– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO XVIII ORDINARIO
(Jn 6, 24-35)
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
4 de agosto, 2024
Después del signo viene la catequesis, donde la palabra se vuelve ella misma sacramento. El signo en sí mismo no es suficiente todavía, será necesario que acceda la Palabra sobre él para que se vuelva sacramento. Esto nos hace pensar, además de la epíclesis, en los procesos catecumenales que preparan a los sacramentos. Sin el diálogo de la fe -la evangelización- se ve gravemente comprometida la vida sacramental de la Iglesia y con ello su vitalidad evangelizadora, pues la eucaristía es fuente y culmen de la misión. Sin duda que la liturgia “es el ámbito privilegiado en el que Dios nos habla a nuestra vida, habla hoy a su pueblo, que escucha y responde”(VD, 52), pero “la sagrada liturgia no agota toda la acción de la Iglesia, pues antes que los hombres puedan acceder a la liturgia es necesario que sean llamados a la fe y la conversión: ¿Como invocarán a Aquel en quien no han creído?, o ¿cómo creerán en Él sin haber oído de Él?, y ¿cómo oirán si nadie les predica?, y, ¿cómo predicarán si no son enviados?(Rom 10, 14.15)(SC, 9). Ni aún el signo más elocuente de la pasión y resurrección de Jesús se bastó a sí mismo, fue necesario que lo explicara la Escritura: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos explicaba las Escrituras?(Lc 24, 32).
San Juan no llegará hasta la institución formal de la eucaristía, sin embargo llega al sacramento por medio de las palabra. Las palabras son, de algún modo, sacramento: “En la relación entre Palabra y gesto sacramental se muestra en forma litúrgica el actuar propio de Dios en la historia a través del carácter performativo de la Palabra misma. En efecto, en la historia de la salvación no hay separación entre lo que Dios dice y lo que hace; su Palabra misma se manifiesta como viva y eficaz(Heb 4, 12)…”(VD, 54). Desde el inicio de su evangelio, san Juan, nos dice que él nos va a hablar de le eficacia de la Palabra: “En el principio ya existía la Palabra. La Palabra estaba junto Dios, y la Palabra era Dios”(Jn 1, 1). Según san Jerónimo, cuando Jesús nos habla de su Cuerpo, en realidad nos está hablando de la Palabra de Dios: “Sin embargo, el cuerpo de Cristo y su sangre es realmente la palabra de la Escritura, es la enseñanza de Dios”(VD, 56). En nuestro tiempo hablamos de sacramentalismo, refiriéndonos a la celebración de los sacramento sin la debida preparación. La única solución a esto son los procesos evangelizadores, el poner a las personas más en contacto con la palabra de Dios.
Jesús comienza su catequesis poniendo en cuestión todo el homenaje que le ofrecen al mostrarle un gran interés por su persona. Algo parecido hizo con los discípulos de Emaús: “¡Que torpes son para comprender, y qué duros son para creer lo que dijeron los profetas!(Lc 24, 25). No podemos acusar a Jesús de que sea insensible al sufrimiento humano. Desde el misterio de la encarnación queda exorcizado todo espiritualismo en él. Todos los signos y milagros son testigos del gran compromiso que Jesús tuvo con las necesidades básicas de las personas. Testigos de la cercanía de Jesús a los gozos y tristezas más profundas de la vida son todos los milagros, que explicitan el misterio de su encarnación. A la Iglesia le quedó claro desde un principio que debía encargarse de las pobrezas de sus hermanos. Así ha tratado de cumplirlo a través de las obras de caridad y la promoción de la justicia. Nos dice san Pablo VI que “entre evangelización y promoción humana –desarrollo, liberación- existe efectivamente lazos muy fuertes. Vínculos de orden antropológico, porque el hombre que hay que evangelizar no es un ser abstracto, sino un ser sujeto a los problemas sociales y económicos”(EN, 31).
Ciertamente las palabras de Jesús son aparentemente acusatorias, hirientes. Sin embargo, lo único que busca es despertar la dignidad de aquella gente, constituirlos en un un interlocutor lúcido. No quiso abusar de su necesidad, sino que les da la oportunidad de plantarse frente a él como personas y no como una “presa fácil”. Jesús no quiso arrojar las perlas a los cerdos(Mt 7, 6). La evangelización supone la promoción humana, como ya se ha dicho. Algo semejante hizo con los primeros discípulos “¿Qué buscan?(Jn 1, 38). No quiso tratarlos como unos simples “acarreados” que se les da un “lonche”, sino hacerlos partícipes del banquete del reino de los cielos, para que quien participe en él no vuelva a tener hambre ni sed. Su criterio no fue la complacencia de la mayoría, sino lo que le conviene al ser humano, aunque tal vez no lo comprenda. De esta manera revela el hombre al mismo hombre, al revelarle que su hambre, en última instancia, es de Dios. Por ello, ahora, aborda su misión desde la totalidad de la persona, como ya lo había hecho antes al dar de comer, pero al parecer mal comprendido.
