– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO III ORDINARIO
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
21 de enero, 2024
En este domingo de la Palabra estamos invitados a tomar conciencia de que “toda Escritura es inspirada por Dios y es, también, útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar”(2 Tim 3, 16; y de que la fe proviene de la escucha y la escucha está centrada en la palabra de Cristo(Rom 10, 17). De aquí brota “la importancia que debemos dar a la escucha de la Palabra del Señor tanto en la acción litúrgica como en la oración y la reflexión personal”(Aperuit illis). Precisamente el evangelio nos actualiza el misterio de la Palabra creadora en medio de la nada(Gn 1, 2), representado por el arresto de Juan el Bautista. En este gesto podemos ver toda la resistencia que siempre ha existido hacia la Palabra: “Por más que escuchen, no entenderán; por más que miren, no comprenderán a no ser que se conviertan y Dios los perdone”(Is 6, 9). La palabra de Dios que había resonado en él parece haber sido acallada. En este contexto de caos, de muerte irrumpe la Palabra creadora en la historia, y en la respuesta de los discípulos podemos ver el poder de la resurrección, contenido en las palabras que Cristo anunció a los peregrinos de Emaús: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?”(Lc 24, 32).
En medio de la “soledad caótica y las tinieblas” del pecado y de la muerte, la Palabra hecha carne comienza su misión de restaurar todas las cosas, porque “es viva y eficaz y más cortante que una espada de dos filos”(Heb 4, 12), ya que “por ella fueron hechas todas las cosas y sin ella no se hizo nada de cuanto llegó a existir”(Jn 1, 3). Pareciera que la adversidad es el ambiente vital de la Palabra. Podemos imaginar el ambiente de miedo y pesimismo que se debió generar en torno al arresto de Juan. Había representado por un tiempo la esperanza de un cambio radical del orden de cosas que se vivían. Tal vez de él también se pudiera decir que se esperaba que fuera el libertador de Israel, pero…(Lc 24, 21). Es probable que algunos pensaran que había tenido su merecido por haberse atrevido a soñar con la causa subversiva del reino, que consiste en los ideales de justicia, paz y fraternidad. Juan ponía en cuestión el orden religioso y civil existente de una forma tal que resultaba una denuncia frontal contra los poderes caprichosos que dominan el mundo: “Pues Juan le decía a Herodes: No te es lícito tener la mujer de tu hermano”(Mc 6, 18). Juan se había dejado atrapar por la Palabra de Dios, como todos los profetas, pero con un compromiso mayor con la justicia de Dios: “Cuando encontraba tus palabras, yo las devoraba; tus palabras eran mi delicia y la alegría de mi corazón…”(Jer 15, 16). La Palabra de Dios se volvió fuego en su entraña, que no podía sofocar(Jer 20, 9).
Cuando no era prudente, en el momento más inoportuno, en la oscuridad y el caos de la nada, Dios hace resonar su Palabra creadora por medio de su Verbo encarnado. “En el principio”(Gn 1,1), no era prudente que Dios arriesgara su Logos eterno mezclándolo con la vulgar temporalidad y sin embargo ha querido comunicarse a través de ella, y es muy probable que esto sea desde la eternidad(VD, 8). La creación es como la primera pascua, donde Dios manifiesta su vida divina por medio de las criaturas: “Dios, creando y conservando el universo por su Palabra (Jn 1, 3), ofrece a los hombres en la creación un testimonio perenne de sí mismo”(DV, 3). Tampoco era prudente que hiciera resonar su Verbo eterno en la persona de Jesús de Nazaret, en las circunstancias que nos describe san Marcos. Herodes no quería estaba enojado, la gente estaba muy ocupada en lo suyo, como los discípulos. A poco andar de la misión de Jesús nos vamos a dar cuenta de que tampoco las autoridades religiosas querían, ni el mismo pueblo: “¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús de Nazaret? ¿Haz venido a destruirnos?”(Mc 1, 24). Sin embargo Jesús no puede callar las evidencias que retumban en su corazón acerca del reino de Dios, dentro de él palpita con toda su fuerza el Espíritu de Dios que pugna por hacer nuevas todas las cosas. Todo esto llena de ilusión y de sentido su vida, “no puede callar, tiene que anunciar”(Jer 20, 8).
