Domingo XXXII del Tiempo Ordinario
HOMILÍA DE MONS. LUIS MARTÍN BARRAZA
Mt-25, 1-13
Domingo 8 de noviembre de 2020
Existen muchas expresiones populares, llenas de sabiduría, con las que nos animamos a seguir adelante, que nos dan idea de la importancia de la esperanza: “mientras hay vida hay esperanza”, decimos, tal vez sea cierto, también lo contrario (mientras haya esperanza habrá vida –de mayor calidad-); “la esperanza es la última que muere”, “no hay que perder la esperanza”. “¡Ánimo!”. Se puede captar en estos dichos que tener esperanza es fundamental para el ser humano, sin ella es como estar muerto.
El texto que meditamos es una fuerte invitación a la vigilancia, que supone la esperanza. Vigila o se prepara el que espera algo mejor para él o al menos el poder habitar en el futuro de una forma más digna. Por ello, el servicio de animación de la vida es invaluable. Es lo que hace Jesús en el texto que meditamos, animar la vida. Con su resurrección abrirá la puerta del futuro para fundarnos en una esperanza cierta. Esta parábola es una forma elegante de dar ánimo, de no permitir que el sueño del mundo se cierna sobre las personas y las haga caminar como “zombis” con sus criterios vacíos.
También san Pablo quiere poner a resguardo de la esperanza cristiana las expectativas de los tesalonicenses (2a Lectura), para que no vivan de cualquier manera por la tristeza de sus vidas. Desde la resurrección los invita a un compromiso decidido con el momento presente.
Frente a la expectativa del regreso de Jesús que no se cumple, se va agotando la esperanza de los primeros cristianos. Junto con ello comienzan a relajarse las exigencias de sus enseñanzas. El evangelio desde siempre es un navegar contracorriente de la cultura imperante. Lo que san Pablo dice de la cruz vale para todo el evangelio: “escándalo para los judíos y locura para los paganos”(1 Cor 2, 22.24). No parece que sea un buen negocio tomar en serio el camino trazado por Jesús. ¿Ameritaría privarse de la amistad con el mundo para obedecer una doctrina muy contraria a la forma común de vivir?
Esta enseñanza sobre la vigilancia la pone Mateo en labios de Jesús en los últimos días de su vida terrena. Esto deberá conmover a quienes la escuchan, es el testamento de un moribundo. Cuando está Jesús a punto de sufrir toda la maldad del mundo que debería acabar con todas sus ilusiones, es cuando más urge a mantenerse firmes. Desde el fracaso de la cruz nos invita a no desfallecer. Y en su resurrección quedarán confirmadas sus palabras de esperanza.
Así como dice san Pablo que ya estamos salvado en la esperanza (Rom 8, 4), podemos decir que en la esperanza poseemos ya la felicidad, están colmadas todas nuestras necesidades. Por eso mismo, la esperanza nos hace vulnerables porque aviva nuestros deseos de un amor sin límites, y estaremos dispuestos a hacer cualquier cosa para alcanzarlo. Hasta creeremos en la charlatanería. Muchos engaños y fraudes son abusos de la esperanza. Cuánto negocio se ha hecho con la esperanza de los pueblos desde siempre: negocio económico, político, religioso, charlatán, porque el sueño de un mundo nuevo o una vida nueva está muy arraigado en el corazón del hombre.
Hay el riesgo de querer saciar su esperanza, que es un deseo santo, con “migajas”. Los anhelos más profundos del ser humano tienen que ver con el deseo de Dios: “Nos hiciste Señor para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti”(San Agustín). La estatura de cada persona se puede medir según sean sus aspiraciones. Dime cuáles son tus sueños y te diré quién eres, parafraseando alguna otra frase. De ahí que debamos ayudarnos a cuidar nuestros sueños, especialmente de niños y jóvenes, que tienen una vida por delante.
Hay muchos cuya esperanza está arruinada porque el egoísmo humano se las han arrebatado: los que no podrán nacer, quienes no tienen condiciones de vida digna, quienes sufren la violencia, los que no son útiles, los descartados, etc. Es extraño que en estos tiempos en los que hay muchos recursos para prever el futuro, existan tantos desahuciados. Me refiero no tanto a límites naturales de la condición humana, sino a cuando nos matamos la esperanza unos a otros.
