– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO XV ORDINARIO
Mt 13, 1-23
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
16 de julio de 2023
El domingo pasado escuchábamos una oración, que dejaba transparentar la pasión de Jesús por evangelizar. Al mismo tiempo, permitía entrever las dificultades de la misión: “Te alabo y te bendigo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has dado a conocer a los sencillos”(Mt 11, 25). Al parecer, Jesús, se ha topado con muchos “sabios y entendidos” que lo han rechazado. Como en aquella oración, ahora, en la parábola del sembrador, Jesús, hace un derroche de optimismo; hace un homenaje a la Palabra, que es como la lluvia y la nieve que bajan del cielo “y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar…”(Is 55, 10-11). Jesús ya lo había asegurado al principio del “sermón del monte”: “…les aseguro que mientras duren el cielo y la tierra no dejará de cumplirse hasta la más pequeña letra o coma de la ley”(Mt 5, 18). Esto supone la eficacia de la Palabra de Dios. Si bien es cierto que se pueden ver las dificultades de la misión(rodada del camino, terreno pedregoso, espinos), queda claro, sobre todo, la fuerza y eficacia de la Palabra “que es viva y eficaz más tajante que espada de doble filo…”(Heb 4, 12). ¿Cómo entender el optimismo y la generosidad del sembrador, que arroja la semilla en las rodadas del camino y celebra los diferentes porcentajes que da el terreno Bueno?
Parece que desde la fuerza salvífica e irrevocable de la Palabra, nunca deberá haber pretexto para dejar de desparramar la semilla del evangelio. Los malos resultados en la misión evangelizadora se deben más a la falta de iniciativa, creatividad y entusiasmo del evangelizador que a las circunstancias externas. El que Jesús mencione los diferentes terrenos difíciles no es para culparlos del fracaso de su misión y tranquilizar la conciencia, sino para demostrar que el evangelio es capaz de generar vida en todos ellos. Tal vez en las rodadas del camino es donde haya poco qué hacer, sin embargo, ahí también el sembrador ha sembrado. Por eso el evangelizador debe ser espléndido, porque tiene experiencia de la fecundidad de la Palabra.
Arrojar la semilla en los diferentes terrenos inadecuados, significa que se debe aprovechar cualquier oportunidad para el anuncio de la Buena noticia, porque “para Dios nada es imposible”(Mt 19, 26). Y es que en realidad no sabemos quiénes son un tipo de terreno u otro. El evangelio está lleno de testimonios de conversiones de gente que, en apariencia, no merecía que se “perdiera tiempo” en ellos. Sin embargo, de mucha de esa gente “indigna”, Jesús cosechó expresiones de fe admirables. Y de muchos “terrenos fértiles” sólo cosechó desprecio: “En verdad les digo que los publicanos y las prostitutas se les han adelantado en el reino de los cielos”(Mt 21, 31). Para cuando Jesús declara que nadie es profeta en su tierra, es porque ya hizo el anuncio del cumplimiento de la profecía de Isaías(Lc 4, 21). Y sin embargo, “¡Sólo en su pueblo, entre sus paisanos y su familia es deshornado un profeta…Jesús quedó sorprendido de su falta de fe”(Mc 6, 4.6). Lo importante será que el testigo permita que “cada mañana el Señor le despierte el oído, para escuchar como los discípulos”(Is 50, 4).
Pareciera que las parábolas del capítulo 13 fueran la respuesta de Jesús -y de las comunidades de Mateo- frente a la aparente ineficacia de la tarea evangelizadora: “Si llamaron Belcebú al dueño de la casa, ¡cuánto más a los suyos!”(Mt 10, 26). La parábola del sembrador al principio de una serie de parábolas, quiere abrir nuestro oído para que escuchemos como discípulos. Frente a Dios que habla nos corresponde escuchar: “Cuando Dios revela, el hombre tiene que someterse con la fe”(DV, 5). En el principio está la iniciativa amorosa de Dios que se comunica pronunciando su Palabra creadora: “Dios invisible, movido de amor, habla a los hombres como amigos, trata con ellos para invitarlos y recibirlos en su compañía”(DV, 2). Al principio de todo está la Palabra de Dios, nada existiría sin ella(Jn 1,1.3). Si Dios habla es porque quiere comunicarse, y la comunicación se da entre dos personas, por eso es fundamental la escucha. Por eso, en el principio debe estar la escucha también. El primer mandamiento es: “Escucha Israel… el Señor nuestro Dios es el único Señor…”(Dt 6, 4). Después vendrán los contenidos que deben ser escuchados, pero por lo pronto: “¡Shemá Israel!(Dt 4, 5; 5, 1; 6, 4; 9, 1).
