EL MINISTERIO PRESBITERAL CAMINO DE SANTIDAD EN EL EJERCICIO DE LA CARIDAD PASTORAL
Eje formativo 2022
El MINISTERIO
UNA IDENTIDAD POR LA FE
El siguiente texto es el fruto de una reflexión y de una meditación común a partir de un estudio de Evangelio (Heb 11). No pretende ser un “documento doctrinal” sino una contribución a para reflexionar en este año en el que se ha priorizado el Ministerio Presbiteral como camino de santidad en el ejercicio de la Caridad Pastoral.
ABRIRSE A LA VOLUNTAD DEL PADRE
¿Por qué se necesita un ministro ordenado en una comunidad? ¿Qué sentido tiene esta presencia? ¿Es únicamente un papel funcional para organizar y regular correctamente la marcha de la comunidad, o bien la presencia del sacerdote representa mucho más, es decir la intención amante de Dios que conduce a su pueblo?
En nuestra opinión, debemos buscar en el proyecto de Dios el significado del ministerio de ordenación. No podemos definir el ministerio sacerdotal únicamente a partir de su función o de sus tareas pastorales en una comunidad. Debemos remontarnos hasta su fundamento en la fe, hasta la voluntad de Cristo que eligió apóstoles para que “estuvieran con él”, para enviarlos por el mundo a comunicarle su vida.
Es la misma experiencia de fe de los primeros creyentes que se sigue viviendo hoy en día.
No pretendemos elaborar ni presentar una teología completa del ministerio. Existen numerosos estudios sobre el tema seguidos del Vaticano II. Nuestro objetivo es simplemente subrayar algunos aspectos de la experiencia de fe vivida por el “sacerdote según el Evangelio”, tal como lo quería el Padre Chevrier.
¿QUÉ VEMOS NOSOTROS? ¿QUÉ VES TÚ?
El Padre Chevrier se planteaba esta pregunta: “¿Qué ves tú? ¿Cuál es tu visión apostólica sobre el mundo?”.
Respondía: “Veo el mundo cómo el Padre lo ve: veo, dice Dios, un mundo que sufre de pobreza, un mundo que se pierde, un mundo que no conoce con qué amor es amado, un mundo que ya no sabe amar”.
El Padre Chevrier, en la oración, pensaba: “Yo sé con qué amor amas Tú al mundo, tengo que comunicar a los pobres, a los ignorantes y a los pecadores tu Obra, es decir, a Cristo, tu Enviado”.
Hoy, el sacerdote está siempre frente a la misma pregunta: “¿Qué ves tú?. Esta pregunta no nace dentro de una conciencia de sociólogo, sino que proviene del interior de la oración, del Espíritu de Dios que pide el enfoque apostólico como lo hiciera Jesús un día a sus discípulos a las puertas del templo, cerca de una viuda pobre.
LAS CERTEZAS SE DEBILITAN, SE APROXIMAN PRINCIPIOS DE VIDA
Puede ser que hoy en día la situación del mundo nos inspire la misma compasión que la del Padre Chevrier.
Es un mundo donde se ahonda la zanja que separa a quienes viajan cómodamente en el crecimiento económico colmado de relaciones y quienes padecen la exclusión, causa de todo tipo de degradaciones humanas.
Es un mundo donde cada uno, por razones de opulencia o de miseria, se ve obligado a encontrar sentido a la vida, corriendo el riesgo de equivocarse dolorosamente (sectas, escapes de todo tipo, medios de extrema libertad o seguridad).
Es un mundo donde la Iglesia se encuentra como socavada, minada por movimientos sociales (como el consumismo) que vuelven al hombre ajeno al misterio de Cristo, al cuerpo de Cristo, ese cuerpo de Cristo que llama a una conciencia de hermanos responsables unos de los otros. La Iglesia, aquí y allá, se desmorona como lo harían pedazos de muro ante el mal tiempo. Son los niños que ya no vienen al catecismo… a misa…; los jóvenes que desertan los movimientos…; las señales eclesiales, particularmente las de la ética, discutidas por tanto tiempo, en realidad ya no causan interés…
Es un mundo en el que se acercan, sin embargo, pequeñas emergencias de la Obra del Espíritu: jóvenes retoños en el viejo árbol del que Cristo ha dicho no puede morir, al igual que él mismo no puede morir pues “desde hoy, sobre él, la muerte no tiene dominio”. Estas emergencias no son una restauración del antiguo orden. ¡Eso sería un error! Dios seguramente anuncia, mediante esta fragmentación de su cuerpo en las intranquilidades de la sociedad, que quiere hacer cosas nuevas.
