HOMILÍA DE MONS. LUIS MARTÍN BARRAZA
DOMINGO I DE CUARESMA
(Lc 4,1-13)
6 de marzo de 2022
Inmediatamente después del Bautismo en el Jordán, en el que Jesús se sintió profundamente abrazado por el amor de Dios su Padre, sucede este episodio de las tentaciones. Desde esta óptica, las tentaciones de Jesús se pueden interpretar como una provocación al espíritu del mundo. El protagonista es Jesucristo que con su santidad denuncia los criterios humanos banales. Desde el comienzo de la cuaresma se nos presenta la Pascua, donde será echado fuera el Príncipe de este mundo: “Ahora llega el juicio de este mundo, ahora el Príncipe de este mundo será echado fuera; y cuando yo sea levantado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”(Jn 12, 31-32). Es el mismo juicio que establecerá el “Otro Consolador” prometido por Jesús: “Y cuando él venga pondrá al descubierto el pecado, la justicia y el castigo…El castigo porque el Príncipe de este mundo ya ha sido condenado”(Jn 16, 8.11). En última instancia el juicio del Consolador será contra la incredulidad, “por no haber creído en Jesucristo”(Jn 16, 9). El Espíritu es un celoso custodio del depósito de la fe, que no es otro que Jesucristo; él es la tradición viva que nos recuerda la Nueva Alianza cumplida en Jesucristo, como en otro tiempo lo hizo con Israel : “El Señor nos sacó de Egipto con mano poderosa; nos trajo a este país y nos dio esta tierra, que mana leche y miel”(Dt 26, 8-9).
La cuaresma tiene un horizonte Pascual, detrás de ella está el Espíritu Santo: “…y conducido por el mismo Espíritu, se internó al desierto”. Dicho Espíritu es el fruto de la Pascua, que nos transforma en Hijos de Dios, capaces de invocar el nombre del Señor para ser salvados(Rom 8, 13); por él la salvación es cuestión de creer con el corazón y proclamar con los labios y no tanto de las obras de la ley: “Ninguno que crea en él quedará defraudado, porque no existe diferencia entre judío y no judío…”(Rom 8, 12). En el desierto Jesús es modelo de quien está animado por el Espíritu ya que cree y confiesa: “Adorarás al Señor, tu Dios, y a él sólo servirás”(Lc 4, 8). A través de estas palabras Jesús hace la profesión de fe del pueblo judío, mencionada en la primera lectura(Dt 26, 4-10). La cuaresma nos deberá conducir a purificar nuestra fe de la relación idolátrica que le propone el tentador a Jesús. La gran tentación de acomodar a Dios a la medida de nuestros deseos y caprichos está antes de “los pecados de la carne”. De hecho cuando san Pablo se refiere a la carne está pensando en un conocimiento natural de Dios: “Así que ahora no valoramos a nadie según la carne. Y si en algún momento valoramos así a Cristo, ahora ya no”(2 Cor 5, 17).
La “cuaresma” de Jesús en el desierto fue una experiencia del Espíritu en la que responde a la iniciativa amorosa de Dios en el Jordán: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”(Lc 3, 22). Jesucristo acoge existencialmente este ofrecimiento de su Padre. Seguir creyendo en el amor de Dios en medio de las contradicciones de la vida es un reto que todos tenemos. En el fondo, la única tentación del demonio fue cuestionar la identidad de Hijo de Jesús, vivida como servidor humilde. A cambio le ofrece su paternidad que lo desfigura como Hijo. El tentador no invita al mal descaradamente, por ejemplo, pidiéndole a Jesús que renuncie a su misión, sino que amistosamente le ofrece ayudarle a cumplirla. Es cierto que si se accede a sus mociones el resultado será la destrucción total. En las tentaciones no está en juego, principalmente, un vicio, alguna debilidad, está en juego la imagen paterna y misericordiosa de Dios. Si el tentador nos arranca la fe, el amor de Dios del corazón, podrá disponer de todo lo demás(Lc 11, 22).
Puede parecer esta una interpretación un tanto espiritualista, poco comprometida con los pobres, pero no hay mejor forma de invitar a la solidaridad que promoviendo una auténtica experiencia de Dios, poniéndola lejos de todo utilitarismo y pragmatismo. Lo único que puede saciar el hambre que hay en el corazón del hombre que lo lleva a explotar a sus hermanos y robarles su aliento, es el alimento del amor de Dios. No hay forma verdaderamente eficaz que pueda romper el egoísmo humano. Se podrán generar otras dinámicas altruistas, filantrópicas, siempre sospechosas de buscar algún beneficio personal. La misma caridad cristiana tiene que estar en constante vigilancia para no usar a Dios.
