APÓSTOLES POBRES PARA LOS POBRES
Una aproximación desde la voz y en el testimonio de las Iglesias de América Latina
A solicitud del responsable de la Asociación de los Sacerdotes del Prado de España al padre Manuel Zubillaga, se escribió en el 2019 este artículo que fue publicado en la revista del Prado de España (número 240). Aquí lo publicamos ahora en el sitio del Verdadero Discípulo ya que se ha seleccionado, en este primer semestre del 2023, para los equipos del Prado Mexicano, la orientación formativa Anunciar a Jesucristo a los pobres al servicio de la renovación del mundo, a partir del documento Programación 2020-2025 del Consejo General
Introducción
Agradezco y aprecio la invitación para participar en la revista El Prado de España, que tanto ha esparcido las semillas del Evangelio desde la escuela del P. Chevrier en las iglesias de América Latina. México es distante de muchos países latinoamericanos y las diferencias no son tan leves; pero justamente El Prado ha sido para mí espacio de comunión con los hermanos e iglesias del continente. Desde esa limitación y desde la gracia del Prado, asumo esta tarea que se me ha confiado.
Estoy también agradecido por el tema asignado, uno al que siempre he prestado mucha atención desde el corazón de mi oración, aun cuando continúa siendo para mí una llamada que me acosa, ya que mis respuestas son insuficientes y contradictorias; parafraseando a San Pablo, diría: doy gracias a nuestro Señor Jesucristo, porque me ha fortalecido y me ha considerado digno de confianza, llamándome a escribir, para ustedes, a pesar de mis blasfemias e insolencias (cf. 1, Tm 1,13).
El papa Francisco, con sus palabras, gestos y testimonio personal, ha retomado como una urgencia para todas las iglesias el testimonio de la pobreza evangélica. Su «¡Ah, cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres!», al inicio de su ministerio apostólico, ha despertado de la modorra a muchos y ha suscitado preguntas y hasta sospechas después de una época de tentativas, de signos testimoniales espléndidos, de contradicciones, de ideologizaciones y también del olvido de este tema.
En cuanto a la pobreza y la evangelización, también existe un referente muy significativo, cuando Juan XXIII, un mes antes de iniciarse el Concilio, el 11 de septiembre de 1962, pronunció un discurso difundido por Radio Vaticano en el que dijo: «De cara a los países pobres, la Iglesia se presenta como es y quiere ser: la Iglesia de todos, pero especialmente la Iglesia de los pobres”.
En el aula conciliar fue el Cardenal Giacomo Lercaro (arzobispo de Bolonia) quien retomó la palabra de Juan XXIII con su intervención memorable sobre el servicio sacerdotal y la pobreza en la que pidió enfáticamente a los padres conciliares «colocar en el centro de este Concilio el misterio de Cristo en los pobres, una verdad esencial y primordial en la Revelación»; y al mismo tiempo pedía una Iglesia evangelizadora de los pobres: «Estamos en una época en la cual, en comparación con otras, los pobres parecen menos evangelizados y espiritualmente alejados y extraños al misterio de Cristo y de la Iglesia. Es una época en la que la pobreza de las mayorías (dos tercios del género humano) es ultrajada por las inmensas riquezas de una minoría».
Para Lercaro, «la evangelización de los pobres no debería ser uno de los tantos temas del Concilio, sino la razón central incluso para la unidad de los cristianos. El gran tema del Concilio ha de ser la Iglesia en tanto que es, esencialmente, la Iglesia de los pobres». Y añadió: «La práctica cristiana de la pobreza no es exclusiva de la conducta moral de los cristianos, sino que toca el misterio íntimo y personal de Cristo: esto no es una apariencia, incluso sublime, de moral y filantropía, sino un momento esencial de la revelación misma de Cristo, una parte central de la cristología».
