HOMILÍA DE MONS. LUIS MARTÍN BARRAZA
DOMINGO XXIX ORDINARIO
Domingo 17 de Octubre 2021
(Mc 10, 35-45)
Después del tercer anuncio de su pasión, Jesús continúa sacando consecuencias para sus discípulos. Parece una simple repetición de lo ya dicho a propósito de los dos anteriores anuncios: en cuanto a Jesús, será rechazado, muerto en la cruz y resucitará; en cuanto a los discípulos, el que quiera ser grande debe hacerse servidor de los demás. Sin embargo hay enseñanzas nuevas. De entrada, el hecho de la reiteración del mensaje, parece sugerirnos que la enseñanza central de Jesús no es fácil de comprender, casi más bien imposible. De alguna manera todos estamos representados por el hombre rico del domingo pasado, damos la impresión de comprender y ser discípulos de Jesús, pero a la hora de que se nos habla con toda claridad sobre las exigencias para nuestra vida, como si no supiéramos nada sobre él.
San Marcos le dedica tiempo a trabajar una incapacidad natural que hay en el corazón humano para comprender a Jesús. Para él el problema no es Jesús, sino la falta de capacidad, de disposición. Desde el capítulo cuarto ha denunciado que “por más que miren no vean, y por más que oigan no entiendan, no sea que se conviertan y sean perdonados”(Mc 4, 12). Seguramente la tendencia era negar al crucificado en nombre de lo absurdo, como lo intentó hacer Pedro(Mc 8, 33), y muchos otros a lo largo del evangelio: “Algunos dicen que eres Juan el Bautista, otros que Elías; y otros que alguno de los profetas”(Mc 8, 29). El verdadero Jesús estaba perdido y esto tenía consecuencias en la vida de la comunidad. Así como algunos querían reducir a Jesús a un personaje más del Antiguo Testamento, otros lo querían hacer compatible con las luchas por el poder que hay en la sociedad. El asunto es que la originalidad de Jesucristo no era captada. Por eso, ahora, frente a la revelación máxima de Jesús, san Marcos no escatima oportunidades para explicarlo por activa y por pasiva, aunque parezca que está repitiendo lo mismo de una forma y de otra. El problema no es Jesús, sino “las piedras”, “los espinos”, “las rodadas del camino” que hay en el corazón del hombre(Mc 4, 13-20).
Parece que Marcos no cae en la trampa de hacer divertido su mensaje o de presentar cosas superficialmente y, a veces, falsamente novedosas. Aunque el término es de nuestro tiempo, las fake news han sido un problema siempre. El deseo presuntuoso de transmitir novedades, aunque sean falsas. El evangelio de Marcos no está al servicio del morbo, de la diversión, de las mentiras novedosas, sino que simplemente quiere comunicar la verdad sobre Jesús, emocione o no emocione mucho. De hecho, Marcos es el más sobrio de los cuatro evangelistas. Por eso ahora no le importaría que le dijeran que está muy aburrido porque es lo mismo que viene diciendo antes. Mientras las actitudes mezquinas se repitan en el corazón del hombre habrá que presentar fielmente el mensaje de Jesús. De hecho toda la biblia es una invitación a superar el egoísmo humano, todos los males proceden de la autosuficiencia del hombre. Cada situación problemática que leemos en la palabra de Dios es una reedición del pecado del principio: querer ser como dioses(Gn 3, 5). Simplonamente podríamos decir que la historia de salvación consiste en la tensión entre la soberbia humana y la infinita misericordia de Dios. No podemos cambiar el discurso, para hacerlo entretenido, mientras el corazón del hombre persista en su arrogancia.
Siempre es lo mismo, dicen algunos, porque las actitudes egoístas son las mismas, podríamos responder desde la fe. Suena vulgar y grotesco que frente al compromiso tan serio que Jesús ha manifestado frene a sus discípulo, les ha compartido una visión muy responsable frente a la vida, ellos pareciera que se sueltan riendo o que se burlan con sus actitudes, su forma de reaccionar está totalmente fuera de lugar. Jesús les ha dicho que él “será entregado a los sumos sacerdotes y a los maestros de la ley, lo condenarán a muerte, lo entregarán a los paganos y se burlarán de él, lo escupirán, azotarán, pero después de tres días resucitará”(Mc 10, 33-34). Frente a este anuncio, más dramático que los otros dos, porque da detalles de su pasión que no había expresado, los discípulos responden con frivolidad y cinismo; sobre la santidad, inocencia, mansedumbre de Jesús, se ponen a ser gala de sus más bajos instintos. Es como si hoy alguien hiciera “sus necesidades” sobre las especies eucarísticas o como profanar cualesquier espacio sagrado o inocencia; vuelven a resonar las palabras de Jesús, dichas a propósito del escándalo de los pequeños: “sería mejor que ataran a su cuello una de esas piedras de molino movidas por un burro y lo arrojaran al mar”(Mc 9, 42). Qué vulgares y prosaicos se ven Santiago y Juan “jadeando” sus más bajos instintos de conservación sobre la pureza del corazón de Jesús. ¿Dónde había quedado aquel celo manifestado, al menos por Juan, por defender el nombre de Jesús frente a unos que usufructuaban(Mc 9, 38), como lo meditábamos hace unos domingos.
