DOMINGO III DE CUARESMA
HOMILÍA DE MONS. LUIS MARTÍN BARRAZA
Domingo 7 de marzo de 2021
sal. 69, 10
Este pasaje del evangelio de san Juan nos recuerda que nos encontramos caminando hacia la Pascua en esta cuaresma. Esto lo dice al principio el texto que meditamos, pero también las palabras de Jesús lo evocan: “Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré… Pero él hablaba del templo de su cuerpo”. Jesús realiza la purificación(sustitución) del templo cerca de la Pascua judía, al inicio de su misión, según san Juan. Los sinópticos pondrán este episodio poco antes de la Pascua de Jesús. Para participar de la vida nueva de Cristo es necesario avivar el verdadero celo por las cosas del Señor, incompatible con la “caricatura” de Dios que refleja todo aquel mercadeo y muchas de nuestras expresiones religiosas actuales. Jesús se siente lastimado en el fundamento de su vida, su relación tan llena de ternura con su Padre(Abbá).
La imagen de Jesús con un látigo de cuerdas, tumbando las mesas de los cambistas y reclamando para Dios una casa y no un mercado, hace recordar a sus discípulos las palabras del Sal. 69, 10: “El celo por tu casa me devora”. San Lucas nos narra cómo desde pequeño, Jesús, manifestó una pasión muy fuerte por las cosas de Dios: “¿No saben que debo estar en la casa de mi Padre?”(2, 49). Hay fuego en su corazón, el Espíritu del Señor lo habita y lo hace arder en pasión por el reino; lo impulsa a defender los derechos de Dios. La voz del Señor lo quema por dentro como al profeta Jeremías: “Yo decía: No volveré a recordarlo, ni hablaré más en su Nombre. Pero había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajaba por ahogarlo no podía”(Jer. 20, 9).
En Jesucristo se manifiesta el celo de los pobres de Israel por los mandamientos del Señor; el celo de Abraham, el cual estuvo dispuesto a sacrificar a su hijo Isaac antes que desobedecer al Señor(Gn 22, 1-12); el celo de Moisés, presa de una santa cólera cuando el pueblo se hizo el becerro de oro(Ex 19, 32, 19-20); el celo de los profetas, por defender la Ley del Señor, según lo expresa el profeta Elías: “Ardo en celo por Yahvé, Dios Sebaot, porque los israelitas han abandonado tu alianza, han derribado tus altares y han pasado a espada a tus profetas; quedo yo solo y buscan mi vida para quitármela”(1Re 19, 10). Esto lo repite por dos ocasiones(1Re 19, 14). De igual modo Isaías, desde su pasión por Yahvé, denuncia el culto falso que se le ofrece: “Me dicen todos los días: ‘¿Para qué ayunamos, si tu no nos ves? ¿Para qué nos sacrificamos, si no te das por enterado? Es que el día en que ustedes ayunan, encuentran la forma de hacer negocio y oprimen a sus trabajadores. Es que ayunan, sí, para luego reñir y disputar, para dar puñetazos sin piedad”(Is 58, 3-4).
Debió de resonar la tradición profética en este gesto de Jesús, sobre todo en las autoridades judías. Seguramente sabían que además del atropello físico, era reclamar la autoridad de Moisés y los profetas, más aun, de Hijo de Dios. Es por ello que le piden cuentas de su autoridad, porque defiende con mucha propiedad “la casa de su Padre”. ¿Acaso se cree el Mesías esperado? El tan anhelado cumplimiento de las profecías estaba sucediendo y estaba “derribando del trono a los poderosos y enalteciendo a los humildes”(Lc 1, 52). Los que creían que serían los primeros están resultando ser los últimos(Mt 20, 27). Es muy probable que este episodio recordara a muchos las palabras de Jeremías: “Enmienden su conducta y sus acciones, y les permitiré habitar en este lugar. No confíen en palabras engañosas repitiendo: ‘¡El templo del Señor! ¡El templo del Señor! Si enmiendan su conducta y sus acciones, si practican la justicia unos con otros, si no oprimen al extranjero, al huérfano y a la viuda; si no derraman en este lugar sangre inocente…los dejaré vivir en este lugar”(Jer 7, 3-7).