Esta novedad es la que acecha el enfoque apostólico, en la prueba reavivada de la fe en la Iglesia.
Cuando Dios se dirigió a Jeremías: “¿Qué estás viendo, Jeremías?, él respondió: “Veo una rama de almendro”; y Jeremías entró en el cuidado de Dios. Entró en la visión de Dios y vio venir el tiempo de prueba. Al pueblo, anunció entonces con valor prediciendo que tendrían una salida del otro lado de la prueba, el tiempo de reconciliación con Yahvé: “Yo os daré pastores según mi corazón”. A esta realidad de nuestro tiempo somos conducidos a nuestro pesar, pues querríamos la alegría evangélica a mejor precio.
UN MUNDO QUE OBLIGA AL ENTUSIASMO
“Tú, siervo mío, ¿qué estás viendo ahora?, dice Dios. Es a Él y no solamente a nosotros mismos que conviene responder en la verdad del mundo y de la Iglesia. Sin importar lo que cueste, por el momento. Se trata de responder por lo que vemos para velar en la verdad y abrirnos a la Esperanza, esta Esperanza que nace de la fe y se enfrenta a la historia humana.
Éste es el entusiasmo en el sentido exacto del término, ese sentido que hace que la vida del sacerdote se apoye en la verdad del Cristo de Dios, en los vacíos y alturas de la historia frente al Padre. “El Padre y yo somos uno”. ¡Es mejor el entusiasmo! Un entusiasmo como éste, que no suplanta la cruz, es entonces posible y practicable para el sacerdote en el mundo y la Iglesia tal como son, con la condición de que permanezca en la fe.
Es fácil comprenderlo, ya no se trata de euforia que, a veces cómoda, nace de una visión apresurada de los aspectos evangélicos del mundo; esta visión ocultaría lógicas implacables a largo plazo a las que el Padre quiere enfrentarnos, en su gracia, para que se cumpla su Obra: que su fuego pueda encenderse sobre la tierra…
DAR LA VIDA A TRAVÉS DE LA FE
Si el sacerdote permanece en la profundidad de la visión apostólica y, algunas veces, en la oscuridad de la fe, podrá ser dador de vida para los jóvenes retoños que el Espíritu prepara. En el mural de Saint-Fons, leemos que hay que dar la vida, y esto nos hace bien a nosotros que consagramos nuestra vida para que el mundo tenga vida, pero se trata de dar la vida primero a través de la fe.
¡He aquí que parece muy extraña a los hombres la acción de la que formamos parte, la preocupación por la ética social! Y, sin embargo, al examinar la Biblia, eso es lo que dice. Es la lógica del creyente. Abraham obedece y parte; parte sin saber adónde va. Mediante la fe, se daba la oportunidad de conocer realidades que no podemos ver. Tiempo de prueba del éxodo. Tiempo de pruebas, pero también tiempo de fecundidad. Descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo o los granos de arena a la orilla del mar.
RECIBIR IDENTIDAD MEDIANTE LA FE
Seguramente, la identidad del sacerdote pasa por la consagración en la fe, para una relación particular con Cristo. “Él llamó a sus discípulos para que ‘estuvieran con él’”.
Cuando Jesús pregunta a Simón: “¿Para ti, quién soy?” la respuesta de Simón fue: “Tú eres Cristo, el Hijo de Dios Vivo”. Cambio decisivo: “Tú eres Pedro”.
Jesús transmite su identidad. “Sobre él edifica su Iglesia”.
Pedro se convierte en el tipo mismo de pastor que recibe su identidad de Cristo. Él le da un Nombre.
Esta identidad se transmitirá a través del sí de la consagración de un hombre que recorre la experiencia de Cristo y a través del don de la ordenación que abre a la carga pastoral.
Es esta identidad de pertenencia a Cristo para la pastoral de la Iglesia de Dios lo que permanece en la conciencia del pastor para vivir y dar la vida según la fe.
UNA FIGURA QUE MUESTRA UN CAMINO
El ministro ordenado es, en efecto, el hombre de la fe. Antonio Chevrier lo había entendido bien. En el mural de Saint-Fons, escribió en primer lugar, bajo el título Tabernáculo: “DAR LA VIDA POR SU FE”.
Previo a cualquier reflexión sobre el ministerio de ordenación, de este lado de las modalidades prácticas de aplicación, es bueno repetirnos algunas señales de fe sobre el Ministerio.
Hemos elegido partir de la experiencia de fe de Abraham y de Moisés, tal como las releyera el autor de la epístola a los Hebreos, en su capítulo 11. Veremos también la experiencia de fe de los primeros discípulos, particularmente la de Pedro y la de Antonio Chevrier, en el mural de Saint-Fons y sus escritos sobre el sacerdocio (Ms 10).