Este es el problema de no cultivar la verdadera esperanza, no sólo que nos falten sueños o ilusiones personales, sino estorbaremos a otros para que los tengan. En estos tiempos donde lo que cuenta es lo útil, lo práctico, cultivar la vigilancia cristiana puede parecer pérdida de tiempo. Pareciera que un seguro no calculado por el hombre no existe. Así las cosas, sólo podremos confiar en los seguros de vida o de salud, en las cuentas bancarias, o en el patrimonio que poseamos. Tener que esperar lo que está más allá de esto, es simplemente absurdo, irracional, es preferible seguir con el autoengaño de los “remedios” que ofrece el mundo. Sin embargo, pretender saciar nuestra esperanza con éxitos mundanos, con riquezas, placeres, títulos, es condenar la vida a la amargura, a la soledad.
Me parece valido para todo apóstol de la vida las palabras del Papa Francisco sobre la tentación de la acedia egoísta de los evangelizadores: “Se desarrolla la psicología de la tumba, que poco a poco convierte a los cristianos en momias de museo. Desilusionados con la realidad, con la Iglesia o consigo mismos, viven la constante tentación de apegarse a una tristeza dulzona, sin esperanza, que se apodera del corazón como él más preciado de los elixires del demonio. Llamados a iluminar y a comunicar vida, finalmente se dejan cautivar por cosas que sólo generan oscuridad y cansancio interior, y que apolillan el dinamismo apostólico(EG. 83).
El Papa Francisco denuncia la corrupción espiritual como contraria a la actitud de esperanza y vigilancia, en su exhortación sobre la santidad: “El camino de la santidad es una fuente de paz y de gozo que nos regala el Espíritu, pero al mismo tiempo requiere que estemos con las lámparas encendidas y permanezcamos atentos… Porque quienes sienten que no cometen faltas graves a la Ley de Dios, pueden descuidarse en una especie de atontamiento o adormecimiento. Como no encuentran nada grave que reprocharse, no advierten esa tibieza que poco a poco se va apoderando de su vida espiritual y termina desgastándose y corrompiéndose… La corrupción espiritual es peor que la caída de un pecador, porque se trata de una ceguera cómoda y autosuficiente donde todo termina pareciendo lícito: el engaño, la calumnia, el egoísmo y tantas formas sutiles de autorreferencialidad, ya que él mismo Satanás se disfraza de ángel de luz’ (2 Cor 11, 14)”(G et E, 164).
Nos gusta lo nuevo, las sorpresas, el reinventarnos continuamente es una necesidad vital. Tal vez sea el hombre el único de los seres sobre la tierra que deba de ocuparse de su aburrimiento, porque su vocación lo obliga a la creatividad. Estamos tan habidos de novedad que si no la encontramos en el propio proyecto, la tomamos prestada en donde la encontremos. Se puede hacer del brincar de un lado a otro un estilo de vida. Pero, lo importante es renovar nuestra vida, nuestra opción fundamental, es decir, encontrar novedad en el propio camino, y no andar a la caza de novedades. Pretender llenarse con lo puro exterior, con las modas, la tecnología, las sensaciones, las cosas, nos llevará a la pérdida del sentido de la vida. Vivimos en la época de la diversión, en la que buscamos experiencias cada vez más excitantes, así implique el riesgo de la propia vida y de los demás. Nos hacemos adictos a todo, con tal de experimentar fantasías nuevas.
Llega el momento en que no se puede “vivir de las rentas” del primer encuentro, será necesario volver al primer amor(Ap 2, 4-5). Si no ponemos atención en saborear algo nuevo en la vivencia de nuestra fe cada día, seguramente se atrofiará. Todo en este mundo tiene el riesgo de “empolvarse”, de llenarse de “telarañas”. La desatención, la superficialidad y las prisas acaban con el encanto de la vida. Hasta el amor que es lo más sublime en este mundo puede volverse una experiencia ridícula, dolorosa. Las desilusiones lastiman la confianza en sí mismo y en los demás, por la sensación de haber sido engañados. No en vano, con los
años, se deja de mirar hacia el futuro y se busca refugio en el pasado y a veces en conductas miserables. Enfermarse de la capacidad de recomenzar es un síntoma de muerte.
Tal vez nos encontremos en un momento semejante al que atravesaban las comunidades cristianas de finales del siglo I, que se les había acabado el aceite a muchos. Vivimos cierto desencanto hacia un orden establecido en todos los aspectos de la vida. También en lo religioso hay muchos bautizados que “no tienen una pertenencia cordial a la Iglesia y ya no experimentan el consuelo de la fe”(Eg. 14). Personas que ya no se consideran parte de la Iglesia, que se sienten fuera de ella, que ya no viven su fe con gozo, con gusto. No son ateos o agnósticos, pero su relación con Dios no aporta nada a su vida. Al interior mismo de la Iglesia muchos procesos pastorales están como cansados.
Los momentos críticos son inevitables, porque “el novio tarda en llegar”. El problema es que perdamos la frescura del evangelio, por ello hay que estar convirtiéndonos siempre.










