HOMILÍA DE MONS. LUIS MARTÍN BARRAZA
Domingo XVIII del Tiempo Ordinario
(Lc 12, 13-21)
31 de julio de 2022
La paternidad de Dios que inculcaba Jesús el domingo pasado con la oración del Padre nuestro, se ve ahora contrariada con el pleito de dos hermanos por la herencia. Jesús es muy sensible a la imagen paterna de Dios y reacciona frente a todo lo que la amenaza. Las luchas fratricidas desde luego que agravian al Padre Providente a quien le hemos confiado nuestro sustento diciendo: “danos hoy nuestro pan de cada día”. ¿A qué viene tanto afán al punto de ir contra la propia sangre para disputar la herencia? Tal vez esto explica la lectura tan drástica que hace del problema que se le presenta, lo interpreta como avaricia. Se puede pensar que se va demasiado rápido a la denuncia. Qué tal que este que reclama su parte en la herencia tuviera razón, porque estuviera recibiendo un trato injusto. Que se tratara de uno de esos tanto casos que conocemos donde uno, arbitrariamente, se queda con el derecho de los demás, a veces contrariando la voluntad de los padres? ¿No sería esta una respuesta muy poco empática para alguien que fue víctima de un abuso? Más aún, nos podemos preguntar si no estará siendo demasiado severo Jesús en su juicio, frente a una escena cotidiana debida más a falta de comunicación, celos o envidias. Hasta se le pudiera acusar de falta de compromiso con los problemas concretos de la vida, como si estuviera siendo un poco insensible frente al drama humano, parece que evade la causa de la justicia con un argumento medio espiritualoide, podríamos decir. Alguien muy sensible a la cuestión social puede ser que se escandalice con este Jesús que no le entra a la defensa de los más vulnerables.
Ya Jesús ha demostrado su compromiso con el sufrimiento humano en la parábola del buen samaritano, así es de que no lo podemos acusar de falta de opción por los pobres. Por esta vez privilegia, Jesús, evangelizar las actitudes que conducen al establecimiento de una justicia más amplia. Une a los dos hermanos en la actitud de avaricia. Aunque de forma negativa, pero provoca un ejercicio de fraternidad. En lugar de dejarse acaparar por alguna de las partes en litigio, al parecer la más débil, se deslinda encontrando un punto común en ambos, la avaricia. En un pleito por la herencia es casi seguro que haya avaricia en algunos más que en otros. Jesús prescinde de buscar quién es más culpable y les hace sentir que el problema está en los dos. Esto, si no hace que se solucione, al menos ayuda a que no se polarice, y si hay honestidad pone por el camino del acuerdo. Jesús consideró que en este pleito ayudaba más no tomando partido en favor de alguno, sino de la causa del reino de Dios, donde todos somos hermanos. No es fácil mantenerse imparcial frente a alguna situación, no por indiferencia, sino por querer arreglar las cosas desde el corazón de Dios. El corazón nos traiciona y nos lleva a querer “ser juez y parte”, o el temor de ser indiferentes nos presiona.
Es un poco lo que hace san Pablo en la segunda lectura, une a judíos y no judíos, israelitas y paganos, bárbaros y extranjeros, esclavos y libres, desde la misma denuncia: “Den muerte, pues, a todo lo malo que hay en ustedes: la fornicación, la impureza, las pasiones desordenadas, los malos deseos y la avaricia, que es una forma de idolatría…”(Col 3, 5). Claro que la verdadera razón de la igualdad no es el pecado, sino Cristo: “Puesto que han resucitado con Cristo, busquen los bienes de arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios”(Col 3, 1). El mismo método utiliza san Pablo en la carta a los romanos, resaltando la común situación de pecado de judíos y paganos: “…todos, tanto judíos como griegos, están bajo el poder del pecado, tal como dice la Escritura: ‘no hay nadie justo, ni uno solo…Todos se extraviaron y se corrompieron…(Rm 3, 9-10).
Para arreglar bien los conflictos debemos sanar el corazón humano desde lo más profundo y esto sólo lo puede hacer la fe, la vida de la gracia. Es cierto que se debe parar la violencia conciliando las cosas desde el exterior con penas y castigos, pero lo que no se soluciona desde el interior del hombre, simplemente pospone el conflicto. Como creyentes no nos toca establecer la justicia legal, aunque no nos debemos desentender de ella. Lo que sí nos toca más directamente es ayudar a las personas a ser libres frente a sí mismos y las cosas, para que luchen por la justicia desde la verdad y la misericordia. Las causas de reivindicación frecuentemente se contaminan por intereses mezquinos, como los que nos describe Santiago: “¿De dónde proceden las peleas y riñas que se dan entre ustedes? ¿No es precisamente de sus deseos de placer que luchan en su interior? Ustedes codician y, como nada obtienen, entonces matan; envidian, pero como nada logran, no cesan de reñir y pelear”(St 4, 1-2).