La respuesta de Santiago y Juan es igualmente ofensiva para Jesús, porque denota superficialidad, total indiferencia. Tuvo que ser doloroso para Jesús, como cuando nosotros no nos sentimos escuchados en el drama de nuestra vida, sino que nos encontramos con gente que niega o banaliza nuestros problemas. Menosprecian la exigencia de Jesús, que podemos interpretar como un juzgarlo loco. No sólo no se conmueven frente a los sufrimientos que les describe Jesús, sino que ni siquiera se toman la molestia de ponerse a pensar lo que realmente significa para sus vidas aquellas palabras. Es la historia de siempre, se dice que sí descuidadamente, cuando el dueño de la viña nos envía a trabajar a sus campos, pero no vamos. Se usa la religión para satisfacer una costumbre, una necesidad de imagen o, de plano, estratégicamente en favor de nuestro intereses, pero no entramos al misterio de Jesucristo, al estilo de vida que brota de creer en él verdaderamente.
Frente a la respuesta insultante de los discípulos, Jesús les anuncia que en efecto recibirán el bautismo de sangre, no creo que como una maldición que les desee por su actitud, sino como una invitación a tomar con seriedad la vida, a honrar dicho bautismo desde ahora. Sin embargo, a pesar de que arrogantemente aceptan el cáliz de la cruz, en parte porque no saben lo que dicen y sobre todo, porque son diabólicas sus pretensiones, Jesús les destroza toda esperanza por el camino de sus ambiciones perversas. Es una manera de exorcizar del corazón de sus discípulos toda lucha por el poder. No debe haber influyentismo, privilegios, favoritismo, todo eso que visto desde la organización social y política se traduce en pobreza, explotación y descarte para la mayoría. Los criterios del “tanto tienen tanto vales” , “los de arriba pisan a los de abajo”, no deben de existir entre los discípulos de Jesús.
Jesús se crucifica frente a sus discípulos, se desangra, no literalmente, pero en su corazón ya se escuchan los “tambores de guerra”, ya estaba saboreando el cáliz del sufrimiento y experimentando el bautismo que sería consumado en la cruz y sus discípulos anticipan frívolamente la burla, los escupitajos y los azotes que le darán las autoridades en Jerusalén. El “mundo” está en el corazón de los discípulos como si no conocieran nada de Jesús, representan tranquilamente la mentalidad corriente, que seguramente aquejaba a las comunidades de Marcos. Sin escrúpulos y sin ruborizarse actúan como el resto de la sociedad. San Mateo los va disculpar un poco, poniendo a la mamá de ellos a hacer la petición. San Marcos nos dice que con todo el cinismo del mundo ellos fueron los que solicitaron los puestos, uno a la derecha y otro a la izquierda.
El resto de los discípulos se indignaron frente a esta forma de proceder de Santiago y Juan, pero no por defender la justicia o el bien común, sino sus propias ambiciones. Frecuentemente causas buenas, en favor de los derechos y dignidad de las personas, van cargadas de intereses mezquinos, decimos están politizados o ideologizados. A veces, la misma búsqueda de la justicia lleva una buena carga de venganza o de impunidad. A todos se nos dificulta trabajar por causas desinteresadas, donde la recompensa sea el crecimiento de los demás. Esto se complica porque hay una especia de “histeria” de intereses egoístas, que hace que nos sintamos torpes si hacemos algún sacrifico por los demás. Como el ambiente está lleno de ambiciones, es fácil que nos sintamos utilizados. Alguien tiene que romper el espiral del egoísmo.
Es la historia de siempre, el ideal no es crecer, ser personas y servir a los demás. Lo interesante es sentirse bien, vivir a gusto, ser un triunfador. Un “triunfador” no entiende lo que quiere decir servir. Más bien tiende a servirse de todos utilizándolos para sus intereses. ¿Pensar en los demás? Cada quien que se “rasque con sus uñas”, lo mejor es no meterse en la vida de los demás. Hay que ser “hábil” y no asumir compromisos, responsabilidades o cargas que luego nos quitarán libertad para disfrutar la vida. Según Jesús, si alguien quiere triunfar en la vida debe saber amar, ser sensible al sufrimiento de los demás. Nadie es triunfador si no no da vida a otros.










