PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO
«Estén prevenidos»
HOMILÍA DE MONS. LUIS MARTÍN BARRAZA
Mc 13, 33-37
Domingo 29 de noviembre de 2020
Comenzamos hoy el tiempo de adviento con el que damos inicio al nuevo año litúrgico. Durante cuatro semanas nos preparamos para celebrar la primera venida de Jesús en la humildad de nuestra carne, naciendo en Belén en un pesebre. Encontramos, en este tiempo, la oportunidad de ejercitarnos en la esperanza cristiana para que, preparándonos a su segunda venida, vayamos construyendo un mundo más humano y justo, porque también nosotros somos “impuros y nuestra justicia es como un trapo asqueroso”, como dice hoy el profeta Isaías. Nos alienta el contemplarlo, desde un principio, en el pesebre, despojado, pobre y lleno de compasión. En él se nos ha revelado el proyecto de Dios para el hombre.
Jesús ha hablado un lenguaje universal con su movimiento de humillación, descendiendo de su divinidad. La mitad del mundo se siente atraído por este espectáculo del Dios en medio de nosotros. De una forma o de otra la mayor parte del mundo algo celebra de la navidad de Jesús, su dulzura, su fragilidad, su inocencia. Cómo nos atrae la pequeñez y simplicidad de Dios en Jesús, nos invita a nuestro estado original. Hay una
inteligencia natural en el corazón de todo hombre que le hace reconocer la belleza de la verdad en el pesebre: “¡Oh inefable misterio! Dios está con nosotros, Dios ha venido a hablarnos, ha venido a vivir con nosotros para hablarnos e instruirnos”(Bto. Antonio Chevrier). La “utopía” de Isaías de la reconciliación universal se apodera de nuestro corazón. Queremos ser buenos, fraternos, solidarios, retomar nuestra condición en el paraíso perdido: “Habitará el lobo junto con el cordero, la pantera se echará junto al cabrito, el ternero y el leoncillo comerán juntos y un niño pequeño cuidará de ellos”(Is 11, 6-9).
El recorrido de todo este año litúrgico lo haremos de la mano de san Marcos, que será el evangelista que nos va a ir explicando el misterio de Cristo. Corresponde al Ciclo B del leccionario. A propósito de que nos ponemos en camino hacia la navidad, abordamos, hoy, el evangelio de Marcos donde resuena con mucha fuerza un llamado a la vigilancia. Todos los evangelios, son un llamado a estar atentos, sobre todo porque contienen la buena noticia del amor de Dios, nos ayuda a tomar conciencia de lo que valemos a sus ojos. Valemos la encarnación, toda la misión y la crucifixión de Jesús. Con su encarnación Jesús ha revelado el hombre al propio hombre(GS 22), sobre todo que tiene un llamado al encuentro con Dios. Esto lo compromete totalmente con su futuro. Lo escuchábamos hace dos domingos en la parábola de los talentos, la riqueza que hemos recibido de parte de Dios nos invita a tomar responsabilidad hacia adelante..
Con la excusa litúrgica de que preparamos el nacimiento de Jesús, se nos da a probar el toque profético de la fe, condición para que haya novedad de vida. Invoquemos el espíritu de los profetas en este tiempo de adviento, escuchemos a los profetas, hagámonos discípulos de ellos, para proponer una verdadera trasformación. Los profetas son como toques de
alarma para un pueblo, como los centinelas que vigilan sobre la conciencia de sus hermanos que tiende a dormirse. Poco a poco la tensión entre el presente y el futuro se relaja, y todo comienza a instalarse, las costumbres se pervierten, la fe se acomoda en el presente; nos vamos durmiendo en los brazos del mundo, de sus criterios y de sus prácticas, eso quiere decir que nos vamos identificando con él. Pero nuestra vocación es la de estar en el mundo sin ser del mundo(Jn 17, 16).
Los profetas son expertos en denunciar la idolatría para hacer espacio al Dios verdadero. La idolatría comienza desde que nos quedamos solo con el presente, la vida se vuelve como agua estancada que comienza a apestarse y a gestar formas de vida inferiores. Cuando dejamos de escuchar la voz profética que anuncia al Dios verdadero y denuncia la tiranía de nuestro egoísmo, perdemos la capacidad de renovarnos. Queriendo evitar las llamadas del amor de Dios, nos hincaremos ante cualquier “palo” o “piedra”. Pero, ya lo hemos dicho en otras ocasiones, los ídolos promueven el saqueo de la dignidad humana de unos por otros. Por ellos Isaías quiere enseñar a sus hermanos a invocar el nombre de Dios, a refugiarse en él, a decirle: “tú eres nuestro padre; nosotros somos el barro y tú el alfarero; todos somos hechura de tus manos”(Is 64, 7).
