HOMILÍA DE MONS. LUIS MARTÍN BARRAZA
Domingo XXVII del Tiempo Ordinario
(Lc 17, 5-10)
2 de octubre 2022
Frente a cualquiera de las enseñanzas de Jesús no se puede menos que reaccionar con esta súplica “Auméntanos la fe”(Lc 17, 5). Es muy semejante esta actitud a la respuesta de Pedro en alguna otra ocasión: “Apártate de mí que soy un pecador”(Lc 5, 8), después de la pesca abundante. La sabiduría de Dios revelada en Jesucristo nos rebasa: “…y dichoso el que no se escandalice de mí”(Mt 11, 6). Antes del texto que meditamos Jesús ha hablado de que quien incita a otros a pecar, “sería preferible para él que lo arrojaran al mar con una piedra de molino”(Lc 17, 1-2). De igual modo, ha invitado al perdón(Lc 17, 4). Estas dos enseñanzas bastan para sentirse desconcertado y necesitar pedir un aumento de fe, porque no están al alcance de la inteligencia natural. Pero lo mismo podemos decir de todo el evangelio, “que es escándalo para los judíos y locura para los paganos”(1 Cor 1, 23).
Debemos reconocer la necesidad de otra luz distinta a la de la razón para enfrentar la vida. Es cierto que muchas cosas las conocemos por experiencia, pero la mayoría son por testimonio de otros. Simplemente, un conocimiento tan fundamental como lo es la seguridad de que nuestros papás son los que conocemos, no nos consta y sin embargo lo damos por hecho. Tal vez hemos dudado de ello por algún momento pero nada que afecte nuestra certeza. Pero, también, muchas otras opiniones que defendemos no proceden de nuestra experiencia, sino que las hemos leído en el periódico o en los libros y, sin embargo, nos sentimos seguros de ellas. Y, parece ser que los conocimientos por fe, son más vitales que las certezas racionales, porque detonan energías más profundas del corazón humano y promueven lazos fraternos entre las personas. La razón abandonada a sí misma es más fría y egoísta. Por eso el Papa san Juan Pablo II ha dicho que, la fe y la razón son las dos alas con las que el espíritu humanos se eleva a la contemplación de la verdad(Fides et Ratio). Una sociedad que llegara a moverse sólo por los conocimientos rigurosos se deshumanizaría, sería una maquinaria que pronto se oxidaría.
Para construir una sociedad es cierto que se necesita de conocimientos precisos, pero también de confianza, de sensibilidad artística, de ciertos sentimientos de dependencia de los demás y de Dios, de creatividad, de sorpresa y, sobre todo, de una caridad que rompa las medidas “justas” de la razón. No se trata de promover la “cultura líquida” que vivimos, donde los criterios racionales van cediendo su lugar a las emociones y a la sensibilidad, frecuentemente al capricho. Pero tampoco permitir que la vida se convierta en un conjunto de ecuaciones(matemáticas o de conceptos técnicos) sin misericordia, donde sobreviven los más fuertes. Tal vez por eso estamos viviendo una especie de rebelión contra cierto orden establecido, porque le ha faltado la “lógica” de la compasión. A punta de pura inteligencia humana se ha despojado a los pobres de la tierra de su dignidad, y al planeta mismo se le ha explotado sin misericordia, abandonado a la dinámica depredadora de la razón práctica. Nos deslumbra la ciencia y hay razón para ello, pero al mismo tiempo la hacemos responsable de muchos de nuestros males. Denunciemos la irracionalidad de la ignorancia y la superstición, pero también la irracionalidad de la injusticia y el atropello cometidos al amparo de cierta razón.
Algunos han dicho que la fe corresponde a una etapa infantil de la humanidad que se iría superando poco a poco con la llegada de cada vez mayor ciencia. La fe equivaldría a explicaciones fantasiosas e ilógicas de la realidad que se irían corrigiendo con la aplicación del método científico. El hecho es que la idolatría y el fetichismo de las cosas materiales continua. Simplemente se ha cambiado el “fanatismo” hacia las realidades espirituales, -siguiendo la corriente a lo que se dice-, por la adoración del nuevo “becerro de oro” que es el dinero. El ser humano tiende a ser religioso, con fe de la buena o de la mala. La solución no es suprimir la libertad religiosa, sino evangelizar todo el sentido de trascendencia que hay en el corazón del hombre. Dice un dicho que “el que no conoce a Dios ante cualquier palo se hinca”. O creemos en el Dios verdadero o nos haremos nuestros propios dioses, no hay opción. El ateísmo es poco creíble y poco racional, tarde que temprano se deposita la confianza en algo o en alguien. El optimismo que existía en el siglo XIX de llegar a sanar el hombre de la “enfermedad” de las supersticiones religiosas, ya no lo es tanto, sea porque no se alcanzan las certezas esperadas sobre la realidad, o porque a pesar de las certezas de la ciencia el hombre tiene que creer en algo. La fe está presente hasta en la ciencia, sea porque hay científicos creyentes, que se le puede atribuir alguna debilidad, por espíritus muy ilustrados, pero sobre todo, porque las teorías científicas se construyen sobre el “dogma” de que porque se comprueban algunos casos, los fenómenos siempre se deberán comportar de la misma manera, esto es dudoso. También, no se sabe a ciencia cierta qué son el espacio y el tiempo, conceptos básicos para las formulas. Además hay muchos conceptos inventados en la ciencia que no están bien fundamentados. Alguien ha dicho que en “el oro de la ciencia existe siempre la aleación de plata de la fe”. En fin, la ciencia misma no soporta el rigor de sus mismos criterios para certificar los conocimientos, tal vez los cumple mejor que la filosofía o la teología, pero no satisface al cien por ciento su rigor.
