HOMILÍA DE MONS. LUIS MARTÍN BARRAZA
DOMINGO XXXII ORDINARIO
Domingo 7 de Noviembre 2021
Como si Jesús hiciera una evaluación de lo que ha visto hasta ahora en Jerusalén y lo expresara en su denuncia a los escribas. Aquello es un sistema religioso muy bien estructurado, no era tan fácil ponerlo en cuestión. Aunque eran evidentes sus contradicciones, todos, de algún modo, contribuían a su mantenimiento. Inmediatamente han salido al paso de Jesús las máximas autoridades de la ciudad, son los que más se han sentido amenazados con su presencia. Tal vez, algunos honestamente defendieran la pureza de su fe. Como si fuera una nueva edición de la batalla entre David y Goliat. Parece una actitud suicida la de Jesús el ir al centro del poder del judaísmo a cuestionarlo en sus fundamentos. El que toma la iniciativa es Jesús: “…como se iban cumpliendo los días de su asunción, él tomo la firma determinación de ir a Jerusalén”(Lc 9, 51). Jesús, simplemente, es fiel a su misión de ser testigo de la verdad(Jn 18, 37), sabe que en ello se juega la vida, como lo ha anunciado por tres ocasiones. Mientras “los dueños de casa” creían andar cazando un ratón, Jesús los va cimbrando en sus cimientos; hasta que su presencia se hace insoportable(Mc 14, 1-2).
Los evangelios se escribieron para iluminar situaciones que se daban en las comunidades cristianas. Seguramente que en este pasaje, como en muchos otros, se ve reflejado el conflicto de los discípulos de Jesús con el judaísmo, que se había radicalizado después de la destrucción de Jerusalén, pero también se ven reflejadas las actitudes que había denunciado Jesús a los escribas y fariseos, en las comunidades cristianas. Las actitudes perversas de los escribas amenazan al corazón del hombre de todos los tiempos. Por más amable y mesurado que había sido el escriba que le preguntó sobre el mandamiento más importante, el domingo pasado, Jesús alcanza a “oler” lo podrido del corazón de la mayoría de ellos. Parece este un mensaje dedicado a los líderes de las comunidades, pero válido para todos.
Jesús hace un buen retrato del corazón humano, y sobre todo de los que encabezan algún servicio dentro de la comunidad. Desde antes que comience la interacción entre las personas, no nos equivocamos si mal pensamos que la mayoría vamos a buscar la autoafirmación frente a los demás. Apenas comienza la convivencia y, al mismo tiempo, la lucha por el poder. Muy bien este texto del evangelio se pudo haber escrito sin ninguna experiencia concreta, finalmente es seguro que este comportamiento va a salir a flote. Así es de que estamos frente a experiencias de las comunidades de discípulos, pero, también, frente a a prioris del comportamiento humano y, por lo tanto, frente a las comunidades de todos los tiempos.
Al parecer, es el cáncer de todas las religiones, no sólo del judaísmo, el promover el narcisismo espiritual que luego se traduce en pretensiones de supremacía. Es lo mismo que ahora se cuestiona como mundanidad espiritual, que no son sino “poses” religiosas desde la doctrina, el culto, la disciplina, el aspecto físico, la pastoral, la proyección social, pero que en el fondo lo único que interesa es conquistar espacios de poder al interior de la comunidad, los famosos “lobby” que se dan en todos lados, también en los círculos eclesiásticos. Me parece que es lo que está detrás de las denuncias de clericalismo y funcionarismo y de los abusos de poder en la Iglesia. Se trata de dinámicas instaladas en las estructuras, no sólo en el corazón de ciertas personas. Sin duda que la responsabilidad mayor corresponde a los clérigos por ser sus creadores, no en balde lleva su nombre, pero se ha extendido a todo el cuerpo eclesial.
Se trata de actitudes que todos podemos reconocer fácilmente en los demás, pero que es casi imposible que las reconozcamos en nosotros mismos. Todos nos sentimos con autoridad para denunciarlas, sin darnos cuenta que miramos la pelusa en el ojo ajeno sin fijarnos en la viga que tenemos en el nuestro. Qué aguda e incisiva la denuncia que hace Jesús a estos personajes cuando dice “que se echan sobre los bienes de las viudas haciendo ostentación de largos rezos”. De lo más mezquino que hay es usar las cosas santas para el propio beneficio. Hasta se puede acusar a Jesús de una gran falta de respeto hacia las instituciones honorables que representan lo mejor de las tradiciones de aquel pueblo. No se debería de permitir que cualquiera venga a insultar de esa forma el orden establecido. Poner en tela de juicio lo más sagrado, como son las autoridades religiosas y su oración, es hablar de una sociedad enferma también. Es una locura el poner los valores espirituales al servicio de los materiales, según lo sugiere Jesús. Peor que la esquizofrenia mental es la del corazón, en la primera no hay maldad realmente, la segunda es una malicia de raíz.
