HOMILÍA DE MONS. LUIS MARTÍN BARRAZA
Solemnidad de la Santísima Trinidad
12 de junio de 2022
“Nadie ha visto jamás a Dios. El Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha manifestado…El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz. Porque el que Dios envió habla las palabras de Dios que da el Espíritu sin medida”(Jn 1, 18; 3, 33-34). En estos dos textos podemos ver que hay un misterio inalcanzable de Dios(su divinidad), a Dios en sí mismo –donde Él es Uno- “nadie lo ha visto jamás”; sin embargo lo podemos conocer por medio del Hijo único, que está en el seno del Padre, por quien ha hablado el Espíritu Santo “sin medida”. Esta es la identidad de Dios independientemente de toda conveniencia, pero nosotros lo podemos apreciar desde la compasión y misericordia que ha tenido hacia el mundo, por medio de la creación(Padre), redención(Hijo) y santificación(Espíritu Santo) del género humano. Dios es amor(1Jn 4, 8) y, por lo tanto, una comunidad de personas al servicio del bien común. Ellas practican la política del bien común y no la de los intereses creados. No son una burocracia, para poner más cuotas, con la finalidad de beneficiar a unos pocos, sino de verdaderamente atender espléndida e integralmente a cada persona, con toda gratuidad. Las cosas de Dios no pueden ser rutinarias, porque él nos entrega la totalidad de su amor de una manera totalmente diferente y creativa cada vez. Dios no nos da nunca más de lo mismo y siempre nos ama en plenitud. Nunca se repite a pesar de ser fiel en dar vida.
La Santísima Trinidad tiene la impronta de la unidad por eso está al servicio del bien común y de la unidad de vida. Se trata de un misterio de comunión que trasciende las más grandes diferencias. Nada hay tan diferente como las personalidades divinas y sin embargo la especialidad de cada una es servir a la otra. La identidad de cada una es ser relativa a la otra. Todo esto lo podemos verificar desde el testimonio que Jesús ha dado de su Padre y del Espíritu Santo, lo hace a costa de sí mismo. Toda la misión de Jesús fue un “aprender a obedecer padeciendo”(Heb 5, 8). Y en toda su forma de proceder estaba implicado su Padre y el Espíritu Santo, porque “el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino que hace lo que ve hacer al Padre; lo que él hace, el Hijo también lo hace”(Jn 5, 19). Y sabemos que toda esta estrecha relación con su Padre la vive en el Amor del Espíritu Santo. Mientras no se esté dispuesto a velar por los intereses de los demás, no se podrá construir el anhelado sueño de la fraternidad universal.
La cultura moderna se caracteriza por la fragmentación de la realidad, se exaltan los diferentes aspectos de la realidad, pero esto dificulta después darle un sentido unificado a la vida. Escuchemos a los obispos en Aparecida: “También se ha hecho difícil percibir la unidad de todos los fragmentos dispersos que resultan de la información que recolectamos. Es frecuente que algunos quieran mirar la realidad unilateralmente, desde la información económica, otros, desde la información política o científica, otros, desde el entretenimiento y el espectáculo. Sin embargo, ninguno de estos criterios parciales logra proponernos un significado coherente para todo lo que existe…”(DA, 36). Es cierto que la realidad es compleja, pero no se le va a comprender integralmente sólo por la vía de la suma de conocimientos cada vez más especializados que pospone la elaboración de una síntesis. Es necesario dar el salto al mundo de los valores, de los principios, de la espiritualidad anclada en el Dios que nos ha revelado Jesucristo y que nos conduce a la armonía de la Trinidad. La unidad plena está fuera del alcance de las capacidades humanas, tiene que venir de la fuente de toda comunión y ya se nos ha dado en Jesucristo, él ha destruido el odio que existe entre los hombres(Ef 2, 14).
La Santísima Trinidad nos presenta el reto de la coherencia de vida, de la integridad moral, de un proyecto y destino común. Sólo desde ella se puede realizar el gran anhelo de paz que existe en el corazón del hombre, y que se puede alcanzar poniendo toda nuestra vida a la luz de la verdad, que para nosotros es Cristo. En ella se armoniza perfectamente las dos dimensiones fundamentales del ser humano: su ser individuo y su ser comunidad.