Desde la segunda Asamblea del Episcopado Latinoamericano en Medellín, en 1968, en pleno postconcilio, este llamado a vivir la pobreza desde Jesús ha resonado fuerte en un continente mayoritariamente de pobres en el que las desigualdades son muy grandes y en donde en las iglesias se han dado contradicciones muy agudas, así como grandes testimonios en medio de dudas y sospechas; baste recordar la memoria de San Óscar Arnulfo Romero.
En una lectura atenta de los documentos eclesiales, a partir del documento de Río de Janeiro, pasando por Medellín, Puebla, Santo Domingo y hasta Aparecida, apreciamos que los términos pobres, pobreza, opción por los pobres, compromiso con los pobres desde una vida pobre y solidaria con ellos, etc., son abundantes, tienen significados diversos, matices y connotaciones, se entrecruzan y se complementan. Es necesario discernir, aclarar y, me parece, simplificar.
El gran eje de convergencia es, a mi entender, centrar desde Jesucristo pobre, pobre entre muchos o la mayoría de las personas de su pueblo; pobre en cuanto que experimenta la fragilidad y pobreza de la condición humana; pobre en la tradición espiritual de los que confían solo en Dios y pobre por su fuego de anunciar el Reino, desde los pobres, a todos. Lo afirma el Documento de Puebla:
“El compromiso evangélico de la Iglesia, como ha dicho el Papa, debe ser como el de Cristo: un compromiso con los más necesitados (cf. Lc 4,18-21; Juan Pablo II, Discurso inaugural III 3). La Iglesia debe mirar, por consiguiente, a Cristo cuando se pregunta cuál ha de ser su acción evangelizadora. El Hijo de Dios demostró la grandeza de ese compromiso al hacerse hombre, pues se identificó con los hombres haciéndose uno de ellos, solidario con ellos y asumiendo la situación en que se encuentran, en su nacimiento, en su vida y, sobre todo, en su pasión y muerte, donde llegó a la máxima expresión de la pobreza” (DP 1141).
El Documento de Aparecida también afirma:
392. “Nuestra fe proclama que “Jesucristo es el rostro humano de Dios y el rostro divino del hombre”. Por eso la opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza. Esta opción nace de nuestra fe en Jesucristo, el Dios hecho hombre, que se ha hecho nuestro hermano (cf. Hb 2, 11-12). Ella, sin embargo, no es ni exclusiva, ni excluyente”.
393. “Si esta opción está implícita en la fe cristológica, los cristianos como discípulos y misioneros estamos llamados a contemplar en los rostros sufrientes de nuestros hermanos, el rostro de Cristo que nos llama a servirlo en ellos: “Los rostros sufrientes de los pobres son rostros sufrientes de Cristo”. Ellos interpelan el núcleo del obrar de la Iglesia, de la pastoral y de nuestras actitudes cristianas. Todo lo que tenga que ver con Cristo, tiene que ver con los pobres y todo lo relacionado con los pobres reclama a Jesucristo: “Cuanto lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron” (Mt 25, 40). Juan Pablo II destacó que este texto bíblico “ilumina el misterio de Cristo”. Porque en Cristo el grande se hizo pequeño, el fuerte se hizo frágil, el rico se hizo pobre”.
Después de esta premisa, presento el sentido de mi reflexión: pretendo centrar, en la complejidad de la temática, la condición pobre de Jesús, en sus diversas acepciones, desde donde la misión apostólica -en el Magisterio Latinoamericanonos lleva al corazón de la opción preferencial por los pobres.
Los puntos a tratar son:
- I. POBRES Y POBREZAS
- II. LA PASTORAL DESDE LA OPCIÓN PREFERENTE POR LOS POBRES EN AMÉRICA LATINA
- III. A MODO DE SÍNTESIS
I. POBRES Y POBREZAS
«Pobres» y «pobreza» son palabras muy comunes en nuestro lenguaje, y, como hemos dicho, también en el lenguaje del Magisterio Latinoamericano; pero en realidad son términos que se relacionan con situaciones y realidades a veces bastante diferentes. Parece necesario hacer un discernimiento, hacer distinciones y comprender las diferentes formas de pobreza con las que nos encontramos; por ello resulta esclarecedor mirar todo esto desde Jesucristo, en quien se revela el verdadero significado del pobre, de la pobreza y del apóstol de los pobres.
