HOMILÍA DE MONS. LUIS MARTÍN BARRAZA
DOMINGO XXV ORDINARIO
Domingo 19 de Septiembre 2021
(Mc 9, 30-37)
El domingo pasado meditábamos sobre la confusión que había en la gente y en los discípulos sobre quién era Jesús, cada quien lo acomodaba a sus propios intereses. De diferente manera, todos se equivocaron con Jesús, todos lo quisieron manipular a la medida de sus deseos. Cada quien utilizaba la imagen su imagen para crear su propio ídolo. Es cierto que la persona de Jesús es sanadora, liberadora, salvífica, pero a condición de comulgar con su verdad profunda. Si sólo la usamos para justificarnos o para afianzarnos a nosotros mismos nos hará daño. Todo el equívoco en torno a la persona de Jesús servirá, también, para enmarcar la revelación que Jesús comenzará a hacer de sí mismo con toda claridad(Mc 8, 32). Marcos justifica así el objetivo de su evangelio, dar razón de Jesús Mesías, crucificado y resucitado.
Frente a la expectativa del Mesías rey, Jesús le opone la imagen del Servidor. El escenario del domingo pasado se ha repetido siempre, cada quien cree en el Dios que le conviene; por eso nos viene bien a todos escuchar a Jesús que nos abre su corazón. A nadie le es grato ser utilizado para que el otro se afiance egoístamente, ser valorados por confusión con otra persona. No seríamos valorados por lo que somos, sino en cuanto medio para sentir a otro. En Jesús cada quien sigue buscando lo que le conviene y no lo que él nos enseña. En última instancia nos amamos a nosotros mismos utilizando a Jesús. Si esto es así, entonces, en realidad no somos capaces de amar a nadie por sí mismo, sino sólo a nosotros mismos utilizando a los otros como pretexto. Aquí comienza la lucha por el poder.
Esto niega de raíz la experiencia religiosa en general y sobre todo la del encuentro con Jesucristo. Lo grande de la fe es que consiste en un conocimiento en el que nos abandonamos totalmente en el Otro. Esto es un alivio de las cargas de la vida. El conocimiento de Dios es lo más objetivo que puede existir, porque me libera de mi subjetividad. Ya en el conocimiento de las personas tengo que soltarme de mí mismo, de otro modo no se realiza el encuentro. Cuanto más cuando se trata del conocimiento del Otro, con mayúscula, tengo que abandonarme a su misterio. Sería de lo más contradictorio una experiencia de Dios, en Jesucristo, tratando de reducirlo a nuestras categorías, ni siquiera las categorías de la ciencia teológica lo pueden agotar, como la respuesta de Pedro(“Tú eres el Mesías”). La experiencia religiosa es atractiva, porque nos libera de nosotros mismos.
Estamos frente al anuncio central del evangelio de Marcos: Jesucristo resucitado es el crucificado. Todos los malos entendidos sobre la persona de Jesús, en lo que va de su misión, proceden de su identidad de servidor, no tiene “psicología de príncipe”, sino que más bien se identifica con los humildes de la tierra. Él ha sido muy elocuente en sus obras y palabras, pero hay un problema, “es el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago y de José, Judas y Simón”(Mc 6, 3). Jesús les denunciará que la falta de fe hacia su persona está al mismo nivel de la incredulidad del pueblo de Israel en el pasado: “A los de afuera, en cambio, todo les resulta enigmático, para que por más que miren no vean, y por más que oigan no entiendan, no sea que se conviertan y sean perdonados”(Mc 4, 12). La trasfiguración vivida por Pedro, Santiago y Juan, después del primer anuncio de la pasión, va encaminada a superar el escándalo que ha generado en el corazón de los discípulos dicho anuncio.
En el texto que meditamos es resaltado el mensaje central de Marcos: “Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”(Mc 9, 35). Jesús instruye a parte a sus discípulos. Hablar del Cristo pobre, “entregado” es, también, hablar de las actitudes fundamentales para construir la comunidad. Si se pierde de vista al Servidor de Dios la lucha por el poder crece en la Iglesia y en la sociedad. La misma incomprensión de los discípulos es un llamar la atención sobre la buena noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios.
La pregunta sobre quién es el más importante, muy bien pudiera ser una traducción a la vida de las enseñanzas de Jesús sobre su pasión. Como en el primer anuncio sirve la resistencia de Pedro para llamar la atención sobre la identidad de Jesús, ahora sirve el pleito sobre el más importante para invitar a profundizar en su conocimiento. En el tercer anuncio contrastará la petición de los hijos de Zebedeo(Mc 10, 37-38). Ahí les advertirá de apartarse de las actitudes de los jefes de las naciones, que las tiranizan haciéndose llamar bienhechores. “¡Que no sea así entre ustedes!(Mc 10, 43).Terminar en la cruz por parte de Jesús corresponde a pisar “la cabeza” de la tentación principal en este mundo: “Serán como Dios”(Gn 3, 5).
