SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO
“Voz que clama en el desierto”
HOMILÍA DE MONS. LUIS MARTÍN BARRAZA
Domingo 6 de diciembre de 2020
Lecturas bíblicas: Is 40, 1-5.9-11; Salmo 84; 2P 3, 8-14; Mc 1, 1-8
La celebración de la navidad es la fiesta del Dios-con-nosotros, de ahí resuena una fuerte invitación a aprender a reconocer la presencia de Dios en medio de nosotros, porque él ya ha nacido y sigue naciendo cada día. Con todo y ser el acontecimiento más luminoso que le haya sucedido al mundo, no se nos impone, sino que Dios siempre respeta nuestra libertad, se nos ofrece discretamente para ser encontrado. Esto ha sido siempre, el misterio de la encarnación no fue la excepción. Jesús apareció en este mundo como uno más. En los evangelios aparece, desde su nacimiento, como si tuviera los reflectores del mundo encima siempre. La realidad es que fue anónima la presencia de Dios en este mundo, sobre todo los primeros treinta años y su mismo nacimiento. Por eso es muy importante la capacidad de reconocerlo en todos los acontecimientos de la vida. Desde la encarnación la fe ya no significa esperar su venida, sino saber descubrir la presencia de Dios en la historia, en la vida, en las personas.
Todo el evangelio es la historia de Dios que está llegando, es una continua navidad; se habla del poder y sabiduría de Jesús, pero no corresponde a la acogida que recibió, esta fue muy modesta. Está leída la historia de Jesús por la gente cautivada por él y entonces es el Mesías, el Hijo de Dios, que nació en Belén como lo había anunciado Miqueas, hizo muchas curaciones y resucitó de entre los muertos. Entonces el pobre nazareno, hijo de un carpintero con trazos de locura y de herejía se convierte en el Ungido del Señor que expulsa demonios, domina las tempestades y vence a la muerte. Pero a este Jesús hay que saber encontrarlo en la vida cotidiana.
En esto de leer la presencia de Dios en la vida es un experto Juan el Bautista y con él su familia y su pueblo. Porque la historia comienza cuando Zacarías, un poco antes que José, fue puesto a prueba en su fe cuando se le anunció que sería papá. Su duda fue tanta que el arcángel Gabriel le tuvo que dar la señal de quedarse mudo hasta el día del nacimiento del hijo anunciado. En el anuncio del ángel queda trazada la misión de Juan: “No temas Zacarías, tu petición ha sido escuchada. Isabel, tu mujer, te dará un hijo al que pondrás por nombre Juan… Será el precursor del Señor, con el espíritu y poder de Elías, para reconciliar a los padres con sus hijos, para inculcar a los rebeldes la sabiduría de los justos, y para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto”(Lc 1, 13-17).
Isabel, la madre de Juan, supo reconocer con inmensa alegría la presencia de Jesús en el vientre de María cuando exclama: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. Pero cómo es posible que la madre de mi Señor venga a visitarme?(Lc 1, 42-43). En el diálogo que sostiene con María, ambas mujeres, administran los designios salvíficos de Dios. Este resulta el intercambio teológico más provechoso, después del que tuvo María con el ángel, que haya existido para la humanidad. Hacen teología con muchas repercusiones para la historia. Es la “cumbre” más austera de todos los tiempos, entre seres humanos, con mayores frutos para la humanidad, lo que ellas acordaron se cumplió. Estas dos mujeres, junto con sus esposos, pusieron las bases para una reestructuración profunda del mundo, contribuyeron a la segunda creación. Esta quedó marcada por su legado, uno de ellos es la obra del Bautista.
Volviendo al Bautista, habrá que preguntarle cómo supo que las palabras de Isaías: “Voz que clama en el desierto”, se referían a él. Se trata de todo un proyecto, una espiritualidad, para quien se atreviera a preparar tiempos nuevos. El segundo Isaías se había apropiado de este programa, para sostener la esperanza de su pueblo, aun en la cautividad. Como se dice coloquialmente: “se puso el saco”. Se vislumbraba la caída de Babilonia y él se atreve, desde la fe, a interpretárselo al pueblo como el comienzo de la liberación o de la venida de Dios a su encuentro, a condición de que el pueblo haga su parte. Esto requiere creatividad y valentía no es algo que se impusiera a la mirada superficial. Seguramente para los dominadores este tenía que ser un discurso peligroso.