Podemos distinguir:
- Una pobreza antropológica,
- Una pobreza como condición material, y
- Una pobreza espiritual, interior.
1. Pobreza antropológica
La pobreza más evidente es, sin duda, la antropológica, la inseguridad, la fragilidad que tiene su vértice en la mortalidad inherente a la condición humana. Nacemos en desnudez, vivimos en la inseguridad, morimos en la soledad. La muerte, por encima de todo, nos asusta, «aliena» nuestra condición (cf. Hb 2,15), y en esta fragilidad sufrimos un vacío. El hombre es radicalmente pobre, siempre necesitando al otro, y constantemente intentando escapar de esta pobreza, no verla y retirarla, desarrollando estrategias para Evadirla.
La Escritura nos dice:
“Toda carne es como hierba
y toda su gloria es como una flor del campo…
La hierba se seca, la flor se marchita,
pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre” (Is 40,6.8).
“Hazme saber, Señor, mi final,
cuál es la medida de mis días,
y cuán frágiles son” (Sal 39,5).
“¡Dejen entonces al hombre que solo tiene aliento en sus narices!
¿En qué se lo puede estimar? (Is 2,22).
En este sentido primario y universal, la pobreza ha de ser humildemente aceptada. Es la autosuficiencia, la mentira de creer que somos grandes, “invencibles”, lo que nos puede estrellar con esta cruda y simple realidad:
“Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allí. El Señor me lo dio y el Señor me lo quitó: ¡bendito sea el nombre del Señor!” (Jb 1,21).
La pérdida de esta dimensión de pobreza creatural, que Jesús vive, es clave para comprender el porqué de la exclusión, el porqué del acaparamiento alienante, el porqué de la pobreza de los pobres. En su existencia humana, Jesús aceptó la forma paupérrima de la condición humana, asumió la desnudez humana, existencial, y experimentó la pobreza antropológica; lo podemos contemplar claramente en la oración del huerto:
“Llegaron a una propiedad llamada Getsemaní, y Jesús dijo a sus discípulos: ‘Quédense aquí, mientras yo voy a orar’. Después llevó con él a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir terror y a angustiarse. Entonces les dijo: ‘Mi alma siente una tristeza de muerte. Quédense aquí velando’. Y adelantándose un poco, se postró en tierra y rogaba que, de ser posible, no tuviera que pasar por esa hora. Y decía: ‘Abba –Padre–, todo te es posible: aleja de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya’”. (Mc 14, 32-36).
En el Documento de Puebla (cf. DP 311) se alude de diversas maneras al hecho de esta pérdida del sentido de una pobreza humana fundamental que nos puede abrir a Dios. Por tanto, la más honda pobreza antropológica no es nuestra fragilidad, sino la exclusión de Dios de nuestro horizonte. Y el Documento de Aparecida dice:
“En fin, no podemos olvidar que la mayor pobreza es la de no reconocer la presencia del misterio de Dios y de su amor en la vida del hombre, que es lo único que verdaderamente salva y libera. En efecto, “quien excluye a Dios de su horizonte falsifica el concepto de realidad y, en consecuencia, solo puede terminar en caminos equivocados y con recetas destructivas. La verdad de esta afirmación resulta evidente ante el fracaso de todos los sistemas que ponen a Dios entre paréntesis” (Ap 405).
Formulo un primer llamado: Los apóstoles pobres para los pobres lo serán, en la medida en que vivan en la humildad su realidad de condición humana frágil y pobre según la expresión de Isaías: “si no se afirman en mí no serán firmes” (Is 7, 9b).
