– Meditación sobre el Mural de Saint Fons –
EL SACERDOTE, HOMBRE CRUCIFICADO
Prado de España
18 de agosto, 2024
Hombres crucificados. Sin duda es éste el rasgo que más debe distinguir toda la existencia pascual del sacerdote. Llamados a ser discípulos y apóstoles de Jesucristo, enviados por Él al mundo…, con Él y como Él, hemos de rehacer en nuestra existencia ministerial el camino de la cruz…, llegar a ser en la totalidad de nuestra vida “hombres crucificados”…
Sólo así podremos participar plenamente de la vida y misión del Resucitado. Es el camino necesario a recorrer, si queremos dar al mundo la vida nueva que Él nos ofrece. Dicho de otro modo: “morir a sí mismo” es el camino propio del discípulo enviado en misión.
1 – La cruz en el camino del Siervo
a) La cruz en la misión de Jesús
El discurso de Jesús en la sinagoga de Nazaret refleja la tensión, el conflicto que provocó el anuncio de la Buena Nueva ya desde los comienzos y que llevó al desenlace de la cruz.
Del entusiasmo inicial se pasó al escándalo y al rechazo, al intento de eliminarle y darle muerte: “Al oír estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad para despeñarle. Pero Él, pasando por medio de ellos, se marchó” (Lc 4,28-30).
En el desarrollo de su misión Jesús se encontró con diferentes grupos que se opusieron de forma pertinaz, sistemática y organizada al anuncio de la Buena Nueva, a su pretensión de hacer presente el reinado de Dios. Éste ponía en crisis la religiosidad y la posición de estos colectivos y entraba en conflicto con sus intereses y planes, que no tenían en cuenta la voluntad del Padre. En cambio, Jesús vino para hacer la voluntad de su Padre. Por eso, la obediencia al Padre le llevó al conflicto y a la cruz: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra” (Jn 4,34; 6,38-40); “Hijo y todo como era, por los padecimiento aprendió la obediencia” (Heb 5,8).
Marcos anticipa en los primeros días del ministerio de Jesús el desenlace conflictivo y
doloroso de los acontecimientos de Jerusalén. En la curación del paralítico se adelanta la sentencia de muerte que pronunciará el Sumo Sacerdote en el proceso contra Jesús, pues los escribas y fariseos le acusan de blasfemo: “Unos maestros de la Ley que estaban allí sentados comenzaron a pensar para sus adentros: ¿Cómo habla éste así? ¡Blasfema! ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?” (Mc 2,6-7). Casi inmediatamente el mismo Marcos señala la reacción de los fariseos que se organizan con los herodianos y traman la muerte de Jesús, después de la curación del hombre con un brazo atrofiado, realizada en sábado: “En cuanto lo supieron los fariseos, se confabularon con los herodianos contra Él para ver cómo eliminarle” (Mc 3,6). Esta trama aparece más clara en los acontecimientos previos a la detención de Jesús, en ese cerco que le tienden los últimos días en Jerusalén, concretamente en la cuestión del tributo al César: “Envían donde Él algunos fariseos y herodianos, con el fin de sorprenderle en alguna palabra” (Mc 12,13). Estas alusiones a la muerte, a la detención, situadas por los evangelistas en los comienzos de la predicación de Jesús, revelan que se encontró con la cruz, con el conflicto, con la oposición a la Buena Nueva que proclamaba como enviado del Padre.
El cuarto Evangelio nos presenta a un Jesús en conflicto con el grupo que el evangelista llama los “judíos”: “Los judíos le respondieron: con razón decimos nosotros que eres samaritano y que estás endemoniado…” (Jn 8,48-50). La confrontación es tal que Jesús ve que la muerte se cierne sobre Él. Los judíos no aceptan que Jesús sea el Hijo e Dios, y que los primeros discípulos le reconozcan como tal y confiesen su fe en Él: “Ya sé que sois raza de Abraham: pero tratáis de matarme, porque mi Palabra no prende en vosotros. Yo hablo de lo que he visto donde mi Padre” (Jn 7,37-38).