Aparente aquella gente se interesa en la propuesta de Jesús: “¿Qué debemos hacer para realizar la obra de Dios”(Jn 6, 28). Pero al remitirlos Jesús nuevamente a creer en él ellos lo cuestionan desde Moisés. Parecía que habían creído en Jesús, pero permanecían en sus tradiciones. Los judíos vuelven a la carga menospreciando el signo de la multiplicación de los panes y exaltando el maná que Moisés había dado a sus padre en el desierto. Jesús aprovecha para presentarse como el Pan de Dios. El asunto aquí es que para llega al “sacramento de la fe” o a la fe misma es necesaria la confrontación con la palabra de Dios, sólo ella es la que puede denunciar las intenciones más profundas del corazón y la que puede ayudarnos a discernir el Cuerpo de Cristo(1 Cor 11, 29).
La comunión eucarística es el signo de la fe, de la palabra de Dios, del amor de Cristo en la cruz, de la pertenencia a una comunidad. Para entrar en la mentalidad nueva de Cristo necesitamos ser evangelizados, para no recibir el Cuerpo de Cristo simplemente como un pan bendito, que nos introduce a una religiosidad estéril, sin los frutos de hermandad, de justicia, de verdadero culto a Dios. En aquel tiempo en nombre de la fe se buscaban los intereses personales a través de la experiencia religiosa, las discusiones con Jesús se dan al interior de la religión. En estos tiempos nos afanamos más por el pan de la tierra sin preocuparnos tanto por el pan del cielo. Son tan efectivas las soluciones inmediatistas que nos esconden las verdaderas causas de los problemas y sus soluciones profundas. El problema es el secularismo que trata de sacar a Dios de la convivencia humana. Literalmente, la época moderna se afana excesivamente por el pan material y descuida el pan que dura para la vida Eterna.
Visto desde la vida personal, después de todos los afanes, logros y éxitos, queda un vacío que no se llena con la cultura del bienestar. “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada…Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida. Esa no es la opción de una vida digna y plena, ése no es el deseo de Dios para nosotros, ésa no es la vida en el Espíritu que brota de Cristo resucitado”(EG, 2).
También hoy Jesús se siente atropellado por expresiones religiosas pragmáticas, utilitaristas, como en el Evangelio. También ahora nos puede decir Jesús no me buscan para escucharme, para ser mis discípulos, me buscan para saciar sus necesidades religiosas. Quieren permanecer en “lo vano de sus criterios”(Ef 4, 17) , aunque eso los mantenga en un mundo lleno de violencia, de prepotencias y mentiras. No quieren entrar al mundo de la libertad de los hijos de Dios, de la gratuidad, de la esperanza, de la humildad, la mansedumbre, la solidaridad; “no trabajen por ese alimento que se acaba, sino por el alimento que dura para la vida eterna y que les dará el Hijo del hombre…”(Jn 6, 26-27). Así como debemos aprender a comer el alimento nutritivo y balanceado para nuestra salud física, debemos aprender a comer lo que fortalezca nuestra interioridad, que nos ayude a “renovar nuestra mente y a revestirnos del nuevo yo, creado a imagen de Dios, en la justicia y en la santidad verdadera”(Ef 4, 24).
Somos los mejores creyentes cuando buscamos a Dios según nuestros propios criterios, pero cuando nos revela su misterio profundo en Jesús, se rompe el encanto y se da paso al conflicto. Escandalosa la veleidad del corazón del hombre que pasa del amor apasionado al casi odio en un instante, cuando se le confronta. Después de haberle manifestado su profunda admiración, los judíos comienzan a poner en tela de juicio la misión de Jesús. Este es un retrato muy elocuente del problema fundamental de la fe: hacer de Dios un “títere” a la medida de nuestras necesidades. Jesús no dejará de insistir en la necesidad de comulgar con todo un proyecto que combate al “viejo yo, corrompido por deseos de placer”(Ef 4, 24).