1. El ministro, un hombre elegido por Dios
“No fueron ustedes quienes me eligieron, sino que fui yo quien los eligió a ustedes”
“Nadie puede venir a mí si mi Padre, que me ha enviado, no lo atrae”.
El ministro es el sacramento, el instrumento en la comunidad, para hacer realidad esta iniciativa imprevista e imprevisible de Dios. Ha sido elegido por Dios para significar que todos los hombres también son elegidos por Dios. El ministro es, de esta manera, el hombre de una elección por parte de Otro. Es el hombre de Otro.
“Para una vocación, se necesita la elección del Padre, el llamado del Hijo y la gracia del Espíritu Santo” (Ms 10).
Entonces el sacerdote no es, en principio, la emanación ni el producto de la comunidad, sino la elección eterna del Padre…
2. El ministro, un hombre elegido con sus debilidades:
La manera de llamar de Dios es desconcertante. No entra en una lógica de eficacia, tal y como podemos concebirla.
Abraham es demasiado viejo,
Moisés no sabe hablar,
Isaías tiene labios impuros,
Jeremías es demasiado joven,
Amós es un cultivador de higos,
María no conoce varón,
Pedro ha negado a su maestro y amigo, etc…
No es por los méritos ni por los valores personales de un hombre que Dios llama. Él espera simplemente un apego en la fe. “Pedro, ¿me amas?”.
Y el ministro está consciente de su debilidad, pero también de un llamado que lo rebasa. “Tú sabes todo, Señor, tú sabes bien que te amo”.
El Señor hablaba a Moisés cara a cara, como se habla de hombre a hombre. (Ex. 33, 11). La Biblia de Jerusalén traduce “como un hombre conversa con un amigo”.
Cada vez que un sacerdote conoce la debilidad, espera este punto de vista de los hermanos para recordarle, sin importar lo que haya pasado, que un día fue llamado.
3. El ministro, un don para la comunidad:
Abraham parte hacia un país que debía recibir en herencia.
No se es ministro, sacerdote, para uno mismo, para el perfeccionamiento personal, sino siempre entregado por una comunidad. El país prometido en herencia es el reino de Dios, cuyo sacramento y recuerdo viviente es la Iglesia.
Toda vocación es misión. Moisés es enviado hacia el Pueblo de Dios, los discípulos serán enviados. El ministro ya no se pertenece, pertenece a Dios, para una comunidad.
El ministro es el signo sacramental que Dios da a una comunidad que le pertenece: “La Iglesia de Dios”. Mediante su vida, nos recuerda que la comunidad es un don de Dios, que se recibe de Dios.
“El sacerdote es un hombre comido”. En principio, no un hombre comido por las tareas, sino un hombre, en el camino, alimento para dar servicio a la memoria de la comunidad cristiana.
“El sacerdote debe desaparecer ante Jesucristo; no es sino un instrumento” escribirá el Padre Chevrier (X, p. 283).
“Jesucristo es el Enviado del Padre.
El Sacerdote es el Enviado de Jesucristo” (Ms B. 20).
4. El ministro, un hombre de obediencia
El primer creyente, Abraham, en respuesta al llamado, obedece. El primer acto de la fe es una obediencia, una sumisión al proyecto y a la voluntad de Otro, a la intención de Dios.
El ministro está ahí para significar que la fe es obediencia en el amor, sumisión a una voluntad que no proviene de nosotros, sino de Dios. “Pedro, ¿me amas?”.
Para Cristo, esta obediencia en la fe llegó hasta el final del compromiso en la Cruz. Los discípulos tendrán que enfrentarse al martirio.
“Cuando seas viejo, extenderás los brazos y será otro quien te ceñirá y te conducirá adonde no quieras ir”. Jesús habló así para indicar con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de estas palabras, le dijo: “Sígueme”.
El ministro no se centra en sí mismo, ni siquiera en la comunidad, sino en aquél que lo ha elegido y llamado a seguirlo. Esta obediencia a Dios le da libertad y autoridad frente a la comunidad. Él pertenece a Dios. “¿A quién quieren pertenecer?”, decía el Padre Chevrier.
La fe de los discípulos es una descentralización, una ruptura espiritual.
El ministro ordenado está ahí para recordar, a través de la realidad sacramental llena de obediencia, que toda comunidad debe someterse al llamado de Aquél que la convoca. Uno no puede convocarse a sí mismo. Respondemos en la obediencia a un llamado de Dios.