La misión y pretensión de Jesús es considerada como blasfema por los judíos, según la narración de Juan; por eso la condena se fue fraguando durante el ministerio de Jesús. La obediencia al Padre, la fidelidad al mandato recibido le lleva al enfrentamiento, a la cruz, a dar la vida, a tener que soportar el rechazo, la ignominia: “Jesús les dijo: Muchas obras buenas que vienen del Padre os he mostrado. ¿Por cuál de ellas queréis apedrearme? Le respondieron los judíos: No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino por blasfemia: porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios” (Jn 10,31-39).
Jesús, el Hijo fiel y obediente al Padre, es rechazado, perseguido y condenado en nombre del mismo Dios a quien ama y sirve. Los que le condenan creen estar actuando en su nombre y piensan que, obrando así, están haciendo un servicio a Dios (Jn 16,2).
b) La necesidad de la cruz
Para Jesús, el camino de la cruz nace de la necesidad de asumir, como enviado del Padre, el camino del Siervo, como manifestación de su compromiso de “amor abajado”… Es la “kénosis” del Verbo Encarnado, su abajamiento – magníficamente proclamado por la primitiva Iglesia –, su amor extremado…, un amor hecho pobreza y cercanía en el despojo progresivo de sí mismo…, expresión del conflicto que debe asumir por su compromiso histórico nacido de un “Dios Inverso”, que se sitúa no en la cúpula del poder, sino en lo más bajo de la realidad humana…
La cruz es, pués, culminación del dinamismo de la Encarnación…, culminación del
compromiso de amor liberador que Dios se impone con la humanidad y con toda la creación y que nos es manifestado en Jesús.
El camino hacia la cruz no se fundamenta, entonces, ni en un presunto “amor al sufrimiento”, ni en una afirmación moral o ascética, para convertir la vida del discípulo en un continuo “valle de lágrimas”… Si así fuera, esto mataría la “alegría de vivir” intrínseca a la fe cristiana…Pero sobretodo ahogaría la originalidad de la cruz de Jesús, profundamente liberadora para la humanidad y para el mundo.
Cuando en su abajamiento hablamos de la obediencia de Jesús al Padre…, debemos desterrar totalmente esa idea monstruosa tan presente todavía en la liturgia y espiritualidad de la Iglesia: esa presunta necesidad que Dios tiene del sacrificio de su Hijo, para expiar unos pecados y reparar una ofensa… En cambio sí hemos de afirmar rotundamente que Dios no quiso ni necesitó el sufrimiento ni la muerte del Hijo… Como tampoco quiere ni necesita el sufrimiento o la muerte de ningún otro de sus hijos.
¿Dónde está, entonces, el sentido de la cruz?… Aunque le encontremos una explicación histórica como que Jesús murió como murió, ajusticiado por el poder, porque vivió como vivió, en conflicto con los poderosos…, la cruz siempre será una locura difícilmente encajable en los estrechos marcos de nuestra racionalidad.
Tampoco a Jesús la cruz le parece razonable. En Getsemaní le pregunta al Padre por qué la tiene que padecer… Y en su rechazo de la cruz, hasta tal punto llega su sufrimiento que, según Lucas, “preso de angustia… le entró un sudor que chorreaba hasta el suelo, como si fueran goterones de sangre” (Lc 22,44). Pero, particularmente en sus últimos años, Jesús fue asumiendo su cruz con libertad y amor, como manifiesta en ese mismo nstante de angustia: “… pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22,42). Recordemos aquel otro momento del Evangelio de Juan, donde Jesús se identifica como el buen pastor y afirma su libertad personal en la obediencia al Padre: “Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por sus ovejas… El Padre me ama, porque doy la vida… Nadie me la quita, soy yo quien la doy libremente… Este es el encargo que me ha dado el Padre” (Jn 10,11-18). Jesús está expresando la experiencia profunda que vive en lo hondo de sí mismo: su compromiso de amor y su entrega radical al hombre. No es la resignación fatalista ni la obediencia ciega ni el sufrimiento por el sufrimiento…, lo que mueve a Jesús a abrazar la cruz. Es el amor…
El amor radicalmente extremado por el ser humano y por este mundo: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que tenga vida eterna y no perezca ninguno…” (Jn 3,16); “Igualmente, es voluntad de vuestro Padre del cielo que no se pierda ni uno de estos pequeños” (Mt 18,14); “…los amó hasta el extremo” (Jn 13,1); “Nadie tiene un amor más grande que el que da la vida…” (Jn 15,13).
