– Meditación –
MEDITACIÓN DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR
2 de febrero de 2025
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
Jesucristo se incorpora a la historia de la humanidad de la forma más discreta posible, asumió todos los condicionamientos necesarios para hacerse nuestro hermano, de “la misma sangre”(Heb 2, 14). “Escondió” su divinidad en la normalidad de la vida de todo ser humano, por el misterio de su encarnación: cuerpo, familia, tradiciones, leyes civiles, leyes religiosas. Obviamente que no era la intención de esconderse, sino mostrar el dinamismo del amor, que pasa por el despojo de sí mismo(Fil 2, 7-8). El pesebre es el signo de su semejanza con nosotros, menos en el pecado, la fragilidad más profunda de los seres humanos él la asumió. Sin embargo, “no se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte”(Mt 5, 14). Jesucristo irá siendo descubierto por los humildes y sencillo: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y se las has dado a conocer a los sencillos. Sí, Padre, así te ha parecido bien”(Lc 10, 21).
Ya había descubierto la presencia del Señor(Lc 1, 43), Isabel. Aun cuando Jesús todavía estaba en el seno de María, la alegría ya había llegado al corazón y al vientre de Isabel: “Porque en cuanto oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno”(Lc 1, 44). Lo habían descubierto, también, los pastores “que pasaban la noche en pleno campo cuidando sus rebaños por turnos”(Lc 1, 8). San Mateo nos narra que la luz de Belén llegó hasta los últimos rincones del mundo, en la visita de los sabios venidos de oriente(Mt 2, 1-2). La presencia de estos personajes causó mucho sobresalto en la corte de Herodes, esto tuvo consecuencias muy graves para todas las familias que tenían hijos menores de dos años(Mt 2, 3-12). En realidad, Jesús, comenzó a ser signo de contradicción, de caída y resurgimiento de muchos en Israel(Lc 2, 34), como lo anunció Simeón, desde su nacimiento. Tal vez esto sea el punto central de esta fiesta de la presentación del Señor, tanto la presentación de Jesús como el consagrado de Dios, el Ungido, como el significado de su consagración, en verdad será “como fuego de fundición, como lejía de lavanderos”(Mal 3, 2), esto en el sentido de que hará cumplir la justicia de Dios que viene envuelta en su misericordia, según lo cantan María, -Su nombre es santo, y su misericordia es eterna-(Lc 1, 49-50) y Zacarías, -De este modo mostró el Señor su misericordia a nuestros antepasados…”-(Lc 1, 72). Recordemos que Lucas nos presenta a Jesús como el que viene a anunciar “un año de gracia del Señor”(Lc 4, 19). Sirvan las palabras de Simeón para puntualizar que la misericordia de Dios no cancela su justicia. Jesús mismo cumple ahora con la justicia de Dios expresada en la ley: “Todo primogénito varón será consagrado al Señor”(Lc 2, 23). Jesús se bautizará para cumplir con la justicia divina(Mt 3, 15), superior a la de los escribas y fariseos(Mt 5, 20).
La consagración de Jesús a Dios es una bendición para la humanidad, “bien de todos los pueblos, luz para alumbrar a las naciones y gloria del pueblo de Israel”. Si el profeta Malaquías nos presenta a Jesús desde la justicia divina, “el día de la colera del Señor”, la carta a los Hebreos y el Evangelio como cumplimiento de la ley en el amor: “Jesús no vino a ayudar a los ángeles, sino a los descendientes de Abraham; por eso tuvo que hacerse semejante a sus hermanos en todo, a fin de llegar a ser sumo sacerdote, misericordioso con ellos… y expiar así los pecado del pueblo”. Todo consagrado a Dios, por el sacramento del bautismo, del Orden o los votos evangélicos, está llamado a ser un signo de esperanza para sus hermanos, tanto si denuncia como si anuncia. La Iglesia que ha nacido por la unción del Espíritu Santo en Pentecostés deberá ser, en la contradicción, un hospital, un hogar, una gracia para quienes se acerquen a ella.