2. Pobreza como condición material
La pobreza real, material, es una que se puede medir en el plano cultural, social, económico. Para entenderlo, es mucho mejor hablar de los pobres, o de las personas que están en un estado de indigencia, a quienes les faltan los bienes necesarios (vivienda, vestido, alimentación, salud) y también los bienes esenciales, aunque no sean «cosas», como la libertad, el reconocimiento, la justicia. Reconocemos también a los pobres solo cuando están en nuestra proximidad, cuando hay posibilidad de estar cara a cara, escuchando sus necesidades y nos sentimos corresponsables de ellas. Dice el documento de Aparecida:
“Sólo la cercanía que nos hace amigos nos permite apreciar profundamente los valores de los pobres de hoy, sus legítimos anhelos y su modo propio de vivir la fe. La opción por los pobres debe conducirnos a la amistad con los pobres. Día a día los pobres se hacen sujetos de la evangelización y de la promoción humana integral: educan a sus hijos en la fe, viven una constante solidaridad entre parientes y vecinos, buscan constantemente a Dios y dan vida al peregrinar de la Iglesia. A la luz del Evangelio reconocemos su inmensa dignidad y su valor sagrado a los ojos de Cristo, pobre como ellos y excluido entre ellos. Desde esta experiencia creyente compartiremos con ellos la defensa de sus derechos” (Ap 398).
Los pobres son siempre un signo de la injusticia (cf. Medellín Doc. Justicia no. 1) de la opresión del hombre sobre el hombre, se crean a partir de relaciones interpersonales que miden justicia e injusticia, y donde no hay reconocimiento a la fraternidad (cf. Medellín Doc. Justicia no. 10).
Siempre los pobres son víctimas de la falta de reconocimiento por parte de otros. Los pobres son el signo de la injusticia que reina en la historia, un signo del pecado del mundo; y son una presencia necesaria en la Iglesia como una provocación, dice Puebla:
“Al analizar más a fondo tal situación, descubrimos que esta pobreza no es una etapa casual, sino el producto de situaciones y estructuras económicas, sociales y políticas, aunque haya también otras causas de la miseria. Estado interno de nuestros países que encuentra en muchos casos su origen y apoyo en mecanismos que, por encontrarse impregnados, no de un auténtico humanismo, sino de materialismo, producen a nivel internacional, ricos cada vez más ricos a costa de pobres cada vez más pobres. Esta realidad exige, pues, conversión personal y cambios profundos de las estructuras que respondan a legítimas aspiraciones del pueblo hacia una verdadera justicia social; cambios que, o no se han dado o han sido demasiado lentos en la experiencia de América Latina” (DP 30).
Si los pobres no están presentes en la Iglesia, entonces esto significa que la iglesia no está cerca de los pobres, que la iglesia no es capaz de verlos y de discernir. Al respecto, las palabras de Jesús dicen: «¡A los pobres siempre los tendrán con ustedes!» (Mt 26,11), y las del Salmo: «Bienaventurado el que discierne entre los pobres y los necesitados» (Sal 41 [40],2). Las formas materiales de la pobreza son muchas y variadas, y el descubrimiento de los pobres no es una tarea fácil en nuestra sociedad. Puebla nos habla de la pluralidad de rostros de los pobres (DP 31-39) a fin de no hacer en nuestra pastoral apreciaciones genéricas o abstractas que hagan olvidar que los pobres son personas concretas, con rostro y nombre.
La condición sociológica de Jesús fue la de un hombre pobre, vivió en una familia pobre, aunque no miserable, su pueblo era de pobres, tuvo limitaciones, vivía de su trabajo, compartió la vida y suerte de los pobres (Santo Domingo 178).
Formulo un segundo llamado: Para los agentes de evangelización, para los apóstoles, ser pobres materialmente hablando es, en primer lugar, una expresión del seguimiento de Jesús y de su configuración con él.
