HOMILÍA DE MONS. LUIS MARTÍN BARRAZA
DOMINGO XXVI ORDINARIO
Domingo 26 de Septiembre 2021
( Mc 9,38-43.45.47-48)
Jesús ha comenzado a enseñar abiertamente a sus discípulos acerca de su identidad como Mesías e Hijo de Dios. Por dos ocasiones les ha anunciado la humillación que tendrá que padecer frente a las autoridades judías, hasta el punto de la muerte, y que al tercer día resucitaría. A Marcos le interesan sobre todo las repercusiones que esto tiene para la vida de las comunidades. Si insiste en la entrega de Jesús es para “exorcizar” todas las actitudes abusivas y arrogantes que destruyen la convivencia fraterna. Los ricos de los que habla Santiago, seguramente creían en Dios y sin embargo explotaban a sus hermanos. Por eso, desde el Cristo que se identifica con los crucificados de la tierra, los pobres, denuncia su codicia: “Sepan que el salario de los trabajadores que segaron sus campos y que ustedes no han pagado está clamando, y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor todopoderosos”(St 5, 6). Claro que se trata de anunciar que Cristo murió en la cruz porque así fue, pero sobre todo para promover un estilo de vida justo y solidario. San Pablo decía: “el único motivo de orgullo es la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo”(Gal 5, 14).
La vida contraria a la cruz de Cristo(Flp 3, 18) tiene muchas formas de manifestarse, como le hemos estado escuchando los últimos domingos. La curación del sordo tartamudo, previo al anuncio de la pasión de Jesús, es un símbolo de la resistencia a creer en el Mesías servidor humilde, por parte de los discípulos. Abiertamente se lo harán saber a Jesús por boca de Pedro(Mc 8, 32). Después adoptarán una conducta totalmente indiferente al anuncio de la entrega de Jesús “en manos de los hombres”. Ellos seguirán peleando por ver quién es el más importante, al estilo del mundo. Después vendrán Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, a pedirle poder sentarse a la derecha y a la izquierda de él en su gloria(Mc 10, 36-38). Parece que esto del afán de poder es una enfermedad incurable. Tal vez sea la única enfermedad que Jesús trata de curar en todos su milagros, quitar del centro del corazón humano al yo para poner el amor de Dios.
En el texto que meditamos se nos presenta una manifestación muy sutil del mismo demonio que quiere que el mundo gire en torno a él. Se acercan, precisamente Santiago y Juan, a decir a Jesús que le habían prohibido a uno expulsar demonios en su nombre. Nosotros tal vez podríamos especular para rescatar una buena intención de estos dos discípulos, tal vez querían demostrar a Jesús el compromiso que tiene con él. Sin embargo, Jesús, no se los tomó a bien, consideró que cualquier esfuerzo en favor del bien debe ser alentado venga de donde venga: “ninguno que haga un milagro en mi nombre pude luego hablar mal de mí”(Mc 9, 39). No deja que los discípulos se adueñen de su causa y la pongan a su servicio. Cuidado con los falsos celos, puede ser que sea sólo un pretexto para buscar espacios de poder. Tan nocivo es ser apático a la causa del evangelio, como ser un fanático que se encierra en su verdad y no es capaz de reconocer la verdad en otros.
Tal vez Santiago y Juan tenían la mejor intención, como ordinariamente la tenemos todos, pero no basta, es necesario tener la capacidad de escuchar a los demás, de dialogar, para superar la tentación del fanatismo con el cual se tiende a descalificar al que es diferente y hasta querer acabar con él. Es muy aguda la mirada de Jesucristo para poder descubrir la trampa que llevaba una acción tan aparentemente celosa. Jesús conoce el corazón del hombre y sabe que del celo generoso al celo envidioso hay un paso. Es fácil que se quieran usar las causas nobles para propósitos personales. La radicalidad y la pasión por el evangelio siguen vigentes, pero en actitud de apertura fraterna.