Simeón y Ana son puesto como ejemplos de anuncio de la esperanza que no defrauda. Son cualificados, por Lucas, por su edad, bien pueden ser representación del Antiguo Testamento, por su actitud orante durante toda su vida, porque reconocen a Jesús como el Mesías, esperaban en oración “el consuelo de Israel, como los testigos más autorizados para dar razón del cumplimiento de la ley. Todo lo que se realza en ellos está al servicio de la misión de Jesús. Simeón relativiza toda su vida, como san Pablo, frente a Jesucristo, “todo lo considera una pérdida con tal de ganar a Cristo Jesús y vivir unido a él con una salvación que no procede de la ley, sino de la fe en Cristo”(File 3, 7-9). Que si había sido muy observante de la ley, o sufrido muchos sacrificios, que si tenía otras expectativas, obedece al Espíritu y lo proclama como el salvador prometido. Ana, también, arriesga todo su capital religioso y lo pone al servicio de Jesús. Su vida, como la de Simeón, había estada muy ligada al templo, con toda la religiosidad y expectativa que ahí se generaba, y sin embargo conservó su corazón íntegro para ayudar a Jesús a entrar a este mundo como el hijo de Dios. Su castidad, su observancia, su oración dieron testimonio de que “Dios ha visitado y redimido a su pueblo”(Lc 1, 68).
Un detalle que puede pasar desapercibido es cómo no fueron pervertidos los corazones de estos dos ancianos, por toda la expectativa mesiánica de Israel. Sabemos de la desilusión y escándalo que provocará Jesús entre sus paisanos por no responder a estas expectativas, todo el evangelio nos dará cuenta de ello. Seguramente habrán vivido alguna sorpresa, como la de María en la Anunciación: “¿cómo podrá ser esto?” Es la duda que nos hiere a todos frente a la sabiduría de la Cruz: ¿por qué tengo que renunciar a afectos, cosas, más aun, a mí mismo, para ser disípelo de Jesús? Estos dos personajes nos dan ejemplo de que su ancianidad no está hecha sólo de años, sino de obediencia a la voluntad de Dios. Seguramente también ellos tuvieron que pelear “el combate de la fe” para reconocer en aquel escenario el misterio de Dios. No había mucho de extraordinario en aquella familia, era lo mismo de todos los días, familias jóvenes iban a presentar a su hijos, con el agravante de que estos no pudieron pagar el servicio más costoso. La duda de todos los tiempos del corazón humano frente a Dios, tuvo que asomarse a la mente de Simeón y Ana.
¿Habrán creído porque no les quedaba de otra, ya que pronto iban a morir? Se podría cuestionar que hicieron lo más sensato para salvar su capricho de haber gastado su vida en una ilusión. Habían vivido en la mentira y ahora se aferran a su mentira proclamando su fe en Jesús. En todo caso Jesús sería un pretexto para defender su fracaso. Todas las acusaciones que se hacen a la fe pueden recaer sobre estos personajes: la religión “opio del pueblo”, el engaño de la sublimación de los miedos y represiones, la fuga de la realidad, etc. La duda siempre será parte de la fe, pero el texto evangélico respira gozo, plenitud, madurez, sensatez, sabiduría, de parte de Simeón y Ana.
Sin duda que pertenecen al resto fiel de Israel, de aquellos que no se habían contaminado con las interpretaciones “políticas” de la ley, con las que algunos sometían a sus caprichos e intereses los mandamientos de Dios: “Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios y siguen la tradición de los hombres”(Mc 7, 8). Desde una espiritualidad alimentada en la meditación orante de la palabra había resistido a la tentación de pervertir la fe con ambiciones personales. La prueba de que vivían el espíritu de la ley y los profetas es que aman a Dios en los pobres e insignificante, que es un resumen de los Escritos: “…ve a vender todo lo que tienes y dáselo a los pobres; así tendrás un tesoro en los cielos”(Mt 19, 21). Además, su testimonio sin miedo y sin complejos los recomienda como auténticos discípulos del evangelio de Jesucristo. Por otro lado, son los testigos menos saludables de Jesucristo, porque no exigieron milagros, no recibieron ningún beneficio sensible, curación o milagro, ni discursos. Lo único que les ofreció Jesús fue su presencia. No buscaba a Jesús porque habían comido hasta saciarse(Jn 6, 26), sino que acogieron a Jesús como el alimento que no se acaba, desinteresadamente(Jn 6, 27).
Qué decir de la actitud de José y María, que con su docilidad al Espíritu y su humildad presentan a Jesús en obediencia a la ley y lo rescatan, pero que asumen en la fe lo que Dios está realizando en aquel momento, anunciado por Simeón: “A ti una espada te atravesará el alma”(Lc 2, 35). En la oscuridad de la fe están ofreciendo el sacrificio que a Dios le agrada: misericordia, obediencia. En realidad Jesús quedará consagrado en cuerpo y alma a la obra de Dios. No habrá simulación, como lo sugería la ley, sino que Jesús correrá la suerte del “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”(Jn 1, 29).








