– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO XIII ORDINARIO
Mt 10,37-42
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
2 de julio de 2023
Jesús continua con su discurso misionero, que comenzó dando autoridad a sus discípulos para predicar y sanar y, también, algunas indicaciones de cómo proceder concretamente: “Cuando entren en una casa digan: paz a esta casa, y si ahí hay gente amante de la paz, el deseo de paz de ustedes se quedará y si no, volverá a ustedes”(Mt 10, 13). Más que de una reglamentación muy precisa, se trata de puntos inspiradores de actitudes profundas que inculcan que no se va en nombre propio, sino enviado por Otro. Es una invitación a permanecer siempre discípulo, a no adueñarse nunca de la obra. Esto será el antídoto tanto para el protagonismo perverso, como para el pesimismo frente a las adversidades propias de la misión. Después fortalecerá el envío haciendo una descripción detallada de las resistencias y persecuciones que se deberán padecer por esta causa, a lo cual se podrán sobreponer por la gracia de Dios. Frente a todo esto, Jesús, infunde confianza argumentando en favor de la providencia divina, que protege seguramente a los que le son fieles: “Hasta los cabellos de su cabeza están contados”(Mt 10, 30).
Jesús está fundando la misión universal de servir la dignidad al mundo. Se trata de suscitar todo un movimiento de solidaridad inspirado en la caridad que “sana a los enfermos, resucita a los muertos, limpia a los leprosos y expulsa a los demonios”(Mt 10, 8). Todas estas son imágenes de recreación y restauración de la existencia humana. Esta es la vocación y misión de todo ser humano: acoger, proteger, discernir, integrar, como lo ha dicho el Papa Francisco en relación a los migrantes. En una palabra, ser buenos samaritanos que se detiene frente al hermano herido a la orilla del camino, “que se conmueve profundamente, que cura y venda las heridas, los sube a su cabalgadura, los lleva a un hospital, lo cuida y responde por todo lo que necesite”(Lc 10, 33-35). Aunque estas palabras las dice Jesús a gente creyente, sin embargo, valen para todo ser humano, nadie se debe dispensar de ser apóstoles de la vida y de la fraternidad a como de lugar. Cada uno desde sus posibilidades, carismas, conocimientos, recursos, está invitado a ser un artesano de la paz promoviendo una convivencia justa.
Por ser tan santa y tan vital, la misión de sanar y recrear la humanidad, de evangelizarla, Jesús continua fortaleciendola. Así como el miedo puede acabar con ella, lo mismo pueden hacer los lazos afectivos, que brotan de lo más profundo de nuestro corazón. Sabemos de la fuerza de los lazos de la “carne y la sangre”. Vistos desde sí mismos, suena muy cruel que alguien los quiera poner en cuestión, “sobre el corazón no se manda”, se dice. Sin duda que la afectividad es esencial para la maduración de las personas y para construir la comunidad humana, es verdad que hasta cierto punto deben respetarse los sentimientos, también es cierto que nunca somos lo suficiente maduros en esto, se debe vigilar siempre sobre el corazón. Más, sin embargo, como todo en el ser humano, también la afectividad debe estar al servicio de su vocación a la trascendencia, por lo tanto debe ser educada. Si se vive sólo desde sí mismos, los sentimientos, existe el riesgo de que encierren a las personas y las destruyan. Cuánto proyectos fracasados por dejarse llevar acríticamente por el corazón. La afectividad humana debe estar al servicio de un amor que permita al hombre la libertad de no necesitar recompensa alguna, aunque el amor siempre sea gratificante. El amor de la familia puede ser limitante, no porque haya maldad en él sino porque es desafiado por el amor de Jesucristo(2 Cor 5, 14).
Más que a romper con la familia, Jesús, hace un llamado a abrirla a un amor universal, como se ha manifestado en él. Él consagró la familia al elegir una para nacer, y la defendió de un falso celo religioso: “Ya que mientras Dios dispuso: honra a tu padre y a tu madre,…ustedes, en cambio afirman: el que dice a su padre o a su madre: ´he dado como ofrenda todo lo que tenia para ustedes, ese no tiene que honrar a sus padres”(Mt 15, 4-6). Sin embargo, Jesús, relativiza los lazos familiares cuando alguien le avisa que ahí afuera están su madre y sus hermanos, y él responde: “Y señalando con su mano a sus discípulos, afirmó: ¡Estos son mi madre y mis hermanos! Los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en los cielos”(Mt 12, 48-50). En todo caso, lo que ahora escuchamos en el evangelio es una llamada a abrir los horizontes de la familia de sangre, para que bajo ningún motivo estorbe la vocación universal de sus integrantes, sobre todo cuando dicha vocación se presenta como un llamado de fe, y no sólo a la vida consagrada, sino al servicio del bien común. Los particularismos, sectarismos pueden echar a perder todo proyecto de servicio. Los servicios públicos, que prometen abrirse más allá del ámbito familiar, a veces, sufren reduccionismos por intereses personales o de grupo.
