HOMILÍA DE MONS. LUIS MARTÍN BARRAZA
DOMINGO XXVIII ORDINARIO
Domingo 10 de Octubre 2021
(Mc 10, 17-30)
La pregunta ¿quién es Jesús?, a la que Marcos intenta responder, sobre todo en la segunda parte de su evangelio, implica responder, también, a la cuestión: ¿quién es un discípulo de Jesús? La pregunta sobre Jesús no es meramente teórica, sino en función del estilo de vida del discípulo. Jesús responde a ambas preguntas desde el principio, pero en este pasaje se pueden apreciar más las actitudes del discípulo. El hecho de que aquel hombre alcance a Jesús por el camino, que lo llame Maestro, la pregunta sobre los grandes ideales de la vida, más aun, la vida eterna, dan la idea de un discípulo. Pero, sobre todo, las respuestas de Jesús ponen las bases de toda actitud discipular.
El presupuesto fundamental para todo discípulo es no pretender adueñarse del bien que persigue. Jesús pone fuera del alcance de todo conformismo la conquista del valor supremo: “Sólo dios es bueno”. De esta manera invita a mantenerse siempre en camino. En nuestra condición terrenal nunca tendremos acceso al bien total, la perfección nuestra es estar continuamente en camino, en constante conversión, visto desde la fe. Es admirable que aquel hombre tenga aspiraciones hacia una vida plena, una vida más allá de las seguridades del mundo, aparentemente. Frente a Jesús, quedará de manifiesto que esta altura de miras era más una pose, porque en realidad estaba bien atrapado por las riquezas.
Aquí queda de manifiesto lo que dice la carta a los hebreos: “La palabra de Dios es viva, eficaz y más penetrante que una espada de dos filos. Llega hasta lo más íntimo del alma, hasta la médula de los huesos y descubre los pensamientos e intenciones del corazón…”(Heb 4, 12). Frente a la perfección que manifestaba aquel hombre, Jesús(la Palabra) siempre le presenta una objeción, un inconveniente, una invitación a la generosidad total. En verdad, desnuda y descubre las intenciones más profundas. Sin dejar de admirar la altura de miras, el sentido de trascendencia de aquel hombre, con su respuesta, Jesús: “Nadie es bueno sino sólo Dios”, le denuncia que el bien no está a nuestra disposición para adornar nuestra existencia, que en cuanto nos lo queremos apropiar deja de ser bien y nosotros de ser buenos. El verdadero bien siempre está más allá de lo que nosotros podemos controlar, como la sabiduría de la primera lectura que está más allá de los cetros y los tronos, de las riquezas, de las piedras preciosas y el oro.
De este modo, Jesucristo, espanta toda pretensión de sentirse buenos y de estancamiento en la autocomplacencia, actitudes totalmente contrarias al discipulado. ¡Cuidado con sentirse propietarios de la bondad, de la justicia y la santidad! Jesús reacciona inmediatamente cuando es llamado bueno. Algo de lo que más combate Jesús en el evangelio fue a los que quisieron adueñarse de la salvación en nombre de su pureza y que, por cierto, en nombre de ella menospreciaban a los demás(Lc 18, 9). Esto no significa que no exista el bien, sino que ningún valor estará plenamente realizado en este mundo, no obstante la bondad existe. La única bondad que hay en el discípulo es la de estar en camino constante hacia el Dios bueno. Se trata de una búsqueda serena, no angustiada como parece la de este hombre, que se acerca a Jesús corriendo, como si tuviera otro tipo de interés, tal vez el coleccionar reconocimientos y aplausos.
Sin embargo, Jesús, no deja de proponer algunas acciones concretas hacia el bien como es la observancia de los mandamientos. Una cosa es que nadie pueda encarnar totalmente los valores y otra, que no haya signos concretos del bien en el mundo. Todo el que defiende el valor supremo de la vida, el que construye familia, el que cuida la buena fama del hermano, el que es honesto en todo su proceder y honra a sus padres, estará por el camino del bien. Pero todo esto deberá de vivirse sin la pretensión de sólo buscar la imagen, sino en total libertad de corazón de todo lo que quiera adueñarse de él. No basta la exterioridad de las obras es necesario justificarlas con la rectitud de intención. Para saciar la búsqueda de aquel hombre que desea siempre algo más es que Jesús le revela lo único que lo puede colmar. No es que Jesús quiera desanimarlo en su camino hacia la perfección, él lo pide al presumir el cumplimiento de los mandamientos frente al que es la Palabra; recordemos que “toda creatura es transparente para ella”(Heb 4, 13).