Como el domingo pasado Jesús oraba la misión, en la que interpretaba el rechazo a su mensaje desde los misteriosos designios de Dios: “así te ha parecido bien”. Y entonces, no es que los “secretos del reino” sean rechazados, nadie se puede dar ese lujo, sino que Dios se los ha ocultado. Esto suena un poco extraño porque Dios quiere que todos los hombres se salven, pero cualquier cosa es válida antes que permitir que Dios sea desairado. Con la misma actitud, Jesús, habla ahora en parábolas. En las parábolas Jesús “juega”, como un niño, con los problemas más angustiantes del ser humano, como el misterio de iniquidad, el sentido de la vida, la providencia divina, de dónde venimos, a dónde vamos, etc. Presume que todo está bajo control desde el proyecto de Dios. Permite utilizar la caduca y limitada temporalidad para mostrar en ella la inefable sabiduría de Dios. Las parábolas son imágenes de la vida cotidiana que hacen referencia a otro nivel de realidad más solido. Esto supone una gran atención a todo lo que nos rodea, tener la mirada limpia(Mt 5, 8) y la capacidad de asombro de un niño, para el cual todo es nuevo y maravilloso. Jesús sabía ver el misterio de la vida y del amor con la mayor amplitud de su mente y corazón, desde donde toda la creación resulta una metáfora de las cosas del cielo. Después de hablar de la faena de la siembra, Jesús, nos deja claro que no quiere darnos una lección de agricultura, sino de realidades de fe. Esto supone ser muy observador de la naturaleza y de la vida de los hombres, ser muy humano, pero al mismo tiempo una sensibilidad de místico que lo trasciende todo desde una inteligencia que lo descifra desde el amor de Dios, ser muy espiritual partiendo de una sensibilidad muy enraizada en los acontecimientos y en la Natrualeza.
A través de las parábolas, Jesús, hace resonar el pleito de Dios con su pueblo: Oír, oirán, pero no entenderán, mirar, mirarán, pero no verán. Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y sus ojos han cerrado; no sea que vean con sus ojos, con sus oídos oigan, con su corazón entiendan y se conviertan, y yo los sane”(Mt 13, 14-15; cfr Is 6, 9-10). San Pablo también se quejará de la indiferencia de los suyos ante el mensaje de la salvación: “…¡Cuan hermosos son los pies de los que anuncian el bien! Pero no todos obedecieron a la Buena Nueva. Porque Isaías dice: ¡Señor!, ¿quién ha creído a nuestra predicación?… Y pregunto yo: ¿Es que no han oído? ¡Cierto que sí! Por toda la tierra se ha difundido su voz y hasta los confines de la tierra sus palabras…”(Rom 10, 15-17). También en estos tiempos la iglesia pregunta: “¿Señor, quien ha creído en nuestra predicación? Como si Jesucristo respondiera con estas parábolas tanto a los sembradores(evangelizadores), tentados continuamente por el desaliento, como a los destinatarios de la misión(distintos tipos de terreno). A los primeros les comparte su experiencia, donde se puede ver cómo siendo él la parábola más elocuente del Reino de Dios y haber esparcido generosamente su palabra, también tuvo que sufrir la dureza del corazón del hombre, pero que eso no fue obstáculo para sembrar incansablemente la semilla del Evangelio en todo tipo de terreno, porque “el reino de Dios es como un hombre que esparce semilla en la tierra, y aunque duerma o esté despierto, sea de noche o de día, la semilla germina y crece sin que él sepa cómo”(Mc 4, 26-27). A los segundos les denuncia su superficialidad, su inconstancia y cobardía. Llega hasta el escándalo de desearles que no entiendan y no se salven, y que por eso les habla en parábolas, con la pura intención de provocarlos a reaccionar.
La misma forma de hablar en parábolas es ya elocuente. Nuestra manera de hablar habla de nosotros mismos. “De lo que abunda el corazón habla la boca”, decimos. El lenguaje parabólico de Jesús habla de su ser analógico, misericordioso, es decir, que no mide a todos con el mismo rasero, sino que considera las diferencias(diferentes terrenos y cantidad de fruto). Jesús no utilizó el lenguaje unívoco de la ley, sino el de la analogía que respeta las diferencias, que es incluyente. Sabe reconocer signos de la fe y de la presencia de Dios donde el discurso rígido de los maestros de la ley no pudo imaginar, ni aceptar. Así como en su predicación, Jesús, toma en cuenta los más variados escenarios y tipos de personas, así también irá al encuentro de todos y les anunciará una salvación integral(EG, 3).