3. Pobreza espiritual, interior
Pero hay otra pobreza, revelada principalmente en las Escrituras: es la pobreza interior, espiritual, que se nutre de un desapego de los bienes y riquezas, del poder, del éxito, no debido a una filosofía cínica o estoica, ni siquiera en paralelo al desapego budista, sino a la gran fe-confianza en el Señor. En esta pobreza interna, de hecho, no se busca una «paz», una «ataraxia» para no sufrir, sino que se desea ser llenado por la presencia del Señor, se desea vivir de Jesucristo como Señor para seguirlo, para amarlo y para servir y amar a los otros. Es una pobreza animada y sostenida por el Espíritu Santo, que con su energía permite la confianza en Dios y una desconfianza en las mercancías del poder y del éxito.
En el Antiguo Testamento se evidencia esta consistencia espiritual que alcanza el umbral del Nuevo Testamento y que vivían los anawim, que son los creyentes que viven una condición precaria, insatisfecha, sin tierra, sin casa, sin templo, sin culto y sin institución de ayuda para vivir. He aquí su confesión: «Nos hemos convertido en lo más pequeño, somos humillados, no tenemos ni reyes ni jefes… sólo tenemos un corazón contrito y humillado… te seguimos con todo corazón, perseguimos, oh, Dios, tu rostro» (cf. Dn 3,37-41).
El Hijo de Dios «tenía una condición divina» de poder, gloria y honor, y en lugar de mantenerla celosamente como un privilegio, la abandonó para asumir la condición humana radical de pobreza y marginación, de esclavitud. «Se despojó de sí mismo» (verbo kenóo), olvidó, puso entre paréntesis esos privilegios, esas prerrogativas divinas y se hizo hombre ordinario, frágil y con carne mortal. No solo se hizo hombre en la pobreza existencial, asumió la pobreza del esclavo, del alienado, reducido a oprimido y condenado por los hombres, “hasta la muerte y muerte por cruz» (cf. Flp 2,6-8).
Es esta pobreza la que define el ser de Jesucristo. Esta lógica de la encarnación es reveladora y entenderla es gracia según Pablo (cf. 2 Cor 8,9). Para dar un regalo, Jesús no quería hacerlo desde lo alto sino desde abajo, junto a los hombres, convirtiéndose en un hombre entre hombres, que no se avergüenza de llamarlos hermanos (cf. Hb 2,11). No es un «regalo-concesión» hecho por un rico, superior, sino un regalo hecho por el hermano… se despoja, ahora es pobre.
Formulo un tercer llamado: Es necesario para los apóstoles, hoy, si quieren seguir a Jesús, el siervo, meditar más en ese “agacharse” e ir a los pobres desde el dinamismo de asemejarse a ellos.
II. LA PASTORAL DESDE LA OPCIÓN PREFERENTE POR LOS POBRES EN AMÉRICA LATINA
En este segundo apartado pretendo referirme, aunque de manera muy somera, a una cuestión fundamental de lo que significa ser apóstol pobre para los pobres. Es decir, la opción preferencial por los pobres tiene que expresarse de manera concreta en la praxis Pastoral.
¿Cuáles son las grandes líneas pastorales que emanan de la opción por los pobres y que se plasman en los documentos pastorales del episcopado latinoamericano? ¿Qué podemos resaltar -a modo de flash- de la vida pastoral de tantos y tantas apóstoles obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, que desde la Tierra del Fuego hasta el Río Bravo han optado por los pobres en su servicio evangelizador cotidano? ¿Cómo no tener presentes a los agentes de la pastoral hispana comprometidos junto a y con los pobres de una poblción de casi 57 millones de latinos en los Estados Unidos de los cuales, por cierto, más del 63% son de origen mexicano, es decir, más de 36 millones de Personas?
El propósito de este apartado me rebasa, y con mucho. Señalo solo algunos cauces de esa pastoral.