El ministro, como la comunidad, se somete a la misma Palabra:
“Dar la vida a través de sus ejemplos”.
“Dar la vida a través de su doctrina, sus palabras”.
A lo largo de toda su existencia, el ministro es el libre colaborador de Dios. Esto supone una búsqueda de su voluntad en un diálogo y una oración confiados.
El sacerdote es necesariamente ese hombre que dialoga con Dios en el silencio.
“Jesús conoce a su Padre. Habla de acuerdo con él. Actúa de acuerdo con él. Y todo lo que dice y hace, lo dice y hace en la unión con su Padre”.
“De esta manera, el sacerdote debe actuar y hablar de acuerdo con Jesucristo y estar unido a él. Y al hacer esto, estará unido al Padre y hará todo según Dios”. (Ms B. 20).
5. El ministro, un hombre que avanza en la noche
A través de la fe, respondiendo al llamado, Abraham obedeció y partió, y partió sin saber adónde iba.
La fe es una manera de conocer realidades que no vemos.
El ministro, tarde o temprano, tendrá que pasar por la prueba. Tendrá que afrontar el tiempo de éxodo y de exilio de la comunidad.
A través de la fe, Abraham fue puesto a prueba.
6. El sacerdote, un hombre extraño y diferente
El sacerdote viaja entonces como un hombre diferente, un extraño que recibe su nombre, no de la carne y de la sangre, sino del Padre: “No sois del mundo, al igual que yo no soy del mundo”.
A través de la fe, Abraham fue a vivir como extraño a la tierra prometida.
Para ser memorial de Dios, hay que aceptar al mismo tiempo ser cercanos y diferentes. Hay que aceptar la tensión que provoca la descentralización.
No podemos portar la singularidad de Dios si permanecemos idénticos a la comunidad, alineados a ella. Sería ilusorio imaginar que el ministerio no crea diferencia, separación de la comunidad creyente, incluso aunque queramos seguir siendo cercanos. La proximidad supone diferencia. Esta separación no es sociológica y cultural, sino que proviene de la elección de Dios. Se quedará siempre como un hombre separado para el reino, que anuncia una humanidad que no se alinea a la ley del consumismo.
“Es dar la vida a través de las virtudes”.
El ministro en el acto ministerial que lo rebasa, es el enfrentamiento con la comunidad y se enfrentará a la soledad.
En esta separación, el ministro debe aceptar no ser sino sacramento, mediación pobre pero actuante de Aquél que dirige su Iglesia. Esta aceptación de la pobreza activa del sacramento le permite evitar dos tentaciones: la dominación autoritaria o la seducción Demagógica.
“Es dar la vida a través de los poderes”.
7. El ministro, un hombre del futuro
“La fe es una manera de poseer de una vez lo que se espera, un medio para conocer realidades que no vemos”.
“Abraham esperaba la ciudad provista de cimientos, que tiene por arquitecto y constructor a Dios mismo”.
El ministro ve más allá del instante presente. Vive en la espera de los bienes futuros.
“Moisés tenía los ojos fijos en la recompensa. A través de la fe, abandonó Egipto… como hombre que ve aquello que es invisible, permaneció firme”.
El ministro es aquél que “permanece en el Señor”. “Permaneced en mí para compartir la plenitud del Reino”.
“Dar la vida a través de sus oraciones, sus ejemplos”.
8. El ministro, un hombre “más allá de las fronteras”
“Abraham partió”
Jesús nace en el camino. Muere fuera de la ciudad.
Todo el movimiento de su vida es el de “salir hasta donde los pobres, al templo pagano o a tierra pagana.
“Tengo otras ovejas que no están en este redil”, “Vayamos a las aldeas vecinas”.
El ministro no puede ser propiedad de la comunidad. Si bien la vida de la gente lo tiene, no puede ser retenido, ya que pertenece a Cristo. Abre siempre hacia nuevos horizontes; como el maestro, sale y llama a salir.
La presencia ministerial impide que la comunidad se encierre en sí misma y la abre a lo universal.
CONCLUSIÓN
Para comprender aquello en lo que se ha convertido el sacerdote, a través del sí de la fe que consagra toda la vida y a través del don de la ordenación que consagra de igual manera toda una vida, no hay otro camino sino el de pasar por la configuración a Cristo: Cristo que sale del Padre para consagrar su vida al Padre y a los hermanos que éste le ha dado.
Se trata de pasar por donde él mismo pasó; y esto para avanzar, con los hermanos, más allá del templo, hasta donde el Padre.
Gilles GRACINEAU – Michel MEYNET