Jesús comienza su misión anunciando la pascua, el triunfo de la vida sobre la muerte, lo mismo que anunció a los discípulos de Emaús: “A aquellos hombres asustados y decepcionado les revela el sentido del misterio pascual: que según el plan eterno del Padre, Jesús tenía que sufrir y resucitar de entre los muertos para conceder la conversión y el perdón de los pecados(Lc 24, 26. 46-47); y promete el Espíritu Santo que les dará la fuerza para ser testigos de este misterio de salvación(Lc 24, 49). Sabemos que el Espíritu Santo es la personificación del reino en Jesús, según san Lucas. El contenido de la Palabra es todo este dinamismo pascual del anuncio de un mundo nuevo que reclama un nuevo nacimiento, “del agua y del Espíritu”(Jn 3, 3).
Parece que sea válido que, así como algunos ven resonancias del paraíso en unas palabras dichas por san Marcos, unos tres renglones antes(“Estaba con las fieras y los ángeles le servían), podamos relacionar el comienzo de la predicación de Jesús con la Palabra creadora del principio: “Dijo Dios…”(Gn 1, 3. 6). Toda la escritura dará testimonio del poder creador de la Palabra de Dios: “La palabra del Señor hizo el cielo; el aliento de su boca, sus ejércitos”(Sal 33, 6); “Él lo dijo, y existió, él lo mandó, y surgió”(Sal 33, 9); “El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos”(Sal 19, 2). Será el evangelista san Juan el que nos ayude a comprender a Jesús como “la Palabra que existía desde el principio”(Jn 1,1). Por todo esto podemos darle la razón a san Mateo que prorrumpe en un gran grito de júbilo refiriéndose al mismo episodio que meditamos, es decir, cuando Jesús comienza a anunciar el reino de Dios: “Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban en una región de sombras de muerte na luz les brilló”(Mc 4, 15-16). La palabra profética honra al que es la Palabra, porque “en ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres; la luz resplandece en la oscuridad, y la oscuridad no pudo sofocarla”(Jn 1, 4).
Jesús está tan empapado de la espiritualidad de la Palabra que en él se personaliza. Así como María se identificó tanto con la Palabra, que se encarna en ella, así también en Jesús, tan perfectamente que quien lo ve a él ve al Padre: “¿No creer que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Lo que les digo no son palabras mías. Es el Padre, que vive en mí, el que está realizando su obra.”(Jn 14, 10). El anuncio del reino de Dios que ahora nos hace nos invita a voltear a mirarlo a él primeramente. El anuncio, a pesar del contexto adverso, no es para nada tímido, sino que es ambicioso, es gozoso, radical. Anunciar el reino de Dios es decir que se está consagrado totalmente a la causa de Dios, con toda su mente, su fuerza, su corazón, que él debe ocuparse de las cosas de su Padre solamente(Lc 2, 49), que su alimento es “hacer la voluntad del que lo envió hasta que lleve a término su obra de salvación”(Jn 4, 34). Necesitamos que la Palabra de Dios sane nuestras dudas, nuestras heridas, miedos, pecados: “Ustedes ya están limpios, gracias a las palabras que les he comunicado”(Jn 15, 3).
La Palabra de Dios no pide limosna, pide todo. Los reinos son muy celosos, reclaman todo. No se puede pertenecer a dos reinos, “porque odiará a uno y amará al otro, o será fiel a uno y al otro no le hará caso. Ustedes no pueden servir a Dios y al dinero”(Mt 6, 24). Jesús preferirá decir a algunos que no, para invitarlos a una conversión más profunda, que aceptar un discipulado aparente, “para que los vea la gente”(Mt 6, 2). Jesús explicará la grandeza del reino de Dios con las imágenes del tesoro y la perla(Mt 13, 44). No es algo que se impone externamente, sino algo que seduce la libertad. La conversión a la que nos invita el reino es más una seducción que una imposición. Que la libertad sea atraída por medio de la admiración y la fascinación, para que nos obligue en la libertad del espíritu. Sólo esto facilita una respuesta generosa y nos aparta de usar el seguimiento de Jesús para buscar espacios de poder.
El mejor homenaje que podemos hacer a la Palabra de Dios es escucharla hasta que recree nuestros pensamientos e intenciones y podamos sentirnos interpelados y llamados por ella: ¡Sígueme!