La Navidad es la fiesta de la paternidad de Dios “de quien procede toda familia”(Ef 3, 14), y por lo tanto de los hijos de Dios. Aquí nace la nueva humanidad como familia de Dios. Es lo que esta “profética” pandemia nos ha venido a recordar, son hermanos todos los hombres y también de la creación entera, vigilen unos por otros. El sentido de la existencia es que somos responsables unos de otros. En una parábola semejante en Mateo al siervo le encargan “dar de comer a su debido tiempo a la servidumbre”(Mt 24, 45). La vigilancia ciertamente significa
la oración, la sana doctrina, pero también custodiar al hermano y a la naturaleza.
Expongámonos al espíritu profético durante todo este tiempo. Desde él podremos avivar nuestro deseo de libertad, de unidad y de justicia. El profeta Isaías anunciando el regreso de su pueblo de la esclavitud, en realidad estará presentando al mesías: “Preparen en el desierto el camino del Señor, tracen en la llanura una senda para nuestro Dios”(Is 40, 3). La esperanza mesiánica se gestó en las circunstancias más adversas. Durante el cautiverio se escribió y se proclamó una de las poesías más subersivas que hayan existido, la profecía del Mesías libertador. Esta, en lugar de alentar a la guerra, invitaba a construirse a sí mismos como hombres libres. Si no estamos preparados para la libertad nunca lucharemos por ella o no la cuidaremos si nos llega. Dar libertad a quien tiene mentalidad de esclavo puede significar su destrucción, construirá cadenas o tumbas con ella. La invitación a la vigilancia, por parte de Jesús, puede significar educarnos para la libertad, no para hacer nuestra soberana voluntad. La libertad interior es igual o más importante que la libertad externa.
Buscar apropiarnos de la mirada de Dios sobre nosotros, en este tiempo de adviento, infundirá en nosotros una esperanza muy combativa frente a toda adversidad. Este fue el precioso servicio de los profetas para su pueblo, mantener vivo el deseo de una vida digna, despertarlo para que no se acostumbraran a la esclavitud. No es fácil tener ánimos de soñar teniendo un yugo encima, significa exponer las fibras más sensibles del corazón a la frustración y el fracaso. Quien infunde ánimos se compromete con sus hermanos a dar razón de su esperanza. En la segunda lectura, san Pablo, alienta a los judíos desde la fidelidad de Dios, que en Jesucristo ha cumplido todas las promesas: “Continuamente agradezco a Dios los dones divinos
que les ha concedido a ustedes por medio de Cristo Jesús, ya que por él los ha enriquecido con abundancia en todo lo que se refiere a la palabra y al conocimiento…Él los hará permanecer irreprochables hasta el fin, hasta el día de su advenimiento” (1 Cor 1, 4-5.8).
Como para darnos una sacudida del “amodorramiento”, aprovechemos la expectativa que genera el nacimiento de Jesús, que continuamente está viniendo a nuestra vida, para quitarnos todo lo que está muerto en nosotros. Cultivemos la actitud de quienes prepararon la primera llegada de Jesús al mundo, para también nosotros “apresurar la segunda venida del Señor, que suceda aquí y ahora. Dios vino al mundo en Jesucristo cuando lo tenía establecido, pero también cuando los tiempos estuvieron maduros(Heb 4, 4) y esto tiene que ver con que hubiera quien lo recibiera. La creación fue asunto de Dios solamente, pero la salvación es asunto de Dios y de los hombres, este es el sentido de las palabras de san Agustín: “el que te creó sin ti no te salvará sin ti”.
Cultivemos las actitudes de los “pobres de Yahvé” que provocaron el surgimiento de la novedad de Dios en Jesucristo. Una muestra de la vigilancia del pueblo de Dios, que preparó la plenitud de los tiempos la tenemos en la primera lectura: “Vuélvete, por amor a tus siervos, a las tribus que son tu heredad. Ojalá rasgaras los cielos y bajaras, estremeciendo las montañas con tu presencia”(Is 63, 17). Nosotros tendríamos qué preguntarnos si ¿en verdad queremos que las cosas cambien? ¿Podríamos soportar vivir sin mentira, robos, guerras, sin matar de hambre a otros, sin excesos? Puede ser que no estemos dispuestos a pagar el precio de la libertad de todas las cadenas que nos atan. Pidámosle al Señor que nos ayude a querer ser libres desde lo profundo del corazón, porque “para ser libres, nos ha liberado Cristo”(Gal 5, 1).
Algo totalmente nuevo le ha sucedido al mundo en Jesucristo. En él ha comenzado la nueva humanidad. Hay un fermento de evangelio en la “masa” del mundo, para que este se contagie del espíritu de fraternidad y de justicia que contiene el reino de Jesús. Ya está sembrado el cielo en la tierra, tendremos que trabajarla para que dé frutos que permanezcan. Si queremos que algo nuevo suceda en el mundo, en esta navidad y siempre, velemos y estemos preparados para recibirlo.










