HOMILÍA DE MONS. LUIS MARTÍN BARRAZA
DOMINGO XXXIII ORDINARIO
(Mc 13, 24-32)
Domingo 14 de Noviembre 2021
Continúa Jesús hablando en tono apocalíptico, es decir, como si ya se fuera a acabar el mundo. Se trata de un lenguaje profético que analiza las cosas del mundo desde el reinado definitivo de Dios y no sólo desde un futuro histórico cercano. Está compuesto de imágenes celestiales y terrenales aterradoras, pero siempre interpretadas con esperanza. Todo comenzó con las muestras de asombro que le manifestaron sus discípulos en relación a la grandiosidad del templo. Frente a esto Jesús les invita a tomar una postura crítica: “no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están admirando, todo será destruido”(Mc 13, 2). Se podrá pensar que Jesús es muy pesimista por fijarse en los límites del templo en lugar de reconocer su majestuosidad o, tal vez, que es muy arrogante por menospreciarlo de esa forma. Alguien pudiera acusar que este es el problema del cristianismo, que se fija más en los límites que en las fortalezas, que fomenta el pesimismo ante la vida. En realidad, Jesús, simplemente anuncia el reino de Dios por sobre todas las cosas.
En el fondo de este lenguaje estremecedor se encuentra el anuncio de que el mundo no está abandonado al arbitrio de los que lo dominan con capricho. Por encima de ellos está la voluntad de Dios: “¿No se vende un par de pájaros por muy poco dinero? Y sin embargo ni uno de ellos cae por tierra sin que lo permita el Padre”(Mt 10, 29). Como todo lenguaje profético es mayor el anuncio que la denuncia. Sobre los que causan las calamidades a los pueblos se enardecerá la justicia divina, para rescatar a los humildes de la tierra. Jesús sigue siendo coherente con el celo por las cosas de Dios su Padre(Mc 11, 17). No son las circunstancias adversas, ni el ánimo de un discurso de odio contra los poderosos el motivo último de su mensaje, sino el anuncio de la fidelidad del amor de Dios. De cualquier forma la misericordia de Dios se impondrá por medio de su justicia.
En toda la estancia de Jesús en Jerusalén ha quedado claro que su visión es más amplia que los criterios legalistas del judaísmo, contempla las cosas desde el plan de Dios. Es por ello que alcanza a valorar todo desde su fundamento en Dios, el cual arranca todas las cosas al caos originario, toda la creación es, por ello, un milagro, porque sin ser necesaria, de hecho existe. Sin embargo, con la misma mirada descubre lo relativo, lo caduco del orden temporal, porque no ha existido ni existirá siempre. Jesús se ha topado con la idolatría del templo, de la ciudad, de ciertas personalidades. Todo aquel sistema sagrado estaba al servicio de unos cuantos y en perjuicio de la mayoría. Sólo Jesús, desde su relación con Dios su Padre se atrevió a “juzgar” al ídolo que estaba de por medio en aquella organización que asumían como religión. Jesucristo nunca domesticó la inadecuación que debe existir entre el reino de Dios, que estaba en su corazón, y el mundo. Nunca negoció con el odio del mundo hacia el proyecto de su Padre. Siempre cargó con la tensión que por principio se da entre los que son del mundo y los que no los son: “Si el mundo los odia, recuerden que primero me odió a mí”(Jn 15, 18).
Ahora, Jesús, lleva su desacuerdo con el mundo al punto de enjuiciarlo. No sólo lo sufre, sino que le anuncia su fin. En las palabras que escuchamos en el evangelio Jesús sentencia a muerte a toda prepotencia y arrogancia de este mundo: “Es ahora cuando el mundo va a ser juzgado; es ahora cuando el que tiraniza a este mundo va a ser arrojado fuera”(Jn 12, 31). Tal vez sólo un creyente tenga el valor de enfrentar al poder de este mundo de esta forma, con esperanza y con verdad. No se trata de un mecanismo psicológico de defensa por el cual se invierten los sentimientos de impotencia, sino que se trata de una convicción sincera profunda, que se demuestra en la forma de asumir la vida, con fidelidad a la voluntad de Dios. No queda como un simple alarde de fuerza y de poder frente a los que nos hacen daño, sino como un anuncio modesto y pacífico del desenlace final de la historia.