1. La pastoral desde la parroquia y más allá de ella.
La vida parroquial ha sido el ambiente principal en donde los apóstoles han vivido y viven su servicio evangelizador en favor de las mayorías empobrecidas y en donde se han visto acompañados e inspirados por los procesos históricos, teológicos y pastorales que enmarcan los diversos documentos de la Conferencia Episcopal Latinoamericana.
En los documentos latinoamericanos se percibe, incluso desde la primera reunión en Río de Janeiro en 1955 -antes del Concilio-, la inquietud por una profunda renovación de la parroquia: transformar la parroquia de una concepción jurídica a una pastoral, con la participación y colaboración activa de la comunidad (cf. Río de Janeiro 53-60).
Ya en Medellín, la pastoral de la opción por los pobres pasa por la renovación de las parroquias desde las comunidades de base, la catequesis, la promoción humana, una evangelización ligada a la justicia social. Es decir, de una Iglesia-comunidad para-los pobres a una de-los pobres.
Dice Medellín en el Documento de Pastoral de Conjunto:
“La vivencia de la comunión a que ha sido llamado, debe encontrarla el cristiano en su ‘comunidad de base’; es decir, una comunidad local o ambiental, que corresponda a la realidad de un grupo homogéneo, y que tenga una dimensión tal que permita el trato personal fraterno entre sus miembros. Por consiguiente, el esfuerzo pastoral de la Iglesia debe estar orientado a la transformación de esas comunidades en ‘familia de Dios’, comenzando por hacerse presente en ellas como fermento mediante un núcleo, aunque sea pequeño, que constituya una comunidad de fe, de esperanza y de caridad [LG 8]. La comunidad cristiana de base es así el primero y fundamental núcleo eclesial, que debe, en su propio nivel, responsabilizarse de la riqueza y expansión de la fe, como también del culto que es su expresión. Ella es, pues, célula inicial de estructuración eclesial, y foco de la evangelización, actualmente factor primordial de promoción humana y desarrollo” (Medellín, doc Pastoral de Conjunto 10).
Cabe mencionar que en los países de América Latina, aunque con diferencias, a veces grandes, tanto en el campo como en las ciudades, en los pueblos y en los barrios populares pobres, prevalece el sentido de comunidad, el arraigo de la fe, el amor acendrado a la piedad eucarística, la devoción a la Virgen María y a los santos, todo ello ha sido y es motor de autoevangelización y de evangelización por la vitalidad de la religiosidad popular que se expresa en las fiestas patronales, fiestas comunitarias de los pobres que están presentes en la vida parroquial.
En Puebla, la parroquia -estructura pastoral mayoritariamente de los pobres- es considerada como centro promotor de comunidades menores (DP 648) y tiene el desafío de generar estos procesos de vivencia de base eclesial no solo en comunidades de cultura tradicional -los pueblos, los expueblos-, sino en la secularidad de las grandes ciudades, con su sinfín de contrastes y pluralidad; la parroquia es también un centro promotor de la ministerialidad y de la formación de los laicos y de servicios que las comunidades menores no pueden asegurar (DP 649-650).
En Santo Domingo, la insistencia –aunque se reafirma el concepto de parroquia comunidad de comunidades- es la inculturación; la evangelización de la cultura. Dice uno de los muchos textos al respecto de la inculturación:
“La inculturación del Evangelio es un proceso que supone reconocimiento de los valores evangélicos que se han mantenido más o menos puros en la actual cultura; y el reconocimiento de nuevos valores que coinciden con el mensaje de Cristo. Mediante la inculturación se busca que la sociedad descubra el carácter cristiano de estos valores, los aprecie y los mantenga como tales. Además, intenta la incorporación de valores evangélicos que están ausentes de la cultura, o porque se han oscurecido o porque han llegado a desaparecer” (cf. Santo Domingo 230).
Una mención importante y que quizás, lentamente, pero que ha ido marcado la pastoral en los últimos años, es la expresión: “El encuentro con Jesucristo vivo, camino para la conversión, la comunión y la solidaridad en América”. Es el camino del discípulo, de la conversión, de la reiniciación cristiana, el sentido catecumenal de la pastoral que ha estado en variadas formas en las parroquias, mayoritariamente de pobres.