Así como el miedo puede acabar con la misión, pueden hacerlo los lazos afectivos que brotan de lo más profundo de nuestro corazón. Mientras el miedo lo percibimos como algo negativo inmediatamente, es desagradable y espontáneamente luchamos por deshacernos de él, los afectos hacia las personas, en cambio, los sentidos como algo bueno, los consideramos muy legítimos y de lo mejor que nos pueda pasar, en la mayoría de los casos. Vivimos una época muy sensible al valor de la afectividad. Sin embargo, cuántas experiencias muy desagradables y lamentables son producto de dejar correr loa afectos a ciegas: hijos no deseados o maleducados, matrimonios a la ligera, infidelidades, divorcios, abusos, posesividad, chantajes, etc. Estas situaciones negativas nos indican ya la necesidad de que el amor natural sea sanado.
Parece cruel, inhumano, irracional e injusto lo que pide Jesús, de ir más allá de los lazos familiares y si es necesario renunciar a ellos, pero más cruel es lo que hacen las mismas familias entre sí, o alguno de sus integrantes, cundo no se abren al amor de Dios. A veces, los lazos hechos de pura sangre hacen correr sangre, o por lo menos, hay desprecio, odio, rencores. Luego las peores ofensas se dan entre los familiares o los que se han hecho “una misma carne” en el matrimonio. Luego hay historias donde el mismo ADN anda rodando separadamente por ahí, el papá por un lado, el hijo por otro, sabiéndolo o sin saberlo. Hay relaciones fraternas rotas, también, por muchas razones. Hay muchas situaciones que nos sugieren que los lazos afectivos y de sangre no son absolutos. Jesús no está atentando contra la “armonía” de la convivencia humana o familiar. Los afectos son una poderosa energía de cohesión social, pero si no se les abre al proyecto de la familia universal, pueden ser una “jungla” de instintos que hacen daño. Es cierto que los vínculos afectivos no se debe poner en cuestión por cualquier cosa, sino solamente por el evangelio de Jesucristo, por “cargar su cruz” o por una causa mayor semejante. Los “eunucos por el reino de los cielos”(Mt 19, 12) son signo de la vocación que hay en cada ser humano de servir a los Demás.
Pero, más allá de que nosotros hacemos cosas peores con nuestros familiares, amigos y con nosotros mismos, que las condiciones que pone Jesús, debemos saber leer entre líneas el anuncio de vida y fraternidad, en las exigencias del seguimiento de Jesucristo. No se trata de hacer una apología del sufrimiento o de los sacrificios. No es que Dios sea como los dioses paganos, un Dios sádico, que le gusta beber sangre humana. Leer entre líneas, en las renuncias de Jesús, quiere decir que debemos tratar de ver “el tesoro” o “la perla preciosa” capaces de hacer relativas realidades que consideramos valores en sí mismos, como los lazos familiares, cierta vida instalada o egoísta. Sin la experiencia de un Amor absoluto, desinteresado no se ve por qué se haya de despreciar los amores de este mundo. Jesucristo más que querernos quitar, nos invita a invertir nuestro “cinco panes y dos pescados” en un proyecto que haga mas fecunda nuestra afectividad.
Ojalá que no le vayamos a echar la culpa a Jesús de los problemas que sufren las familias en estos tiempos, por violencia, indiferencias y traiciones. Los problemas más frecuentes que se dan en las familias, no son por ir mucho a misa, por leer la biblia, por hacer oración con frecuencia o por llevar un estilo de vida muy evangélico. De pronto hay algún miembro de la familia que le reclama a otro que va mucho a la iglesia y no le sirve de nada. Pero las peores tragedias familiares no son a causa de la religión, sino, precisamente, por la falta de Dios. Entonces, de qué nos escandalizamos porque Jesús nos pide renunciar a la familia para seguirlo a él. De hecho la destruimos por tantas otras cosas, démonos la oportunidad de acercarnos a Jesús sacrificando lo que sea necesario nuestros afectos y lazos familiares, él nos devolverá a nuestras familias con una actitud más positiva. El proyecto de Jesús sobre la familia simplemente es compatible con el proyecto de familia universal.










