia, ahora Jesús, en el evangelio, los cumple como signos de la recreación que la Palabra de Dios hace del misterio del hombre, a la luz del misterio de comunión divino. Jesucristo va, sobre todo, por la capacidad de escucha de Dios que condiciona definitivamente la capacidad de escucha de los hombres entre sí. Santiago nos presenta una imagen muy elocuente de lo que significa la pérdida de comunicación entre los hombres, produce marginación, pobreza, “cultura del descarte”. Santiago nos invita a entrar en razón, para construir la justicia y la equidad, desde un principio muy verdadero: “¿acaso no ha elegido Dios a los pobres de este mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a los que los aman?(St 2, 5).
Por eso, la comunicación primera que se debe restablecer es la escucha de Dios. Al hecho de que al principio existiera la Palabra, debe corresponder la escucha. Podemos decir que el primer mandamiento es: “Escucha Israel…”(Dt 6, 4). La calidad de toda comunicación está determinada por la capacidad de escucha, pero sobre todo de la escucha de Dios. El misterio de la encarnación significa que Dios nos ha hablado “con el corazón en la mano”, a este mundo vanidoso y aparente que lo desairó y se burló de él. Esto no quita que a los que lo escuchan “les da la capacidad de ser hijo de Dios”(Jn 1, 12), de vivir en una comunicación armoniosa consigo, con sus hermanos, con Dios y con la creación, como los santos que son los testigos más elocuentes de la verdad. Tal vez algunos hablaran poco, como san Francisco, pero tenían mucho qué comunicar. Su calidad personal hacía sentir y tratar a toda la creación, aun las creaturas peligrosas, como sus hermanos.
¿Cómo sana Jesús al sordomudo? Seguramente sintió compasión de él, porque era una persona que no se valía por sí mismo. No estaba ciego, ni paralítico, que le impidieran tener autonomía de movimiento, pero afectado en su relación con los demás estaba lastimado por dentro en lo fundamental. Además, Jesús atiende la súplica de los que lo llevaban. Lo aparta de la gente, gesto que se puede interpretar como atención personalizada o sacudirse las miradas curiosas, que no hay ningún otro interés que el atender el sufrimiento de aquel hombre. Esta vez es muy importante resaltar el contacto, “meter los dedos en los oídos”, tocar la lengua”, no bastó una palabra de lejos. Jesús mira al cielo para arrancar de lo profundo de su corazón una palabra “viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo”(heb 4, 12): “¡Effetá!” De esta forma rompe toda barrera que ahogaba la vida en el interior de aquel hombre..