La expresión es el subtítulo de Ecclesia in America, exhortación apostólica postsinodal del 22 de enero de 1999, documento firmado en la Basílica de Guadalupe por Juan Pablo II y entregado a los obispos de todo el continente, buscando globalizar la solidaridad entre las iglesias y los pueblos del continente americano.
Me parece que está ahí aquello que se ha dicho ya más recientemente: es el encuentro con Jesucristo -encuentro vital, no una idea, no una concepción religiosa o ética- el que funda la fe y el gran núcleo de la tarea pastoral. Lo ha dicho Benedicto XVI en Deus Caritas est (no 1) en 2005 y Francisco en la Evangelii Gaudium (no. 3) en 2013.
Aparecida, que es un evento eclesial de gracia, plasmado en un dcoumento, en el que tiene raíces la Evangelii Gaudium del papa Francisco, subraya algo que me parece muy importante en la pastoral de la opción por los pobres. Me refiero, entre las muchas cosas que se podrían decir, al sello misionario y a la escuela de discipulado al que lanza a la pastoral, incluyéndose los ambientes supraparroquiales, ya que el documento da cuenta de la necesidad de flexibilizar, relativizar y cambiar las estructuras pastorales y, por supuesto, también la parroquia, y sin dejar de animar su renovación hace conciencia de sus límites para “salir” (cf. Ap 172-173) y reinventar la pastoral de los pobres en una inserción en ambientes específicos: personas en situación de calle (Ap 407-410); migrantes (411-416); enfermos (417-421); adictos dependientes (422-426); detenidos en cárceles (427-430).
Formulo un cuarto llamado: El Señor nos está llamando a revitalizar la parroquia haciéndola más que un edificio, sino un ambiente inclusivo y fraternal en medio de la gente para acoger a los que sufren; para convertirla en muchos casos en “hospital de campaña”. Nos está llamando a reinventarla y a poner en su centro a Jesucristo pobre.
2. La pastoral caritativa y la dimensión social de toda pastoral.
Comienzo con una cita de gran envergadura:
“Todo el ejercicio del apostolado nace de la caridad y de ella adquiere sus fuerzas, pero algunas obras, por su propia naturaleza, son aptas para ser la expresión viva de la misma caridad: Cristo Señor quiso que fueran señales de su misión mesiánica (cf. Mt 11, 4-5)” (Apostolicam Actuosietatem 8).
La pastoral de la opción preferente por los pobres encuentra en la asistencia social, la promoción social, la incidencia en las políticas públicas y la intercesión, prácticas y dimensiones concretas que son parte -y no aparte- de la misión evangelizadora y a las que conducen los lineamientos de los documentos ya citados.
En efecto, entre las muy diversas obras de caridad, asume una especial importancia la actitud y obra caritativa con los pobres. Según la enseñanza de Jesús en la parábola del buen samaritano (cf. Lc 10, 29-37), la condición del pobre lo hace de modo especial un don y un llamado urgente para convertinos en prójimo de cada uno de ellos que son una presencia del mismo Señor: «Cada vez que han hecho estas cosas a uno de estos mis hermanos más pequeños, lo han hecho conmigo» (Mt 25, 40). Es la pastoral de los hechos: “Vayan a contar a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los paralíticos caminan, los leprosos son purificados y los sordos oyen, los muertos resucitan, el Evangelio es anunciado a los pobres” (Lc 7,22).
Más allá de la ayuda material y espiritual organizada por la comunidad cristiana para servir a Cristo en los pobres, la caridad exige también, y sobre todo, recibirlos y verlos como personas, insertándolos en una comunión de vida y de afecto.
