– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO XVIII ORDINARIO
3 de agosto, 2025
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
La liturgia de este domingo nos presenta un pasaje muy mesiánico, si tenemos en cuenta que Lucas ha presentado a Jesús como el …enviado a proclamar la liberación a los cautivos,… liberar a los oprimidos y a proclamara un año de gracia del Señor”(Lc 4, 18). Estas palabras nos recuerdan al siervo del Señor, que ha recibido “el espíritu para manifestar el derecho(la justicia) a las naciones… “Manifestará firmemente el derecho(la justicia), y no se debilitará ni se cansará hasta implantarlo en la tierra”(Is 42, 1-3). Vuelve a resonar el tema del Espíritu, que es el signo de la gran dignidad que envuelve a una persona por iniciativa de Dios: “Este es mi siervo a quien sostengo, mi elegido en quien me complazco. He puesto sobre él mi espíritu…”(Is 42, 1). Al mismo tiempo, es presentado como el que “no juzgará por apariencias, ni sentenciará de oídas”(Is 11, 3). También, como el que “no gritará, ni vociferará por las calles; no romperá la caña resquebrajada ni apagará la mecha que apenas arde”(Is 42, 2-3). La misión del Mesías es presentado bajo el signo de la justicia, pero no cualquier justicia, sino la que han orado los pobres de Yahvé a lo largo de la historia de salvación: “para concedernos que, libres de nuestros enemigos podamos servirlo sin temor, con santidad y justicia en su presencia toda nuestra vida”(Lc 1, 73-74). Una justicia con santidad, es decir como obra del Espíritu Santo.
Claro que el texto en sí mismo se refiere a la justicia social que busca un hombre, para lo cual pide la intervención de Jesús. Sin embargo Jesús lo invita a una justicia más amplia, que lo interpela a él mismo. Deberíamos preguntarnos las razones por las que este hombre hace esta petición. Esta petición habla bien de Jesús, su actuar genera este tipo de expectativas; de la fe, se le relaciona con la defensa de los derechos humanos; de lo creyentes, su actuación tiene repercusión social. Sin embargo, Jesús, no se deja llevar por la expectativa que pudiera tener aquel personaje, él actúa desde como deben de ser las cosas. Su misión es de salvación integral, temporal y eterna. Era muy sensible a la reducción que siempre se quiere hacer del mensaje de salvación. Es frecuente que se busque la intervención de Dios en las situaciones muy difíciles de la vida, pero en las de cierta calma hay un total indiferencia. No está mal abordar la religión desde la cuestión práctica, pero cuando no se acepta la relación interpersonal con Dios en la que tomemos en cuenta su proyecto total de salvación, sino que lo busquemos sólo cuando nos conviene, nos haremos daño. Jesús realizó su misión de salvación con obras y palabras, pero cuando sólo se buscaban sus milagros y no sus palabras, cuestionaba: “Si no ven signos y prodigios son incapaces de creer”(Jn 4, 48).
Esta vez Jesús no se dejó reducir a líder social, sino que reivindicó para sí su misión de enviado del Padre. Unos lo quisieron reducir al Mesías político, otros a grandes personajes del pasado(Elías, Moisés, Isaías, etc), o a un simple vecino del pueblo. Parece que siempre hay dificultad en recibir a Jesús como el Ungido del Señor, reconocer en él su divinidad. Ahora Jesucristo reclama que “el que viene de lo alto está por encima de todos. El que viene de la tierra es de la tierra y habla de las cosas de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos y da testimonio de lo que ha visto y oido…”(Jn 3, 32). Después veremos que esta identidad lo hará capaz del mayor compromiso social que haya existido: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre, y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”(Jn 6, 51).
Jesús no pretende, simplemente, ser popular, agradar, caer bien, sino cumplir la misión que el Padre le ha encomendado. Frente al hermano que pide su herencia es muy probable que haya sentido el riesgo de la instrumentalización que siempre se hace de la fe. Todos buscamos ser apoyados en nuestras causas y vamos juntando simpatizantes. Así se hacen los bandos, pequeños o grandes. Jesús nos ha venido a prestar el servicio de medirnos frente a los criterios del reino de Dios, para fomentar la unidad. Más que un no dejarse instrumentalizar es ofrecer el servicio de la justicia divina que quiere un mundo fraterno y solidario. La propuesta de Jesucristo involucra las actitudes del corazón. La avaricia supone la idolatría de las riquezas. No es que Jesús acuse a aquel hombre, sino que conoce el corazón humano y esa es una tentación de todos. Sacar la espina envenenada de la codicia arreglará todas las divisiones del mundo. Los ídolos reclaman la vida humana, tarde que temprano. El Cohélet las llama “vana ilusión”, para invitar a no dar el corazón a las cosas: “Todas las cosas, absolutamente todas, son vana ilusión. Hay quien se agota trabajando y pone en ello todo su talento, su ciencia y su habilidad y tiene que dejárselo todo a otro que no lo trabajó”(Elo 1, 2). Al destruir el señorío de Dios en el corazón del hombre destruyen toda posibilidad de fraternidad.
