– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DE LA DEDICACIÓN DE LA BASÍLICA DE SAN JUAN DE LETRÁN
Jn 2, 13-22
9 de noviembre 2025
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
Dedicar o consagrar un lugar a Dios es un rito que forma parte de todas las religiones. Es «reservar» un lugar a Dios, reconociéndole gloria y honor. Cuando el emperador Constantino dio plena libertad a los cristianos -en el año 313-, éstos no escatimaron en la construcción de lugares para el Señor. El propio emperador donó al Papa Melquiades los terrenos para la edificación de una domus ecclesia cerca del monte Celio. La Basílica fue consagrada en el 324 (o 318 ) por el Papa Silvestre I, que la dedicó al Santísimo Salvador. En el s. IX, el Papa Sergio III la dedicó también a San Juan Bautista; y en el s. XII, Lucio II añadió también a San Juan Evangelista. De ahí el nombre de Basílica Papal del Santísimo Salvador y de los Santos Juan Bautista y Evangelista en Letrán. Es considerada como la madre y la cabeza de todas las iglesias de Roma y del mundo: es la primera de las cuatro Basílicas papales mayores y la más antigua de occidente. En ella se encuentra la cátedra del Papa, pues es la sede del Obispo de Roma. A lo largo de los siglos, la basílica pasó a través de numerosas destrucciones, restauraciones y reformas. Benedicto XIII la volvió a consagrar en 1724; fue en esta ocasión cuando se estableció y extendió a toda la cristiandad la fiesta que hoy celebramos.
La expulsión de los mercaderes del templo es una buena imagen de la misión de Jesús, como el que viene a preparar al pueblo de Dios para ofrecer un culto agradable al Señor: “Voy a enviar a mi mensajero a allanar el camino delante de mí… Purificará a los hijos de Leví y los acrisolará como el oro y la plata; y serán quienes presenten a Yahvé oblaciones legítimas”(Mal 3, 1-3). Tal vez por eso Juan pone este pasaje al principio de su evangelio y no al final como lo hace Mt, Mc y Lc. Jesús viene a purificar la forma de relacionarnos con Dios. Se hace portador del mensaje de Yahvé por medio de los profetas: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí; en vano me dan culto, pues las doctrinas que enseñan son preceptos humanos”(Mt 15, 8-9). En los evangelios sinópticos, después de la “purificación del Templo”, al final de su misón, seguirá la purificación del corazón. Jesús no dejará de cuestionar la superficialidad y esterilidad de toda aquel sistema religioso, que ilustrará, precisamente, con la destrucción del templo: “¿Ven todo esto? Les aseguro que no quedará aquí piedra sobre piedra ¡Todo será destruido!”(Mt 24, 2; Mc 13, 1-2; Lc 21, 5-6). En su última estancia en Jerusalén, Jesús, hará una critica demoledora al espíritu mundano de aquella organización: “¡Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos hipócritas, que cierran a los demás a puerta del reino de los cielos! Ustedes no entran, y a los que quieren entrar, no los dejan”(Mt 23, 13-14).
En su evangelio, Juan, nos va a presentar a Jesucristo como el nuevo Templo: “Destruyan este templo, y en tres días yo lo levantaré de nuevo…Pero el templo del que hablaba Jesús era su propio cuerpo”(Jn 2, 19. 21). Lo hará comparando a Jesús con personajes o instituciones del Antiguo Testamento(Abraham, Moisés, la Ley, el sábado, el templo, etc.), para poner de manifiesto que los supera con mucho: “Les aseguro que antes que Abrahán naciera, yo soy”(Jn 8, 58). El templo era un buen símbolo de toda la religión judía. En la tradición judía, el templo de Jerusalén era el lugar de la reconciliación y la paz: “Al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor, en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas…”(Is 2, 2). Aquí “la casa del Señor” puede entenderse como el Templo espiritual, el pueblo de Israel, o el Templo de piedra. El hecho es que, según esto, en Jerusalén, desde su Templo se realizará la reconciliación de todos los pueblos: “caminarían pueblos numerosos. Dirán: Vengan, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob”(Is 2, 3). La realidad es que Jerusalén nunca ha sido un lugar de paz, ni política, ni religiosa, como lo promete su nombre: Ierushalajim: shalajim, shalom, paz. Desde la lectura religiosa que Jesús hace de aquella ciudad y de su templo es la de un “nido de víboras”: “Está escrito: Mi casa será casa de oración; pero ustedes la han convertido en cueva de ladrones”(Lc 19, 46).