La obra de la caridad debe crear vínculos personales y comunitarios con los pobres. Vínculos de inclusión en la propia vida de aquellos que están excluidos. Hacerse prójimo del pobre, del enfermo, del extranjero, del encarcelado y darle espacio en el propio tiempo, en la propia casa, entre las propias amistades, en la propia ciudad y en las propias leyes y estructuras sociales, es darle vida, en la Iglesia, al ministerio de la caridad. Es crear un rostro de Iglesia misionera y samaritana mediante obras y gestos concretos.
Además de lo anterior, es necesario reflexionar sobre otros aspectos, ya que el servicio a los pobres conlleva, en nuestra época, problemas complejos que se implican en la relación entre la iglesia y la comunidad civil. En efecto, en el pasado más o menos reciente, la Iglesia realizaba obras de beneficencia, incluso supliendo a la autoridad civil; en la actualidad, tanto la sociedad civil en general como el gobierno asumen cada día responsabilidades más importantes para atender y promover a los pobres. Sin dejar de reconocer y alentar las obras de acción social de la sociedad civil en general, con las cuales la Iglesia tiene un deber importante de colaboración, articulación, animación y servicio, y sin dejar de reconocer las obras que dependen directamente de la responsabilidad gubernamental con las cuales la Iglesia debe cooperar, la Iglesia conserva el derechodeber de impulsar sus propias obras caritativas de asistencia, promoción y cambio social.
Formulo un quinto llamado: La pastoral caritativa organizada es un signo y camino elocuente, no solo, aunque por supuesto también, de la opción preferencial por los pobres, sino de la formación de discípulos y apóstoles pobres de Jesucristo para los Pobres.
III. A MODO DE SÍNTESIS
En la tradición espiritual del Prado, el estudio del evangelio concluye con una síntesis. Cierto que no he hecho un estudio de evangelio, al menos en su sentido propio y original; pero la idea puede ser aplicable, a mi juicio.
El P. Antonio Bravo, en alguno de sus muchos y variados escritos, nos dice acerca de la síntesis del estudio de evangelio:
“La síntesis, por tanto, expresa la intuición de la fe en la persona y misión del Verbo encarnado, en la que todo puede unirse. Esta visión de la ‘inteligencia del corazón’ conduce a la admiración, al amor, al seguimiento y al testimonio. Es una experiencia que conforma la existencia del discípulo y del apóstol. El discípulo ha encontrado su camino. El apóstol al sujeto de su testimonio, pues lo ha visto, oído y palpado en la fe”.
Continúa el P. Antonio y pone dos ejemplos de síntesis:
a) “He aquí un ejemplo de lo que podría ser la síntesis. Pablo busca cómo sus comunidades han de situarse ante los pobres de otras comunidades. De pronto una luz se abre camino en él: “Conocéis bien la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza” (2Cor 8,9). Estamos ante una espléndida síntesis de un Estudio del Evangelio sobre el compromiso con los pobres. En ella, se incluyen la acción y la conversión de la comunidad: Despojo y solidaridad, para enriquecer a los demás. La síntesis adquiere la forma de una confesión de la fe eclesial. La alabanza, la súplica, la conversión del ser y del hacer, son su prolongación natural”.
b) “A. Chevrier investiga en el Evangelio el significado y las consecuencias de la renuncia de los bienes de la tierra. Sus reflexiones se articularán en torno a dos afirmaciones, que no parecen guardar relación entre sí ni con sus preocupaciones sobre la pobreza material del sacerdote: «Todo lo tuyo es mío y lo mío tuyo», expresión de la oración sacerdotal; y «una sola cosa es necesaria», palabras de Jesús a la atareada Marta. En esa luz, el “pobre de la Guillotière” prorrumpe en una confesión de fe; alaba, admira la bella pobreza de Jesús, la desea y la abraza hasta la muerte. El amor se hace práctica creativa”.
Sugiero quedarnos con este doble ejemplo de síntesis.
Manuel Rodrigo Zubillaga Vázquez.
Ciudad de México.