Es cierto que se debe ser profeta y denunciar todo lo que sea falso, pero desde un compromiso sincero y honesto con el bien. Estar muy dispuestos para condenar y excluir no es la mejor prueba de un celo bien entendido. Antes se debe estar dispuesto a integrar y construir. Jesús ha visto que hasta hoy no han honrado su palabra con sus actitudes, les ha hablado de humildad y servicio y ellos siguen en su postura egoísta y pretensiosa. ¿De dónde tanto interés por defender a Jesús frente al exterior, si en lo cotidiano lo ignoran? También en nuestro tiempo hay celosos defensores de la fe frente a los de afuera, pero hacia el interior de ellos mismos o de la comunidad su actitud es indiferente. Defienden su religión, pero no cumplen la voluntad de Dios. Pretender ser buenos católicos porque condenamos a otros, pero no leemos la palabra de Dios, mucho menos la vivimos, no frecuentamos los sacramentos, nuestras actitudes no son muy evangélicas, etc., no habla bien de nuestro celo. Desprestigia la causa de Jesús quien es bueno para descalificar pero él no tiene un compromiso perseverante con el bien. La intransigencia de los creyentes hace más daño a la fe que la persecución del exterior.
No se trata de ser complacientes con la maldad del mundo, sino, sin perder nuestra identidad cristiana, entrar en el dinamismo de la comunicación que Cristo nos enseña con su encarnación. Algunos piensan que la sinodalidad de la que se habla hoy en la Iglesia sea una forma de diluir los valores del evangelio para quedar bien con el mundo. En el fondo es ponernos al servicio del valor supremo de la comunión. La iglesia es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de los hombres entre sí(LG. 1). No podrá llevar a cabo esta misión sin entrar en diálogo con el mundo. Si algo fustiga Jesús en el evangelio es el fariseísmo, que condenaban a sus hermanos, no desde la fidelidad a la voluntad de Dios, sino desde sus sentimientos de Superioridad.
Es cierto que en nuestro tiempo se necesita mucho testimonio público, ser fermento de los valores del evangelio en la vida diaria en medio de una cultura de muerte que hay que denunciar, pero esto será más efectivo si damos testimonio de lo que hemos visto y oído, antes que cobrarles a otros nuestro escaso compromiso. Nuestro celo nos deberá hacer muy sensibles a detectar toda iniciativa en favor de la vida, que pueda favorecer el anuncio del evangelio y alentarlo. Esto me recuerda la misión del Servidor de Yahvé que “no quebrará la caña resquebrajada ni apagará la mecha que aun humea…”(Is 42, 3). Existen muchas “semillas del verbo” esparcidas en nuestras sociedades, que desde el evangelio podemos ayudar a cultivar. Hay muchas iniciativas en favor de la dignidad de la persona, de la familia, de la vida, de los derechos humanos, el cuidado de la casa común. Este evangelio nos invita a tratar de hacer equipo con ellos en favor del bien común. Con la astucia de las serpientes y la sencillez de las palomas, ser capaces de animar búsquedas que no proceden directamente de nuestras estructuras eclesiales y que, por lo tanto, no encabezamos.
Lo que dice Jesús enseguida, parece seguir estando a favor de quienes, no estando en contra de él, están a su favor, es decir, de quien contribuye de cualquier forma con su causa. Si se ha colaborado con un vaso de agua a cualquier apóstol del bien, eso será tomado en cuenta. Aprender a medirnos desde los valores supremos de la vida, la dignidad, la justicia, igualdad y fraternidad, nos hace hermanos de muchos. Estos mismos valores están en el evangelio, aunque con un sentido más trascendente, coinciden con la búsqueda de la humanidad. Esta vez, Jesucristo invita a supera toda clase de barreras que puedan estorbar para hacer un frente común a la cultura de la muerte. Sus palabras nos hacen levantar la mirada hacia el reino de los fines, para no quedarnos atorados en las estrategias humanas que luego se contaminan de ambiciones. De este modo podremos reconocer que el verdadero enemigo no es el que afecta mis intereses, sino el bien común, la integridad y la vida de las personas. Creo que en la causa de la defensa de la dignidad de las personas, como lo hace Santiago, muchos estarán de acuerdo, aunque no sean cristianos. De igual modo muchos creyentes estaremos de acuerdo en la defensa de los derechos humanos de los migrantes, que llevan a cabo organizaciones civiles; o en la defensa de la vida y la dignidad de la mujer, que se hace desde distintas trincheras, etc.
De este modo, sin sacrificar la verdad, podremos “soñar como una única humanidad, como caminantes de la misma carne humana, como hijos de esta misma tierra que nos cobija a todos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, todos hermanos(FT, 8). El escándalo al que se refiere Jesús muy bien se puede aplicar a quien sea motivo de división, a quien pervierta el sueño insipiente de fraternidad, “más le valdría que le ataran una piedra de molino en el cuello y lo arrojaran al mar”(Mc 9, 42).