Esto parece un tanto injusto frente a tantos clamores legítimos de justicia. Jesucristo no quiere distraer la atención de estos reclamos, pero les ofrece una justicia integral, desde el proyecto de Dios y no sólo desde los cálculos humanos. Los conflictos se reducen a su verdadera dimensión cuando se ha curado la fiebre posesiva del corazón. En cambio, hay pleitos muy pequeños por lo que está en juego, que escalan hasta la destrucción de los adversarios porque se da entre corazones lastimados. Ninguna cosa material merece que le sacrifiquemos en el altar de la avaricia las relaciones de familiares, de amistad y, mucho menos, la vida. Puede resultar un tanto enajenante este discurso en un mundo tan lleno de injusticias, pero lo único que pretende inculcar Jesús es que no se pierda de vista que existe un nivel más profundo y decisivo de la justicia, frente a la cual nadie resulta inocente, que es condición para cumplir con la gran deuda de la inequidad en el mundo. Mientras no nos abramos a la justicia divina, seguirá prevaleciendo la justicia de los poderosos de este mundo. Mientras el paradigma de la justicia siga siendo la lucha entre buenos y malos, el espiral de la violencia seguirá en aumento. Es necesario llamar a la conversión de todos, cada quien lo que le corresponda. Sólo la sabiduría divina tiene la capacidad de desenmascarar las intenciones del corazón y dar a cada quien lo que le corresponde.
No cabe duda que la denuncia más demoledora de Jesús es contra los poderosos de este mundo, como lo demuestra la parábola del hombre rico, pero no exenta de la necesidad de conversión a todos. Desde la justicia de Dios no hay puros buenos y puros malos, hay trigo y cizaña juntos(Mt 13, 24-30). Esto no quita que Jesús se detenga a exhibir detalladamente la inconciencia de uno que dedicó su vida a acumular riquezas. Se trata de una fenomenología de la codicia, que al final viene siendo idolatría y violencia contra el prójimo. Se trata de un “monstruo” desfigurado de su condición de hijo y de hermano. Lucas y Jesús retratan muy bien el poder fascinante que poseen los bienes materiales si se les enfrenta desde la pura sensibilidad humana, pueden llegar a ser diabólicos porque pervierten todas las escalas de valores. No es raro que se acuse a alguien de que era totalmente distinto cuando se encontraba en una condición más humilde a como es cuando ha adquirido algunas cosas. El dinero, las cosas cambian a las personas, muchas de las veces para mal. Como que no se pone tanto interés en prepararse para adquirir valores espirituales, que nos ayuden a ubicar en su justo nivel cada cosa, tanto como la preparación para adquirir bienes materiales. Nuestra orientación hacia las cosas suele ser muy pragmática, muy utilitarista, que nos conduce a perder la dimensión de lo único necesario.
Sin tomar partido por ninguno de los implicados en el caso que le presentan, sin embargo, hace un retrato muy elocuente del hombre avaro, que sin duda hizo mella en aquel personaje y en mucho a lo largo de la historia. Sabemos que las parábolas tienen algo de real y algo de inventado, para que sirvan al mensaje que se quiere dar. Por lo tanto, lo que nos cuenta Jesús existe en la realidad, aunque parezca imposible que exista una persona como este rico. Básicamente el pecado de este hombre es no haber escuchado la voz que se le presentó al final. Seguramente todos los días había un mensaje en la naturaleza, las personas, en sí mismo, que lo quisieron liberar de la esclavitud de los bienes temporales, con el mensaje del Eclesiastés: “Todas las cosas, absolutamente todas, son vana ilusión…¿qué provecho saca el hombre de todos sus trabajos y afanes bajo el sol?(Ecl 1,2. 2, 21). Sea como sea que lleguen estos anuncios son una gracia, un don de Dios, porque no es justo que las cosas embrutezcan de este modo el corazón humano. Las cosas no son malas por sí mismas, sino porque llegan a ocupar en el corazón del hombre el lugar de Dios y porque conducen a la indiferencia y la explotación de los hermano. No dejemos de reflexionar todos los días en esta pregunta: ¿Para quién serán todos tus bienes?