El sacerdote que medita y contempla la cruz de Jesús y decide entrar en su dinamismo de amor extremado, va comprendiendo y experimentando en su propia existencia cómo la Cruz revela en acto la lógica de Dios que salva “desde abajo” y “desde dentro”…, es decir desde el amor que se situa siempre al lado de los más débiles y menospreciados de este mundo, haciéndose carne de opresión con todos los empobrecidos y crucificados de la historia. Jesús tuvo que asumir expresamente la negatividad del dolor y la miseria humana, porque no es posible llegar realmente a los que sufren, si no es adentrándose de verdad en la realidad de sus padecimientos… Esto es: “encarnándose ahí”…, “haciendo suyos” esos padecimientos…: “Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades” (Mt 8,17). Ahora podemos comprender mejor la afirmación hecha anteriormente de cómo el dinamismo de la Encarnación culmina en la Cruz de Jesús.
Necesitamos acercarnos humildemente a la lógica divina. Sólo la fe amorosa puede afirmar el sentido de la cruz más allá de la lógica humana. En la condición de un siervo pobre, sufriente y débil, Isaías es capaz de cantar la llegada del Salvador: “por Él el designio del Señor llegará a buen término… porque se ha despojado de la propia vida hasta la muerte y ha sido contado entre los malhechores” (Is 53,10-12).
c) La cruz en nuestra existencia sacerdotal
Después de la resurrección de Jesús los apóstoles muy pronto experimentan, a través de la predicación, la fuerza transformadora del Evangelio y las reacciones de rechazo, de hostilidad, de resistencia de parte de los judíos. Llegan a vivir en su propia carne la suerte del mismo Jesús: “Entonces el Sumo Sacerdote y los de su partido, es decir, el grupo de los saduceos, llenos de rabia prendieron a los apóstoles y los metieron en la cárcel pública” (Hch 5,17-33.40-42).
La misión que Jesús encomienda a los discípulos lleva el sello de la cruz, de la misma manera que la encontró y asumió Él como Enviado del Padre (Lc 4,28-30; 7,23). Por eso, en los discursos de misión esto se explicita con toda claridad: “Si al dueño de la casa lo han llamado Belcebú, más aún a los de su familia” (Mt 10,25).
Después del lavatorio de los pies, en el que Jesús revela su despojo total, su abajamiento hasta el lugar de los últimos, advierte al grupo de los Doce: “Un siervo no puede ser superior a su señor, ni un enviado puede ser superior a quien lo envía” (Jn 13,16). El camino del enviado es el camino mismo del Siervo, el camino de la kénosis del Hijo venido en la carne.
Sólo desde este abajamiento se puede hacer presente el reinado de Dios, la puesta en práctica del Mandamiento Nuevo: “Si yo que soy el Maestro y Señor, os he lavado los pies, vosotros debéis hacer lo mismo los unos con los otros. Os he dado ejemplo, para que hagáis lo que yo he hecho con vosotros” (Jn 13,12-15).
