IN MEMORIAM
DIÁC. PABLO AARON MARTÍNEZ
Estimados hermanos del Prado: Me dirijo a ustedes con un gran respeto y afecto, disculpándome por el atrevimiento de pretender ofrecer una palabra de aliento, frente al “absurdo” de la muerte de nuestro hermano el diácono Pablo Aarón Martínez. No hay ninguna otra intención más que hacerme cercano a la familia espiritual, con la que camino discretamente. Sé que suena a necedad el querer encontrarle algo de comprensión al misterio de la muerte, no hay palabra que valga, sobre todo frente a una muerte tan “accidental”, que parece ofender nuestra inteligencia y nuestra dignidad. ¿En dónde queda la seriedad con que estaba tomando su vida nuestro hermano Pablo en plena flor de su juventud, su opción sacerdotal, sus sueños, su alegría, su pasión por Jesucristo y los pobres? ¿Y la excelente trayectoria de formación sacerdotal que había recorrido? ¿Acaso es justo jugar con los sentimientos y proyectos más profundos del corazón humano? ¡Qué falta de seriedad! ¿Tienen razón los que piensan que la existencia humana es una farsa, una “pasión inútil”? Nos parece casi diabólico sentir que la santidad de la vida está dependiendo del capricho de fuerzas oscuras. ¿Acaso estamos sometidos al arbitrio de una mente desquiciada? ¿Dónde está la soberanía del Dios de la vida? Una muerte tan banal, como la que sucede en un accidente, parece contradecir el absoluto de la vida implícito en el ¡No matarás! de la revelación bíblica. ¿Cómo es que la muerte puede estar escondida en la más mínima falla? No es justo que tengamos que pagar con la vida un pequeño accidente.
Intentando articular algún sentido en medio de estas “cañadas oscuras” digo, en primer lugar, con san Agustín frente a la muerte de un entrañable amigo: “vine a ser par mí mismo un problema”. Esta es la primera “ganancia” frente al drama de la muerte, nos enfrenta a las preguntas más radicales acerca del significado de la existencia humana. Esto es doloroso pero estamos frente a lo inefable, a las realidades definitivas. Enfrentarnos al misterio nos puede hacer más sencillos, humanos y discípulos.
En segundo lugar, debo decir que me pareció particularmente provocadora la muerte de Pablo en el contexto de la Pascua y de su reciente ordenación diaconal. Suena a burla el que la muerte se haya metido al centro de la fiesta de la vida que rodeaba a Pablo. Como si alguien se jactara de esta desgracia(¡perdón!). En esto es donde me resuena más la contradicción y, al mismo tiempo, una respuesta. Cuando su diócesis está viviendo un tiempo mucha alegría y esperanza: la llegada de su cuarto obispo, la reciente ordenación diaconal de Pablo, después de dos años de espera, su alegre y entusiasta ministerio diaconal, la esperanza de la familia del Prado de verse renovada con vocaciones jóvenes, sucede esta locura. Frente a esto me surge la interrogación más grande: ¿A quién se le ocurrió destruir todo esto? ¿Hay un proyecto sensato detrás de todo lo que vivimos? Esta pregunta me lleva casi a la acusación de irresponsabilidad del causante.
Pero, al mismo tiempo, son estas circunstancias las que me invitan a escuchar llamados, y darme cuenta que este accidente no es tan accidental. Precisamente por quedar en medio de lo absurdo, la muerte de Pablo participa del dinamismo Pascual: “Si el grano de trigo no muere queda infecundo, pero si muere da mucho fruto”. Su muerte no puede dejar de llamar la atención sobre el misterio de Cristo resucitado, víctima inocente de la injusticia humana. Una muerte “normal” no expresaría tanto, sino el cumplimiento del ciclo de la vida. En este caso no se trata de una muerte natural, ni de cualquier muerte, sino la de un servidor del Señor que muere “injustamente”. No se trata de una injusticia humana, sino de la serie de circunstancias que se conjugaron para “humillar” una vida que comenzaba en todos los sentidos.
Como si Dios hubiera aprovechado la persona de Pablo Aarón, apasionado de Cristo, para anunciarnos a su Hijo Jesús: “Este es mi Hijo amado; escúchenlo”(Mc 9, 7), como fuente de toda actitud discipular y misionera. Me parece válido suponer que, para Pablo Aarón, como san Pablo, todo era relativo a Jesucristo, desde Jesús la muerte ha sido una ganancia(Flp 1, 21), lo único que importa es que “Cristo sea dado a conocer”(Flp 1, 18). Seguramente Pablo Aarón fue “probado como oro en el crisol y su sacrificio fue hallado digno”(Sab 3, 6) de ser un testigo(mártir) muy elocuente de Jesucristo, como los Santos inocentes dieron testimonio discreto, silencioso de que había nacido el rey de los judíos. Algo de martirial tiene su muerte, porque cierta violencia existe en ella, pero, sobre todo porque nos anuncia “que nada vale la pena si se compara con el conocimiento de Cristo Jesús…”(Flp 3, 8). Conocer a Cristo y experimentar el poder de su resurrección está por encima de la muerte(Flp 10). Gracias Pablo por permitir al Espíritu Santo conducirnos a la búsqueda de la verdad plena sobre Jesús(Jn 16, 13).
Un abrazo hermanos.
+ Luis Martín Barraza Beltrán










