LA CARTA DE NAVIDAD 2025
PRADO GENERAL
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– CARTA DE NAVIDAD –
ENCONTRAR A JESÚS EN UNA COMUNIDAD DE POBRES
« Fueron corriendo y encontraron a María,
y a José, y al niño acostado en el pesebre »
(Lc 2,16)
Ante la celebración del misterio acontecido en la Navidad, os propongo contemplar esta frase del tercer Evangelio que nos narra cómo un grupo de pastores, personas marginadas y de dudosa moral, encuentran una pequeña comunidad de pobres que va a cambiar para siempre su vida. También os invito a mirar a nuestra propia familia pradosiana en sus diversas instituciones, comunidades y equipos. Estamos llamados a ser hoy como aquella comunidad reunida en el establo, con las puertas abiertas “a los cuatro vientos”, para acoger a los pobres que Dios va poniendo en nuestro camino y edificar con ellos el Reino que esperamos.
Aquella pequeña comunidad de pobres está formada por Jesús, María y José y un pequeño grupo indeterminado de personas que, según el relato evangélico, se admiraban de lo que decían los pastores. Lucas es un narrador que busca la interacción con el lector y, seguramente por eso, sitúa junto a la sagrada familia a estos recién llegados de los que sólo conocemos su existencia. Cada uno de nosotros puede ser uno de los que se encuentran en el establo ante Jesús, el Verbo encarnado, formando parte de aquella primera comunidad. El P. Chevrier tuvo también el deseo de ocupar alguno de aquellos puestos de honor en el establo. Tras celebrar la Epifanía en la capilla Sixtina él nos cuenta lo que corazón anhelaba realmente: “Habría preferido ver el pesebre del buen Jesús y ser pastor, para tener la felicidad de estar en el establo del buen Salvador” (Carta 15).
Aquella pequeña comunidad de pobres se reúne en torno a Jesús. Él es el centro y la razón por la que se ha convocado aquella fraternidad del establo. Jesús es una especie de imán que va atrayendo a unos y a otros. La fragilidad de un niño pequeño y dependiente, radical y “ontológicamente” pobre, -en palabras del P. Ancel, concita la presencia de otros pobres que descubren en él las riquezas del Verbo encarnado del Padre: su inmenso e irrevocable amor por la humanidad. “¡Oh inefable misterio! Dios está con nosotros, Dios ha venido a hablarnos, ha venido a vivir con nosotros para hablarnos e instruirnos” (VD 62). Este es el primer trabajo del equipo, de la comunidad pradosiana: consentir que Jesucristo ocupe el centro de nuestra vida para que los pobres que el Señor nos envíe puedan también descubrirlo en nosotros.
Aquella pequeña comunidad de pobres se va enriqueciendo con otros miembros que han sido elegidos y enviados por el Padre. Los pastores acuden al establo porque Dios, por medio de su ángel, les ha revelado el acontecimiento sucedido. Obedientes a la Palabra, han dejado el rebaño en el campo y han acudido corriendo a Belén. No han tomado la iniciativa, sólo han escuchado y han hecho caso a lo que se les ha dicho. En ellos se hace verdad la Palabra que Jesús proclamará en Cafarnaún: “Nadie puede venir a mi si no lo atrae el Padre que me ha enviado” (Jn 6,44). El Padre continúa enviando pobres a las comunidades de su Iglesia, entre las que se encuentra el Prado. Él sitúa a los pobres cerca de nosotros para que les mostremos a su Hijo. Cada uno sabe quiénes son esas personas en situación de precariedad. En la ciudad de Lyon cada día es más notoria la presencia de emigrantes que sobreviven con un mínimo de dignidad en tiendas de campaña. A menos de doscientos metros de la capilla del Prado tenemos dos de estos campamentos de pobres. En cada pueblo y ciudad nos los encontramos porque a los pobres los tendremos siempre con nosotros. Aquella comunidad de Belén anima al conjunto del Prado a no desviar nuestra mirada de los pobres y a descubrir que es Dios mismo quien los trae a nuestra Iglesia.
Aquella pequeña comunidad de pobres vive la pobreza de espíritu, la humildad, que la lleva a reconocer la presencia del Verbo de Dios y a adorarlo en silencio. El relato lucano no nos transmite ni una sóla palabra de las personas que se han reunido en el establo. Ante la definitiva Palabra encarnada del Padre cualquier otra palabra estorba, sobra. Ante el misterio hecho presencia ante sus ojos, sólo cabe el silencio adorante. Esta fue la experiencia que convirtió la vida del P. Chevrier. La contemplación silenciosa del que es la Palabra
encarnada, le llevó a dejarle encarnarse en su vida y a situarse en medio de los pobres para construir con ellos la nueva familia de Jesús: “Un Dios se hace niño. Dios por amor se hace vivible. Nos pertenece. Nos es dado. Viene a formar un nuevo pueblo de verdaderos adoradores, de hermanos” (Sermón de Navidad 1857).
Aquella pequeña comunidad se reúne en un establo y no en la posada de la ciudad. El Padre ha dispuesto ese lugar para el nacimiento de su Hijo. El Pobre nace en unas condiciones de pobreza y los que están a su lado participan de estas condiciones. El lugar donde la comunidad se reúne, los medios de los que dispone, pueden hablar de la pobreza que estamos llamados a vivir y facilitar la acogida de los pobres que llegan: “Debemos vivir este estilo de pobreza y de sencillez y contentarnos con lo necesario hasta en las Iglesias y los objetos de culto. Menester es que en nuestras Iglesias no haya ornamentos que exciten la curiosidad o la envidia de los fieles (…) Poned un sacerdote santo en una iglesia de mandera, abierta a los cuatrovientos. Atraerá y convertirá a más gente en su Iglesia de madera que otro sacerdote en una iglesia de oro” (VD 297).
Aquella pequeña y pobre comunidad se deja enseñar por los pobres que a ella llegan. Los pastores se estremecen al entrar en el establo y encontrar en el centro a Jesús, a los congregados en actitud de adoración y unas condiciones de pobreza que no les resultan ajenas. Se sienten en su propia casa y, por eso, con confianza son ellos los que toman la palabra. Su experiencia verifica lo que el ángel les había dicho del niño y sienten la necesidad de contarlo. Ellos son los que evangelizan a los que los acogen. Su palabra causa la admiración de todos los que escuchaban, especialmente de María, que era capaz de escuchar con el corazón. Los pobres nos hablan de Jesús con su propia vida, en ellos encontramos el Evangelio vivido. Son para nosotros testigos y maestros de la fe: “Somos testigos de su capacidad para asumir responsabilidades en el mundo y en la Iglesia. Alimentamos nuestra esperanza en los signos del Espíritu que percibimos en su vida. Queremos compartir con ellos el Evangelio” (Constituciones 44).
Amigos, nuestra familia pradosiana está llamada a ser hoy como aquella fraternidad reunida en el establo. Estamos a punto de comenzar la celebración del bicentenario del nacimiento del P. Chevrier y, para celebrarlo en el mismo espíritu evangélico del Apóstol de la Guillotière, hemos de renovar el carisma recibido y abrir nuestros corazones y las puertas de nuestras casas a Jesús que nos llega en la vida de los pobres. Que el Señor nos conceda ser cauce de su gracia, para que entre nosotros, hagan los pobres y los que sufren el mismo proceso humano y creyente que hicieron los pastores en aquella pequeña y pobre comunidad de Belén.
Lyon, 1 de diciembre de 2025
Diego MARTÍN PEÑAS (Responsable general),
Luc LALIRE (1.º asistente) y Joseph NIKIEMA (2.º asistente).