El pecado original tiene que ver con la vocación a la libertad del ser humano para recrearse a imagen y semejanza de Dios, que se pervierte por la ambición de imponerse sobre los demás. De pronto esta libertad comenzó a significar dominio de unos para con otros, explotación, manipulación, control, muerte. La libertad es un don maravilloso que fácilmente puede degenerar en abuso de poder, de conciencia y sexual. La historia de la humanidad es una historia de sometimiento del más fuerte hacia el más débil. La fraternidad, la familia, la comunidad siempre ha estado amenazada por el abuso de la libertad. Si Jesús llama la atención a sus discípulos fue porque los sintió enfrentados, divididos. No podía ser otra cosa, sino lo único que divide a los hermanos: el afán de poder, como nos lo dice Santiago: “¿De dónde vienen las luchas y los conflictos entre ustedes? ¿No es, acaso de las malas pasiones, que siempre están en guerra dentro de ustedes? Ustedes codician lo que no pueden tener y acaban asesinando. Ambicionan algo que no pueden alcanzar, y entonces combaten y hacen la guerra”(St. 4, 1-2). Jesús no esperó la respuesta de sus discípulos, siempre que hay pleito entre seres humanos no puede ser por otra cosa que por lucha de poder.
El problema no es que alguien se empodere y escale hacia la cima, esto es muy legítimo. El problema es cómo hacer para que el poder, el enriquecimiento y los privilegios de algunos no signifiquen hambre, pobreza y muerte para otros. No debemos de temer progresar, superarnos, crecer, a lo que debemos de temer es a que esto signifique sufrimiento, tragedia para otros. Las arrogancias, las prepotencias, los privilegios, las ambiciones desmedidas son diabólicas por esto, porque otro hermano más frágil va a tener que pagar mis excesos. A todos nos gusta presumir como arreglamos nuestros asuntos sin las complicaciones con que lo hacen la mayoría de las personas que no tienen “palancas”, “influencias”, dinero(la prole, la plebe, la perrada). Sin embargo, todos nos sentimos muy humillados, con justa razón, porque los influyentes se nos adelantan en “la fila”, pero si nosotros tenemos la oportunidad de ser tratados con privilegios, o de hacer una trampa para resolver algún problema lo hacemos. Vayamos sumando una a una todas las trampas que hacemos los mexicanos para no asumir nuestras responsabilidades y acabalamos la gran corrupción que tenemos. Por favor indignemos frente a todas las “tranzas” que veamos o suframos, que siempre significan favoritismo para algunos y descarte para otros, pero no dejemos de tomar conciencia en qué punto del engranaje de la corrupción entramos nosotros.
En la Iglesia, también, hemos dejado que se metieran estas dinámicas de favoritismos, de influencias, de alardes de poder, empoderándose mutuamente frente al pueblo pobre y sencillo que tiene que hacer “fila” para todo. Si hay modo de facilitar las cosa para algunos que lo haya para todos. En el caso de la Iglesia no deberían dispensarse nunca los procesos evangelizadores, ni favorecerse las celebraciones privadas, excéntricas, excluyentes, aunque se trate de gente “muy importante” o muy cercana a nuestro corazón.
Si Jesucristo reacciona enérgicamente frente a los halagos de Pedro o la discusión, ahora, de los discípulos es porque está frente a la fuerza que lo corrompe todo. Aquí está la raíz de todos los problemas, como dice Santiago. Si Jesús y Marcos insisten en que “el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres…” no es porque quieran promover una fe pesimista, derrotista, negativa, están tratando problemas vitales muy graves, que aquejan a su comunidad y a la humanidad entera: siempre estamos frente al riesgo, en las comunidades civiles y religiosas, de que algunos se hagan del poder y destruyen a sus hermanos. Las comunidades cristianas de Marcos sufrían la tiranía del imperio romano, pero seguramente también en su interior se daban, lo que viven todas las comunidades, luchas intestinas por el poder. El anuncio de la pasión de Jesucristo es, en el fondo, un llamado a la fraternidad.
Los niños son un buen ejemplo de ser felices sin intenciones malsanas de querer arruinar la vida de los demás. No se puede ocultar su sana competencia, pero no parece que por algún momento su objetivo principal sea la destrucción del otro, sino simplemente ser ellos sin necesidad de someter o adueñarse del otro.