Lo importante es que él se hace un agente activo del cambio, descubre cualquier rayito de esperanza y lo trasmite al pueblo. Concretiza su propuesta invitando a acciones concretas para hacer un camino de llegada a Dios. Aunque lo hace poéticamente, se refiere a actitudes concretas: “que se eleven todos los valles”(Is 40, 4), hay que creer que un mundo más justo y fraterno es posible, no le pongamos límites a las posibilidades del Espíritu de hacer nuevas todas las cosas. Los valles podrían ser los pesimismos, la negatividad, de que las cosas no pueden ir más allá de nuestras capacidades. “Que las montañas y colinas se abajen”(Is 40, 4). Pueden ser nuestras vanidades y soberbias o nuestra visión idealizada de las cosas, que nos lleva al menosprecio de lo modesto. Sirva esto como ejemplo para ver cómo se comprometió el profeta con su pueblo y lo preparó para su liberación.
Algo semejante hizo el Bautista, asumió el reto de preparar a su pueblo para la irrupción definitiva de Dios en el mundo. Hizo suyos los “protocolos” del preparador de grandes acontecimientos. Sin duda que fue Dios el que sembró en él la inquietud de tomar muy en serio la expectativa mesiánica. ¿Cómo explicar su salida de la tradición sacerdotal a la que tenía derecho por ser hijo de Zacarías del grupo sacerdotal de Abías?(Lc 1, 5). Tal vez esto era lo que presentía el pueblo en el cambio de nombre, habría un cambio de misión, probablemente no sería un funcionario más del templo, lo cual sucedió.
Desde muy joven se va al desierto para escuchar limpiamente la palabra del Señor, sin todos los arreglos que le hacían los doctores de la ley. Tal vez fue un hombre muy valorado por sus padres que habían perdido toda esperanza de un hijo y muy apreciado en su comunidad, que veían la mano de Dios en él. Pero, sobre todo, fue su formación en la estricta observancia en los mandamientos de la ley, de amar a Dios y al prójimo. La liturgia en la que celebramos el nacimiento del Bautista, pone en sus labios las palabras del Servidor del Señor: “El Señor me llamó desde el seno materno, desde las entrañas de mi madre pronunció mi nombre. Convirtió mi boca en espada afilada, me escondió al amparo de su mano…”(Is 49, 1-2). No tuvo necesidad de poner la palabra de Dios al servicio de sus pretensiones, porque tenía muy claro que “nadie puede apropiarse algo que no le haya sido dado de lo alto”(Jn 3, 27). No se fue al desierto por amarguras o resentimientos, no fue un “rebelde sin causa”, más bien le sobraba alegría, autoestima y sólo la justicia de Dios calmaba su corazón.
Su estilo sencillo de vivir más que un proyecto de vida en sí mismo es expresión de su libertad y de su pasión por las cosas de Dios. No estaba contaminado de los que consideraban lo material y el cuerpo como malo, toda su forma austera de vida estaba al servicio de poder escuchar con mayor claridad la voz del Señor. De nada hubieran servido todas las precariedades del desierto si no hubiera descubierto y reconocido la presencia de Dios en Jesucristo. La ascesis del Bautista es virtuosa porque le conduce a Jesucristo. No se trata de una autodestrucción suicida que simplemente promueve caos, rompimiento de esquemas y de reglas sin ton ni son, sino que quiere purificar la relación con Dios y con los hermanos. Se retira de la dinámica social y religiosa de su tiempo muy contaminada de ambiciones políticas y económicas, no para satanizarla, sino para sanarla.
En su búsqueda del rostro verdadero de Dios, se encuentra con Jesús y pone a su servicio todo su afán. Se da cuenta que “en vano se había cansado, que por nada e inútilmente había gastado sus fuerzas, porque el Señor era el que defendía su causa”(Is 49, 4). He aquí la grandeza del Bautista, asociar su empresa a la de Jesús, que por aquel tiempo no se le veía mucho. En su honestidad reconoce que todo el camino recorrido es obra de Dios en él. Experimenta una “conversión” hacia Jesucristo. Era un hombre muy recto e íntegro, sin embargo acepta su necesidad de conversión hacia Jesús. Más aun, con toda su autoridad moral manifiesta a Jesús a su pueblo. La conversión de la propia justicia a la de Jesús tal vez es más difícil que la de ser malo a ser bueno.
Qué impactante debió ser para los contemporáneos ver que Juan, a quien muchos consideraban que tenía todo para ser el Mesías, declinaba en favor de Jesús. Y lo hacía no con la amargura de un perdedor, sino con el orgullo y alegría de quien ha triunfado, porque “el amigo del esposo, que está junto a él y lo escucha, se alegra mucho al oír la voz del esposo; por eso mi alegría ha llegado a su plenitud”(Jn 3, 29).