Para que la práctica de las buenas obras no la pongamos al servicio de la búsqueda de espacios de poder, deberá ser cuestionada por la libertad frente a todo lo que quiera encadenar el corazón y esto deberá verse traducido en la solidaridad con los pobres. Libertad de indiferencia como dicen los clásicos, o la desidentificación según los padres del desierto, expresadas muy bien en aquellas palabras de san Juan de la Cruz o de Santa Teresa: “No me mueve, mi Dios, para quererte el cielo que me tienes prometido, ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte…Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera, que aunque no hubiera cielo, yo te amara, y aunque no hubiera infierno, te temiera…” Se trata de no apropiarse de nada en la convivencia con las cosas y las personas. Llegar a querer todo lo bueno por sí mismo y no porque conviene a mis intereses: “Estar en el mundo sin ser del mundo”(Jn 17, 14-15).
Del conocimiento profundo de Jesús, como ha comenzado a revelarse, surge una manera específica de ser discípulo. Se trata de superar la justicia de los escribas y fariseos: “Estén atentos y cuídense de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes”(Mc 8, 14; Mt, 5, 20). San Mateo, en el sermón del monte, hace toda una relectura de algunos mandamientos, para enseñarnos a entrar en el espíritu de las bienaventuranzas, la nueva ley: “Ustedes oyeron que se dijo a los antepasados…pero yo les digo…”(Mt 5, 21.27.31.33.38.43). San Marcos, siempre más sobrio pero no menos exigente, nos recuerda también algunos de los mandamientos – extrañamente sólo los que se refieren al prójimo-, e invita a vivirlos desde la máxima radicalidad: “Sólo una cosa te falta: ve y vende lo que tienes, da el dinero a los pobres…Después, ven y sígueme”(Mc 10, 21).
“La opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza(2 Cor 8, 9)”(Benedicto XVI, Aparecida). “Sin la opción preferencial por los pobres, el anuncio del evangelio, aun siendo la primera caridad, corre el riesgo de ser incomprendido o de ahogarse en el mar de palabras al que la actual sociedad de la comunicación nos somete cada día”(EG, 199). Pero, aun la opción por los pobres debe ser verificada por un auténtico seguimiento de Cristo, para que no los ponga al servicio de mi necesidad o vanidad: “El pobre, cuando es amado, ‘es estimado como de alto valor’, y esto diferencia la auténtica opción por lo pobres de cualquier ideología, de cualquier intento de utilizar a los pobres al servicio de intereses personales o políticos”(EG, 199).
Por cierto, llama la atención que Marcos haga decir a Jesús un mandamiento que no aparece literalmente en la ley antigua: “no cometerás fraudes…”(Mc 10, 19). Pareciera que fuera suficiente con haber dicho no robarás, sin embargo va más a lo profundo. Como si hubiera una dedicatoria particular para aquel hombre. El rico se entristeció y se fue muy apenado, se sintió descubierto por la fuerza de la verdad y del amor de las palabras de Jesús. Es por ello que Jesús dirá a sus discípulos: “¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!”. De este hecho deriva toda una enseñanza sobre la relación del discípulo con los bienes materiales. Jesús comienza haciendo una declaración muy pesimista sobre los que confían en las riquezas, reforzado con la imagen del camello y la aguja. Sin embargo, no condena. Primero dice los ricos y después, los que confían en las riquezas, ayudándonos a comprender a qué ricos se refiere. Aquí cabemos todos no sólo los millonarios.
Estas palabras no son ideológicas, es decir, no proceden de prejuicios, sino que simplemente es la constatación de lo que Jesús ha visto a lo largo de su vida y, por último, en este hombre rico. No sataniza el dinero ni las cosas materiales, simplemente advierte de su capacidad seductora, capaz de corromper todos los valores. Si la acumulación de riquezas, o su simple administración, no se acompaña del seguimiento de Cristo, se irá pervirtiendo la vocación a la fraternidad y desfigurando la identidad humana, haciendo al hombre lobo de sus hermanos. Aun el altruismo, la filantropía y cierta “caridad” cristiana, pueden ser fachadas para lavar conciencias o agasajar vanidades. Frecuentemente escuchamos quejas de cómo las riquezas cambian a la gente para mal, la hacen fría, arrogante, indiferente. No es justo para las personas hechas a imagen y semejanza del Dios amor, ser esclavizadas por las cosas materiales. Lo que está en juego en el fondo de todo esto es la identidad de Jesucristo, que puso el amor a Dios por encima de todas las cosas(Mt 6, 24).