Este es un camino provocador y desconcertante. Al mundo, y a nosotros mismos, le cuesta comprenderlo y aceptarlo. Pero es el camino del “amor crucificado” que todos hemos de rehacer, si queremos ser testigos del Evangelio. Un camino atractivo, ciertamente, pero también “irracional” para este mundo, y excesivo para mucha gente que piensa que Dios no puede ser tan exigente.
Así, nos resulta fácil vernos reflejados en las resistencias de Pedro a aceptar la lógica de la cruz, de la kénosis. Su reacción fue tan espontánea que parece lo más normal y juicioso, cuando Jesús hace el primer anuncio de la Pasión: “Pedro, tomándolo a parte, se puso a recriminarle: Dios no lo quiera, Señor, no te ocurrirá eso” (Mt 16,22). Esos mismos reparos aparecen también el la Última Cena, cuando Pedro no comprende que el Señor, el que preside la mesa, lave los pies a los comensales. No puede admitir que el Hijo sea en realidad el Siervo y se sitúe en el último lugar; pero si quiere vivir en comunión con el Maestro y participar en su misión, ha de seguir el camino de la humillación y la cruz: “Pedro insistió: Jamás permitiré que me laves los pies. Entonces Jesús le respondió: Si no te lavo los pies, no podrás contarte entre los míos…” (Jn 13,6-9).
Las expectativas del grupo de los Doce no iban en esta dirección. Nosotros mismos somos muy conscientes de la grave dificultad que tenemos para vivir el ministerio como servidores, poniéndonos en el último lugar, convencidos de que el mayor poder, el mayor grado de autoridad está precisamente en ser servidores de los hermanos. Lo que tantas veces se dice en el Ritual de ordenación, en los nombramientos de obispos, de párrocos, etc. en clave de servicio…, no siempre se corresponde con nuestro talante en el ejercicio del ministerio. ¿No está muy latente la tentación de asimilarnos a los poderes del mundo?… Las palabras de Jesús al grupo de los Doce para que asuman el camino de la cruz son de gran actualidad en la vida eclesial: “No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo voy a beber?… No ha de ser así entre vosotros. El primero, sea el último de todos y el servidor de todos, porque tampoco el Hijo del hombre ha venido para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por todos” (Mc 10,35-45).
2 – La cruz de Jesucristo en la experiencia apostólica de Pablo
Para Pablo que vivió la experiencia de sentirse alcanzado por Jesucristo, el “Jesús
resucitado” es el “Jesús crucificado”… Resucitó porque fue crucificado. Es lo que dice Pablo en su carta a los filipenses haciendo suyo aquel precioso himno de la liturgia primitiva: “Por eso Dios lo exaltó…” (Fl 2,6-11). Llegó a identificarse tan plenamente con Jesucristo muerto y resucitado (Fl 3,10), que su vida quedó centrada plenamente en Él. Su vida es Cristo. Sólo concibe su existencia desde esa comunión profunda que le lleva a experimentar que Cristo vive en él y le hace vivir. A esta experiencia llega Pablo a través del seguimiento de Cristo crucificado. “Estoy crucificado con Cristo; y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí…” (Ga 2,19-20). Pablo no querrá ya buscar otro honor y otra sabiduría que no sea la de la cruz: “Con vosotros decidí ignorarlo todo excepto a Jesucristo y, a éste, crucificado” (1 Co 2,2). Y este otro texto: “En cuanto a mí, ¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo quedó crucificado para mí y yo para el mundo!” (Ga 6,14).
La cruz, pués, está junto a la resurrección en el centro de la experiencia del Apóstol.
Es sin duda el rasgo característico que marca con mayor profundidad toda la existencia de Pablo como discípulo y apóstol de Jesucristo. Pero veamos más en concreto qué significó para él la cruz en su experiencia y cómo fue marcando su vida.
a) La cruz como impotencia
La cruz significa, en primer lugar, “debilidad”, es decir, falta de poder, impotencia. Así habla Pablo de la cruz: “Fue crucificado en razón de su flaqueza, pero ahora vive por el poder de Dios. Yo también participo de su debilidad y participaré, frente a vosotros, de su poderosa vida divina” (2 Co 13,4). El apóstol participa en la cruz de Cristo por su flaqueza, y en la resurrección de Cristo por el poder de Dios, que lo acompaña en su misión.
