HOMILÍA DE MONS. LUIS MARTÍN BARRAZA
Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario
(Lc 17, 11-19)
9 de octubre 2022
Lucas continúa, de alguno modo, el tema de la fe, iniciado por la petición de los discípulos: “Auméntanos la fe”(Lc 17, 5). Jesús les ha enseñado que la actitud del creyente debe ser la de un esclavo que simplemente cumple con su deber sin reclamar ningún reconocimiento, expresión que parece muy absurda y humillante vista desde los asuntos humanos. Pero si lo vemos desde la salud que Dios nos ha dado en Jesucristo, no podremos menos de exclamar siempre: “No somos más que siervos; sólo hemos hecho lo que teníamos qué hacer”(Lc 17, 10). El texto que ahora meditamos nos ayuda a comprender estas palabras. La fe es ante todo un don que hace presente el amor de Dios en nuestras vidas. Los evangelios se encargaran de narrarnos el don de la salvación en Jesucristo por medio de todos los signos y milagros que él hace: “Vayan y cuenten a Juan lo que están oyendo y observando: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia”(Mt 11, 4-5). San Lucas encuentra en la curación de diez leprosos la ocasión para enseñarnos lo que es el don de la fe. Claro que es valioso el signo por sí mismo, les cambió la vida a aquellos hombres, pero sobre todo lo es por su significado: Dios nos ha sanado de la lepra del pecado, “a quien no cometió pecado, Dios lo hizo por nosotros reo de pecado, para que, gracias a él, nosotros nos transformemos en salvación de Dios”(2 Cor 5, 21).
Este pasaje resulta una parábola de cuál era nuestra condición antes de Cristo y la salud que nos acarreó con su pasión, muerte y resurrección: “Sepan que nuestra antigua condición pecadora quedó clavada en la cruz con Cristo, para que, una vez destruido este cuerpo marcado por el pecado, no sirvamos ya más al pecado…”(Rom 6, 6). Toda enfermedad simboliza nuestro pecado, pero la lepra tiene una elocuencia especial para poner frente a nuestros ojos sus estragos. Pero, además, este episodio, nos enseña el estado perfecto de la fe: la gratitud. Y como la fe debe coincidir con la vida esta debe ser una ofrenda de alabanza a Dios: “Les pido, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que se ofrezcan como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios”(Rom 12, 1). Está bien la fe que pide, pero más la que agradece. De la fe que suplica podemos dudar –puede ser pura conveniencia-, de la que agradece y adora –supone el reconocimiento de un don-. Por donde quiera que se mire, la fe es el acto de mayor dignidad del ser humano. Si lo vemos como acto subjetivo, es la mayor apertura que alcanza el hombre. Si como acto objetivo, nos enfrenta a la realidad fundante de todo(es lo más grande fuera de lo cual no se puede pensar algo mayor, (San Anselmo). De cualquier forma estamos endeudados con Dios. La fe es vivir esta deuda de manera gozosa, lo mejor que tenemos los seres humanos es esta dulce deuda con Dios. Si logramos hacer sanamente la experiencia de nuestra dulce dependencia del amor de Dios, estamos a salvo, no sólo para la eternidad sino en este mundo.
La redención en Jesucristo pone en evidencia lo que ya es un hecho desde la creación: hemos sido llamados a la existencia por el amor de Dios, y el amor se ha manifestado: “Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”(Jn 3, 16). Después de todo esto no es ninguna humillación vivir la gratitud de la dependencia a Dios, sino que es la identidad profunda de toda creatura, especialmente de los seres humanos. La identidad de la creación es sacerdotal, ofreciéndose a sí misma como una alabanza a su creador, “pues toda creatura es una cántico de amor”, nos dice san Francisco. Así, por medio del sacerdocio común y ministerial de los creyentes todas las creaturas llegan a ser un “himno de alabanza a la gloriosa gracia de Dios”(Ef 1, 6). Este mundo profanado por la ambición humana que ha mercantilizado gran parte de la convivencia, necesita de la experiencia de la gratuidad absoluta, que sólo le puede venir por la fe. Sólo esta puede romper el egoísmo original de nuestro corazón de una forma amorosa, capaz de ayudarnos con las renuncias que esto implica. La verdadera fe pone la existencia en clave de generosidad y de gratitud, porque nos ayuda a disfrutar todo lo que somos y tenemos más allá de las medidas tacañas de nuestros méritos. Lo único que puede salvarnos de la amargura de sentir que recibimos menos de lo que merecemos, es una experiencia auténtica de fe.