Jesucristo consumará su celo por las cosas de Dios aceptando el sacrificio de la cruz. Esta es la imagen más elocuente de quien es devorado por el celo por la casa de Dios, no sabe hacer otra cosa sino la voluntad de su Padre: “¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú”(Mc. 14, 36). Desde la pasión y muerte de Jesús, se pone de manifiesto toda la intención e intensidad del gesto profético de la expulsión de los vendedores del templo; desde ahí desata el incendio del amor y la justicia de Dios: “He venido a traer fuego a la tierra y cuanto desearía que ya estuviera ardiendo”. En verdad Jesús se estremece de cólera al contemplar aquella escena tan grotesca. Le duele en lo más profundo de su ser, porque lo golpean en lo que más amaba: “…pero ha de saber el mundo que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado”(Jn 14, 31). “Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar”(Jn 17, 4), y reacciona como un niño ante las burlas hacia su heroico padre.
La expulsión de los mercaderes del Templo es una buena imagen de la misión de Jesús, como el que viene a preparar al pueblo de Dios, para que le ofrezca un culto agradable. El culto no sólo entendido como liturgia, sino como una vida de fe y de obediencia a la voluntad de Dios. Tal vez por esto pone san Juan este episodio al principio de su evangelio. Probablemente resuenan aquí las palabras del profeta Malaquías: “Voy a enviar a mi mensajero a allanar el camino delante de mí, y enseguida vendrá a su templo el Señor a quien ustedes buscan…”(3, 1-2). En última instancia, Jesús se anuncia como el verdadero templo, él es el lugar definitivo del encuentro con Dios, toda salud y bendición llegan a través de él.
En Jesucristo es Dios mismo que viene a reconquistar su lugar en este mundo, símbolo del cual es el templo, porque “el cielo es su trono y la tierra el estrado de sus pies”(Is 66, 1-2). Jesús defiende, ciertamente los templos, pero sobre todo su significado: la imagen de Dios y la imagen del hombre que se proyecta en ellos. De tal manera que, desde este pasaje, pudiéramos echarle una manita a nuestros templos materiales, promoviendo que sean espacios dignos para que favorezca el encuentro con Dios. De ahí que debamos de recordar todas las indicaciones que por escrito o altavoz se dicen en los templos: apaga tu celular, vestimenta adecuada, silencio, comportamiento respetuoso, no chicle, etc, y los demás abusos que se puedan dar en las celebraciones, como el estar platicando, el estar entrando y saliendo o distraerse y distraer a los demás, de alguna otra manera. De muchas formas podemos estar con nuestro “mercado” en los templos, sea con nuestros ruidos externos o internos.
Sin embargo la peor ofensa a los templos se lo hacemos en lo que significan. Significan a Jesucristo y en él a todo ser humano, significan la fe, la comunidad. Así lo da a entender Jesús cuando dice a los judíos que destruyen este templo y que él lo reconstruirá en tres días. El evangelista se encarga de explicarnos que Jesús se refería a su cuerpo. Y un poco más adelante le restará importancia al templo frente a la mujer samaritana: “Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en (el templo de) Jerusalén adorarán al Padre… Ha llegado la hora en la cual los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad”(Jn 4, 21.23). Lo importante es el celo por las cosas de Dios, ciertamente en el servicio litúrgico, pero sobre todo en el trato a los hermanos.
El verdadero templo es Jesucristo, él es el lugar del encuentro del hombre con Dios, es como la tienda de la presencia en el desierto, que contenía el arca de la alianza. En Jesús Dios ha puesto su tienda entre nosotros y hemos contemplado su gloria(Jn 1, 14). De hecho, en la visión que tiene san Juan de la Jerusalén del cielo “no había ningún templo en la ciudad, pues el Señor Dios todopoderoso y el Cordero(símbolo de Cristo) son su templo”(Ap. 21, 22). De ahí que todo el que entra en relación con Cristo, por la fe y los sacramentos, “como piedras vivas, van construyendo un templo espiritual dedicado a un sacerdocio consagrado para ofrecer, por medio de Jesucristo, sacrificios espirituales agradables al Padre”(1Pe 2, 5). Cada uno de nosotros es un templo de Dios, porque el Espíritu de Dios habita en nosotros y, por lo tanto: “si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él, porque el templo de Dios es santo, y ese templo son ustedes”(1Cor 3, 16).
La purificación del templo nos invita a purificar nuestra imagen de Dios y del culto que le ofrecemos, además de dignificar con la voluntad de Dios los lugares donde conviven los seres humanos: la familia, la política, la economía, la justicia, la educación, la ciudad, la creación, etc. Estos lugares son santos porque en ellos cultiva el hombre su imagen y semejanza con Dios.