En la primera Carta a los corintios hay una larga explicación sobre la cruz en la vida del apóstol. La cruz es impotencia, debilidad. Así dice Pablo que habla el lenguaje de la cruz (1,18). ¿Qué es lenguaje de la cruz sino “locura” para el mundo? ¿Por qué locura? Porque carece de fuerza, y los griegos, como todos los pueblos, aprecian y quieren la fuerza. La fuerza está en la “sabiduría de este mundo”. Para ser fiel a la cruz y contar sólo con ella, es decir, con la fuerza de Dios que se afirma en la debilidad del hombre, Pablo se presentó a los griegos sin fuerza y sin prestigio, “sin alardes literarios, para que no se desvirtúe la cruz de Cristo” (1 Co 1,17). La cruz de Cristo significa renuncia a toda fuerza humana en la misión, para contar sólo con la fuerza de Dios. Por medio de la cruz Jesús quiso instaurar este camino.
He aquí como describe el apóstol su experiencia de la cruz en Corinto: “Hermanos, cuando llegué a vuestra ciudad, llegué anunciándoos el misterio de Dios no con alardes de elocuencia o de sabiduría; pues nunca entre vosotros me precié de saber otra cosa que a Jesucristo, y a Jesucristo crucificado. Me presenté entre vosotros débil y temblando de miedo. Y mi palabra y mi predicación no se basaban en la elocuencia persuasiva de la sabiduría, sino en la demostración del poder del Espíritu, para que vuestra fe no se fundase en la sabiduría humana, sino en el poder de Dios” (2,1-5) Anunciar el evangelio de la cruz es prescindir de todas las fuerzas humanas y presentarse para evangelizar en la más completa pobreza de medios humanos. La Carta a los filipenses es una reflexión sobre la prisión y el peligro de muerte. Pablo sabe que otros apóstoles lo desaprueban y atribuyen su prisión a “imprudencia”, intransigencia y falta de espíritu de conciliación. Un discurso muy actual cuando se trata de la misión entre los pobres. En la carta Pablo responde a los “prudentes”, que buscan apoyo en la conciliación con los poderosos. Los denuncia como “enemigos de la cruz de Cristo” (Fl 3,18). Son los “malos obreros” (3,2): “Su fin será la perdición, su dios es su vientre, su gloria lo que los deshonra y tienen puesto su corazón en las cosas de la tierra” (3,19-20). Son probablemente de origen judío, y permanecen apegados a los apoyos que les ofrece su condición de judíos. Evitan cualquier motivo de conflicto con la sociedad establecida. No aceptan la situación de abandono que es característica de la cruz.
En la Carta a los gálatas, Pablo ataca también el apego a la ley como búsqueda de una fuerza terrena, expresión de miedo a la cruz de Cristo. La cruz consiste en apoyarse sólo en Jesús y rechazar todo apoyo humano. Los gálatas, que por miedo aceptaron de nuevo la ley de los judíos, rechazaron la cruz de Cristo, porque dejaron de creer en la desnudez de la cruz. “¡Oh insensatos gálatas! ¿Quién os fascinó a vosotros, ante cuyos ojos fue presentada la figura de Jesucristo crucificado?” (Gal 3,1). Pablo ofrecía a los gálatas la imagen de Jesús crucificado. Ellos prefirieron la “carne” (Gal 3,3), que es la ley de los judíos. Aceptar la circuncisión es entrar en el refugio del judaísmo, buscar en él una fuerza, huir de la persecución, renegar de la cruz de Cristo, lo que Pablo se niega a hacer: “Si es verdad que sigo predicando la circuncisión, ¿por qué soy todavía perseguido? Entonces, se acabó el escándalo de la cruz” (5,11).
