– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO XXXI ORDINARIO
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
Mc 12, 28b-34
3 de noviembre, 2024
Apenas entró Jesús a Jerusalén, en su último viaje, se le echaron encima los poderes políticos, económicos y religiosos, que estaban íntimamente unidos entre sí. Como los demonios del principio del evangelio de Marcos vociferaban: “¿Qué tenemos qué ver contigo Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos?”(Mc 1, 24). El demonio actúa en el corazón del hombre y, a través de él, en las estructuras. Se puede decir que el poder político trató de enfrentarlo al emperador de Roma, con la pregunta sobre el impuesto al César. Jesús simplemente respondió con el primer mandamiento: “den a Dios lo que es de Dios”(Mc 12, 17), una vez hecho esto pueden dar al César, estrictamente, lo que es el del César. Para Jesús el César es de Dios, cumplir con las responsabilidades cívicas es de Dios también. Otra cosa era la injusticia que hay en el manejo de los impuestos. Esto no lo avala Jesús con su respuesta. Él simplemente dice: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”. De igual modo pregonará Jesús lo Absoluto de Dios frente al poder económico, que lo cuestiona sobre la resurrección de los muertos: “No es un Dios de muertos, sino de vivos”(Mc 12, 27). Toca hoy el turno al poder religioso, en la persona de un escriba. La pregunta es muy religiosa, por eso la respuesta de Jesús es muy explícita, en el mismo sentido que las anteriores.
Sin restarle nada al mandamiento del amor al prójimo, Jesús tiene el mérito de descubrirnos la relación intrínseca de ambos, es de suma importancia poner a Dios como el fundamento de todo amor. El Shemá hace referencia directa al amor a Dios, que significa, al mismo tiempo, amor al prójimo. No quiero decir que uno es más importante que el otro, sino que el amor a Dios condiciona el amor al prójimo. El amor a Dios es un amor que se recibe primero: “Nosotros amamos, porque él nos ampo primero”(1 Jn 4, 19). Sólo en este sentido tendríamos que darle prioridad al amor de Dios. Todo comienza en dios que nos ama: “Dios invisible habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor…”(DV, 2). Tal vez podamos decir que así como Dios tiene precedencia en el tiempo, deberá tener precedencia para que el hombre conozca el amor, y se podrá decir que lo conoce si ama a su prójimo. No podemos dar lo que no tenemos. Por eso evangelizar consiste en anunciar el amor que Dios nos ha dado en su Hijo muy amado, amor que se debe escuchar(Shema), recibir y obedecer en el amor al prójimo. Cuanto más profunda sea la experiencia del amor de Dios, más verdadero será el amor a nuestros hermanos.
La experiencia de Jesús es única. Toda su misión irradia una profunda experiencia del amor de Dios. El bautismo y la transfiguración son dos momentos especiales en los que Jesús se siente amado por su Padre: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”(Mt 3, 17). Jesús caminará en esta confianza: “El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su mano”(Jn 3, 35). “Porque el Padre quiere al Hijo y le muestra todo lo que ´le hace”(Jn 5, 20). “…para que contemplen mi gloria, la que me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo”(Jn 6, 24). Sólo desde la experiencia de amor de Jesús se puede vivir justamente el amor al pobre. El amor de Dios es preferencial por los pobres: “El corazón de Dios tiene un sitio preferencial para los pobres, tanto que hasta Él mismo “se hizo pobre”(2 Cor 8, 9). Todo el camino de nuestra redención está siendo por los pobres”(EG, 197). Sólo el amor de Dios, revelado en Jesucristo, nos podrá a amar al pobre por sí mismo, no por necesidad o por vanidad. Es necesario poner a Dios en el horizonte, sin él no serán suficientes los humanismos de ningún tipo. Es cierto que hay muchos compromisos “laicos”, con los pobres, muy loables, o están animados por el Espíritu Santo, de algún modo, o pronto se verá su inconsistencia.
