– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO XXI ORDINARIO
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
27 de agosto de 2023
Al evangelio de san Mateo se le ha llamado el evangelio de la Iglesia, porque nos presenta la fundación del nuevo pueblo de Dios, por parte del “nuevo Moisés”, Jesucristo. Tenemos ahora un momento importante del nacimiento de la comunidad eclesial. Es cierto que debemos evitar la tentación de hacer discursos apologéticos o triunfalistas de la Iglesia, a partir de este texto, por aquello de los poderes que le entrega Jesús a la comunidad de discípulos en la persona de Pedro. Nos encontramos viviendo momentos desafiantes en los que se requiere la audacia de recomenzar desde Jesucristo y convertirnos a su misión, antes que ponernos como víctimas a la defensiva o presentarnos como los dueños de la salvación. De nada servirá que nos defendamos o presumamos mucho, desde este texto y otros parecidos de que somos la iglesia verdadera, si no cumplimos su dinamismo más profundo, dirigido a cultivar el discipulado misionero. La comunidad eclesial sólo tiene sentido al servicio del discernimiento del camino de la vida.
Es necesario, primero, purificar y asegurar la fe para no tener que convencer o discutir con nadie sobre la Iglesia, sino que sus obras la acrediten porque su contenido es el espíritu de Jesucristo. La palabra iglesia ha llegado a significar, a momentos, una institución muy semejante a las demás que piensa más en su sobrevivencia que en la misión que se le encomendó de sanar, liberar, iluminar. Tampoco se trata de desconocer la sacramentalidad de la Iglesia, es cierto que esto aparece en este texto: “…todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”(Mt 16, 19). Se trata de palabras dirigidas a Pedro en cuanto Iglesia, en la misión que se le acaba de encomendar, de ser signo de comunión. Un poco más adelante será más explícito Jesús acerca del poder de la comunidad para mantener o no en la comunión a alguien(Mt 18, 18).
Así pues, antes que querer cobrar su dignidad al mundo entero, los miembros de la Iglesia tendremos que legitimarnos como tales acogiendo las condiciones que Jesús nos presenta. Es relativamente fácil defenderlo hacia fuera sin haber tenido una experiencia profunda de él. Recordemos cómo reprendió a los discípulos que “excomulgaron” a unos porque expulsaba demonios en su nombre y no era del grupo: “No se lo prohíban, porque nadie que haga un milagro en mi nombre puede luego hablar mal de mí…”(Mc 9, 39). Apenas los acababa de reprimir por su afán de buscar los primeros lugares(Mc 9, 35-37). De alguna manera Jesús ha ido presentando los criterios de la pertenencia a él, basta y sobra las bienaventuranzas. Los criterios de la misión son luces muy claras de quién es un discípulo de Jesús(Mt 10). Ya había enseñado Jesús que “los zorros tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza”(Mt 8, 20). Muy sencillas pero muy profundas habían sido sus palabras: “El que cumple la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”(Mt 12, 50). Sin embargo, ahora, Jesús, nos presenta una cuestión más definitiva: ¿cómo nos situamos frente a él? ¿Qué significa para nosotros? El asunto es si hay una relación viva y personal con él. Algo que queda muy claro en sus palabras es, que es necesario ir más allá de un conocimiento meramente intelectual, para pasar a un encuentro personal con él. El texto que meditamos pone de manifiesto la importancia de la verdad, para que la relación con Dios no se nos llene de ídolos y malos espíritus.
En este diálogo con sus discípulos Jesús manifiesta dimensiones profundas de la fe y de la vida. Se puede comenzar diciendo que la fe es un tipo de conocimiento, más aún, el máximo conocimiento. Este consiste en una relación con el entorno, que nos cualifica, nos da cierto poder. Alguien ha dicho que el conocimiento es la forma más noble dude poseer algo. No nos hace cualitativamente superiores, pero sí enriquece la existencia. Para empezar, la pregunta constituye al interlocutor. No hay comunicación sin el tú. Primeramente porque lo toma en cuenta, lo hace protagonista del acontecimiento de la comunicación, por medio de la pregunta. La fe es una relación interpersonal, es el encuentro de dos libertades, no es simplemente recibir contenidos, profesar algunas formulas o cumplir con algunos rituales. Es muy importante despertar la conciencia de las personas, podemos decir que es lo mas importante. El conocimiento que no despierta la conciencia de sí mismo no tiene mucho sentido. La simple recepción de información no es conocimiento, si no incide en el núcleo personal que se manifiesta en la capacidad de ubicar, dicho conocimiento, en el proyecto individual y comunitario. Almacenar datos sin fortalecer los niveles profundos de la persona, sus actitudes, visiones, opciones, puede ser enajenante. La educación debe despertar la conciencia para reconocer la bondad personal y se pueda cumplir con al misión de donarse a los demás. Bien lo decían los antiguos que el modelo de todo conocimiento es el “conócete a ti mismo”. El conocimiento de las cosas es importante, por el conocimiento reflejo de sí mismo que provoca en quien conoce. Jesús lo hace en dos momentos, preguntando sobre la idea que tiene la mayoría de la gente sobre él y, después, preguntando directamente sobre su opinión personal. De cualquier manera Jesús nos enseña que la fe es comunicación.