La ley es carne, porque fuerza que no es de Dios, es de la tierra. “Los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y concupiscencias” (Gal 5,24). Y ¿qué es crucificar la carne? Es entrar en la situación de Jesús en la cruz, situación de impotencia, de ausencia de deseo, de falta de fuerza. Crucificar la carne es dejar de lado toda fuerza humana y todo deseo humano para seguir sólo a Jesús.
Todos estos textos muestran que la concepción paulina de la cruz está estrechamente ligada a su experiencia de vida misionera. La cruz de Cristo está presente en la vida del misionero por el despojo de todas las fuerzas humanas y la confianza absoluta en el poder de Dios. La cruz es confianza en el poder de Dios.
b) La cruz como anonadamiento
El famoso himno de Fl 2,6-11 elabora de la manera más completa la doctrina paulina de la cruz. Es posible, como dicen algunos, que el himno haya sido anterior a Pablo y haya tenido un significado más general. Sin embargo, los autores admiten que en el v.8 , las palabras “muerte de cruz” fueron añadidas por Pablo. En el himno citado y usado por Pablo, la cruz significa el movimiento de abajamiento y descenso. La cruz de Cristo significa que Cristo se abajó. Se abajó ya al entrar en la condición de hombre común. Pero quiso abajarse más aún y tomó la condición de esclavo. Pues como hombre aceptó la muerte, pero como esclavo se abajó hasta la muerte en la cruz. Se hizo “obediente”. ¿Qué significa ser “obediente”? Es ser como los esclavos, sin poder sobre uno mismo, como quien no puede disponer de sí y se halla en manos de otros, como un esclavo. Así fue la cruz de Cristo. Fue el punto más bajo de anonadamiento. El poder de Dios intervino justamente porque Jesús había aceptado la condición de radical impotencia.
Pues bien, este movimiento de renuncia a todo poder para contar con el poder de Dios es exactamente lo que Pablo recomienda a los filipenses, porque él mismo lo estaba viendo en la prisión de Éfeso: “Procurad tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús” (Fl 2,5). No se trata de puros sentimientos, sino de la orientación fundamental en la vida, de las disposiciones profundas que orientan la vida. Para los filipenses, la solución será – como lo estaba siendo para Pablo – abajarse como Cristo para encontrar apoyo en el poder de Dios.
c) La cruz como pobreza
El mejor paralelo del himno de Fl 2,6-11 es 2 Co 8,9: “Vosotros ya conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual siendo rico se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza”. Aquí tenemos de nuevo los dos movimientos de descenso y ascenso. Cristo abandonó su riqueza para hacerse pobre (esclavo), y por eso pudo enriquecer (o ser señor). La pobreza es la cruz, uno de los aspectos de la cruz, una manera de manifestar la cruz.
Hacerse pobre es entrar en la cruz.
¿Cuándo escogió Jesús la pobreza? Pablo no se refiere a la vida en Nazaret ni a las
andanzas misioneras de Jesús. Para él la pobreza de Jesús fue su cruz. En la cruz perdió toda su fuerza y todo su poder: como los pobres, se quedó impotente. Se hizo semejante a los pobres.
Esa es la pobreza que Pablo pide a los corintios: que renuncien al poder que les sobra. Que se hagan semejantes a los pobres. Por eso les pide lo que constituye su poder: su dinero. No les pide pobreza interior, sino despojo real y material de todo dinero que les sobra, de todo lo que es más de lo suficiente. La colecta tiene el significado de hacer a las personas pobres como Jesús, de hacerlas semejantes a Jesús en la cruz. Y ésta es la pobreza que vive Pablo. Recordemos este testimonio precioso: “a nosotros los apóstoles nos asigna Dios el último puesto… Nosotros, unos locos por Cristo; …débiles; …despreciados; no hemos parado de pasar hambre, sed, frío y malos tratos; no tenemos domicilio fijo, nos agotamos trabajando con nuestras propias manos; nos insultan…; nos persiguen…; nos difaman…; se diría que somos basura del mundo, desecho de la humanidad…” (1 Co 4,11-13).
