– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO XX ORDINARIO
(Jn 6, 51-58)
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
18 de agosto, 2024
Se dice que el evangelio de Juan es más teológico y espiritual, en relación a los sinópticos: Mc., Mt., Lc. Describe menos los hechos concretos y trata de introducirnos más en el misterio del Verbo hecho carne, que ha venido a dar la vida a los hombres. En relación a Juan, los sinópticos, son más históricos. Por ejemplo, el texto que hemos escuchado corresponde a la institución de la eucaristía, que nos narran los otros evangelistas y san Pablo en la carta a los Corintios de forma muy semejante entre ellos, sin embargo san Juan no nos narra el ritual de la última cena, sino que explica el significado de la institución por medio del lavatorio de los pies. Y a partir de ese hecho les habla del amor que les tiene: “ya no son ustedes siervos… son mis amigos, porque les he dado a conocer todo lo que mi Padre me ha dicho”(Jn 15, 15). Así también les dice que deben amarse entre ellos: “Que se amen los unos a los otros. Así como yo los amo a ustedes, así deben amarse ustedes los unos a los otros(Jn 15, 34-35).
Como si a san Juan le interesara más el significado vivencial, de servicio al prójimo, que el significado ritual de la eucaristía; claro que sin negar esto último. Pero, también aprovecha el episodio de la multiplicación de los panes, que estamos meditando, para tratar dos asuntos muy importantes: uno que tiene que ver con la fe en Jesucristo y otro con su presencia real en medio de nosotros en la eucaristía. Hasta este momento, Jesús ya ha hablado de la necesidad de creer en él para tener vida: “Porque la voluntad de mi Padre es que todos los que miran al Hijo de Dios y creen en él, tengan vida eterna; y yo los resucitaré el último día”(Jn 6, 40). Aun cuando Jesús habla de comer “el pan que ha bajado del cielo”(Jn 6, 50), se refiere a creer en él. En el texto que hemos escuchado, Jesús insiste en el comer su carne, una imagen que pone a la vista una comunión más profunda con Jesús. Se trata del misterio de la encarnación realizado en cada uno que come de él: “Serán los dos una sola carne”(Gn 2, 24).
Es muy fuerte la imagen de comer la carne, es una forma de expresar la fusión más profunda de dos seres. Ordinariamente quien come asimila el alimento pero, al referirse la carne de Jesús, la asimilación es a la inversa, quien lo come se convierte en su Cuerpo: “El que come mi carne y bebe mi sangre, vive unido a mí, y yo vivo unido a él”(Jn 6, 56). No basta la fe del conocimiento, la fe del asentimiento, es necesario entrar en contacto total con Jesús, con toda su persona y dejar que él sea el que nos transforme. San Juan no nos narrará paso a paso la institución de su cuerpo y de su sangre, en el pan y en el vino, pero no le quita realismo al encuentro con Jesús: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo lo resucitaré el último día”(Jn 6, 54). Apunta a que la presencia real se realiza en la vida de las personas que comulgan con todo lo que él es y su proyecto. No es sólo que sucede una transubstanciación en el pan de trigo que nos invita a la adoración eucarística, sino que la transubstanciación se obra en el corazón de los creyente, que desean vivir el ejemplo de Cristo, de “lavar los pies” a sus hermanos(Jn 13, 14- 15), hasta el extremo de dar la vida por ellos(Jn 15, 13).
“La verdadera originalidad del Nuevo Testamento no consiste en nuevas ideas, sino en la figura misma de Cristo, que da carne y sangre a los conceptos: un realismo inaudito… en Jesucristo, el propio Dios el propio Dios va tras la ‘oveja perdida’, la humanidad doliente y extraviada. Cuando Jesús. Cuando Jesús habla e sus parábolas del pastor que va tras la oveja descarriada, de la mujer que busca el dracma, del padre que sale al encuentro del hijo pródigo y lo abraza, no se trata sólo de meras palabras, sino que es la explicación de su propio ser y actuar. En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: Leto es amor en su forma más radical”(Deus Caritas Est, 12).
