– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL IV DOMINGO ORDINARIO
– EVANGELIO DE LAS BIENAVENTURANZAS
Mateo 5,1-12a (Sof 2,3; 3,12-13 – 1 Cor 1,26-31)
1 de febrero 2026
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
“Dichosos «los que lloran», porque padecen injustamente sufrimientos y marginación. Con ellos se puede crear un mundo mejor y más digno. Dichosa la Iglesia que sufre por ser fiel a Jesús. Un día será consolada por Dios”.
Sabemos que Mateo escribe su evangelio tratando de presentar a Jesús como un nuevo Moisés, que sube al monte para promulgar la nueva alianza. Así como Moisés había subido al Sinaí para recibir las tablas de la ley, así también Jesús desde un monte proclama el espíritu de la ley por medio de las bienaventuranzas. Se trata de un “decálogo” que se resume en el amor a Dios y a los hermanos también, pero vividos desde lo más profundo del corazón. Jesús pone a salvo de todo legalismo la ley de Dios, sus exigencias van al interior. La primera bienaventuranza pone la clave: “pobres de espíritu”. Parecen dos palabras muy opuestas, la pobreza nos remite a la vida socio-política y el espíritu a los niveles de identidad personal. Igual dilema se había presentado en el anuncio del “reino de Dios”, reino suena a política y Dios a mística. La enfermedad de la religión judía era su superficialidad, le faltaba justicia y misericordia, le faltaba espiritualidad: “Por eso les digo que si no son mejores que los maestros de la ley y los fariseos, ustedes no entrarán en el reino de los cielos”(Mt 5, 20).
Todo el sermón de la montaña estará en esa tónica de la primacía del interior: “Tengan cuidado con los falsos profetas; se les acercan disfrazados de ovejas, pero por dentro con lobos rapaces. Por sus frutos los conocerán”(Mt 7, 15). Toda la relectura que hace de algunos mandamientos es buscar el espíritu que los anima: “Han oído que se dijo a nuestros antepasados: No matarás; y el que mate será llevado a juicio. Pero yo le digo que todo el que se enoje con su hermano será llevado al juicio ante el Consejo de Ancianos…”(Mt 5, 21-22). No se diga cuando repasa las obras de piedad puntales de toda religión, por ejemplo la oración: “Tú, cuado ores, entra e tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará”(Mt 6, 6). Esto en la relación con los hermanos, pero también cuando habla de la relación con Dios pide un abandono total: “Así que no se inquieten diciendo: ¿Qué comeremos? ¿Qué beberemos?¿Con qué nos vestiremos? Esas son las cosas por las que se preocupan los paganos. Ya sabe el Padre celestial lo que necesitan”(Mt 6, 31-32).
Jesús pone el dedo en la llaga de un peligro de todos los tiempos en relación a la experiencia religiosa: la hipocresía, la mentira: “Por eso, cuando des limosna, no vayas pregonando, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calle, para que los alaben los hombres”(Mt 6, 2). “Desgarrar el corazón y no los vestidos” es un grito de Dios que viene desde el Antiguo Testamento: “Conviértanse al Señor, su Dios, porque él es clemente y misericordioso, lento a la ira, rico en amor y siempre dispuesto al perdón”(Jl 2, 13). Pareciera que las bienaventuranzas buscan triturar el corazón del hombre para que aprenda a vivir sólo de la Palabra de Dios, como fue el gran aprendizaje de Jesús en el desierto(Mt 4, 4). Me parece que el salmo 50 retrata muy bien el espíritu de las bienaventuranzas: “El sacrificio que Dios quiere es un espíritu arrepentido: un corazón arrepentido y humillado tú, oh Dios, no lo desprecias”(Sal 50, 19). No es que Dios quiera la humillación del hombre, sino la belleza de la humildad que irradia la contrición.
Mateo insiste en la pobreza “de espíritu”, Lucas no, pero el conjunto de las bienaventuranzas no deja lugar a duda que Jesús busca constituir a sus discípulos como verdaderos adoradores “en espíritu y en verdad”(Jn 4, 23). Jesús pedirá esto para ellos en su oración sacerdotal: “Santifícalos en la verdad; Tú palabra es la verdad”(Jn 17, 17). Se trata de poner las bases del discipulado y este consiste en “renunciar a sí mismo, cargar la cruz y seguir a Jesús”: “El que ama a sus padre o a su madre más que así, no es digno de mí, y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue , no es digno de mí. El que quiera conservar la vida, la perderá, y el que la pierda por mí, la encontrará”(Mt 10, 37-38). El verdadero pobre es el que vende todo lo que tiene y da su dinero a los pobres(M t19, 21), porque su herencia es el Señor(Sal 16, 5-6).