d) La cruz como trabajo de sus manos
Recordemos la importancia que dió Pablo a su trabajo manual como fabricante de tiendas. Se propuso mantenerse con el trabajo de sus manos, aunque supiese que había palabras de Jesús que iban en sentido contrario. Ahora bien, ser trabajador en aquel tiempo no era ninguna dignidad. Para los filósofos griegos, el trabajo no pertenece a la dignidad humana, es algo inferior a lo humano. El trabajo era la condición de los esclavos y de los hombres inferiores.
De hecho, Pablo entendió su condición de trabajador como una humillación, como una condición inferior, como condición de esclavo: “Me hice esclavo de todos para ganarlos a todos” (1 Co 9,19). “Con los débiles me hago débil para ganar a los débiles” (1 Co 9,22). Y no escribe: “Me hago fuerte para ganar a los fuertes”…
Pablo sabía bien que trabajar era humillarse. En su tiempo sólo trabajaba el que no tenía otro remedio. “¿Acaso cometí un pecado porque me humillé a mí mismo para ensalzaros a vosotros, predicándoos de balde el Evangelio de Dios? (2 Co 11,7).
Encontramos aquí de nuevo el himno de Fl 2,6-11, con el doble movimiento de descenso y subida. La condición de trabajador comportaba también para Pablo: “trabajos y fatigas, en noches sin dormir, en hambre y sed, en días sin comer” (2 Co 11,27). Cada vez que Pablo evoca el carácter duro de la vida del apóstol, incluye el trabajo: 2 Co 6,4-10; 4,7-12; 12,27.
La vida del Apóstol está llena de duros sacrificios. Él la describe como participación en la muerte de Cristo en la cruz. Entre todos los hechos que incluye esa participación, está el trabajo: “Llevamos siempre y por doquier en el cuerpo los sufrimientos de muerte de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste también en nosotros” (2 Co 4,10). “Porque, viviendo, estamos siempre expuestos a la muerte por causa de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste también en nuestra carne mortal. Así que la muerte actúa en nosotros, pero en vosotros la vida” (2 Co 4,11-12).
Pablo sabe bien que hay otros apóstoles que viven de otro modo. “Falsos apóstoles, obreros engañosos, que se disfrazan de apóstoles de Cristo” (2 Co 11,13), que anuncian “otro evangelio” (2 Co 11,4) y presentan a un “Jesús diferente” (2 Co 11,4). El Jesús diferente es un Jesús sin cruz: los que anuncian a un Jesús sin cruz son los apóstoles que se buscan apoyos terrenos y no se entregan como Jesús al poder de Dios.
Así, la cruz es en cierto modo el centro de la vida apostólica. Afecta a todos los aspectos del mensaje de Pablo. En ella manifiesta el Padre de modo extremo la gratuidad de su amor. Ella es el camino de la verdadera libertad y de la venida del Espíritu. Para ser libre es preciso pasar por la cruz, y ser conducido así por el Espíritu. La cruz es el único camino.
Quien no concentra todo su mensaje en la cruz, llega a deformar todo el cristianismo anunciando realmente un “evangelio diferente”, un evangelio de comodidad y facilidad, que es una simple reforma del judaísmo y no el advenimiento de algo radicalmente nuevo. La novedad del Evangelio está en el poder de Dios. Pero este poder sólo actúa cuando se sigue el camino de la cruz.
Por eso, de alguna manera podemos decir que la teología de Pablo es una teología de la cruz, con la condición de que no nos olvidemos de que también es una teología de Jesús resucitado. Cruz y resurrección están tan unidas que, si se separan, tanto una como otra pierden su sentido.