Tenemos necesidad de ser únicos e irrepetibles, diferentes y especiales, pero esta identidad sólo la podemos realizar desde la relación con los demás. Un tiempo se creyó que éramos valiosos porque pensábamos, pero esto nos hizo individualistas, además de que llegamos a dudar del valor de algunos que no tenían buena lógica en su mente. Ahora sabemos que aprendemos a decir “yo” en la convivencia y el diálogo con los “tú”, con quienes llegamos a formar un “nosotros”. La formación de nuestra identidad comienza antes de que tengamos conciencia de las cosas, en la convivencia con las personas, especialmente de nuestros papás, sobre todo de nuestra mamá. Las miradas amorosas nos constituyen, nos afirman como personas. La relación con los demás compromete la conciencia y la seguridad que lleguemos a tener de nosotros mismos. La baja auto estima corresponde a malas experiencias familiares. Si no alcanzamos a justificar la necesidad de nuestra existencia, por encima de cualquier inconveniente o criterio de utilidad, quedaremos a deber en nuestro compromiso de ser un “tú” para los demás, en el que también ellos puedan reconocerse. Esto significa que tendremos una presencia en medio de los demás o muy pasiva o muy Dominante.
Desde el principio de nuestra vida se nos presenta la posibilidad de un mundo coherente y lleno de sentido, según se nos haya valorado, o por el contrario, lleno de caprichos y contradicciones. Quien no haya sido bien fundado en la seguridad del amor, será incapaz de compromisos estables y duraderos, será un buen candidato para la cultura líquida, donde estará cambiando continuamente de opciones fundamentales, lo cual es una locura.
El pasaje que meditamos resulta un llamado muy fuerte a la comunión, desde el testimonio de las personas divinas. El contexto de las palabras de Jesús, del texto que meditamos, corresponden al discurso de despedida en la Última cena, donde consuela a sus discípulos anunciándoles el Espíritu Santo. Aunque está anunciado desde unas determinadas circunstancias, será el consolador permanente de los discípulos frente al “odio” del mundo(Jn 15, 19). Al ir hablando, Jesús, va revelando la intimidad de la Santísima Trinidad. La salvación del mundo depende de la comunión que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
La condición encarnada del Hijo lo hace tener los límites de todo lo temporal, como un día nació para el mundo ahora debe abandonarlo. Sin embargo por la comunión que tiene con el Espíritu Santo, a través del Padre, podrá continuar su presencia sin perder nada de lo que es, porque el Espíritu “no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga y les explicará lo que ha de venir”(Jn 16, 13). De diferente manera Jesús expresa la comunión de la Trinidad. Por un lado dice que el Padre enviará el Espíritu Santo en su nombre –de Jesús-(Jn 14, 26). Después dirá que él lo enviará de junto al Padre, porque el Espíritu de verdad procede del Padre(Jn 15, 26). Pero no hay contradicción en esto, porque “todo lo que tiene el Padre es mío”(Jn 16, 15) y “todo lo mío es tuyo”(Jn 17, 10), dice Jesús. Por eso sigue diciendo que el Espíritu Santo “recibirá de lo mío y se lo explicará a ustedes”(Jn 16, 15).
Desde este texto se ve con mucha claridad que Dios es una comunidad de personas, más aún, una familia porque Jesús se refiere a Dios como a su Padre, lo cual hace suponer que él es el Hijo. El amor que existe entre ambos cobra personalidad independiente en el Espíritu Santo, en él se logra la comunión de lo mío y lo tuyo: “Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío”(Jn 17, 10). Dios no es un solitario egoísta, sino un misterio de encuentro, de diálogo, de comunión. Cada persona divina tiene una misión específica en la historia de salvación, sin embargo siempre en colaboración.
Desde la creación aparece el “dijo Dios”(Gn 1, 3), que san Juan nos revelará como la Palabra creadora de Dios que “estaba al principio junto a Dios. Todo se hizo por ella”(Jn 1, 2-3). La segunda lectura de este domingo nos habla de la Sabiduría creadora de Dios: “Fui engendrada cuando no existían los océanos…”(Prov 8, 24). Y en el credo decimo que “creemos en Jesucristo, Hijo único de Dios…engendrado no creado…por quien todo fue hecho”. Pero, también, nos hace pensar en el Espíritu Santo aquel misterioso “Viento de Dios” que aleteaba por encima de las aguas(Gn 1, 2). Y qué decir de aquel: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza…”(Gn 1, 26). Dios se refiere a sí mismo como una comunidad de personas. La imagen y semejanza del hombre con Dios tiene que ver con la vocación a ser con y para los demás. Con el don de su Espíritu Jesús nos ha recreado para vivir como hermanos, teniendo un solo corazón y una sola alma(Hech 4, 32).