Jesús está poniendo “el dedo en la llaga” de todos los tiempos y de todas las religiones: perder lo específico de la experiencia religiosa: amor a Dios y amor al prójimo. Es como si Jesús continuara su respuesta al escriba, sobre el mandamiento más importante, pero ahora desde la denuncia. Si el encuentro con el escriba había sido muy formal, muy respetuoso, ahora Jesús lo problematiza desde las actitudes concretas. Idolatrar la propia imagen es señal inconfundible de que Dios no está en el centro de nuestra vida. En el evangelio de san Juan, Jesús acusa a los judíos de no tener a Dios en su corazón: “Pero yo los conozco y no tienen el amor de Dios en ustedes…¿Cómo pueden creer ustedes, que aceptan gloria unos de otros y no buscan la gloria que viene del único Dios?(Jn 5, 42.44).
Buscar posicionarse en la estructura religiosa es señal inconfundible de la falta de fe en Dios. Seguimos sacando consecuencias del mandamiento principal, para que no quede en pura doctrina. Aborda el problema desde las ofensas a la fraternidad, con las conductas presuntuosas y arrogantes. El problema de la búsqueda de los primeros lugares es que se pierde la sensibilidad hacia los hermanos y se comienza a tratarlos como cosas. Además, el sentimiento fraterno pasa por el amor a Dios, sin la relación con la paternidad de Dios, cualesquier familia que se construye es frágil, “por eso doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra”(Ef 3, 4). Todo envanecimiento es un atentado contra la comunidad, y es un signo inconfundible de que no se conoce a Dios. Si desde la doctrina Jesús ya había valorado la respuesta de un escriba: “No estás lejos del reino de Dios”(Mc 14), desde las actitudes de la mayoría de los maestros de la ley son simples funcionarios. Jesús dedica a todos los que ejercen un liderazgo en la comunidad lo dicho a los escribas: “Esos tendrán una sentencia más rigurosa”(Mc 12, 40). Por qué más rigurosa? Porque tienen una encomienda especial.
Llama la atención cómo, todos los evangelistas, hacia el final de la vida de Jesús insisten en su actitud de servidor, que viene a dar su vida por nosotros. Los evangelios sinópticos cumplen esto contraponiendo la figura de Jesús a los guías del pueblo de Israel, mientras que en san Juan Jesús les hace sentir su servicio humilde a sus discípulos, para encargarles que se amen entre ellos: “Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Que como yo los he amado, así se amen unos a otros”(Jn 13, 34). En el fondo esta es la única enseñanza de los evangelios: “…yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros”(Jn 13, 14). Se trata de entrar en las dimensiones del amor de Jesús, tanto para recibirlo como para darlo.
Con la misma mirada profunda con que Jesús denuncia las apariencias de los escribas, también, reconoce la sinceridad del corazón en una viuda que echa en las alcancías del templo dos monedas de poco valor. Mientras unos lucraban con la religión, la otra ofrece todo lo que tiene para vivir. Con la imagen de la viuda Jesús hace más elocuente la denuncia antes mencionada. Más que buscar herir, lastimar, quiere inculcar en ellos la confianza en Dios que les ayude a sanar su corazón de miedos y ambiciones. El yugo más pesado de la vida es la carga de sí mismos. El yo egoísta distorsiona nuestra mirada acerca de la vida, de Dios, de los demás y de nosotros mismos, en su ambición nos hace sacrificarle lo más sagrado que tenemos. Se trata de entrar en la verdadera actitud de fe, salir de la simulación, del chantaje, que nos de libertad para ofrecer nuestra vida: “Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y lo los aliviaré”(Mt 11, 28).
Agradezcamos a Jesús que ha venido a compartirnos la mirada de Dios sobre la vida, una mirada que no juzga por las apariencias, sino que se fija en el corazón. Muchos fueron rescatados por la mirada profunda de Jesús, de las miradas ambiciosas y pretensiosas de sus hermanos. En la ofrenda de la viuda reconocemos la fe de Jesucristo, que en la cruz ha dado todo lo que tenía para vivir.