Enseñar cosas sin el gesto amoroso de despertar las energías profundas del yo, provoca que el conocimiento pierda su dimensión humanizadora y santificadora. Será una simple herramienta para funcionar, para dominar, para ejercer un poder sobre los demás o sobre la naturaleza. El conocimiento que no responde a las necesidades profundas de sentido de la vida, de identidad personal, de vocación comunitaria, estará construyendo una “inteligencia artificial”, que puede ser peligrosa para la convivencia social. Cuando el conocer no sensibiliza sobre la dimensión humana y su trascendencia, deja lo aprendido a merced de los “bajos instintos”, que tienden a poner lo aprendido al servicio del yo cerrado. Es lo que queda de manifiesto en el conocimiento de la gente acerca de Jesús. Es un poco incómodo ser confundido con otras personas, pero el mayor problema es que ese conocimiento deja en la oscuridad a la gente, y si no hay conocimiento de la verdad no hay libertad(Jn 8, 32)y, por lo tanto, compromiso.
Jesús sabe que es el único y más grande maestro(Jn 13, 13), no es que haya en él crisis de identidad, pero también conoce el corazón del hombre que trata de adueñarse de todo, también del conocimiento y hacerlo a su conveniencia. Su enseñanza corresponde a la Verdad suprema, pero desde el principio apareció la capacidad de distorsionarlo todo: “Lo que pasa es que Dios sabe que en el momento en que coman se les abrirán los ojos y serán como dices, conocedores del bien y del mal”(Gen 3, 5). Pero, también, Jesús es consciente de que cada uno entiende como le conviene. “El sordo no oye pero compone”, decimos, a veces, para referirnos a la capacidad de inventar cosas. Ciertamente el conocer tiene que ver con poseer una idea y poderla comunicar desde nuestro ser, pero siempre respetando los más posible la objetividad de lo que se habla. En el conocimiento interpersonal es probable que proyectemos sobre el otro nuestros esquemas mentales, nuestros traumas, frustraciones, malestares, miedos, vacíos, vanidades, etc., lo cual generará mucha violencia. Las relaciones de co dependencia que derivarán de este falso conocimiento no serán sanas y maduras porque se construyen más desde lo que yo egoístamente necesito y no desde lo que tú y yo debemos ser. Para muchos aquí comienza la violencia, en la reducción, manipulación y bullyng que hacemos sobre la verdad de los demás. Por eso, debemos estar revisando nuestra capacidad de entender continuamente, como ahora lo hace Jesús.
También la violencia a la fe comienza en los malos entendidos sobre la persona de Jesús. Las religiones, a los largo de la historia, han sido causante de grandes guerras. Al interior de la misma religión se han dado conflictos violentos y de muerte. Esto, con todo y que la religión, supuestamente, es una invitación a abrirnos a la Verdad total que llena de luz todo nuestro ser y lo abre a la donación total, qué podremos esperar de otros tipos de conocimiento que pesa sobre ellos la sospecha de ideologías, no podemos esperar que nos conduzcan a la paz. La gente del evangelio está ejerciendo una gran carga de violencia sobre Jesús, que él supo perdonar, pero las consecuencias de ese mal conocimiento no nos han perdonado. Cristo ha servido a algunos para afianzar su superioridad sobre los demás, para dominar y excluir.
Un signo inconfundible de que creemos verdaderamente es que nos sentimos Iglesia, hermanos unos de otros. No se puede creer de Dios sin conocer a Jesucristo, o decir que se cree en Jesús y no creer en la Iglesia o creer en la Iglesia sin pueblo(GE, 37). Dejémonos alcanzar por el conocimiento de Cristo, que tiene la fuerza de constituirnos en piedras vivas que entran en la construcción espiritual(1 Pe 2, 5).