Desde el evangelio de Juan, algunos han tratado de restarle importancia a la eucaristía, como la celebración del memorial del sacrificio de Jesús en la cruz; se aprovecha el hecho de no indicar explícitamente con el pan y el vino su cuerpo y su sangre, dicen que el pan y el vino es una simple representación de la persona de Jesús, por eso lo importante sería la fe en él; dicen que basta con escuchar su palabra y creer en Jesucristo. Frente a esto se debe decir, que no basta la comunión por medio de la palabra o de un sentimiento, es necesario dejar que la palabra se cumpla en nosotros hacer una experiencia donde el que come y lo que se come se transforman en un solo ser; como la única carne que forman el hombre y la mujer, según el génesis. O si se quiere decir de otra manera, es necesario entrar en contacto con la palabra hecha carne, lo cual significa participar en la eucaristía y comer el cuerpo de Jesús. Esto supone un contacto real. Es una experiencia del corazón, pero también una experiencia con todo el ser. Es la experiencia culmen en la que somos invitados a tocar, como le dice Jesús a Tomás, para superar su Incredulidad.
Nuestra fe se basa en el misterio de la encarnación. Dios se encarna en la naturaleza humana con todo lo que esto implica. Ya no bastaron las palabras, los mensajeros, las intenciones, fue necesario el abrazo a la humanidad, de los enfermos, de los pobres, de los pecadores. De ahí la importancia de los signos sacramentales, al centro la eucaristía; a través de ellos Jesús sigue tocando nuestra frágil humanidad, para alimentarla, sanarla, purificarla. Así como los familiares no se llenan con sólo escucharse a lo lejos, aun con la imagen de por medio, posible ahora por la tecnología, es necesario mirarse de cercas, estrecharse. No somos ángeles o espíritus flotantes, sino seres de carne y hueso. Los que escuchan a Jesús se desconciertan por el realismo tan crudo que utiliza: ¿Cómo puede este darnos a comer su propia carne?(Jn 6, 52). “Esto que dice es muy difícil de aceptar. ¿quién puede hacerle caso?”(Jn 6, 60). Quizás entre los destinatarios había gente muy espiritualoide, que pretendía salvarse sólo por el conocimiento y menospreciaba lo concreto de la vida.
La eucaristía es el retrato vivo de nuestra fe, y en ella entramos en contacto con el Verbo que se ha hecho carne y no sólo con una doctrina. Por eso nuestra fe nos debe llevar a comulgar con la carne de Cristo presente, también, en los marginados de la tierra. Si bien, la crudeza de las palabras de Jesús: “El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”(Jn 6, 51), nos revelan el realismo de la presencia de Jesús en cada eucaristía, no menos nos hacen comprender lo real de la presencia de Cristo en los pobres. Estos dos ejes los ha tenido muy claro la Iglesia a través de los tiempos. Por eso se debe celebrar con toda dignidad la eucaristía, no sólo exteriormente, sino sobre todo interiormente, para que no nos alcance la acusación de Jesús: “No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’ , entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”(Mt 7, 21). Tampoco debemos entender esto como un relajamiento de la liturgia.
Pero entonces, insistir en el “comer la carne” de Jesús, significa encargarme de la carne en la que él indicó su presencia: “lo que hicieron con uno de estos más insignificantes, conmigo lo hicieron”(Mt 25, 40) después de decir quiénes son esos insignificantes: tuve hambre, tuve sed, estuve desnudo y encarcelado. Nuevamente el Papa Benedicto, nos dice: “Nace así, en torno al Misterio eucarístico, el servicio de la caridad para con el prójimo, que consiste justamente en que, en Dios y con Dios, amo también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco. Esto sólo puede llevarse a cabo a partir del encuentro íntimo con Dios, un encuentro que se ha convertido en comunión de voluntad, llegando a implicar el sentimiento. Entonces aprendo a mirar a esta otra persona no ya sólo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo. Su amigo es mi amigo”(Deus Caritas Est, 18). Por eso, cuando celebramos la Eucaristía, hemos de ser cada vez más conscientes de que el sacrificio de Cristo es para todos y que, por eso, la Eucaristía impulsa a todo el que cree en Él a hacerse “pan partido” para los demás…”, para que el pan espiritual y el pan terrenal alcancen para todos.