En el evangelio de Juan Jesús irá denunciando esta “mundanalidad espiritual” de los judíos. Comenzando por las bodas de Caná, hasta la resurrección de Lázaro, será una denuncia de la corrupción de las instituciones judías, encabezadas por el templo. La conversión del agua en vino muy bien puede referirse a la necesidad que tenía el tiempo de la ley de ser animado por el Espíritu. El templo representa a la ley que había reemplazado a Dios por criterios humanos. Sin embargo, Jesús, la Palabra eterna del Padre(Jn 1,1) viene a llenar de la vida del Espíritu todo lo que las dinámicas del poder habías disecado. El templo era el símbolo del dominio de unos sobre otros, en nombre de Dios. Hay muchas expresiones de Jesús, en el evangelio de Juan, que nos sugieren como Jesús va purificando el “santuario” de la convivencia humana: “Yo te aseguro que el que no nazca de lo alto no puede ver el reino de Dios… Lo que nace del hombre es humano; lo engendrado por el Espíritu, es espiritual”(Jn 3, 3. 6). Los signos del paralítico y del ciego de nacimiento, son muy elocuentes para ver cómo aquel entramado de normas quitaban la vida en lugar de dar vida. En el episodio del paralítico Jesús hace una denuncia semejante a la del templo: “También habla e mí favor el Padre que me envió, aunque ustedes nunca han oído su voz ni han visto su rostro. Su palabras no han sido aceptadas por ustedes; así lo prueba el hecho de que no quieren creer en el enviado del Padre… Además, los conozco muy bien y sé que no aman a Dios…¿Cómo van a creer ustedes, si lo que les preocupa es recibir gloria unos de los otros y no se interesan por la verdadera gloria que viene del Dios único?”(Jn 5, 37. 42. 44). En el caso del ciego de nacimiento dirá Jesús a los judíos: “A continuación, Jesús declaró: Yo he venido a este mundo para un juicio: para que vean los que no ven y para que los que ven se queden ciegos”(Jn 9, 39).
Según los evangelios, en adelante, Jesús será el lugar de encuentro del hombre con Dios. La paz prometida desde el templo de Jerusalén y no cumplida, sólo se podrá realizar en Cristo, “porque Cristo es nuestra paz. Él ha hecho de los dos pueblos uno solo, destruyendo el muro de enemistad que los separaba. Él ha anulado en su propia carne la ley con sus preceptos y sus normas.”(Ef 2, 14-15). Jesucristo nos anuncia su paz, nos deja su paz, no como la ofrece el mundo(Jn 14, 27). La paz de Cristo procede de la violencia de la Cruz, de la renuncia a sí mismo al servicio del reino de Dios: “Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan”(Mt 14, 12). El reino de Dios es amor, justicia y paz, y esto reclama que cada uno haga violencia a su propia violencia: “No resistan al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra; al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto”.”(Mt 5, 38).
Sólo desde el templo espiritual de Jesucristo se podrá construir la fraternidad universal, porque “Crispo Jesús es la piedra fundamental, en quien todo el edificio, bien trabado, va creciendo hasta formar un templo consagrado al Señor…”(Ef 2, 20). Por ellos somos invitados a formar parte de la construcción: “…también ustedes mismos, como piedras vivas, van construyendo un templo espiritual dedicado a un sacerdocio consagrado, para ofrecer, por medio de Jesucristo, sacrificios espirituales agradables a Dios”(1 Pe 2, 4-5).
También san Lucas nos presenta el proyecto de Jesús desde una entrada al templo, en las palabras de Simeón: “Mira, este niño hará que muchos caigan o se levanten en Israel.”(Lc 2, 34). Jesús manifestó una pasión muy fuerte por las cosas de Dios: “¿No sabían que debo estar en la casa de mi Padre?”(Lc 2, 49). Hay fuego en el corazón de Jesús, es el Espíritu de Dios en él que lo hace arder en pasión por el Reino y lo impulsa a defender los derechos de Dios. La voz del Señor lo quema por dentro como al profeta Jeremías: “yo decía: No volveré a recordarles, ni hablaré más en su Nombre. Pero había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos y aunque yo trabajaba por ahogarlo no podía”(Jer 20, 9). Jesucristo expresa su celo por Dios con el Salmo 69. En su muerte y resurrección se desvelarán plenamente estas palabras.
Es verdad, Jesús, se estremece de cólera al contemplar la burla que se hacía de Dios en lo que veía en el templo. Le duele en lo más profundo de su ser, porque amaba entrañablemente a su Padre: “…pero ha de saber el mundo que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado”(Jn 14, 31; 17, 14). En Jesucristo es Dios mismo que viene a reconquistar su lugar en este mundo. Sabemos que no es el templo en sí lo que defiende Jesús, sino lo que significa el templo: la relación con Dios. Jesús le responde a la samaritana: “Créeme mujer, que llega la hora en que ni en este monte, ni (en el templo de) Jerusalén adorarán al Padre…”(Jn 4, 21). En otro texto, casi suena a menosprecio del lugar santo cuando Jesús dice: “no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están admirando”(Mc 13, 1-2).
Ciertamente podemos aprovechar para “echarle una manita” a los templos de piedra: apagar el celular, vestimenta adecuada, silencio, no chicle ni comida, etc.). Sin embargo, Jesús quiere reivindicar todos los “lugares sagrados” donde habita la vida y la dignidad de las personas: el cuerpo humano, la política, la economía, la cultura, la casa común, etc. Las leyes del mercado lo están invadiendo todo con el culto al dinero, sacrificándole a Dios y al hombre: “…os verdaderos adoradores adorará al Padre en espíritu y en verdad”(Jn 4, 23).