Por eso la expresión más bella de la fe es la gratitud, la adoración. La fe en estricto sentido es contemplativa, debe de estar lejos de la necesidad y de la vanidad. Estas son dos actitudes que Jesús combatió en el confronto con la gente de su tiempo. Cuando lo querían presionar para que les hiciera un milagro para poder creer en él denunciaba la falta de fe: “Esta es una generación perversa, pide una señal pero no se le dará más señal que la de Jonás, así como Jonás permaneció tres días en vientre de la ballena, así estará el Hijo del hombre en el interior de la tierra”(Mt 12, 39-40). De igual modo Jesús fustigó una fe vanidosa que simplemente guarda las apariencias: “¡Hipócritas!, bien profetizó de ustedes Isaías cuando dijo: ‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí; en vano me dan culto, pues las doctrinas que enseñan son preceptos humanos”(Mt 15, 7-9).
Lucas prepara un escenario muy elocuente para resaltar la enseñanza de Jesús acerca del don de la salvación y la gratitud. Primero, nos ubica entre Samaria y Galilea, como para preparar el agradecimiento del leproso samaritano, que dará una elocuencia provocadora a las palabras que le dice Jesús: “No ha habido nadie, fuera de este extranjero, que volviera para dar gloria a Dios”(Lc 17, 19). A quienes atiende Jesús, esta vez, es a diez leprosos. La lepra era “el primogénito de la muerte”(Job 18, 13), por lo tanto, su curación equivalía a ser resucitado. El leproso, además de irse pudriendo físicamente poco a poco, sufría la marginación social y la condenación eterna, por parte de la religión de su tiempo. Los leprosos, gritan expresando su dolor desde lo más profundo de su corazón, clamando compasión, como si estuvieran dispuestos a hacer cualquier cosa para ser curados. Además, les queda claro, que la curación les vino en virtud de las palabras de Jesús, porque los sacerdotes simplemente darían fe de la curación(Lv 13, 56). La expectativa que se genera con todo este escenario es la de la gratitud obligada, no agradecer, después de todo eso, equivaldría dar la razón a todos los que pensaban que aquellos eran unos seres despreciables, dignos de condenación. Jesucristo se enfrenta a la mentalidad de su tiempo, que atribuía a Dios sus propios “ascos”. Sea por sobrevivencia o por vanidad, el hombre tiende a afianzarse por encima de los demás. Aprovecha cualquier pretexto para marcar diferencias en favor propio y menospreciar a los demás. La religión, en ocasiones, también ha sido puesta al servicio de estos bajos instintos. Con su manera de proceder Jesús se resiste a permitir que Dios sea utilizado por algunos para excluir a sus hermanos de la salvación. Pero, por ahora, la mayor denuncia de Jesús es contra quienes no supieron agradecer la vida que se les devolvía. Ser creyente es ante todo una forma de vivir en plenitud y esto pasa por reconocer nuestra dependencia de Alguien, esta es la sabiduría más provechosa, que nos lleva al temor de Dios. Quien no adquiere la capacidad de sentirse, de algún modo, “acariciado” por Dios, que lo sostiene en la existencia, está muerto. Ser enseñados a vivir lo que somos en clave de don es un derecho fundamental, que compromete la felicidad de todo ser humano. ¿Quién puede vivir sin sentirse amado? Quien no alcanza a descubrir el protagonismo de Dios en su vida no podrá ejercer su “sacerdocio natural”, que es la razón última para lo que estamos en este mundo: dar gloria a Dios. Y si no podemos ofrecer “el culto” de la gratitud nuestra existencia está comprometida gravemente. Nuestra vida debe ser una oración de agradecimiento continuo a Dios, para que merezca la pena ser vivida.
La mejor actitud para vivir es reconociendo que nuestro ser y sustento lo recibimos de Alguien. Si somos honestos tenemos que reconocer que lo mejor de lo que somos y tenemos es gratis. Lo que nosotros aportamos a nuestra vida es secundario: “¿No es más importante la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?”(Lc 12, 23). Podremos procurarnos el alimento, pero no la vida, el vestido, pero no el cuerpo. Hay muchos creyentes a la hora de pedir, no hay tanta fe a la hora de adorar y bendecir. Recibimos más cuando agradecemos que cuando pedimos: nada menos que el don de la fe: “Tu fe te ha salvado”(Lc 17, 19).