Además, la idolatría atenta contra la imagen de Dios restaurada por obra de Cristo, que nos ha hecho ciudadanos del cielo. No es digno del “hombre nuevo” conformarse con las migajas de cosas fugaces pasajeras, estando hechos para una herencia eterna. “La dignidad(la vida) del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea”, sino de la justicia divina con que administre todo lo que tiene: “Den muerte, pues, a todo lo malo que hay en ustedes: la fornicación, la impureza, las pasiones desordenadas, los malos deseo y la avaricia, que es una forma de idolatría”(Col 3, 5). Esto es lo que desfigura el rostro humano, lo que dignifica es administrar las cosas dentro del proyecto de Dios. No se trata de satanizar las cosas materiales, sino de hacer despertar del “embrujo” que provocan, cuando nos hacen creer que son la vida.
Sin duda que la justicia social está en el corazón de la enseñanza de Jesús, y esto lo ha captado muy bien san Lucas. La prueba está en algunas parábolas sociales que sólo él relata, como la del rico Epulón, la del buen samaritano y la que escuchamos en el pasaje que meditamos del rico inconsciente. El criterio genérico de esta justicia es la equidad, que más o menos todos tengan las oportunidades de una vida digna. La inteligencia humana ha buscado siempre cómo organizar la convivencia social de tal modo que nadie quede marginado, pero hasta hoy no lo ha logrado. Esta debería de ser la prueba del desarrollo de una sociedad, la capacidad de integrar a todos a la fiesta de la vida, que no haya marginados en sus derechos fundamentales. Mientras haya descartados las sociedades y la humanidad será subdesarrollada. Tal vez la búsqueda de la equidad ha sido más matemática, más técnica, pero no se ha trabajado lo suficiente las actitudes de fondo. Sistemas van, sistemas viene y siempre hay unos pocos que dominan a la mayoría. En este tiempo, nos ha dicho el Papa Francisco: “Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las mayorías se quedan cada vez más lejos del bienestar de esta minoría feliz”(EG, 56).
En este sentido, que bien que Jesucristo enfrenta esta situación de desigualdad e injusticia, desde un hecho muy concreto, al rematarlo con la parábola del rico. Es demoledora la crítica que Jesús hace del rico avaro, cómo simplemente mira sus intereses sin pensar en nadie más a su alrededor. Pero también la denuncia de su torpeza al poner su corazón en los bienes fugaces. No se podía esperar otra cosa de él. Ciertamente desilusiona un poco, al principio, porque parece sacarle la vuelta al problema. Todos esperaríamos que Jesús se pronuncie con todos claridad en favor del que pide su intervención porque está siendo despojado de su herencia. ¿Acaso no había sido presentado, el Mesías, como el que “herirá al violento con la vara de su boca, con el solo de sus labios matará al malvado. Será la justicia el cinturón de sus caderas…”(Is 11, 4-5). Sorpresivamente Jesús no “compra” la causa en el sentido que se la presentan, sino que enfoca el problema desde una mirada más amplia. Da la impresión de que evade el problema con su respuesta: “Amigo, ¿quién me ha puesto como juez en la distribución de herencias””(Lc 12, 14). Ya hemos dicho que, Jesús, se va a la raíz del problema.
Para arreglar bien los conflictos debemos sanar el corazón humano desde lo más profundo y esto sólo lo puede hacer Dios. Las causas de reivindicación frecuentemente se contaminan por intereses mezquinos, como los que nos describe Santiago: “¿De dónde proceden las peleas y riñas que se dan entre ustedes? ¿No es precisamente de sus deseos de placer que luchan en su interior? Ustedes codician y, como nada obtienen, entonces matan; envidian, pero como nada logran, no cesan de reñir y pelear”(St 4, 1-2).









