– Meditación –
MEDITACIÓN DEL DÉCIMO DOMINGO ORDINARIO
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
11 de junio de 2023
Estamos invitados, por los obispos latinoamericanos, a “recomenzar desde Jesucristo, a reconocer y seguir su Presencia con la misma realidad y novedad, el mismo poder de afecto, persuasión y esperanza, que tuvo su encuentro con los primeros discípulos a las orillas del Jordán, hace 2000 años…”(DA, 549).
El pasaje de la vocación de Mateo nos pone, precisamente, en la novedad y originalidad de Jesús, el cambio de paradigma de la religión de la ley, de la fría observancia, del soberbio cumplimiento, a la religión del encuentro personal, de la amistad sincera y, por tanto, de la gratuidad compasiva en la relación con Dios y con los hermanos. Todo comienza con un acto de misericordia que relativiza todo esfuerzo humano, haciéndolo insuficiente y denunciando toda actitud condenatoria que pueda surgir de él, como la de los fariseos en el texto que meditamos. La autosuficiencia de las obras se vuelve arrogancia y luego menosprecio del otro. Puede, tal vez, esto, ser aceptable como justicia conmutativa, pero, entonces, estaremos en la justicia de los escribas y fariseos, mundana, pagana(Mt 5, 20), no de los discípulos de Jesucristo. Nos podremos sentir muy justos porque cumplimos con la lógica del desquite moderado, pero en realidad no hacemos nada de extraordinario(Lc 6, 32).
Cuando pensemos en la indiferencia que el hombre moderno manifiesta hacia la fe o hacia la religiosidad tradicional y ardamos en celo de condenación, habrá que considerar primero si estamos proyectando la verdadera imagen de Jesús, para discernir si es la fe verdadera la que está en crisis o es, más bien, la imagen que trasmitimos de Dios.
Tal vez hemos manipulado a Jesús para ponerlo al servicio de nuestros afanes de poder, a costa de sacrificar su llamada salvífica para todos; tal vez, lo hemos hecho un Cristo elitista, dominante, impaciente, al que sólo pueden acceder los que tienen cierto perfil diseñado desde la vanidad humana. Habrá que revisar si en la manera de presentar el evangelio no están demasiado presentes los criterios de la cultura moderna: eficiencia, utilitarismo, pragmatismo, negocio, donde importa más la imagen que se proyecta, los deseos de superioridad, que la autenticidad de la obra de Jesús.
Preferimos sacrificar la originalidad de Jesús antes que la buena imagen de sus seguidores, entrenados en la cultura de la productividad y de la excelencia sin escrúpulos. Mientras no seamos libres de la búsqueda de los aplausos del mundo, de los títulos y reconocimientos, seguiremos traicionando al Maestro y con él a sus favoritos que son los pobres y los pecadores. El mundo actual sigue manipulando nuestra debilidad por las glorias humanas(Jn 5, 44), a cambio de que les entreguemos a un Cristo anestesiado que no ve ni reclama nada, para poder manejarlo a modo.
Para mostrar al Cristo como se nos revela en el evangelio, se necesita mucha violencia espiritual(Mt 11, 12), que es la fuente de la verdadera paz. Es la necesaria para rescatar a Cristo de los formatos rígidos y presuntuosos que busca un cierto estatus que lleva al menosprecio de los que supuestamente son inferiores. Una religión que provoca sectarismos, racismos, descarte es una total contradicción. Lo más grave de esto es la distorsión que se hace de la imagen de Jesús. La misión de Jesús fue venir a revelarnos la imagen real de Dios, como un Padre misericordioso, que resulta ineficaz por la manipulación que hacemos de su evangelio. El texto que meditamos pone a prueba la autenticidad de nuestra fe, si creemos en el Cristo que arriesga su buena fama y los beneficios que ello da, en favor de la dignidad humana presente en el hermano que todos menosprecian, o, por el contrario, en el Cristo que vino a humillar a los hombres con su santidad. Tal vez no logremos rescatar a todos los que están en las periferias existenciales, pero el ponernos en camino hacia ellos permitirá a la comunidad de discípulos reflejar más al que ha venido a buscar no a los sanos sino a los enfermos. No es raro escuchar gente que considera a la Iglesia como una institución poderosa, propiedad de gente privilegiada de algún modo, un espacio exclusivo donde no todos pueden entrar. Se puede decir que esto es falta de evangelización, pero deberemos cuestionarnos por qué la iglesia, para muchos, se asocia con gente “bien”, donde unos no tienen derecho a entrar. Esto, a veces, provoca que las criticas sean más duras, por no responder a le expectativa que se tiene de ella. El problema es que algunos se marginan de entrada.