El mandamiento del amor a Dios está en la raíz de la identidad del pueblo judío. La profesión de fe en el único Dios vivo y verdadero fue lo que los constituyó en un pueblo elegido, con una conciencia diferente frente a los demás. Le dio unidad en torno a los mandamientos de Dios. La unidad es una fuerza constructora, junto con el contenido de los mandamientos. El culto que Dios Yahvé ha demandado para sí mismo siempre tiene que ver con el amor al prójimo. Desde el Antiguo Testamento amor a Dios y al prójimo aparecen bien entrelazados para un buen lector de la Escritura. En el libro del Levítico, sobre cada mandamiento hay una justificación en el amor a Dios: “Respeten a sus padres y guarden mis sábados. Yo soy el Señor su Dios”… Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor”(Lev 19, 3, 4. 10. 12. 14. 16. 18). “Yo soy Yahvé, tu Dios, que te hizo salir de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud”(Ex 20, 2). Este es el gran principio que sustenta los mandamientos. Sin esta afirmación los diez mandamientos caen en el vacío y pierden su sentido. Con ella Dios declara su autoridad y la razón de ser de la ley.
Pero la autoridad de Dios no es arbitraria, prepotente, como la de los demás “dioses” que buscan que los hombres les sacrifiquen sus vidas o se destruyan entre ellos. Todos los demás dioses se dejaban instrumentalizar para justificar el poder de los reyes de la tierra, Yahvé era un Dios independiente, no sometido a los caprichos de los poderosos. Al contrario, el azote de los enemigos de la fraternidad es el Dios de Israel. Para cuando Yahvé da sus mandamientos, ha dado pruebas de su compasión por su pueblo. Todo comienza cuando “Dios escuchó el clamor del pueblo”(Ex 2, 24; 3, 7), vio su miseria, conoció de cerca sus angustias (EX 3, 7), descendió para liberarlo(Ex 3, 8). Los mandamientos son la traducción de la compasión de Yahvé hacia su pueblo, son el camino hacia la libertad. Si los dioses paganos estaban al servicio del sistema, de los abusos de los poderosos que humillaba a los más débiles, los mandamientos de Yahvé promueven la dignidad de cada persona. Por eso en el primer mandamiento se presenta como un Dios muy celoso que reclama un culto exclusivo hacia él: “No tener otros dioses aparte de Yahvé. No hacer imágenes. No doblar la rodilla delante es estos dioses e imágenes”(Ex 20, 3- 5). En el fondo, con este, mandato, Dios está invitando a escoger la libertad frente a la esclavitud, la vida antes que la muerte. Yahvé es un Dios apasionado por su pueblo y es el único que podrá defenderlos del faraón y de todos los reyes que usan a sus Dioses para oprimir a sus hermanos. Claro que la razón última por la que debemos adorar a Dios no es práctica, política, es decir para que nos ayude a tener estructuras sociales más justas, sino que debemos adorarlo por sí mismo, regocijarnos, recrearnos en contemplarlo tal cual es, lo demás vendrá por añadidura. En el libro del Levítico dirá Yahvé: “Sean santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo”(19, 2). De hecho el Antiguo Testamento se detiene mucho a gustar los tres primeros mandamientos(Lev 19; Ex 20, 1-11; Dt 6).
Como miembro del resto fiel del pueblo de Israel, Jesús, se pone en sintonía con esta precedencia(relativa) del mandamiento del amor a Dios. Aparece en los evangelios como un apasionado por Dios, su Padre: “…amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma…”(Mc 12, 30); relaciona con más intencionalidad el amor a Dios y al prójimo. Aunque en Mateo y Marcos lo llame “el segundo” mandamiento o “semejante”, durante toda su predicación insistirá en que el amor a Dios pasa por el amor al prójimo. Su misión la llevó a cabo desde la identidad profética. Fueron los profetas los que denunciaron el culto vacío porque le faltaba justicia y misericordia: “Aparten de mí el ruido de sus cánticos, no quiero oír más la música de sus arpas. Hagan que el derecho corra como agua y la justicia como río inagotable”(Am 5, 23). Con su encarnación Jesús pone el domicilio de Dios en el hombre: “Les aseguro que cuando dejaron de hacerlo con uno des estos pequeños, dejaron de hacerlo conmigo”(Mt 25, 45). En adelante amor a Dios y al prójimo serán lo mismo: “…quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve”(1 Jn 4, 20). Y Santiago dirá: “La religión pura y sin mancha a los ojos de Dios consiste en ayudar a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones…”(St 1, 27). San Lucas se detendrá a explicar muy elocuentemente quien es un prójimo, en la parábola del buen samaritano(Lc 10, 30-37).