Se trata más de una gozosa profesión de fe desde el futuro, que de una condena espiritualoide del momento presente. Ciertamente las épocas en que ha florecido esta forma de hablar, en la historia de Israel, ha sido en los tiempos de persecución, como fue cuando se escribió el libro del profeta Daniel(s. II a.C), probablemente durante la rebelión macabea, para reanimar a los judíos perseguidos, fortalecer su fe y su fidelidad a la ley y alimentar su esperanza. Lo mismo sucedía cuando se escribieron los evangelios, perseguidos por el judaísmo y el imperio romano. Se trata de un compromiso muy decidido con la historia, con la realidad que se vive en el momento y no de una fuga a un escenario de fantasía. De la cantidad de detalles que da Jesús sobre el “juicio final”, que sugieren la idea de un conocimiento muy preciso y concreto del tiempo exacto, no podemos concluir el día y la hora. Jesús deja claro que no le interesa dar señales de tiempo, de cuando todo esto sucederá, sino que se trata de signos de fe y esperanza para invitar a la vigilancia y la fidelidad al camino propuesto por Jesús.
En todo caso, lo detallado de la descripción del final tiene la intención de abonar a la certeza de que todo lo dicho “no dejará de cumplirse”. No estamos frente a un discurso manipulador de alguien que provoca todo un “caos mundial” porque en realidad le han hecho daño, o porque se siente amenazado o, tal vez, padece una neurosis. De pronto defendemos nuestros intereses personales apelando a una conflagración universal, que existe sólo en nuestra mente. El verdadero creyente no amenaza con el infierno, sino que anuncia el reinado de Dios en cualquier situación que se encuentre, para transmitir su convicción de que pase lo que pase la justicia de Dios se impondrá: “Podrán dejar de existir el cielo y la tierra, pero mis palabras no dejarán de cumplirse”(Mc 13, 31). Tampoco utiliza este discurso para infundir miedo y forzar a que se sumen a su causa.
El creyente es uno que está en el mundo sin ser del mundo, su referencia definitiva son los valores del evangelio(Jn 17, 14-16). De este modo se mantienen libres frente a los éxitos y riquezas del mundo, no se instala acomodándose a sus criterios; así, también, de las desilusiones y fracasos. No lucra con las fuerzas espirituales lanzando amenazas contra las limitaciones del orden temporal, sino que por compasión le anuncia que será redimido: “Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobren ánimo y levanten la cabeza, porque se acerca su liberación”(Lc 21, 28).
El texto que meditamos ofrece imágenes muy elocuentes para presentar lo caduco y pasajero de este mundo: será sometido a un juicio porque depende totalmente de Alguien más. En realidad es de lo que ha estado hablando, Jesús, siempre, pero ahora en un tono más alarmante. Interpreta el fin de los tiempos en función de su identidad como Mesías Hijo de Dios: “Entonces verán al Hijo del Hombre entre nubes, con gran poder y gloria”(Mc 13, 26). Para cuando se escribe el evangelio existen muchas dudas sobre su persona, sobre todo en lo que corresponde a su lado humilde y sufriente. Todo el evangelio ha estado dando pruebas, por medio de palabras y obras, de que él es el Mesías. Ahora que se encuentra hacia el final de su misión, parece presentarse a sí mismo desde la gloria del cielo. No está amenazando, sino simplemente revelando.
Se ha manifestado por activa y por pasiva, a los judíos y a los paganos, a las autoridades y al pueblo en general, con palabras y con obras. Ahora nos anticipa su resurrección sugiriendo que él es el Hijo del Hombre que vendrá “a juzgar a vivos y muertos”. Lo que desea es que crean en él, ahora que su humillación va a llegar al punto del escándalo en la cruz. Si su sola presencia, su procedencia, su clase social, su estilo compasivo ha escandalizado a muchos, ¿qué sucederá cundo lo vean crucificado? En realidad no pasará nada nuevo que no esté ya pasando en la naturaleza y en los pueblos. Sobre quien se vendrá la gran tribulación será sobre Jesucristo, pero él resucitará y se volverá esperanza para toda la humanidad. Desde el cielo estará velando por los intereses de los pobres.
Jesucristo insiste en la veracidad de sus palabras, como si fuera la última oportunidad para que crean en él. Utiliza todos los recursos de la pedagogía para marcar el corazón, con la única intención de fortalecernos en las tempestades de la vida. Pone el ejemplo de la higuera, que anuncia en sus brotes el verano. Afirma lapidariamente que sus palabras no dejarán de cumplirse. Le pone un toque de incertidumbre, para invitar a la vigilancia, cuando dice que nadie conoce el día ni la hora. Todo el escenario se confabula para que pongamos nuestros ojos en Jesús, que desde la cruz consagrará su identidad de Hijo de Dios.