Dicho de una manera más alentadora, tal vez, el pobre es el que pone totalmente su confianza en el Señor, como lo expresa el profeta Jeremías: “Bendito quien confía en el Señor, y pone en él su confianza. Será como un árbol plantado junto al agua, que alarga hacia la corriente sus raíces; nada teme cuando llega el calor, su follaje se conserva verde; en año de sequía no se inquieta ni deja de dar fruto”(Jer 17, 7-8 cfr. Sal 1, 1-3). Desde este texto podemos ver que la verdadera causa de la felicidad está en aprender a recibir los consuelos de Dios, por encima de los consuelos o persecuciones del mundo. Dichosos los sufrido, porque se consuelan con la cruz de Cristo(Mt 5, 4). Desde este punto de vista, no hay mayor fortaleza que la mansedumbre de Jesús, que llega al punto no sólo de consolarse a sí mismo, sino a tener el ardiente deseo de ayudar a otros con su carga: “Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen mi yugo y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus vidas”(Mt 11, 28-29). El verdadero consuelo no procede de los éxitos y placeres egoístas, sino de cargar con el “yugo”suave y ligero de Jesús. Todo acto verdaderamente satisfactorio debe pasar por el don de sí mismo: “…si el grano de trigo que cae en la tierra no muera, queda infecundo; pero si muere dará fruto abundante”(Jn 12, 24).
Jesús pronuncia estas palabras en el contexto de una oración de alabanza y gratitud a su Padre, porque se va haciendo su voluntad a pesar de todo(Mt 11, 25- 26). Ese “a pesar de todo” significa que “los sabios y entendidos” lo han rechazado, más sin embargo, Jesús se siente conocido y amado por Dios su Padre, y eso le basta(Mt 11, 27). Al hombre feliz en Dios nunca le faltará gratitud y alegría, porque sus raíces se hunden hasta las corrientes del Padre misericordioso. Saber consolarse en la voluntad de Dios, convenga esta a nuestros intereses o no, es ser pobre en el espíritu. Jesucristo es el pobre por excelencia porque no hace su propia voluntad, sino la voluntad del que lo envió(Jn 6, 38). “Se ofreció a su Padre para hacer su voluntad y no la propia: “Aquí estoy, Dios mío, para hacer tu voluntad”(Heb 10, 9). No busca hacer su voluntad: “Yo no puedo hacer nada por mi cuenta. Juzgo según lo que Dios me dice, u mi juicio es justo, porque no pretendeos actuar según mi voluntad, sino que cumplo la voluntad del que me envió”(Jn 5, 30). No hace nada por su cuenta(Jn 5, 19). Ha llevado la obediencia hasta la muerte de cruz: “…se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz”(Flp 2, 6)”(Bto. Antonio Chevrier).
La bienaventuranza son declaradas por Jesús en el trasfondo de la fragilidad humana(pobres, hambrientos, sedientos, sufridos, perseguidos), y esto no es un mero simbolismo, sino referencia a la dimensión fraterna de la fe. La primacía de la relación con Dios en lo íntimo del corazón no nos distrae de la vida, sino que hace más fuerte el compromiso los hermanos. Hemos dicho que se trata de la forma como se hace operante el reino de Dios. Este reino tiene su dimensión política de justicia social. Si bien es cierto la felicidad está en asegurarnos la certeza de que la fidelidad de Dios colmará todos nuestros anhelos, las condiciones para la felicidad, aunque son principalmente categorías teológicas no dejan tener resonancia social. Es cierto que estas categorías se refieren a todo ser humano fuera de su patria definitiva y también a todo discípulo que se compromete con la causa de Jesús, por el hecho de existir somos indigentes; necesariamente también hacen referencia a los descartados, “desechables” y “sobrantes” de las sociedades. Literal, Dios siento una debilidad por ellos.
Las palabras de san Pablo a los Corintios, en la segunda lectura, seguramente tendrán una carga simbólica, pero, sin duda, también se refieren al sentido propio de dichas palabras: “…Dios ha elegido lo que el mundo considera necio para confundir a los sabios; ha elegido lo que el mundo considera débil para confundir a los fuertes; ha elegido lo vil, lo despreciable, lo que es nada a los ojos del mundo para aniquilar a los quienes creen que son algo”(1 Cor 1, 27-28). Esto es una gran noticia: “Te alabo, Padre, porque revelas los secretos del reino a la gente sencilla”(Mt 11, 25).