Cierto conocimiento de Dios es diabólico, como el que utiliza satanás contra Jesús. Aunque sólo en una ocasión hace referencia explícita al Salmo 91, sin embargo las otras dos tentaciones están lanzadas en el trasfondo de enseñanzas de la Torá. Jesucristo descubre el trasfondo bíblico en sus respuestas: “No sólo de pan vive el hombre”(Dt 8, 3); “Adorarás al Señor tu Dios, y sólo a él darás culto”(Dt 6, 13). La tentación gira en torno a la fe, a la imagen que se tiene de Dios y a la manera de relacionarnos con él. De aquí se deriva todo lo demás, porque si manipulamos la imagen de Dios ¿qué no haremos con la imagen de los hermanos? El PGP nos habla de una crisis antropológica cultural, donde se le ha quitado al hombre su lugar primero en el orden de la creación, para poner por encima de él los ídolos fabricados por manos humanas.
En el fondo se trata de una sola tentación, la del paraíso y la que asedió al pueblo de Israel por el desierto. En el paraíso el demonio difamó a Dios: “Lo que pasa es que Dios sabe que es en el momento en que coman se les abrirán los ojos y serán como Dios, conocedores del bien y del mal”(Gn 3, 4). Y desde aquel día seguimos creyendo todas las imágenes distorsionadas que se nos presentan de Dios, hasta la última que es la declaratoria de su muerte, no existe más. El pecado de Israel por el desierto fue la idolatría. Moisés y los profetas sostuvieron una continua lucha contra Baal y los demás dioses que seducirán el corazón infiel del pueblo de Dios. En el “credo” de la primera lectura resuena el “Escucha Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”(Dt 6, 4-5).
Las tres tentaciones que le presenta satanás a Jesús son una banalización de la dimensión religiosa del ser humano. Ya está dicho por la antropología que el hombre necesita, entre otras muchas relaciones, del encuentro con un Absoluto, un morada segura para todas sus alegrías, penas y esperanzas; esto no lo dice la fe lo dice la ciencia. Cuanto más “negociable” sea este cimiento más frágil será lo que se construye sobre él, será como “casa construida sobre arena”. Esto no permanece asunto privado, sino que tiene fuertes repercusiones sociales. Golpear a Dios es cimbrar la existencia humana. Cuando Adán y Eva perdieron su confianza en el Dios verdadero se perdió toda la armonía del principio. Cuando Israel se fue tras los ídolos se corrompió la justicia y Dios utilizó la pedagogía de la corrección ejemplar, poniendo al pueblo que tanto amaba en manos de sus enemigos. Vivido con espíritu muy religioso o menos, nuestra orientación hacia el Uno necesario, las consecuencias son las mismas: “si declaras con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, tendrás salvación”. O dicho en palabras laicas: si confiesas la unidad y actúas fielmente siempre en dirección a la gran fraternidad, será inmortal.
Iniciamos el tiempo de cuaresma invitados por Jesús e purificar nuestra relación con Dios, a no ponerlo al servicio de nuestros bajos instintos autorreferenciales: “Para que los vea la gente”(Mt 6, 1.5.16). Podemos interpretar los tres actos de piedad, mencionados por Jesús, como formas de relacionarnos con Dios. La oración es la que con mayor claridad nos pone frente a Dios, es el primer movimiento de la fe, la cual consiste en tomar conciencia de Otro. De la invocación de Dios depende el ayuno, que está entre el amor a Dios y el amor al prójimo; relativizar un valor tan importante como el alimento sólo se justifica y da testimonio de otro Valor mayor; y si esto es cierto es obligada la solidaridad, de otro modo olería a egoísmo. Y la limosna que dice relación al prójimo, estará a salvo de ser “anunciada con trompeta” y quedar sólo como una forma de adornar nuestra imagen. Podemos decir que esta enseñanza de Jesús es otra forma de presentar la tentación de la idolatría de nosotros mismos usando a Dios.
La cuaresma de Jesús es un retrato de la historia, en la que Dios lleva a cabo su salvación en medio de muchas contradicciones. Toda su misión la llevará a cabo en medio de persecuciones, hasta el desenlace fatal. Parece que el protagonista es el demonio, sin embargo, el creyente dice que el Espíritu Santo es el que conduce la historia, no obstante el mal. En medio de la historia, de la sociedad de su tiempo, Jesús siembra la imagen verdadera de Dios: es un Padre misericordioso. En las tentaciones del desierto está representada toda la misión de Jesús, que será un combate contra la idolatría y la cultura del descarte.