El Papa Francisco aprovecha este pasaje para hablarnos de la pasión de Cristo por evangelizar. En él se hace presente el amor del Padre que “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”(1 Tim 2, 4): “El amor de Dios no es para un grupito solamente, es para todos. Esa palabra metámosla muy bien en nuestra cabeza y en el corazón: todos, todos, nadie excluido, así dice el Señor. Y este amor por por cada ser humano, alcanza a cada hombre y mujer a través de la misión de Jesús y de la Iglesia”. Y desde el texto que meditamos nos dice: “Jesús le regala una mirada justa, serena, ‘ve un hombre llamado Mateo sentado junto a la mesa donde cobraba impuestos…”(Mt 9, 9). Donde todos veían a un traidor del pueblo, un corrupto, un rico egoísta y orgulloso, que merecía el desprecio, Jesús “ve a un hombre”, con sus miserias y su grandeza. Jesús no se detiene en los adjetivos, Jesús busca siempre el sustantivo. Este es un pecador, este es un tal por cual…. Jesús ve a la persona, al corazón, esta es una persona, este es un hombre esta es una mujer. Y mientras entre Mateo y su gente hay distancia -porque ellos veían el adjetivo, “publicano”, Jesús se acerca a él, porque todo hombre es amado por Dios. ¿También este desgraciado? Sí, también este desgraciado; es más, Él ha venido principalmente por este desgraciado y por todos los que son como él; lo dice el evangelio: “He venido a llamar a los pecadores, no a los justos”(Mt 9, 13). Todo parte de esta mirada, que aprendemos de Jesús”.
También, este texto, nos confronta con una de las contradicciones más grandes que vivimos los seres humanos. A todos nos asombra y cautiva la imagen del Dios misericordioso, que “hace fiesta por un pecador que se convierte”(Lc 15, 22-24), pero, por otro lado, tendemos a ser implacables en nuestros juicios. Todos exigimos no ser juzgados y, sin embargo, estamos siempre a punto de condenar a alguien.
Esto refleja que no conocemos realmente al Dios compasivo, sino que lo proyectamos conforme a nuestros intereses, o sea que creemos en el Dios que nos conviene y no en el Dios que es por sí mismo. Esto antes que un problema moral es un problema de fe. Mientras no creamos en Dios como él es, sino que lo sigamos haciendo a la medida de nuestras necesidades, seguiremos siendo excluyentes y discriminadores. No basta con decir que “debemos” ser incluyentes, será casi imposible con las puras fuerzas humanas. Si nos fiamos de nosotros mismos es casi seguro que, en nombre de la inclusión haremos otras sectas que excluirán a Otros.
Es necesario empezar a construir la inclusión desde los valores más universales o, mejor dicho, desde Dios para que nadie quede fuera. Vivimos tiempos de mucha polarización y división, porque se absolutizan ideales pequeños o pasajeros: dinero, diversión, bienestar, cosas, afectos, ideas, etc. Todo esto es importante, pero debemos subordinarlos a los proyectos comunitarios más grandes. Sólo el proyecto de familia de Jesús es el que puede ayudarnos a reconciliar todos los intereses. Gracias a nuestro Señor Jesucristo, primeramente, porque nos da testimonio de no dejarse contaminar de todos los intereses que condicionan nuestra relación con Dios, lo deja actuar en total libertad para que trasparente su infinita misericordia, sin ninguna sombra de utilidad; y, después, porque fue compasivo. Jesucristo propone comenzar por lo más vulnerable: “No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos”.
Mientras se luche contra la cultura del descarte todos estaremos a salvo, cuando se promueva el atropello de los humildes de la tierra la fraternidad universal está en peligro y con ello la vida. Hacer presente el verdadero rostro de Dios le traerá problemas a Jesús, porque estaba muy “manoseado” por los intereses de los líderes religiosos. Todo comienza con la sana relación de Jesús con su Padre, que le hace reconocer que no son los justos los que necesitan de Dios, sino los pecadores. Tal vez lo que haga dudar de Jesucristo sea que está defendiendo a personajes notoriamente perversos. Sabemos que los cobradores de impuestos, como Mateo, se habían ganado su mala fama a pulso, no sólo porque contribuían con el imperio a saquear al pueblo judío, sino porque servían al César antes que a Dios, con su conducta. Según el proceder de Jesús, cualquier persona que no haya tenido la oportunidad de experimentar la misericordia divina, merece esa oportunidad. En esta manera de proceder está en juego, sin duda, la bondad de quien perdona, pero, sobre todo, la imagen del Dios en el que se cree. Sólo Dios puede ser compasivo y misericordioso en nosotros.