Sirvan estas reflexiones, simplemente, para reconocer la existencia y el valor de la fe que pasa en nuestra época por una serie de cuestionamientos, más por confundirla con la superstición y el fanatismo que por lo que ella es verdaderamente. Lejos de querer demeritar la ciencia. Sin desconocer la mala fe que pueda existir en muchos de los ataques a la religión, esto nos deberá cuestionar sobre el testimonio que hemos dado de la fe; tal vez ha sido la de una proyección de nuestros temores, sentimientos de culpabilidad o secretos deseos de dominio sobre los demás; tal vez nos vemos más sectarios que fraternos, o no nos ven muy convencidos y coherentes. Por lo que sea, los tiempos que vivimos y la palabra que estamos meditando nos exigen un testimonio más alegre, esperanzado y comprometido de nuestra fe. El PGP nos recuerda las palabras de F. Nietzsche a los cristianos: “Mejores cánticos tendrían que cantarme, más redimidos tendrían que parecerme sus discípulos para que yo aprendiera a creer en su Redentor”. Escuchándolo pareciera que nosotros, los obispos, y con nosotros muchos cristianos somos los primeros que no acabamos de creer nuestra confesión de fe, no se nos nota la redención, no vivimos de acuerdo con nuestra condición de redimidos”(PGP, 92).
Esta realidad hace muy actual las palabras de Jesús: “Si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza, podrían decirle a ese árbol frondoso…”(Lc 17, 6). La fe consiste en darle su justo lugar a todas las dimensiones de nuestra vida, comenzando por la relación con Dios. Si es sana y madura nuestra relación con Dios es más probable que todas nuestras demás relaciones se acomoden, de lo contrario habrá desarmonía en nuestro interior que afectará toda nuestra vida. Somos invitados por Jesús a reconciliarnos con la idea de que somos dependientes de un ser superior. Si no soportamos sentir toda nuestra existencia una obra de la misericordia de Dios, nos perderemos la oportunidad de nutrirnos de nuestra raíz principal que es la vida de Dios.
Según Jesucristo, no sólo debemos soportar esta realidad de ser creaturas dependientes de la benevolencia de Otro, sino que esto debe ser nuestro principio y fundamento y, por lo tanto, la causa de nuestra mayor alegría. Jesús pone a prueba nuestra fe con la parábola del “siervo que labra la tierra o pastorea los rebaños”, que todavía después de cumplir con sus tareas debe preparar la mesa para su amo, y una vez cumplidas todas estas tareas no podrá reclamar nada sino simplemente considerarse un siervo. Esto sería intolerable, una forma de enajenación de la conciencia si lo aplicáramos a las estructuras socio políticas actuales, donde se vive una alienación del trabajo. Pero aplicado a Dios, no podemos dudar de que vaya a hacer negocio con nosotros. Es cierto que nuestra organización socio económica condiciona en mucho este mensaje de abandono total en Dios, sea porque nos hace desconfiados personalmente o porque se sospecha que con este discurso se esté legitimando el orden injusto establecido, pero esto no cancela la necesidad de la fe para transformar el mundo. No son suficientes las astucias humanas para cambiar la realidad, es necesaria la conversión del corazón, cuestionar intenciones y actitudes profundas. Sin las experiencias de gratuidad, de confianza, de generosidad, “¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?”(Lc 9, 22).
De cara a la situación de violencia y de injusticia que vivimos, estamos invitados a hacer la profesión de fe que anuncia el profeta Habacuc: “Es todavía una visión de algo lejano, pero que viene corriendo y no fallará; si se tarda espéralo, pues llegará sin falta. El malvado sucumbirá sin remedio; el justo, en cambio vivirá por su fe”(Hab 2, 3-4).










